[El circo]
De la noche a la mañana, en la
pampa de la municipalidad donde ahora está construido el parque Centenario, y
donde además se hacían las corridas de toros, pero que todos los días era el
campo de fútbol de los canillitas y lustrabotas del pueblo, se armaba la carpa
de uno de los circos que llegaban a la ciudad, que generalmente tenían un
nombre bastante llamativo como “Circo de las águilas humanas”, “Circo Dúmbar” o
“Circo África de Fieras”, que fueron los más grandes y coloridos que conoció mi
niñez, y otros más pequeños y modestos cuyos nombres no recuerdo.
Cuando llegaba este bello
espectáculo todos los mocosos nos agolpábamos en sus inmediaciones con todas
las ganas de conocer a los leones y al gorila de las selvas africanas, al oso
de la Siberia, los tigres de Bengala o a los caballos inteligentes llegados
desde Europa. Ver en persona al hombre más fuerte del mundo que él solito iba a
levantar los cuatro enormes postes de metal donde se tendería su inmensa carpa
de cuatro mástiles, o a las águilas humanas. Aunque nunca vimos esos fabulosos
animales, ni visto a esos increíbles artistas, no dudábamos que se aparecerían
dentro de la función pagada.
Cuando aún estábamos rumiando esa
ilusión, a los tres o cuatro días, en horas de la tarde salió por las calles
principales de la ciudad el desfile del circo con una banda que tocaba una
música alegre que jamás había escuchado. Por delante dos bellas niñitas con sus
trajes de baño de colores brillantes abrían el desfile, detrás de ellas el
presentador que saludaba a todos, y después los payasos haciendo sus chacotas y
payasadas. A estos les seguía una señora acompañada de dos chacuchas (perros de
aguas) que seguramente era los perros artistas, a su costado estaba un mago
vestido de negro con una camisa blanca y con su chaleco, capa y sombrero de
copa y todo. Un payaso montado en un monociclo. Después pasaron varios artistas
más, hasta que algún pilluelo nos preguntó por qué no desfilaban los leones a
lo que le contestamos riendo. “¿O sea tú quieres que te coman?”, y se defendió
de mala gana: “amarrados pues”.
Al tercer día que fue domingo, no
sin haber rogado y prometer corregir todas nuestras negligencias y portarnos
bien, por fin nos dieron la plata para ver desde la galería la función de
matiné. Eso no tenía ninguna importancia, porque quedé asombrado de estar bajo
esa carpa gigantesca, adornada de banderas y tiras de banderines de colores. A
la entrada unas vistosas taquillas para comprar los boletos, después la puerta
del circo flanqueada por dos cortinas, la disposición de la galería, la platea,
la pista circular al centro cubierta con una gran alfombra, sumado a unos
grandes focos que jamás había visto y las enormes y hermosas cortinas azules
que tenía en letras doradas el nombre del circo detrás de las cuales salían los
artistas, y encima de todos nosotros los trapecios de las “águilas humanas”.
Cuando después del tercer pitazo por fin empezó la función quedé maravillado
con todas y cada una de las escenas y rutinas que vi aquella tarde, espoleado
por esa alegre música que se metió en mis recuerdos por mucho tiempo.
La niña contorsionista que se
doblaba como si no tuviera huesos, como si fuera de jebe, nos dejó embobados a
todos. La pareja de malabaristas que realizaron sin fallar sus difíciles
suertes con varias pelotas que iban aumentando en número, luego con mazas,
anillos, antorchas encendidas y machetes. El equilibrista que rodaba con una
tabla sobre un tubo de metal y hacía varias proezas, y que después caminó sobre
una cuerda sin caerse. Después aparecieron los benditos payasos que con todo lo
que hacían y decían, nos hicieron reír hasta que nos doliera la panza. El mago
que hizo aparecer y desaparecer una paloma blanca, varios pañuelos de seda, que
hipnotizó a uno del público para que hiciera o dijera lo que le ordenaba.
Nuevamente salió la niña contorsionista, la malabarista y otra bella mujer para
bailar una danza árabe al son de una música extraña, pero muy bonita. ¡Esas sí
que sabían bailar!
Después del intermedio donde el
circo ofreció en venta palomitas de maíz, manzanas acarameladas y una paletas
de melcocha y fotos de los artistas, salió una señora vestida de blanco con
brillantes con sus cinco perritos inteligentes que nos dejaron tan admirados
como atontados, y con ganas de tener si quiera uno de esos fenómenos, pues
había uno que hacía de genio y otro de sonso, que lograron arrancarnos una gran
risa, admiración y nuestros generosos aplausos. Volvió a salir el mago pero con
otro vestido para hacer bailar y hacer lo que quisiera con unos gigantescos y
coloridos trompos e hizo increíbles malabares con un artefacto que anunciaron
se llamaba diábolo, que eran dos semiesferas huecas pegadas por un eje metálico
de donde el mago lo manipulaba con ambas manos con una cuerda atada a dos
palitos.
Otra vez salieron los payasos
cantando: “José se llamaba el padre / Josefa la mamá y al hijo que tuvieron le
pusieron José” y se saludaron: "¡Como le vaca!", dijo uno y el otro
respondió "¡Como le estaca!" y se pusieron ha hacer sus graciosos
mimos y sus hilarantes rutinas, haciendo participar al público de la platea a
quienes, para la risa de todo el público, les hacían el "cholito",
menos mal que yo estaba en la galería. Después se aparecieron los malabaristas
en unos monociclos que podían manejarlos para adelante, para atrás y girar a la
derecha o a la izquierda y hacer malabarismos con pelotas y antorchas de fuego
sin caerse, y aun cuando cambiaban de monociclo de uno más pequeño a uno tan
grande como de tres metros, no se caían, a pesar que en varias oportunidades
parecía que se iban al suelo, pero no, y eso hacía que se nos pasara el susto.
Luego anunciaron a Ursus el hombre rescatado de los hielos de la Siberia y
salió un hombre alto, fuerte y poderoso que cargó grandes pesas, rompió unas
sogas, tragó fuego y lanzó poderosas llamas por su boca.
Con redoble de tambores una vez
más salió el mago para lanzar grandes y filudos cuclillos que se clavaban en una
tabla a pocos centímetros de la silueta de una bella mujer que estaba arrimada
a ella, y para finalizar aparecieron los trapecistas que prácticamente volaron
por encima de nosotros y hasta chocando con la alta carpa del circo, seguidos
por el redoble de suspenso de un tambor que estremecía los nervios de todos los
asistentes, cuando los acróbatas iban a hacer un número muy peligroso, y cuando
felizmente todo salía bien el baterista golpeaba con fuerza sobre el platillo y
la banda del circo empezaba a tocar una alegre melodía y nosotros que
aplaudíamos y aplaudíamos a rabiar, prometiéndonos mentalmente estar en ese
mismo lugar durante todas las demás funciones del circo.
Aun cuando no presentaron a
ningún león, ni al oso siberiano, ni a los tigres de Bengala, ni al gigantesco
gorila o a los caballos inteligentes, cuando acabó la función sentí que no
había nada mejor que el circo para alegrar los corazones.
A partir de esa función, un día
le confié a mi hermana un íntimo propósito: “Me voy a ir con el circo”. Al día
siguiente mi madre me dijo: “¿Así que quieres irte con los del circo?” No dije
nada porque estaba ocupado en maldecir mentalmente a la chismosa. “¿Qué gracia tienes
para que creas que vas a ser uno de los artistas?”, tampoco respondí, y luego
agregó que acaso no sabía que la enorme carpa que tiene el circo se lava una
vez por mes, que hay que darles de comer a los perritos y bañarlos a diario,
que hay que barrer todo el circo después de las funciones, que hay que lustrar
a cada rato los enormes zapatos de los payasos, que hay que cargar y descargar
todo el circo cuando se va de un lugar y debe armarse en otro. “¿Tú sabes quién
lo hace?, cuando le dije que no, respondió: “Los que no son artistas”. Me
consolé proponiéndome aprender alguna gracia, para irme en el próximo circo,
pero esta vez de artista de aquel mágico lugar.
Ya de adolescente me ganaba el
boleto ayudando a cargar las sillas, las maderas y todo lo que mandaban y no
solo lo hacía por el ingreso libre, sino porque estaba prendado de la niña más
bonita del circo sin importarme que lo supiera. Además cuando empezaba la
función, era como el dueño del circo, porque podía sentarme donde quisiera.
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