domingo, 19 de julio de 2020

EL PENSIONISTA


Todos hablaban con gran comedimiento, Mostrando algunos su asombro, otros su aguante a la mala forma de las cosas que vienen y uno que otro su indignación.

Todos seguirán hablando porque todos tenían algo que decir sobre esos oscuros asuntos que se hacen a plena luz del día. Pero solo hablan y hablan y muchas veces hasta por los codos, pero nadie hace nada para cambiar esa triste realidad. La verdad es que a nadie le interesa o ya están muy bien acostumbrados a dejar que esos "oscuros asuntos" sucedan mientras no les haga daño. Además tienen que dejar que esas cosas ocurran, porque tarde o temprano como sin querer queriendo, les  puede servir, no solo a ellos sino a todo el mundo.

Para que la conversación no se vuelva un monopolio de dos o tres monosabios, que para hablar sobre las fechorías que cualquier pinche puede hacerle al Estado Peruano, no solo existen sino que sobran, se acordó improvisar un aceptable orden donde todos tuvieran la oportunidad de tomar la palabra, opinar y hasta rajar, porqué varios ex compañeros de trabajo acabaron siendo pensionistas con cargo al Régimen de Pensiones y Compensaciones por Servicios Civiles prestados al Estado, que permitió que la mayoría de esos flamantes jubilados se fueran a su casa bastante jóvenes y en perfecto estado de salud.

Luego que todos dijeron lo que tenían que decir y callaron lo que debían de callar, este fue más o menos el resumen de aquel parloteo. Todo empezó cuando un chinito que gobernó a su antojo este país de las maravillas, previa "metida de yuca", dictó unas leyes que ordenaban la reorganización, reestructuración y fusión de las oficinas públicas con el fin de achicar el aparato burocrático a través de un cese masivo de los trabajadores del Estado y de sus empresas. Después como todos sabemos se agravó el terrorismo de los que apostaron por las esperanzas sangrientas y la respuesta no menos violenta del Estado, que produjo el genocidio de más de setenta mil cristianos andinos y con ello el despojo de los derechos sociales y las garantías civiles de los ciudadanos, Y eso no fue todo, pues aprovechando el malbarateo de las empresas estatales, el chinito y su comparsa robaron casi todo lo que se vendió, y mientras los grandes robaban en grande, los chiquitos se transformaron en una plaga de filosos corruptos.

Entonces fue cuando ese chinito le dijo a todos los empleados del Estado: “Quieren ser sometidos a una evaluación para que yo sepa lo que saben y lo que realmente hacen, o quieren jubilarse antes de tiempo y para eso les regalo hasta cinco años de servicios, para que se vayan a sus casas gozando de una pensión. Además les voy a regalar una bolsa de dinero para que puedan crear sus propias empresas, donde estoy muy seguro que la mayoría de ustedes llegarán a ser millonarios. Pero a los que se quieran quedar  los someteré cada seis meses a una evaluación, y si no aprueban se irán derechito a la calle y sin un solo céntimo en los bolsillos”.

A los que les faltaba esos cinco años y un poco menos, no lo pensaron dos veces y se fueron a ser ricos, pero a los que les faltaban algunos años más, lo pensaron dos veces. La primera fue, cómo iban a rendir exámenes cada seis meses para mantenerse en sus puestos, si apenas sabían leer y escribir y hacer unos cuántos papeles que hacía más de veinte años se lo sabían de memoria; y, la segunda fue que tenían que inventarse las certificaciones donde aparecieran que también  habían trabajado esos pocos años que les faltaban para tener una pensión completa, y cómo nunca faltan los que saben hacerlo por dinero, resultaron todos aptos para acogerse a los incentivos de la jubilación anticipada y a una pensión con los beneficios de la ley anterior.

Tanta fue la cochinada que corrió en ese corrupto manoseo, que Carlos Villaespeza Canchari de treinta y ocho años de edad,  que a la fecha de su acogimiento a la jubilación anticipada apenas tenía dieciséis años de servicios, pero por arte de birlibirloque, de la noche a la mañana, apareció con unas planillas de pagos y descuentos de una oficina del Cusco que certificaba  que había trabajado casi diez años en esa dependencia, gracias a lo cual acumuló veintiséis años de servicios prestados al Estado Peruano, lo que quería decir que entró a trabajar para el Estado Peruano a la tierna edad de 12 años.

Esa trapacería se reprodujo cientos de veces en toda la región, pero el colmo fue que el jubilado Nicasio Castro Pancorvo llegó a acreditar, con documentación “oficial”, que empezó a trabajar en la administración pública cuando apenas aprendió a caminar. Pero como ya tenemos dicho, aparte de causar perplejidad y no poca admiración debido a “sus pilas”,  "su habilidad" o "su viveza", nadie dijo nada, porque gracias a estos chanchullos en este país, no todo está ganado, ni todo está perdido.

De todo ese río revuelto, llegó el momento para que los contertulios se acordaran de la historia de Diosdado Cumpa Ríos, que apareció en las noticias policiales de los periódicos del Cusco como el único preso fallecido durante la refriega del penal Kent–choro, que sufría prisión preventiva como presunto autor de la muerte de su concubina Gloria Surquislla Lopinta.

El caso fue que por esos días se apareció por la oficina agraria, la hermana de la occisa, para que la pensión que recibía del Estado el ex trabajador Diosdado Cumpa Ríos, pasara al único hijo que tuvo su hermana, porque aun en vida la difunta ya recibía de parte de ese jubilado el 50% de su pensión.

–Bueno, eso habría sido una generosa liberalidad del cesante, porque en la oficina los descuentos con cargo a las pensiones sólo se hacen por mandato judicial y por planilla.  –Aclaró el Director de la Oficina de Administración,  y por curiosidad acabó preguntando. –¿El niño al que usted se refiere, es hijo de Diosdado Cumpa? 

–No señor, pero como si lo fuera, porque mi hermana era el único sostén de esa criatura, y como me dijo el doctor Paul Walker Huanaco Rivas, si el maldito que la mató ya le estaba dando el 50% de su pensión, lo lógico era que el 100% de esa asignación pase a favor de ese niño para su mantención y educación. –Dijo con mucha seguridad y como poseída por ese sabio argumento.

–Lo siento mucho señora, pero si esa criatura no es hijo del difunto, no podemos hacer nada por él, porque la ley nos obliga a atender las peticiones de las esposas legítimamente casadas y de los hijos reconocidos  y  con  partida  de  nacimiento firmada por los pensionistas fallecidos y  que  sean menores de 18 años. –Le dijo con mucha conmiseración. Y con la misma curiosidad anterior volvió a preguntar: –A propósito señora, ¿cuántos años tiene el niñito?

–Diecinueve años. –Respondió la mujer, tragándose de nervios un montón de saliva por haber dicho la verdad, aun sabiendo que eso nunca se debe decir en las oficinas del Estado.

–¡Uf!, entonces ni hablar señora! Nada podemos hacer por un muchacho que no es hijo del pensionista fallecido y que seguramente tiene hasta denei.

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Que por cuestiones que no sabían los nuevos jefes, este Diosdado Cumpa Ríos, ya no era empleado de esa oficina en los tiempos de Fujimori, porque había renunciado varios años antes, debido a que llegó a tener como jefe a un ingeniero  que  se  ufanaba  de  ser  seguidor  de  las enseñanzas budistas, y que gracias a los chismes de sus propios compañeros llegó a descubrir que ese granuja había montado un gran negocio con los pases que debía otorgar a los campesinos para que pudieran trasladar sus magueyes, carrizos, tara, cochinilla y cueros de res y de chivos a los mercados del Cusco.

Para que su "negocio" empezara a funcionar comenzó por hacerles casi imposible el otorgamiento de esos pases a sus víctimas o "mis quivios" como él los llamaba, para después cobrarles una coima para obtenerlos con gran ventaja para los dos. Más tarde cuando aprendió el "teje y maneje" y todas las mañas de ese oficio, acabó comprando "in situ" todos esos recursos naturales, para luego trasladarlos al Cusco a nombre de sus propios vendedores, por supuesto con pases fraguados. En ese negocio el hombre llegó a ganar hasta diez veces más que su sueldo.

Cuando su jefe acabo de enterarse de los detalles de ese fraude, le preparó un informe que definitivamente lo iba a llevar a la cárcel, porque había recabado las declaraciones juradas de más de veinte agraviados, de modo que no le quedó otro camino que suplicarle a su verdugo para que  por amor a Dios y a su familia no le hiciera ese daño, porque en esos momentos estaba renunciando voluntariamente al trabajo y que nunca más lo volvería a ver, ni en pintura.

Después de haber perdido su trabajo el Diosdado también perdió a su familia, así que se consiguió una mujercita, que les dijo a su madre y hermana.

–Es buena gente  y cariñoso con mi hijito, lo trata como si fuera su verdadero padre. Será porque con su mujer nunca tuvieron un hijo. Más tarde se enteró que después de él, su esposa llegó a tener hasta dos hijos para dos hombres. –Les confió.

Como lo único que sabía hacer era trasladar esos recursos naturales y cueros, siguió comprándolos y revendiéndolos, pero esta vez a nombre de su conviviente. Apenas comenzaba a irle bien, de la noche a la mañana ese negocio se fue al diablo por algunas razones del mercado nacional e  internacional que los campesinos nunca llegan a entender. Más adelante con el cuento de que había sido  víctima de un  maldito  ingeniero  que sobre la base de  "falsas  calumnias" le había obligado a renunciar a su nombramiento,  consiguió algunos trabajitos por aquí y por allá, solo para pasar la vida.

Cuando se enteró que en la oficina donde había trabajado como empleado nombrado, el Nicasio Castro, el Avelino Serrano, el Juan Huislla y otros veinte chivolos más se habían acogido al programa de jubilación anticipada, sin haber cumplido jamás los veinte años de servicios, y que por esa viveza habían resultado siendo pensionistas del Estado con plenos derechos como si hubieran trabajado más de treinta años, se puso loco de contento y se vino de dónde estaba para presentar su solicitud de jubilación voluntaria, pero para su desgracia el señor Alonso Panduro Concha, que seguía como jefe de personal de esa oficina, le dijo que la jubilación anticipada solo correspondía a los que se encontraban trabajando el día en que Fujimori promulgó esa Ley, más no para los que se habían retirado antes, y  para que él pudiera acogerse a la jubilación de la actual ley, le quedaban todavía ocho años de servicios que cumplir. Cuando el ex servidor se estaba retirando muy apenado, el jefe de personal le dijo.

–A no ser que me demuestres que hayas trabajado en algún lugar ocho o diez años antes de que entres a trabajar a esta oficina y nos traigas copia certificada de una planilla de pagos y descuentos, algo podemos hacer al respecto. –Le dijo esto con un gesto cómplice.

Cuando más tarde se encontró con los jubilados noveles para decirle la alternativa que le había dado el jefe de personal, y que por amor a Dios le dijeran, dónde habían logrado obtener los papeles que los habían convertido en bisoños pensionistas, estos negaron a pie juntillas que sus documentos hayan sido falsificados, pero cuando Diosdado les recordó la fecha en que cada uno había llegado a trabajar en esa oficina, estos se defendieron diciendo: "Nadie sabe lo de nadie. ¿De dónde sabes tú que solamente hemos trabajado para esa oficina y nada más?".

Y ahí fue que se le prendió el foquito. La clave era conseguir certificados de haber trabajado ocho años antes de ingresar a esa oficina, ¿pero dónde? La cosa estaba muy difícil porque esos perversos bellacos que ahora estaban gozando de una jugosa pensión, se hacían los inocentes, diciendo que nunca habían falsificado nada y ni siquiera querían decirle dónde habían conseguido esos documentos "bamba". Y así estuvo como loco hasta que su conviviente le dijo que su tío Saturnino Mendieta Jara trabajaba como jefe de personal de la oficina de Puno, y como en ese lugar se falsifica hasta el mejor whisky de Escocia, bien podrían falsificar esos papeles. Así que en ese mismo instante la mujer llamó a su tío para contarle la triste historia de su esposo y al final le mintió que su hijito también se llamaba Saturnino como él, y que como ya había sido su padrino de corte de pelo, también debía ser su padrino de bautismo.

El tío Saturnino les dijo: "Haber que puedo hacer", y que lo llamaran el día martes por la noche a su casa y que para ese asunto, nunca por nunca, al trabajo. Cuando por fin llegó esa noche, el tío les dijo que estaba tras los pasos de un antiguo empleado que tenía que ver con archivos y certificaciones de su oficina; que ojala que acepte, y lo más importante de todo es que aun conserve los sellos de aquellos tiempos; que cariños al bebé y que lo llamen el día jueves a la misma hora, "a la casa, nunca al trabajo". A esa hora de la noche del  día jueves, el tío les preguntó: “¿A qué Santos les rezan?” y Diosdado se alegró hasta los tuétanos, porque el hombre aún tenía los sellos y lo que era mejor, estaba dispuesto a trabajar en esos documentos, porque como jubilado mal pagado no podía dejar escapar esa oportunidad para comprarse las medicinas que no tenía EsSalud. Así que como un pago simbólico a ese enorme favor les pedía mil soles por cada año de servicios que iba a certificar, y que se olvidaran de regatear o si no la cosa se quedada como si nada hubiera pasado, y que también se olvidaran de él y hasta del bautismo.

–¡Al toque, no importa el precio! Si tienes que dar dinero para tener más dinero, eso no es una coima sino una inversión. –Dijo Diosdado y como un iluminado, agregó: –Para que ese dinero me dé más dinero, solo tengo que vivir más.

Para pagarle al amigo del tío, ese mismo día se fue a su pueblo a pignorar por quince mil soles la casita que le habían dejado sus padres, a un comerciante de Juliaca que como inquilino hacía buenos negocios en ella porque estaba ubicada en la plaza de armas de aquel lugar.

Con el dinero necesario su conviviente viajó a Puno para recoger los muy fresquecitos documentos de un trabajador que nunca había conocido ni en sueños ese lugar.

Al momento de despedirla, el tío simulando las culpas de un contrito pecador, le dijo muy seriamente: “Dile a tu esposo qué con la copia certificada de estos instrumentos no haga más trámites de lo que me ha dicho, pero si quiere hacer otro trámite debe obtener otras copias certificadas, sino se pueden levantar sospechas que no nos conviene”, y a ella le dio ganas de responderle: “¡Vete a la mierda viejo miserable, hablas como si tuvieras los originales de estos documentos, y como si no supiéramos que tú nomás has hecho estos papeles”.

Con esas certificaciones, más los restantes siete mil soles que el cesante en ciernes le dio al señor Alonso Panduro  para que tramitara la resolución de su jubilación,  y todas las  acciones necesarias que deben hacerse para que comiencen a pagarle la misma pensión que los otros traferos cobraban, Diosdado se limitó a esperar nerviosamente hasta que por fin después de seis meses comenzó a llegar la primera mensualidad, pero el Jefe de Personal se quedó con ella hasta por seis meses, porqué:

–Toda la documentación no solo ha pasado por mis manos. Además he tenido que girar tres mil soles a Lima para que el señor Mantilla del MEF meta esa resolución en la computadora de ese ministerio. Pensándolo bien mejor no hubiese aceptado ese trámite porque para mí no ha quedado casi nada. –A lo que  Diosdado aguantándose la cólera, pensó: “¡Juro que voy a vivir más de cien años como mi abuelo, y que todo ese gasto lo voy a recuperar mil veces!”.

Cuando comenzó a llegarle su pensión a la tarjeta Multired que por seis meses lo tenía en su poder el "conchasumadre del Panduro", Diosdado por fin pudo cambiarle la contraseña y comenzar a cobrar su logro.

Como si fuera cosa del diablo, desde ese día comenzó a "sobrarse" con su conviviente y su hijo. También empezó a viajar a su pueblo y quedarse en el segundo piso de su casa por semanas enteras y sólo salía de ese lugar para acelerar los trámites de las dos liquidaciones de su pensión que el jefe de personal estaba preparando: una por 198 mil nuevos soles y otra más gorda de casi 302 mil. Entonces fue cuando su conviviente se “arrechó” y se fue a buscarle a donde vivía, para decirle que se deje de cojudeces, "si no quieres que se acabe tu pensión bamba y te violen en la cárcel para bajarte toda tu altanería." Además agregó que tenía muchas ganas de joder a ese su tío pendejo.

Cuando conoció de estos líos y el carácter peliantero de su conviviente, el jefe de personal le aconsejó que le diera, bajo recibo, el 50% de esa pensión para que se mantenga quieta, porque lo más jugoso vendría con las liquidaciones. Más tarde, como ella ya había "comido" de esa plata, no podría ir a quejarse a ningún sitio, y así no pasaría nada. O acaso creía que los que gozaban de una pensión bamba lo hacían gratis.

–¡No señor! Ellos tienen que pagar religiosamente hasta el 20% al pata que les ayudó con las certificaciones de pagos y descuentos. Así es la vida. ¡Nada es gratis! –Le dijo como quien sabía los secretos de los que desde el gobierno de Fujimori venían cobrando una pensión fraudulenta y agregó: –Además tú nunca has falsificado ningún documento, sino que fue esa chola junto al cutrero de su tío y de remate en Puno.

Cuando la Gloria comenzó a recibir el 50% de esa ganancia, ya no le importó más el hombre sino su derecho. Así que se hizo amiga de la señora Graciela que trabajaba en esa oficina para saber cuánto era realmente la pensión del Diosdado. En esas idas y venidas con chocolatitos y perfumitos baratos de regalo se enteró de las jugosas liquidaciones, y como era su derecho lo cuadró como correspondía para que no se hiciera el vivo con su 50% de la primera liquidación y la mitad de la segunda.

De repente dos semanas más tarde la conviviente apareció muerta en el Cusco. Dicen que atropellada por un carro en la carretera que lleva al santuario del señor de Huanca. Cuando la hermana de la difunta le hizo saber esa desgracia al Diosdado, este se  puso a llorar amargamente e inmediatamente salió de su pueblo para viajar al Cusco y arreglar la entrega del cadaver y  su entierro en ese mismo lugar, pero su hermana se negó hasta que se hicieran todas las investigaciones, porque todo apuntaba a que esa muerte no era un accidente de tránsito, sino otra cosa.

Después de la autopsia los médicos dijeron que la occisa  había tenido relaciones sexuales recientes y que todavía había semen en su vagina,  y que si alguien deseaba y pagaba para que se sacara un perfil de ADN de esa secreción, no había ningún problema.

–¡Yo voy a pagar ese examen doctor!, porque quiero saber con quién ha estado mi hermana antes de que la maten. –Dijo la mujer.

Cuando salieron los resultados del ADN, por orden del Fiscal a cargo de la investigación se tomaron muestras de la saliva del Diosdado. Después de ese examen que también pagó la hermana de la difunta, los forenses dijeron que al 99.99% se trataba del mismo perfil genético. Así fue cómo Diosdado Cumpa Ríos fue a parar a la cárcel como el principal inculpado en la muerte de Martha Surquislla Lopinta.

Mucho antes de ese examen, la autopsia reveló que la habían ahorcado el día anterior al hallazgo de su cadáver con un cable de luz número 14 y probablemente con la fuerza de dos hombres. Que sus autores  al momento de abandonar sus restos la pasaron dos veces con las llantas del automóvil donde trasladaron el cadáver, para simular que se trataba de una devota peregrina que había sido cruelmente atropellada por algún irresponsable conductor. Que las huellas de las dos llantas estaban perfectamente impregnadas en la piel y los vestidos de la asesinada y solo  era cuestión de dar con el paradero del vehículo para confirmar ese hecho y dar con el otro autor.

Sobre la base de esas conclusiones, más todo lo que sabía de los negocios que tenía la muerta con el jefe de personal  y con el criminal Diosdado, a la hermana de la víctima se le metió en la cabeza que el otro asesino era Panduro Ríos y nadie más, y porque además ese desgraciado tenía cara de hampón, así que consultando a la siempre servicial Graciela, que ahora era también su amiga, averiguó que justo el día del crimen de su hermana, Panduro había pedido permiso por motivos de salud, pero en la oficina desconocían  si había viajado a alguna parte para buscar ayuda profesional.

Con esa información, Cleofé Surquislla Lopinta se averiguó en todas las agencias y comités para saber si ese día un tal  Alonso Panduro Concha había viajado al Cusco, pero no encontró ninguna respuesta. Así que no le quedó más remedio que acudir a un amigo de PROVIAS para saber si el día 14 de agosto, las cámaras de video de la garita de peaje de esa ruta habían grabado a un automóvil, marca Toyota Yaris, color azulino, de Placa de Rodaje GC–4132.

Una semana más tarde le confirmaron que ese carro había pagado su peaje a las 6.24 de la tarde de ese día  y que incluso se grabó parte de la cara de su conductor. Con esa información quedó totalmente convencida que fueron esos dos malditos los que habían matado a su pobre hermana, y cuando estaba a punto de denunciar al otro asesino, ahí nomás, como cosa de Dios o del diablo, una bala perdida mató al Diosdado en la revuelta carcelera que por esos días se había producido en el penal de "Kent–choro".

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La señora Cleofé no hizo nada más que esperar. Y esperó pacientemente a que la comedida Graciela, le dijera que el señor Panduro había convocado a la esposa de Diosdado Cumpa Ríos, para decirle que como su viuda tenía derecho a cobrar la cesantía de su difunto esposo, además de las liquidaciones de sus pensiones devengadas que ascendían casi a 500 mil.

Cuando por fin la viuda se acercó a la oficina de personal con la Sucesión Intestada que la declaraba como su única y universal heredera, dispuesta y alegre para cobrar todos los derechos que como un milagro le otorgaba la ley al difunto que pensaba cobrar hasta más allá de los cien años. Panduro le dijo que lo sentía muchísimo porque el Estado Peruano no debería pagar ni un sólo céntimo, pues los papeles que había presentado su esposo para llegar a ser pensionista eran falsificados, especialmente los que correspondían a la ciudad de Puno, y que lo único que podían hacer los dos para no entrar a la cárcel, era olvidarse de ese asunto y denunciar este grave hecho ante el Ministerio Público, y punto.

Después Panduro esperó casi un mes, hasta que se apareció la mujer para decirle que si le permitía cobrar los 500 mil soles, a él le podría corresponder el 30%, y de la pensión mensual le daría religiosamente el 10%. "Total, de este asunto sólo sabemos usted y yo". A esa propuesta Panduro le respondió secamente: "De las liquidaciones la mitad y de la pensión el 30% ", y así quedó cerrado el trato.

Todo estaba como sobre ruedas, hasta que a Panduro le llegó una extensa carta donde la hermana de la occisa le recomendaba que le dijera a la "avivata" viuda, que a ella le tocaba el 50% de todo lo que se iba a cobrar, incluso de la pensión y adjuntaba a su misiva una certificación oficial de la oficina de Puno,  donde se hacía constar  que don    Diosdado  Cumpa Ríos,  jamás  había trabajado en esa dependencia estatal. La carta terminaba señalando: "Y no creas que el crimen de mi hermana va a quedarse archivado provisionalmente por toda una eternidad. Tengo la grabación de la garita de peaje de PROVIAS donde apareces tú, el Diosdado y el cuerpo muerto de mi hermanita Gloria. Si te atreves a tocarme siquiera aun solo pelo, te mueres maldito, porque no solo tú puedes matar por el cochino dinero".

Más adelante el jefe de personal le hizo llegar una carta a ella y a la viuda,  con la copia de un oficio dirigido al Jefe de la Oficina, adjuntando la copia de la certificación que le había enviado la hermana de la occisa, recomendando se curse una comunicación a esa oficina de Puno para saber si la certificación era verdadera, y de ser cierto que el difunto Diosdado Cumpa Ríos, jamás había trabajado en esa dependencia, se paralicen todos los trámites correspondientes a la pensión y al pago de sus dos liquidaciones y se devuelva el dinero al Tesoro Público.

Tras esa desesperada amenaza, las negociaciones a tres bandas se intensificaron, hasta llegar al siguiente acuerdo: 1.- El dinero de las liquidaciones se repartirían en tres partes iguales. 2.- La pensión se repartiría así: 40% para la viuda del ex pensionista; 30% para Cleofé Surquislla Lopinta que sería destinado para la educación del hijo de la difunta; y, 30% para el señor Alonso Panduro Concha.

Ahora solamente les quedaba a Gloria Surquislla Lopinta y Alonso Panduro Ríos, guardarse las espaldas para que a lo largo del cumplimiento de ese acuerdo, no se les ocurra morirse de un momento a otro.


martes, 7 de julio de 2020

LA FANÁTICA RELIGIOSA


Después de todo y al parecer, las cosas suceden como si estuvieran escritas desde siempre en las hojas de algún libro sin nombre, para que dentro de esos días que llamamos nuestro destino nos limitemos a representar, sin previo ensayo, el papel que se nos ha asignado.

–¡Qué habrá pasado por la mente del pobre Eulogio para matar tan salvajemente a la profesora Midori y después degollarse! –Comentó alguno de los que fueron a ese paupérrimo sepelio que los estudiantes habían organizado por medio de "una chancha" que apenas alcanzó para pagar un mísero cajón y una solitaria noche en el velatorio de la beneficencia, para después trasladarlo sin cura y sin rezos al cementerio de los campesinos del pueblo.

–¿Sabe Dios en qué pecados habría estado metida esa pacharaca, que para olvidar sus culpas ha tenido que convertirse en una fanática religiosa? –Dijo otro.

–No porque creamos ciegamente en Dios, tenemos derecho a suponer que los demás son unos malditos pecadores que no merecen ningún respeto, y que por el contrario hay que mortificarlos hasta hacerles conocer la ira del supremo. –Opinó uno de aquellos contertulios.

–¿Y a qué viene todo eso que dices? –Preguntó el creyente del dios cósmico.

–Viene, porque yo creo que nadie tiene derecho a meternos en su credo aprovechándose de nuestra pobreza. –Contestó.

–Si pues, como lo hizo la profesora Midori Matencio Pisani, que llevó su fanatismo religioso hasta el extremo de provocar su propia muerte y el suicidio de aquel pobre estudiante de Lambrashuaycco. –Terció alguno para redondear la idea.

–¡Si carajo! Esa se aprovechaba de los patas misios que con el sueño de ser profesionales ingresan a esta universidad. Pero lejos de recibir una educación universal en sus aulas, estaban obligados a soportar el fundamentalismo de esa loca. –Aclaró alguien.

–¡Acaso eso nomás! ¿Y la sicopatía, la avaricia, el acoso sexual y todas las demás huevadas de los otros profesores? ¿Acaso eso también no cuenta? –Recordó otro.

–Pero para ser realistas debemos admitir que no sólo en nuestra universidad pasan esas cosas. En la otra tienen a una maldita chiflada que no solo se alucina una brillante intelectual sino una gran líder religiosa, y se aprovecha muy bien del vivo deseo que tienen sus alumnos de salvar sus cursos y así zafarse de sus garras. Imagínense que para aprobar sus materias, ha tenido la conchudez de obligar  a sus alumnos a asistir por tres días, previo pago por supuesto, a un retiro espiritual en el convento que tiene una capilla, allá en la campiña de San Clemente. Cuentan los asistentes que en ese lugar y por tres largos días, la huevona se rayó a su gusto, gritando como una bruja en trance una y mil sonseras que según ella estaban escritas en la biblia, y todo eso en compañía de su marido que estaba más loco que cien cabras juntas, y que al final de ese desvarió los alumnos acabaron pidiéndole a Dios, para que cuando terminara ese aquelarre se abran las puertas del infierno para que caigan esos dos malditos tarados.

–¿Y qué pasó con los alumnos que no fueron a ese retiro? –Preguntó un curioso.

–¡Simplemente los desaprobó!, y cuando iban a reclamarle les decía: “¡Guerra avisada, no mata moros!”. Más tarde cuando fueron a quejarse a las autoridades de la universidad, estos les obligaron a pagar  50 soles para que la Midori les tomara un examen subsanatorio que al final no subsanó nada, porque igual se los chupó.

Terminada esa anécdota que no venía al caso a pesar que en algo se parecía a la historia que estaban abordando, los muchachos recordaron que la Midori tenía la costumbre de arrimarse  a los patas pobres y sin parientes. De esos que andan metidos en los cuartuchos de  alquiler que existen por las afueras del pueblo. No se les acercaba por el gusto que tienen las mujeres por los hombres, sino por un gusto que a cualquiera así nomás no se le antoja.

Todos recordaron que esa loca se metía en sus vidas con el cuento de la palabra de Dios y el estudio de las sagradas escrituras. Pero cuando los muchachos caían en sus redes, ya no le interesaba en lo más mínimo su pobre vida, su hospedaje, su alimentación, su ropa, su aseo, sus estudios, sus horarios, su ocio,  sus fotocopias, su futbol en la tele, su navegación por el internet y todo eso que tenía que ver con gastar dinero. Pero sin embargo como si fuera una docta en todo lo que le gusta a los muchachos de estos tiempos, le encontraba uno y mil defectos y no pocos pecados a sus modos de vivir y de llevar sus cosas, diciéndoles que ella tenía el secreto para lograr  una vida mejor. Cuando lograba despertar el interés de su presa en lo que ella le proponía, que en buena cuenta no se sabía a ciencia cierta de qué se trataba, empezaba metódica y sistemáticamente a controlar la vida del incauto que había logrado atrapar.

–Si no eras pendejo para zafarte bonito nomás, sin que ella lo notara, te jodías. Porque de allí en adelante ibas a tenerla encima de ti, mandándote, controlándote y gobernándote como si fueras su querida mascota, pero si no querías que la loca te tratara como si fueras la presa de su cacería, entonces no te quedaba más remedio que mandarle a la mierda, si no querías volverte loco. Aunque después nunca aprobarías sus cursos. –Recordaba uno de esos estudiantes solitarios.

–¿Pero esa profesora no se daba cuenta que su psicótica conducta era harto conocida por todos los profesores y los estudiantes? –Preguntó muy extrañado uno de los contertulios.

–¡Pues si se diera cuenta, no sería loca! –Contestó otro haciéndole las señas que se les hacen a los tontos, y agregó. –Acaso no se dan cuenta que con roche o solapa nomás, cada uno de los profesores tiene su cuota de locura.

–Pero en algún momento las autoridades universitarias han debido llamarle la atención por esa conducta que nada tiene que ver con el quehacer universitario. Incluso han debido echarla de la universidad, si es que la mujer no tenía conciencia de lo que estaba haciendo.

–¡Y para qué crees que existe el Poder Judicial!, pues para amparar a un montón de locos y chiflados que creen que tienen más derechos que los propios dioses. Pero si tuvieran la valentía para despedir a una loca, entonces tendrían que despedir a todos los coimeros, los acosadores sexuales, los cabros solapas y a todos esos inmorales que se creen los grandes formadores de la inteligencia regional. Y si como se tratara del país de las maravillas esto llegara a suceder, la universidad se quedaría vacía.

Después de esas aclaraciones siguieron recordando que el Eulogio, que de por sí ya estaba un poco tocado, como de hecho lo están muchos de esos muchachos que llegan desde sus pueblos y que gracias a que “hace más el que quiere que el que puede” logran ingresar a cualquiera de sus universidades y conseguir algún dinerito para establecerse en el pueblo. Porque encontrar trabajo en ese lugar es casi nulo, de modo que hay que ser muy "mosca" para  ganarse una propina y así poder pagar en parte las fotocopias, el Internet, los pasajes, el detergente para lavar los cuatro trapos y esas otras necesidades que muchas veces inventa la universidad para recordarte que la educación es un negocio, y que al igual que en los restaurantes o las cantinas, tienes que pagar por lo que consumes.

–Bueno pues al grano. ¿De qué se trató eso del pobre muchacho?

–¡Ah, claro! Dicen que la loca logró impresionarlo con todas esas pichuladas con que se llenaba la boca, y que porque era una profesora todos tenían la obligación de creerle como si se tratará de algo tan vital como las proteínas, los carbohidratos o el agua. Así que después de lograr ajustar la conducta de su "punto" de turno a lo que ella quería, lo comenzaba manipular a su regalada gana convirtiéndolo en su esclavo sicológico. “Eso no se hace..... Mateo X–4”. “Eso no se dice...... Filipenses CVII–9–14”, “Así me gusta...... Ezequiel LXXI–9”, y un montón de otras chifladuras más que a veces ni siquiera venían al caso, pero que como estaban escritas en la biblia, eran la palabra del mismísimo dios de todos los dioses. Y como a las mascotas o a los animales de los circos, por cada buena acción u orden cumplida le iba obsequiando una propinita para las fotocopias, una propinita para entrar al estadio, una propinita para los pasajes y de vez en cuando un polito por que le daba la gana.

–Pero supongo que la cojuda estaría enamorada del pobre Eulogio y aprovechando que estaba solo en este pueblo, cuántos polvos le habría obligado a tener que meterle.

–¡Qué polvos ni qué ocho cuartos! Esa era una reprimida sexual hasta su remaceta, y por culpa de esa tara le venía el gusto de hacer sufrir a los hombres.

Después el grupo recibió el testimonio de una de sus víctimas. Les contó que al principio todo era la palabra de Dios. Después los adoctrinaba en el largo tormento que debían pasar sus discípulos para demostrar su fe, si de todo corazón querían que llegara a sus vidas los milagros y portentos que el supremo hacedor les tenía asignados. Que pasado ese ablandamiento mental, sin que se dieran cuenta, la loca se montaba sobre el alma de sus víctimas y lograba hacerles sentir que estaban en deuda con su bondad y que cualquier desviación de lo que ella esperaba, sería una diabólica traición, que no sólo se la estaban haciendo a ella, sino al mismísimo Dios que está en los cielos, que todo lo sabe porque todo lo ve.

–¿Y porque el pata no se habrá quejado? –Preguntó uno, esperando que alguien le aclaraba esa duda.

–¿Y a quién podía haberse quejado? A nadie, menos aun cuando se encontraba en la aterradora situación de sentir que en cualquier momento todo su mundo se le iba a caer encima y que después enloquecería. A una persona gravemente deprimida todo le parece imposible, y lo peor es que creen sin la menor duda, que todo lo que les pasa o lo que sienten es por su propia culpa. Lo que necesitaba el pobre Eulogio era una urgente asistencia médica especializada, no una loca que aprovechándose de su jodida situación, le venga con el cuento de las tentaciones de Satanás y el pecado para manipularlo a su antojo, porque así estaba señalado en las sagradas escrituras.

–¿O sea que la Midori también estaba enferma y en vez de buscarse un médico loquero o aunque sea un chamán, la huevona pensaba que se curaba enfermando más y más a sus "puntos"?

–¡Claro! Esa era una vampira mental, porque necesitaba absorber la energía de sus víctimas para seguir viviendo. Pero no era como los vampiros que saben que son vampiros y se cuidan de serlo, sino que a esa chiflada se le metió en la tutuma que el supremo creador le había confiado las almas de todos los estudiantes, para que ella con su infinita bondad los salvara de las garras del alcohol, las drogas y las malas mujeres que según su parecer existen y hasta sobran en este pequeño pero movido pueblito, y que haciendo esas buenas acciones, ella misma se salvaría de la posesión demoniaca que desde niña le había hecho sentir su padrastro, que era el más connotado líder de esa iglesia que un día la expulsó, porque alguna vez se atrevió a confesarle a una chismosa, que de chiquilla el marido de su madre la violaba con la venia de esta.

–¿Y tú, cómo sabes eso? –Le preguntó con cierto enfado, uno de esos a quienes no les gustan los lenguaraces y luego agregó a modo de sarcasmo. –Estas igual a esos “Chauchillas” de mierda que todo lo saben solo porque se lo imaginan. ¿O tú también ya te has vuelto periodista?

–Todo se sabe en esta vida, y mucho más se sabe de la gente que anda metida en esas sectas para dar testimonio de su perra vida en calles y plazas. "¡Yo era un alcohólico!" "¡Yo era un violador!" "¡Yo era una prostituta!" "¡Yo era un drogadicto!" En esas cofradías todos deben saber lo de todos, para que sus líderes puedan lavarles las mentes y así controlar mejor sus vidas. Menos mal que nosotros los católicos les confesamos  en secreto a nuestros curas un poquito de todo lo malo que hemos hecho para librarnos de nuestras culpas, y después como si nada volvemos a las mismas andanzas con la confianza de que podemos regresar a confesarnos.

Un día de esos, de los tantos que tienen que pasar a lo largo del año, unos pendejeretes le dijeron que cuánto le cobraba a la vieja por meterle todos los polvos que la tía le exigía. “¡Cóbrale bien a esa tacaña!” le dijo uno, a lo que otro agregó: “¡A mí me pagaba con un octavo de pollo y cincuenta versículos que como un chorro de baba le salía de la boca mientras me devoraba ese bocadito”. Como no supo que decirles, porque desde el tiempo en que le dolía la nuca, no podía decirle nada a nadie, y una vez más solo optó por callarse.

El silencio, era mejor. Ignorarlos, era mejor. Y cómo la pandilla no quería callarse sin más ni más, comenzaron a decirle que se quitara de esa vieja porque era una mierda que ya había loqueado a más de seis muchachos que prefirieron largarse de la universidad para no verla más, porque era mejor no ser profesional que la mascota de una pervertida.

A pesar del mal que lo torturaba, desde ese día comenzó a levantar la cabeza, y poco a poco empezó a darse cuenta que esa mujer no tenía ningún derecho a mangonear su vida, y que la biblia que estaba en la cabecera de su cama podía ser leída sin necesidad de que alguien le dijera de qué se trataba. También recordó que había sido bautizado en la fe de sus padres por los curas gringos que habían reparado la vieja iglesia de su pueblo, así que decidió zafarse de una vez por todas de su empalagosa presencia.

Para empezar comenzó por faltar a los estudios inductivos de la biblia que ella le daba en su iglesia "para que conociera la fuente original y respetara totalmente su autoridad".

Una tarde le suplicó al estudiante vecino para que echara candado a su cuarto con él adentro, y cómo el vecino sabía de qué se trataba, de buena gana le hizo el favor. No tardó ni dos minutos después de aquel encierro para que se apareciera la mujer, que al ver la habitación cerrada optó por retirarse. A la media hora volvió a venir y volvió a irse y esas inútiles venidas se repitieron hasta cuatro veces más. Ya sin moros en la costa el acosado se fue a cenar a su pensión y ahí mismo se la encontró, para preguntarle casi gritando, ¿dónde diablos se había metido?, ¿qué estaba haciendo? y todo lo que hay que decirle a un sometido que debe responder por todos los actos de su vida, pero nunca le dijo que lo había ido a buscar varias veces en ese día. Eulogio que jamás hablaba cuando le reprochaban, ni mucho menos respondía cuando le gritaban, se calló como se callaba siempre que sentía que lo atacaban como para matarlo.

De un momento a otro se levantó sin esperar que le sirvieran la cena. Se fue rápidamente a la puerta de la pensión y de allí se echó a correr como un enajenado por varias cuadras, pero cuando sintió que ese calor que lo hacía sudar casi hasta bañarlo se estaba enfriando y que su corazón que se le iba a salir por la boca se estaba calmando, comenzó a caminar lentamente por las calles vacías contando sosegadamente sus pasos, de diez en diez, de cincuenta en cincuenta, de cien en cien, hasta que por fin a la una de la mañana pudo irse a dormir el pequeño y ligero sueño que se apiadaba de sus cansancios.

La silenciosa rebeldía del estudiante iba creciendo cada día más y más dentro del encierro voluntario que lo libraba de darle cuenta a esa mujer lo que pensaba, lo que le pasaba y lo que quería hacer con sus días,  incluso puso fin a su pensión de comida, para picar aquí y allá un poco de todo, sin darse cuenta que su "desaparición" estaba provocando en la Midori la más loca desesperación que pudiera haber visto quien por casualidad hubiera llegado a enterarse.

Eso no podía estar sucediéndole a quien como ella, solo quería conducir a tanta juventud perdida por los caminos del Señor. Eso era cosa de aquel demonio que desde su infancia la estaba acechando, pero esta vez no para quitarle su inocencia, sino para arrebatarle a un inocente, y eso no debería volver a sucederle. Menos ahora que se había hecho fuerte en la palabra de dios y que había crecido espiritualmente. Esta vez no habría fuerzas de la tierra o del  infierno  que pudieran arrebatarle el alma del Eulogio. Esta vez no podrían vencerla. ¡Esta vez estaba decidida a todo!

En otra ocasión se apareció en el alojamiento del universitario con dos policías. Les señaló el cuarto y como vieron que estaba cerrado los oficiales le dijeron que por la noche harían una batida para dar con el denunciado. Entonces la mujer montó en cólera y pateó la puerta de la habitación hasta que el candado chino saltó en pedazos, ingresó al cuarto y en su  interior encontró al muchacho. Al grito de la mujer, inmediatamente los policías se le abalanzaron y le pusieron unas esposas en las manos, luego buscaron y rebuscaron todos los rincones del pequeño cuchitril y revolvieron las pocas y pobres pertenencias del universitario y no encontraron ni un solo centavo de los cinco mil dólares que le había robado.

Cuando estaban a punto de llevárselo preso, la mujer suplicó a los policías para que la dejaran un rato a solas con el detenido. Como eso no era parte del protocolo de una intervención policial no aceptaron, y menos aun cuando la mujer con lágrimas en los ojos les rogaba que los dejaran solos. Esto los desconcertó porque otra había sido su actitud cuando presentó su denuncia por robo de moneda extranjera, y otra muy distinta al momento de suplicarles para procurar esa captura.

–¡Papacitos, yo voy a hablar con él! ¡Yo voy a hablar con él y él me lo dirá todo! ¡Si se lo llevan jamás voy a recuperar mi dinero¡ ¡Por favor, por favorcito! Ustedes ya saben cómo es su cara y dónde vive.

Entonces la mujer les hizo una seña para que salieran afuera. Lejos de las gentes que vivían en esa casa y de los que estaban siendo testigos de aquel raro espectáculo, les ofreció 300 soles para que se olvidaran del asunto. Después de conferenciar, los policías recibieron de buena gana esa oferta, porque no les convenía que más adelante se supiera que se había roto un candado para allanar sin orden judicial el cuarto del denunciado, y también porque al parecer se trataba de un asunto sentimental. Además el rostro del muchacho, lleno de una profunda tristeza, revelaba que no era un ladrón. Después de esa reunión ingresaron a la vivienda para quitarle los grilletes, al tiempo que le ordenaban que a más tardar a las seis de la tarde debía presentarse en la comisaría para continuar una investigación pendiente. Luego en voz muy bajita como para que no escuche nadie uno de los policías le aconsejó:

–La profesora te ha denunciado por el robo de cinco mil dólares que estaban en el dormitorio de su casa, ahora lo que te conviene es arreglar con ella para que se calme, sino vamos a tener que seguir con las investigaciones.

–¡Pero yo no le he robado nada! Ni siquiera conozco su casa. –Se defendió el estudiante.

–Aclara eso pues, te conviene. –Y los oficiales se fueron tranquilos como si nada hubiera pasado o como si algo bueno les hubiera pasado.

Después de ese episodio el muchacho se metió a su cuarto y detrás de él, casi a la fuerza la Midori, para decirle que de su casa se habían robado cinco mil dólares de los diezmos que la iglesia le había confiado para girar a la central de EE.UU., y por eso la policía estaba sospechando no solo de él, sino de todos sus discípulos.

El muchacho se calló, como siempre se callaba cuando la vida se le enredaba. Y la mujer siempre insistiendo en saber por qué se había escondido, porqué le tenía miedo, por qué quería perder su amistad, pero como la respuesta no llegaba nunca, el silencio se fue abriendo como un profundo  abismo entre los dos. Un abismo que se llenaba de una sombra espesa como el petróleo, que hacía que las palabras de ella se escucharán muy lejanas, como si nunca hubieran salido de sus labios, mientras que el silencio del Eulogio iba mezclándose con esa pesada negrura que poco a poco iba inundando aquel pobre lugar. Y en medio de esa pesadilla ella obligándole a escuchar lo que le decía y él sintiéndose caer en las sombras de ese abismo que esta vez sí, acabaría en la locura.

De pronto como en la cámara lenta de las películas, él se vio tomar una de las pesadas tablas del tabique que soportaba el magro colchón donde dormía, y calló a esa terca voz que le regañaba, que le mandaba, que le vapuleaba desde el otro lado de aquellas sombras; y cuando se acabó el último quejido que al ras del suelo expulsaba aquella terca boca, inesperadamente las sombras comenzaron a disiparse, dejando tan solamente un espeso charco rojo que se iba desbordando por un delgado hilo, como si se tratara de una estela que dejaba el inesperado paso de la muerte.

Súbitamente, como si de repente aquel profundo silencio le hubiera aclarado la mente, mirando la sangre que se iba esparciendo por el minúsculo piso de aquel cuartucho, sintió que ésta le estaba diciendo que nunca había sido necesario nacer, crecer, vivir, sentir, creer, temer, reír, soñar, desear, llorar, rezar y que inclusive pensar, estaban de más.

Entonces para ayudarse a salir de esa terrible lucidez trajo a su mente todos los felices recuerdos de su infancia y adolescencia. Cuando de repente otra vez volvió a esa claridad que le mostraba un torbellino de imágenes donde se veía sumergido en las rocambolescas investigaciones de la policía y dentro de los oscuros y pestilentes pabellones de una cárcel hacinada. Se vio también cabizbajo ante las interrogantes sin palabras de sus padres. Se vio en la lengua de todos los que lo habían conocido y de los que jamás lo conocieron. Se vio exhibido en los descarnados tribunales como juguete central de la parodia que deben representar aquellos que nunca llegarían a conocer la verdad de lo que sucedió dentro de su vida y su cabeza, así que como el tiempo de estar solo con su alma y sus miserias se le estaba acabando, decidió hacer lo que debía para que esa nada que lo invadía, sea total.

Al día siguiente con inmensas y horribles fotografías a colores, los periódicos del pueblo ventilaron la noticia de la trágica muerte de la Midori y el Eulogio. La una con la cabeza destrozada con una pesada tabla de eucalipto y el otro con la yugular malamente dividida por un motoso y oxidado cúter.

A su modo, el vecindario se encargó de darle vida a los infinitos pormenores de esa desgracia, que se resumieron así: Ella, profesora universitaria de 43 años y prominente líder de una iglesia protestante; el, un estudiante de 20 años  nacido y bautizado en la santa iglesia católica, apostólica y romana, que prefirieron acabar con sus vidas antes de darle una insufrible existencia a un amor imposible. El resto fue más de lo mismo.

Más tarde la madre tierra se encargó del descanso de sus cuerpos, y después el olvido de todo y de todos, fue el alivio eterno para esas dos almas.