sábado, 20 de febrero de 2021

EL RESCATE - DE "CUENTOS PARA CCOROS" - 13

    En un hermoso rincón de estas cordilleras vivía una familia de pastores. El padre y la madre eran hijos de la raza de los que dominaron la piedra y construyeron sobre la cumbre de las montañas, un lugar para vivir cerca del sol y del vuelo de los cóndores.

    Damián era el hijo mayor y Plácida se llamaba la pequeña. A sus doce años Damián había aprendido a sembrar los alimentos y a cocer el barro con la forma de las gentes, los animales y los frutos de los árboles. Plácida de diez años ya sabía hilar, tejer y cocinar. Todos sabían pastar las llamas y las alpacas de la familia.

    Allá por Machaypucro estaban los más largos y sabrosos pastos del lugar. Pero solo el jefe de la casa llevaba el ganado hasta a ese peligroso paraje, rodeado de pequeños, húmedos y frondosos bosques, pero al filo de profundos barrancos y que algunas veces era visitado por pumas y zorros hambrientos. Al final de su más ámplia terraza y a los pies de una gran peñolería se exhibía una caverna que se como el bostezo de un gigante se abría para sus oscuros y desconocidos fondos. A sus costados y un poco dentro de ella mostraba antiguas pinturas de color rojo que representaban llamas, venados, pajaros y otros animales que ya no se conocen ahora, así como unas lineas semejantes a dedos y otras que se enroscaban desde un centro que tenía la forma de la cabeza de una serpiente.

    Llenos de temor los abuelos contaban que aquel forado era la puerta de entrada al reino de los demonios y por eso nadie se atrevía siquiera a acercarse a ese siniestro lugar. En su boca de entrada habían crecido algunos matorrales y todavía podía verse el antiguo muro de piedras que lo tapiaba a medias, para que el ganado no entrara a perderse en sus profundidades.

    Un día, a la hora que el sol anunciaba su zambullida en la noche, empezó una fiera tormenta de zigzagueantes rayos, deslumbrantes relámpagos y ensordecedores truenos que espantaron a los rebaños y a todas las alimañas de la comarca. Pasado aquel pavoroso espectáculo, la noche se vistió con su poncho más negro para cubrirse de las cataratas de agua que cayeron del cielo para hacer crecer los ríos, caer los huaicos y levantar los pastos, los árboles y las siembras.

    En su casa Damián y su madre hicieron fuego toda la noche esperando con mucha preocupación la vuelta del pastor. No bien el sol hizo las señas de su regreso, salieron rumbo a Machaypucro llevando ropas secas y comida caliente. Todo estaba en su lugar como en un día cualquiera, las llamas y las alpacas felizmente completas, solo faltaba papá. Buscaron y gritaron su nombre por aquí, por allá, arriba, abajo, más allá y solo el silbido del viento les respondió. El padre de aquel hogar había desaparecido por completo, como si la tierra se lo hubiera tragado. “¿Cómo si la tierra se lo hubiera tragado?”, pensó Damián y en ese mismo instante reparó en echar un vistazo a la cueva.

    Grande fue su tristeza y aflicción cuando sobre el muro de la gruta vieron el poncho, el sombrero y las ojotas del extraviado. Gritaron hacia el fondo del socavón y solo el eco de sus propias voces y los chillidos de los murciélagos les respondieron, pero igual gritaron hasta que sus gargantas y el día se apagaron. Ya bien entrada la noche, con los ojos llorosos y una gran pena en sus corazones, salieron de aquel paraje arreando el rebaño. A pesar de no haber dormido bien, Damián se levantó como el jefe y pastor principal de ese hogar, y pese a la prohibición de su madre, llevaba muy temprano el ganado a Machaypucro con la esperanza de tener noticias de su padre.

    Un buen día, antes que el sol se asome por la más alta montaña, se le apareció un hombre alto con ojos que brillaban como la candela. Mirando siempre al cielo como si temiese que la luz del sol pudiera aparecerse de pronto y hacerle daño, le preguntó si quería ver a su padre, el contestó lleno de alegría que sí, “¡Claro que sí!”, a esa clara y alegre respuesta el extraño respondió: “Si  quieres ver  de  nuevo a  tu padre, debes pagarme su rescate con un fino poncho de vicuña, la piel de la más venenosa serpiente y un regio pañuelo de seda”, cuando terminó su propuesta corrió hacia la cueva y desapareció en sus profundidades en el preciso momento en que el brillo del día llegaba a esa planicie.

    Más tarde el niño le contó a su madre la grave oferta del maligno. Ella se puso más triste aun, porque aquellas prendas eran imposibles de conseguir por esos lugares. Habría que andar por las más altas y lejanas punas para conseguir la lana de las vicuñas; llegar a la profundidad de la selva para suplicar a los chunchos por la piel de una culebra, y remontar hasta dos cordilleras para arribar hasta el mar y la gran ciudad, donde vendían los más finos pañuelos de seda venidos de ultramar. Lo único que les quedada era llorar y maldecir aquel cruel destino. Damián dijo "¡No! y mil veces "¡No!". Y se hizo hombre aquel mismo día.

    Una semana después, con la bendición de su madre salió a buscar las prendas del rescate. Caminó más de una semana para llegar al altiplano y trabajó como pastor de alpacas durante muchos meses, en medio de las nieves y las soledades de aquellas inhóspitas alturas, para ganar cada una de las madejas de lana de las vicuñas capturadas durante el chaco del solsticio de invierno, porque estas ya no eran tantas como en otros tiempos por culpa de la ambición de criminales cazadores, que las habían matado hasta hacerlas muy pocas, al igual que las huallatas, las tarucas y las vizcachas. Pero si podía salvar a su padre con aquellos pequeños ovillos, valía la pena cualquier sacrificio, porque la vida siempre será más valiosa que cualquier cosa de este mundo.

    Cuando la destreza de las manos de su madre terminó un bellísimo y suntuoso poncho, partió a la selva. Al cabo de dos meses de recorrer por los fangosos caminos que caen a esa verde inmensidad, por fin  llegó a la jungla. Después de cocer  al modo cómo había aprendido, más de 100 ollas grandes de barro y otros cientos de trastos más, los agradecidos nativos le regalaron la piel de la víbora más letal de aquellos bosques y lo felicitaron por llegar a tiempo, pues muy pronto se iría a terminar aquel frágil paraíso, ante el estruendo de unas poderosas máquinas que arrancaban los árboles con todo y sus raíces y de otras que perforaban la tierra hasta sacarle un sudor negro, y también por la llegada de muchísimos hombres enloquecidos por encontrar oro, mucho oro en las orillas y las playas de sus ríos, y de otros perversos que convertían la hoja sagrada de la coca en un malvado polvo blanco por el que mataban o se morían.

    Cumplida  esa  misión  partió  a  la  costa, hacia las playas dolientes de un océano torturado. Caminando por seis semanas sin apenas descanso hacia el norte de aquellas regiones, de pronto tropezó con la gran ciudad envejecida hasta el cansancio. Allí se enteró que un pañuelo de seda y hasta dos le regalarían si juraba no entrar jamás a ese relleno humano, porque habían llegado tantos como él, que no había espacio para uno más, pero si quería quedarse tendría que luchar como una fiera para tomar el lugar y la vida de algunos de los muchos que ahí sobraban. El respondió que salvar una vida era su misión y tomó aquel hermoso pañuelo. Con agradecido y alegre andar, volvió a su hogar allende los andes, desde donde llega la luz y bajan las aguas para estos desolados desiertos.

    Dos años han pasado desde que recibió aquella cruel oferta y  un año más desde que dejó el pago del rescate en la boca del forado de Machaypucro, hasta que un buen día, cuando toda esperanza ya se había perdido, apareció su padre, feliz de estar entre los suyos, contando que había salido de aquel encierro por la boca de otra cueva de un lejano lugar. Damián le narró todo lo que había hecho y aprendido en sus viajes.

     Por su parte el rescatado, les contó que el maligno de Machaypucro tiene dentro de la montaña una gran casa donde los cautivos fabrican por la fuerza del hambre, miles y miles de pequeñas piezas de metal, que nadie sabe para qué sirven, aunque algunos aseguran que son partes con que se arman unos aparatos más grandes, que luego de ser montados en otros aún más grandes, se convierten en poderosas máquinas que sirven para matar a la gente en las guerras que se libran en otras partes del mundo; otras para destruir los árboles de las selvas y muchas para sacar los metales de las entrañas de los Apus.

     También les contó que además del perverso que lo secuestró para hacerle trabajar por un mísero plato de comida que solo alcanzaba para que no se muriera de hambre, existían otros demonios igual de crueles que en sus mundos escondidos, oscuros y malvados fabrican el dolor, la muerte y la destrucción de la Pachamama, para que sus amos puedan vivir muy cómodos y felices en su infierno de cemento, fierro y asfalto, donde engordan y engordan hasta aniquilar sus almas y donde los mejores son los más temerosos acumuladores de enormes fortunas que no son otra cosa que la suma de millones de  árboles, de animales y hombres muertos que jamás terminarán de consumir.

    Para terminar les reveló que a esos demonios no les gusta que los hombres sean lo que son, sino que toditos sean iguales, casi parecidos a los hatos de animales, sin sombreros, sin ponchos, ni calzados que pudieran distinguirlos y para que todos se quejen de la misma suerte, caminen por el mismo destino y terminen muriéndose de la misma muerte que esos malvados les asignan.

     Cuando acabó su infeliz historia, abrazó a su familia y llorando de alegría se compadeció del maligno, que podía vivir comiendo y bebiendo de lo mejor que puede producir el sudor y sufrimiento de sus semejantes, pero jamás volver a ser inocente, joven y valiente como su Damián. Ni mucho menos ser felizmente amado, ni rescatado por un niño que solo conoce el amor y la alegría de estar verdaderamente vivo.


viernes, 5 de febrero de 2021

EL "TAPADO" DE: "CUENTOS PARA CCOROS" - 12


        Los mortales del Tawantinsuyo entregaban su cuerpo a la Pachamama junto a todas las riquezas que la constancia de su trabajo o el empuje de sus audacias les habían obsequiado.  Solo se heredaban los linajes y los frutos de la tierra. Los muertos viajaban cargados de sus cosas a los lejanos destinos de Wiracocha, el Dios universal, que todo lo da porque todo lo tiene.

Hacia esas lindes debían partir con las mejores semillas,  los  más  finos  tejidos  y  las  más  deslumbrantes galas y  joyas de metales y piedras preciosas.  Esos  ricos entierros tenían como destino el ukupacha, el mundo profundo y oscuro de los muertos. Y aunque por todo sitio y en todo tiempo los desvelos de la codicia de los saqueadores hurgan esas fortunas, lo que partía con ellos eran asuntos de la otra vida en otro mundo. Era propósito de los dioses y por eso nadie debe trazar su destino en el valor terrenal de esos tesoros, a menos que quisiera caminar entre los gentiles.[1]

    Después llegaron de España los que vivían de las guerras, del sudor y sufrimiento de los vivos y de la fortuna de los muertos. No contentos con saquear los sagrados tesoros de los templos y palacios incaicos, despojaron a los que habían partido de este mundo de las galas y las joyas de sus entierros y sin ninguna misericordia por la madre tierra, penetraron hasta el corazón de las montañas, tras el sudor del Inti dios convertido en áureo metal codiciado y la palidez selenita de la plata.

     El tiempo caminó veinticinco formas de nuevos hombres sobre estos andes, pero la paz de los muertos todavía no regresa. Dionisio, Casimiro y Bernardino, pertenecían a esa laya de taimados campesinos que habían aprendido las mañas del malvivir de las ciudades. Una noche de planes arriesgados y de sueños dorados que acabó en jolgorio y borrachera, juraron solemnemente por la cruz de sus antepasados, compartir la fortuna o la desgracia que ocultan las tumbas de los abuelos precolombinos.

     La noche del primer viernes de la luna llena, hicieron la larga jornada hacia su sacrílego quehacer. Pasada la medianoche llegaron ante la puerta muy bien escondida de una caverna  profunda y renovando su juramento de lealtad inmarcesible, encendiendo sus lamparines, mecheros y linternas penetraron en lo profundo de la cueva y en el lugar que mostraba la traza de una antigua tumba, ofrecieron como reparación del sacrílego pecado que iban a cometer, una mezcla de las cosas que agradan al cielo, la tierra y al infierno. Dentro de una caracola gigantesca, de aquellas  que  salieron  del  mar  junto  con  las  montañas,  mezclaron  incienso,  canela molida,  pichuhuira[2] ,  pimienta,  tabaco,  coca  y  aguardiente  de  caña  que  fue quemándose lentamente sobre la tumba que iban a profanar.

    Mientras ardía la ofrenda, Bernardino rezaba en quechua y castellano una oración que solo él conocía o que ahí mismo se la inventaba, en tanto los otros fumaban cigarrillos de tabaco negro y soplaban aguardiente de caña hacia los cuatro costados de la gruta, rogando al cielo fortuna para su empresa y reiterando su voluntad de repartirse con exacta justicia lo que guardaba el dueño del "tapado".[3]  Terminado el rito de la "contra", para que nada entre ni nada salga, demarcaron con orines podridos el área que iban a excavar, finalmente colocaron gruesos ramos de ruda en los cuatro costados de lo que sería la zanja.

    En tanto los otros excavaban suavemente para no estropear algo de valor que pudiera asomarse, el Bernardino con un poderoso látigo daba fuertes azotes al aire y cortaba fieramente la atmosfera con el filo de su machete con el propósito de espantar a los celosos espíritus guardianes de  la  momia y sus tesoros. Estos se le aparecían en forma de alucinantes pumas sedientos de sangre, feroces osos ucumari asesinos, la mortal serpiente Amaru y cóndores hambrientos. 

    Cuanto era más acosado por esos horribles espantos, Bernardino se entregaba con más y más ardor a su etéreo combate, mostrando todos los gestos de la furia, sudando copiosamente por el esfuerzo que representa la bravura de cortar el aire con un fiero látigo y un pesado machete, porque a medida que sus socios se acercaban al esqueleto y las joyas del difunto, los recelosos guardianes de la tumba atacaban con más y más rabia y celo, hasta que por fin tropezaron con los toscos maderos de una podrida cripta que contenía al gentil con sus secas carnes por donde se dejaban ver sus amarillentos huesos, envuelto en ricos tejidos, adornado de hermosas joyas de oro y plata, rodeado de finos trastos, elaboradas herramientas y de toda la parafernalia de sus entierros.

    Antes de tocar alguna pieza de aquel tesoro, vertieron kerosene y aguardiente para espantar el gas mortal que se acumulan en esos entierros y que los sacrílegos llaman "antimonio", luego se pusieron a musitar por su cuenta algunas oraciones y finalmente haciendo la cruz de los cristianos, bautizaron a la momia con agua bendita para quitarle la maldad de los que no conocieron al Dios que vino de ultramar.

    Aun poseído por el fragor de la imaginaria batalla, Bernardino reclamó para sí la máscara de oro del difunto, los otros respondieron que no habría ningún reparto en ese lugar, sino que se reuniría con calma todo lo valioso posible y ya fuera de la cueva y con la luz del día, se haría el reparto conforme a las antiguas costumbres de los "huaqueros"[4]. Bernardino asintió su acuerdo, pero volvió a reclamar para sí, la rica máscara funeraria. Los otros se limitaron a vaciar lo que les interesaba de la tumba sobre un gran poncho de algodón.

    A medida que iban saliendo las joyas de aquel mancillado príncipe andino, fue apoderándose de Bernardino, la ansiedad de la codicia, basada en un sin fin de sinrazones, como que ese "tapado" estaba en su propiedad, lo que no era cierto pues ese lugar estaba ubicado en tierras comunales; que mucho antes que nadie solo él era el único conocedor de los secretos de esa cueva; que los otros dos solo eran sus invitados, ni siquiera eso, eran sus peones; y que si se logró algún tesoro fue gracias a su fiero y victorioso combate con los guardianes de la momia, porque si hubiera perdido esa batalla después de matarlos esos espantos acabarían trasladando la tumba y sus riquezas a otro lugar. ¿Por qué tendría que compartir las riquezas de su tesoro con esos miserables? 

    Un terrible menosprecio por sus socios iba creciendo dentro de su alma, cada vez más y más y a la par que crecía el valor de aquel entierro. Y a medida que iba aumentando el aguardiente de los brindis jubilosos, su razón se fue oscureciendo.

     Casi al final de la noche y de los afanes, Bernardino tomó el machete y de varios certeros tajos, espantó las almas del Dionisio y Casimiro, en una locura de sangre que hizo encender el brillo de los metales en los arcos orbitarios de la desenterrada calavera que según oía y veía el asesino, reía a sonoras carcajadas dentro de aquella cueva.

     Luego de sepultarlos en la misma tumba del gentil junto con el tesoro acumulado, con las luces del día se desnudó para que los espíritus que habitaban aquel agujero vieran que salía rumbo a su casa con las manos vacías. Allí esperaría algún tiempo, hasta que los vecinos del pueblo repararan en la ausencia del Dionisio y Casimiro, los extrañen y los olviden por ingratos, por haberse marchado sin despedirse.

     Cuando todo el vecindario convino que los asesinados se habían marchado del pueblo por las mismas razones que obligan a mudarse a los demás, Bernardino consideró propicio el tiempo para volver a la cueva  y hacerse con el tesoro. “¡Mío, solo mío! Dios sabe muy bien que esa cueva y sus gentiles están en mi propiedad y todo lo que está en ella me pertenece. Dios es testigo de cómo en su nombre y bajo su protección he vencido a los demonios guardianes del "tapado". Pensó esto tan profundamente y esa reflexión fue su Deo gratias.

    Al día siguiente de sus intenciones, cayó súbitamente enfermo. Su piel se tiñó de una palidez cadavérica y sus huesos de tanto dolerle no respondían a las órdenes de su voluntad. Al segundo día comenzó a hincharse por los cuatro costados, al tercer día de las fiebres tuvieron que  cambiarle el colchón, porque el anterior estaba completamente mojado por los apestosos sudores que brotaban sin cesar por todos los poros de sus verdes carnes. Al quinto día a golpe de escalofríos comenzó a enfriarse hasta morir con un brillo de metal en sus ojos abiertos.

     Un viejo conocedor de lo bueno y de lo malo del "kaypacha"[5], comentó durante su pobre velorio, que el Bernardino tenía todo el aspecto de haberse muerto por la voluntad de los muertos. 


[1] Peruanos precolombinos que murieron si haber conocido a Jesucristo.

[2] Grasa del pecho de una llama

[3] Tesoro enterrado.

[4] Saqueadores de tumbas precolombinas.

[5] El mundo terrenal en donde los seres humanos habitan y desenvuelven sus vidas.