Mostrando las entradas con la etiqueta Mundo andino. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mundo andino. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de abril de 2021

EL APUMAYO - DE: "CUENTOS PARA CCOROS" - 15

 

–Niños, voy a narrarles una historia que me contaba mi abuelo cuando yo era un ccoro[1].  –Dijo mi abuelo.

–Él nos contaba que en el plenilunio del solsticio de invierno, los niños de la comunidad se sentaban en torno a una hoguera para escuchar las historias que aún se conservaban en la memoria de don Aurelio, el guardián de  la  milenaria  sabiduría de las gentes de esas comarcas. Recuerdo que esas narraciones volaban como vívidas imágenes a través del hilo conductor de sus palabras hasta un lugar asombrado de nuestras mentes.

–¡Yyyyyy! –Gritamos todos, suplicando para que continúe la historia de los abuelos de su pueblo.

–Mi abuelo recordaba que aquel anciano contaba que los hombres que hace miles de años llegaron a esta parte de la cordillera de los andes, vivieron bajo la protección y el calor de las cuevas y deambularon por todos estos valles, montañas y punas cazando, pescando y recogiendo los frutos de las estaciones y dejando pintados sus signos, animales y la forma de sus manos en las piedras de esas cavernas. Hasta que por orden de la vida que existe desde siempre, salieron del gran lago sagrado la estirpe de los Mancos, los padres espirituales de estos andes que les enseñaron a cultivar las semillas y a domesticar los animales para su sustento; a dominar, pulir y levantar las grandes piedras de sus templos y fortalezas; a construir una gigantesca red de caminos para unir a todos sus hijos; a encontrar el oro sagrado de sus templos en las rocas y las arenas; a descubrir el agua de los desiertos y hacerlos correr por bellos campos florecidos y a conocer los poderes alimenticios y curativos de las plantas. Ellos fueron los que les enseñaron a instalar la bondad y la compasión en sus corazones a través del ayni[2] y la minka[3]. Todo eso era bueno y limpio hasta que llegaron los españoles para aniquilar a más de diez millones de nuestros antepasados y a borrar de nuestras mentes las verdades de los hombres que hace miles de años poblaron estás tierras.

–¡Yyyyyy! –Volvimos a gritar.

–Cuando junto a nosotros reinaba en estas tierras el bondadoso Wiracocha[4] , el formador de la perfecta danza celestial de las estrellas y de todo lo que existe y está por existir para los mortales, con una majestad y amor tan grande que no necesitaba ser creído, loado y venerado para existir, porque habitaba en nuestros corazones para decirnos que sólo seremos buenos si todos somos felices. Él nos obsequió el bendito vientre de la Pachamama[5], la fuente de la vida de los hombres, los animales, los bosques, el agua y las cosechas. Ella, la fecundada por el Inti sol por medio de las lluvias que los ríos, lagos y mares hacen levantar hasta lo alto de los cielos donde vive junto a la Mamaquilla[6] , la del rostro de fría plata, que en su nocturno caminar nos señala los tiempos propicios para el cultivo de las plantas y la parida de los animales que nos alimentan y abrigan. Todas estas divinidades que conviven con nosotros desde el comienzo de nuestro entendimiento, nos enseñaron la felicidad de dar solo por dar y de recibir sin pedir, para que el hambre, el frio y el desamparo no acaben matándonos a todos.

–¿Abuelito y qué son los Apus[7]?  Preguntó el primo Amadeo.

–Son los espíritus que  viven en las grandes y blancas montañas que ruegan por nosotros ante el Dios Universal, para que en nuestras vidas nunca se detengan los días ni las noches, hasta que llegado el supremo momento en que a través de lo que llamamos nuestra muerte, tengamos que ser paridos a una nueva y superior vida en otros mundos. Y también para que la Pachamama con su inmensa bondad siga manteniendo la pureza en nuestros corazones y continúe la multiplicación de los frutos y los animales y así aumente para siempre las huellas de los hombres sobre estas montañas, los áridos desiertos y las profundas selvas.

–¿Abuelito y qué pasa cuando los hombres se mueren? –Preguntó el curioso Alberto.

–Los hombres no mueren, lo que se muere es su cuerpo. Si la vida de un hombre o una mujer ha sido bendecida gracias a las buenas acciones de su límpido corazón y por eso su "camac"[8]  que ha sido en esta vida justo y compasivo, se elevará a la cima de las montañas nevadas para despedirse de la Pachamama. Los únicos que de verdad se mueren son los que con su maldad o su indiferencia han matado a sus semejantes, entonces el viaje eterno ya no será para él, porque su camac desaparecerá como si nunca hubiera existido.

–¡Yyyyyyyy!!!!

–Después de velar por las lluvias, los sembríos, las cosechas y la salud de los animales que nos sirven y acompañan, esas almas al fin puras por el servicio a la vida que se mueve sobre la tierra, se van al mundo de los venerables, desde donde nos protegen dándonos salud y paz espiritual con el fin de lograr que los hombres sigamos siendo unidos y felices; respetando y bendiciendo a la madre tierra, solo porque somos lo que somos, sin pretender ser mejor o diferente a nuestros semejantes. Hasta que un día cuando llega su reemplazo que podemos ser nosotros mismos, les tocara viajar al Apumayo[9] que es un mundo millones de millones de veces más grande, más hermoso y más perfecto que este pequeño planeta donde hemos sufrido nuestra existencia de nacidos. Sólo allí se acaba para siempre la pesadilla de la vida para la muerte. –Contaba esto con tanta emoción que el cuerpo se nos estremecía y agregaba. –Recuerdo que mi abuelo nos contaba que después de cruzar ese río sagrado se pasa a otros y otros muchos mundos más grandes y magníficos en un viaje que no acaba nunca, porque las almas que han logrado ser bendecidas en este mundo son eternas.

–¿Abuelito y porque no hemos nacido en el Apumayo? –Preguntó con tristeza un inquieto oyente.

–En el Apumayo no se nace, al Apumayo se llega. Nuestro mundo en tiempos de nuestros padres los incas también era parte del Apumayo, pero lo hemos contaminado con el egoísmo y la envidia y con todos los otros adefesios más que hacemos para no ser nosotros mismos, para no ser el uno y el todo con la conciencia universal, porque nos hemos vuelto tan malvados hasta el extremo de atrevernos a destruir la Pachamama, sus animales y sus plantas. Y no solo eso, sino que hemos aprendido el bajo instinto de someter a nuestros hermanos para apropiarnos del fruto de sus esfuerzos y por esta perversidad creer que somos mejores, cuando en realidad nos estamos muriendo para siempre, porque en los retorcidos corazones de los que han vivido solo para acumular dinero y riquezas con el sufrimiento de sus semejantes, no nace la semilla de donde ha de brotar el espíritu que debe llegar hasta el Apumayo.

Después de aquella charla nos quedábamos pensando en que la tierra, las plantas, los animales, las estrellas, las almas y nosotros mismos, somos parte de un inmenso y maravilloso todo.

Mientras la fogata del abuelo se apagaba se encendían nuestras almas, porque en esa larga y fría noche contemplando el brillo celestial del Apumayo, cada uno de nosotros habíamos llegado a ese asombroso lugar que desde siempre existe en nuestros corazones.


[1] Niño.

[2] El ayni es un sistema de trabajo de reciprocidad familiar entre los miembros del ayllu, destinado a trabajos agrícolas y a las construcciones de casas.

[3] Tradición de trabajo comunitario o colectivo con fines de utilidad social voluntario.

[4] Antigua divinidad andina del cielo. “Dios creador”, venerado posteriormente como dios supremo dentro del Imperio incaico. Creador del mundo, del sol y de la luna. Se le atribuye también como el dador del “Camac” la fuerza primordial que mueve todas vidas y las cosas.

[5] Madre tierra.

[6] Madre luna.

[7] Deidades que habitan las cumbres de las montañas nevadas.

[8] Lo que los españoles llaman alma o espíritu en otras religiones, en el mundo andino es la fuerza primordial que mueve la vida de los hombres, los animales, las plantas y que además habita en todas las cosas inanimadas.

[9] Vía láctea. El río divino para el mundo andino.

 

sábado, 27 de marzo de 2021

CORISONCCO - DE: "CUENTOS PARA CCOROS" - 14

 

En las altas punas, cerca de una inmensa laguna alimentada por las límpidas aguas que como lágrimas bajaban de un majestuoso nevado que orgulloso se reflejaba en su cristalino espejo, se levantaba una abrigada cabaña donde vivían una niña solo con su padre, porque su madre murió al nacer aquella criatura, que por su hermosura la llamaban Sumactika[1].   En aquellas alturas se dedicaban  a  pastar  un  considerable hato de llamas y alpacas junto a un pequeño rebaño de vacunos ayudados por “Chaski” y “Ollanta”, sus fieles perros guardianes y pastores.

Por el tiempo en que los fuertes vientos anunciaban la llegada de las lluvias y el retorno de la vida a esas montañas, el padre le dijo a la niña:

–Voy a bajar a las chacras que tenemos en el valle para sembrar maíz,  frijoles, calabazas, ajíes y todos esos otros frutos que tanta falta nos hacen a lo largo del año. No quiero hacerlo, pero esta vez vas a tener que quedarte sola al cuidado de los animales, porque tus primos que por estos tiempo nos ayudaban, han crecido y cada quien tiene su propia familia.

La niña sin temor ni pena alguna, aceptó la responsabilidad de atender el rebaño durante las tres semanas que duraría la anunciada ausencia.

–Ya sabes que debes pastar el ganado solo por los lugares desde donde puedas ver la cabaña y los corrales. También sabes que mientras estés sola no puedes acercarte a la orilla de la laguna, para evitar que su encantamiento te obligue, aunque no quieras, a lanzarte y ahogarte en sus frías aguas. –Le advertía esto por temor a los traicioneros pumas y zorros que  merodeaban aquellos parajes, pero sobre todo para que la niña aprendiera a respetar y temer los tabúes de aquellas alturas.

La despedida no fue triste, pero sí muy preocupante para el padre por la soledad en que se quedaba su niña. Pero de todos modos hizo el viaje, pues ya tenía hecho los aperos y las llamas ya estaban cargadas con el fino charqui[2]  que había tasajeado en los fríos meses de junio y julio para trocarlos en los pueblos del valle. Pero para Sumactika, los días de aquella ausencia serían especialmente felices porque tendría a su disposición la rica ulpada[3] con cancha y  charqui y todo el mote con queso que ella quisiera y a la hora que le antojara.

Al quinto día de aquella despedida, a la hora en que el sol se perdía en las ásperas líneas que marcaban las lejanas sierras del poniente y los vientos bajaban desde las alturas del nevado para enfriar esas vastedades. De pronto y como de ningún lugar se apareció en toda aquella puna una gran nube negra trayendo la oscuridad y los antiguos miedos que avivan los rayos, truenos y relámpagos, que terminaron su luminoso y atronador espectáculo con una tormenta de grandes granizos y una infinidad de gotas gordas de lluvia que acabaron espantando al ganado y haciendo correr a la niña al seguro refugio de su cabaña. Desde el fondo de sus miedos sacó las fuerzas para hacer el fuego que alumbrara la estancia, secara sus ropas y mudara la palidez de su rostro. 

Al cabo de unos minutos, como si nada hubiera pasado, volvió la paz a esas punas, que encendió en la niña la resolución de salir a juntar el ganado y guardarlo en sus corrales, así como de levantarse temprano para buscar el resto del hato que seguramente andaba escondido en las cuevas que bordeaban la laguna. Cuando acabó de comer decidió  salir a lograr esa penosa tarea.

Ya afuera, vio que a lo lejos bajaban en una larga fila de peregrinación, las llamas por delante seguidas de las alpacas y las vacas y al final los perros meneando alegremente sus colas, todos precedidos por un inmenso, altivo, hermoso y extraño toro que tenía en los ojos el fulgor de las estrellas. La maravillosa comitiva se fue acercando a la cabaña y en su momento como si respondieran a una mágica orden, cada rebaño fue tomando su lugar en los corrales y solo en medio de todo y delante de la niña quedó el soberbio animal, que antes de seguir su camino, le dijo con cariñosa voz: “Mañana ven a la laguna, por el lado donde se encuentran las flores raras y bonitas que tanto te gustan”. La niña apenas pudo dormir por causa de aquel asombroso prodigio y de la singular invitación.

Al día siguiente, cuando Sumactika terminó de desayunar y soltar el ganado, con un temor que la curiosidad se atrevía a dominar, acompañada de sus perros se acercó a la laguna por el lugar que le indicó la aparición. Cuando estaba viendo la imagen de su rostro en sus límpidas aguas, de pronto se rompió ese brillante espejo por la repentina aparición del mítico animal, que muy amablemente la calmó diciéndole: “No temas porque no te va a pasar nada malo. Agárrate de mí cola, cierra los ojos y sigue mi andar”. La niña, deseando más que a su propia vida la aventura que aquella insólita propuesta  le ofrecía en medio de esas alturas tan monótonas y solitarias, hizo lo que la aparición le propuso y se hundió tras él en la laguna.

Cuando abrió los ojos no estaba tomada de la cola de ningún animal, ni siquiera estaba mojada sino asida de la mano de un dulce anciano que la llevaba por un sendero que no estaba en el fondo de ninguna laguna, sino en medio de hermosas huertas y grandes chacras que se perdían en lontananza. El anciano tomó de unos árboles extraños un fruto que le ofreció a la niña diciéndole: “Prueba”: Entonces ella, por primera vez en su  vida conoció el sabor de la fruta más dulce  y carnosa que jamás había probado, ni siquiera en sus sueños, pues su paladar solo estaba acostumbrado al atenuado dulzor de las tunas y los sankis que nacieron con estos andes. Luego le enseñó el sabor y la textura de otra, y otra y otras más, hasta que se quedó pasmada de asombro y felicidad.

–Si quieres venir a este lugar, puedes hacerlo cuando quieras. –Le invitó el anciano haciéndole en seguida esta advertencia. –Pero nunca traigas a nadie, pues las puertas de este lugar se han abierto tan solo para ti.

Cuando el anciano la despidió con una tierna caricia y un pesado atado de esas extrañas frutas, la niña salió de aquel fantástico mundo por la orilla de otro jardín de flores primorosas, que precisamente era el sitio que más temía su padre, pues la bella rareza de su entorno le sugerían que ese podría ser un lugar encantado por la malvada sirena que habitaba en la laguna y por eso muy peligroso.

Está demás decir que la visita de Sumactika se repitió a diario. Después de atender la seguridad del ganado, volvía llena de alegría aquel vergel sumergido a disfrutar del sabor de otros muchos frutos más, hasta que un día de esos en que ya ni siquiera se acordaba de su padre, éste se apareció en la cabaña, mostrándose sorprendido de la diligencia con que la niña había cuidado de la casa y el ganado. A la hora de la comida le contó muy satisfecho que las siembras en el valle fueron puntualmente cumplidas, porque habían acudido al ayni[4] todos los familiares y amigos y él como siempre, les había invitado los más sabrosos potajes hechos con la carne seca de sus animales. Luego el padre le obsequió la  ropa nueva, los dulces, las humitas[5] al horno y la muñeca que había comprado para ella en el pueblo y como todo estaba en orden se dispusieron a dormir.

La tarde del día siguiente, el padre un tanto alterado por lo novedoso del hallazgo, le preguntó a la niña de dónde habían salido todas aquellas extrañas semillas y cascaras que andaban desperdigadas por los caminos y los campos de pastoreo. La niña le narró con detalle toda aquella maravilla que le había sucedido en su ausencia, a lo que el padre respondió con la voz temblorosa del que recita una piadosa oración ante un milagro, afirmando que aquel prodigio se había producido porque esa laguna estaba habitada por un “Ccorisoncco”[6], una deidad andina que desde que el Dios creador Wiracocha le infundió la fuerza primordial o su “camac” a todo lo que existe en este mundo, que puede expresarse desde una conciencia hacia afuera como las plantas y los animales o vibrar hacia adentro como lo hacen las piedras y los otros objetos inanimados, existe. Y que tiene la tarea de cuidar los huertos y jardines que desde el comienzo de los tiempos el Padre Sol había hecho crecer en las entrañas de escogidas lagunas, para que sus frutos sean entregados a los hijos de los hijos de los primeros padres que salieron del fondo del gran lago para fundar una gran nación sobre estas cordilleras.

Entre los dos reunieron devotamente todas las semillas que ingenuamente la niña había esparcido en su frugal andar. Al año siguiente, el padre de la Sumactika sembró con mucho amor aquellas pepitas a la orilla de las chacras que tenía en el  valle y con el tiempo crecidos y multiplicados en hermosos árboles, arbustos y plantas nos obsequiaron los pacaes, chirimoyas, lúcumas, aguaymantos, guayabas, tumbos, tomates, sachatomates y capulíes que ahora disfrutamos gracias a la valentía de una niña y al generoso amor de Ccorisoncco, el hortelano de los dioses de nuestros ancestros.










[1] Flor hermosa.

[2] Cecina. Carne deshidratada, la que se cubre con sal y se expone al sol.

[3] Ulpada, bebida que se prepara con harina de maíz, habas, quinua, kiwicha, y otros granos andinos  mezclada con agua y endulzada.

[4] Ayni, era un sistema de trabajo de reciprocidad familiar entre los miembros del Ayllu (ahora Comunidad Campesina), consiste en la ayuda mutua que se prestan las familias entre sí y todos los integrantes de la comunidad. “Hoy por ti, mañana por mí!

[5] Humitas, comida basada en el maíz que se consume en el área andina: Chile, Perú, Argentina,​ Bolivia, Ecuador y el sur de Colombia. Consiste básicamente en una pasta o masa de maíz levemente aliñada, envuelta y finalmente cocida o tostada en las propias hojas (chala o panca) de una mazorca de maíz.

[6] Literalmente: Corazón de oro.

sábado, 20 de febrero de 2021

EL RESCATE - DE "CUENTOS PARA CCOROS" - 13

    En un hermoso rincón de estas cordilleras vivía una familia de pastores. El padre y la madre eran hijos de la raza de los que dominaron la piedra y construyeron sobre la cumbre de las montañas, un lugar para vivir cerca del sol y del vuelo de los cóndores.

    Damián era el hijo mayor y Plácida se llamaba la pequeña. A sus doce años Damián había aprendido a sembrar los alimentos y a cocer el barro con la forma de las gentes, los animales y los frutos de los árboles. Plácida de diez años ya sabía hilar, tejer y cocinar. Todos sabían pastar las llamas y las alpacas de la familia.

    Allá por Machaypucro estaban los más largos y sabrosos pastos del lugar. Pero solo el jefe de la casa llevaba el ganado hasta a ese peligroso paraje, rodeado de pequeños, húmedos y frondosos bosques, pero al filo de profundos barrancos y que algunas veces era visitado por pumas y zorros hambrientos. Al final de su más ámplia terraza y a los pies de una gran peñolería se exhibía una caverna que se como el bostezo de un gigante se abría para sus oscuros y desconocidos fondos. A sus costados y un poco dentro de ella mostraba antiguas pinturas de color rojo que representaban llamas, venados, pajaros y otros animales que ya no se conocen ahora, así como unas lineas semejantes a dedos y otras que se enroscaban desde un centro que tenía la forma de la cabeza de una serpiente.

    Llenos de temor los abuelos contaban que aquel forado era la puerta de entrada al reino de los demonios y por eso nadie se atrevía siquiera a acercarse a ese siniestro lugar. En su boca de entrada habían crecido algunos matorrales y todavía podía verse el antiguo muro de piedras que lo tapiaba a medias, para que el ganado no entrara a perderse en sus profundidades.

    Un día, a la hora que el sol anunciaba su zambullida en la noche, empezó una fiera tormenta de zigzagueantes rayos, deslumbrantes relámpagos y ensordecedores truenos que espantaron a los rebaños y a todas las alimañas de la comarca. Pasado aquel pavoroso espectáculo, la noche se vistió con su poncho más negro para cubrirse de las cataratas de agua que cayeron del cielo para hacer crecer los ríos, caer los huaicos y levantar los pastos, los árboles y las siembras.

    En su casa Damián y su madre hicieron fuego toda la noche esperando con mucha preocupación la vuelta del pastor. No bien el sol hizo las señas de su regreso, salieron rumbo a Machaypucro llevando ropas secas y comida caliente. Todo estaba en su lugar como en un día cualquiera, las llamas y las alpacas felizmente completas, solo faltaba papá. Buscaron y gritaron su nombre por aquí, por allá, arriba, abajo, más allá y solo el silbido del viento les respondió. El padre de aquel hogar había desaparecido por completo, como si la tierra se lo hubiera tragado. “¿Cómo si la tierra se lo hubiera tragado?”, pensó Damián y en ese mismo instante reparó en echar un vistazo a la cueva.

    Grande fue su tristeza y aflicción cuando sobre el muro de la gruta vieron el poncho, el sombrero y las ojotas del extraviado. Gritaron hacia el fondo del socavón y solo el eco de sus propias voces y los chillidos de los murciélagos les respondieron, pero igual gritaron hasta que sus gargantas y el día se apagaron. Ya bien entrada la noche, con los ojos llorosos y una gran pena en sus corazones, salieron de aquel paraje arreando el rebaño. A pesar de no haber dormido bien, Damián se levantó como el jefe y pastor principal de ese hogar, y pese a la prohibición de su madre, llevaba muy temprano el ganado a Machaypucro con la esperanza de tener noticias de su padre.

    Un buen día, antes que el sol se asome por la más alta montaña, se le apareció un hombre alto con ojos que brillaban como la candela. Mirando siempre al cielo como si temiese que la luz del sol pudiera aparecerse de pronto y hacerle daño, le preguntó si quería ver a su padre, el contestó lleno de alegría que sí, “¡Claro que sí!”, a esa clara y alegre respuesta el extraño respondió: “Si  quieres ver  de  nuevo a  tu padre, debes pagarme su rescate con un fino poncho de vicuña, la piel de la más venenosa serpiente y un regio pañuelo de seda”, cuando terminó su propuesta corrió hacia la cueva y desapareció en sus profundidades en el preciso momento en que el brillo del día llegaba a esa planicie.

    Más tarde el niño le contó a su madre la grave oferta del maligno. Ella se puso más triste aun, porque aquellas prendas eran imposibles de conseguir por esos lugares. Habría que andar por las más altas y lejanas punas para conseguir la lana de las vicuñas; llegar a la profundidad de la selva para suplicar a los chunchos por la piel de una culebra, y remontar hasta dos cordilleras para arribar hasta el mar y la gran ciudad, donde vendían los más finos pañuelos de seda venidos de ultramar. Lo único que les quedada era llorar y maldecir aquel cruel destino. Damián dijo "¡No! y mil veces "¡No!". Y se hizo hombre aquel mismo día.

    Una semana después, con la bendición de su madre salió a buscar las prendas del rescate. Caminó más de una semana para llegar al altiplano y trabajó como pastor de alpacas durante muchos meses, en medio de las nieves y las soledades de aquellas inhóspitas alturas, para ganar cada una de las madejas de lana de las vicuñas capturadas durante el chaco del solsticio de invierno, porque estas ya no eran tantas como en otros tiempos por culpa de la ambición de criminales cazadores, que las habían matado hasta hacerlas muy pocas, al igual que las huallatas, las tarucas y las vizcachas. Pero si podía salvar a su padre con aquellos pequeños ovillos, valía la pena cualquier sacrificio, porque la vida siempre será más valiosa que cualquier cosa de este mundo.

    Cuando la destreza de las manos de su madre terminó un bellísimo y suntuoso poncho, partió a la selva. Al cabo de dos meses de recorrer por los fangosos caminos que caen a esa verde inmensidad, por fin  llegó a la jungla. Después de cocer  al modo cómo había aprendido, más de 100 ollas grandes de barro y otros cientos de trastos más, los agradecidos nativos le regalaron la piel de la víbora más letal de aquellos bosques y lo felicitaron por llegar a tiempo, pues muy pronto se iría a terminar aquel frágil paraíso, ante el estruendo de unas poderosas máquinas que arrancaban los árboles con todo y sus raíces y de otras que perforaban la tierra hasta sacarle un sudor negro, y también por la llegada de muchísimos hombres enloquecidos por encontrar oro, mucho oro en las orillas y las playas de sus ríos, y de otros perversos que convertían la hoja sagrada de la coca en un malvado polvo blanco por el que mataban o se morían.

    Cumplida  esa  misión  partió  a  la  costa, hacia las playas dolientes de un océano torturado. Caminando por seis semanas sin apenas descanso hacia el norte de aquellas regiones, de pronto tropezó con la gran ciudad envejecida hasta el cansancio. Allí se enteró que un pañuelo de seda y hasta dos le regalarían si juraba no entrar jamás a ese relleno humano, porque habían llegado tantos como él, que no había espacio para uno más, pero si quería quedarse tendría que luchar como una fiera para tomar el lugar y la vida de algunos de los muchos que ahí sobraban. El respondió que salvar una vida era su misión y tomó aquel hermoso pañuelo. Con agradecido y alegre andar, volvió a su hogar allende los andes, desde donde llega la luz y bajan las aguas para estos desolados desiertos.

    Dos años han pasado desde que recibió aquella cruel oferta y  un año más desde que dejó el pago del rescate en la boca del forado de Machaypucro, hasta que un buen día, cuando toda esperanza ya se había perdido, apareció su padre, feliz de estar entre los suyos, contando que había salido de aquel encierro por la boca de otra cueva de un lejano lugar. Damián le narró todo lo que había hecho y aprendido en sus viajes.

     Por su parte el rescatado, les contó que el maligno de Machaypucro tiene dentro de la montaña una gran casa donde los cautivos fabrican por la fuerza del hambre, miles y miles de pequeñas piezas de metal, que nadie sabe para qué sirven, aunque algunos aseguran que son partes con que se arman unos aparatos más grandes, que luego de ser montados en otros aún más grandes, se convierten en poderosas máquinas que sirven para matar a la gente en las guerras que se libran en otras partes del mundo; otras para destruir los árboles de las selvas y muchas para sacar los metales de las entrañas de los Apus.

     También les contó que además del perverso que lo secuestró para hacerle trabajar por un mísero plato de comida que solo alcanzaba para que no se muriera de hambre, existían otros demonios igual de crueles que en sus mundos escondidos, oscuros y malvados fabrican el dolor, la muerte y la destrucción de la Pachamama, para que sus amos puedan vivir muy cómodos y felices en su infierno de cemento, fierro y asfalto, donde engordan y engordan hasta aniquilar sus almas y donde los mejores son los más temerosos acumuladores de enormes fortunas que no son otra cosa que la suma de millones de  árboles, de animales y hombres muertos que jamás terminarán de consumir.

    Para terminar les reveló que a esos demonios no les gusta que los hombres sean lo que son, sino que toditos sean iguales, casi parecidos a los hatos de animales, sin sombreros, sin ponchos, ni calzados que pudieran distinguirlos y para que todos se quejen de la misma suerte, caminen por el mismo destino y terminen muriéndose de la misma muerte que esos malvados les asignan.

     Cuando acabó su infeliz historia, abrazó a su familia y llorando de alegría se compadeció del maligno, que podía vivir comiendo y bebiendo de lo mejor que puede producir el sudor y sufrimiento de sus semejantes, pero jamás volver a ser inocente, joven y valiente como su Damián. Ni mucho menos ser felizmente amado, ni rescatado por un niño que solo conoce el amor y la alegría de estar verdaderamente vivo.


viernes, 5 de febrero de 2021

EL "TAPADO" DE: "CUENTOS PARA CCOROS" - 12


        Los mortales del Tawantinsuyo entregaban su cuerpo a la Pachamama junto a todas las riquezas que la constancia de su trabajo o el empuje de sus audacias les habían obsequiado.  Solo se heredaban los linajes y los frutos de la tierra. Los muertos viajaban cargados de sus cosas a los lejanos destinos de Wiracocha, el Dios universal, que todo lo da porque todo lo tiene.

Hacia esas lindes debían partir con las mejores semillas,  los  más  finos  tejidos  y  las  más  deslumbrantes galas y  joyas de metales y piedras preciosas.  Esos  ricos entierros tenían como destino el ukupacha, el mundo profundo y oscuro de los muertos. Y aunque por todo sitio y en todo tiempo los desvelos de la codicia de los saqueadores hurgan esas fortunas, lo que partía con ellos eran asuntos de la otra vida en otro mundo. Era propósito de los dioses y por eso nadie debe trazar su destino en el valor terrenal de esos tesoros, a menos que quisiera caminar entre los gentiles.[1]

    Después llegaron de España los que vivían de las guerras, del sudor y sufrimiento de los vivos y de la fortuna de los muertos. No contentos con saquear los sagrados tesoros de los templos y palacios incaicos, despojaron a los que habían partido de este mundo de las galas y las joyas de sus entierros y sin ninguna misericordia por la madre tierra, penetraron hasta el corazón de las montañas, tras el sudor del Inti dios convertido en áureo metal codiciado y la palidez selenita de la plata.

     El tiempo caminó veinticinco formas de nuevos hombres sobre estos andes, pero la paz de los muertos todavía no regresa. Dionisio, Casimiro y Bernardino, pertenecían a esa laya de taimados campesinos que habían aprendido las mañas del malvivir de las ciudades. Una noche de planes arriesgados y de sueños dorados que acabó en jolgorio y borrachera, juraron solemnemente por la cruz de sus antepasados, compartir la fortuna o la desgracia que ocultan las tumbas de los abuelos precolombinos.

     La noche del primer viernes de la luna llena, hicieron la larga jornada hacia su sacrílego quehacer. Pasada la medianoche llegaron ante la puerta muy bien escondida de una caverna  profunda y renovando su juramento de lealtad inmarcesible, encendiendo sus lamparines, mecheros y linternas penetraron en lo profundo de la cueva y en el lugar que mostraba la traza de una antigua tumba, ofrecieron como reparación del sacrílego pecado que iban a cometer, una mezcla de las cosas que agradan al cielo, la tierra y al infierno. Dentro de una caracola gigantesca, de aquellas  que  salieron  del  mar  junto  con  las  montañas,  mezclaron  incienso,  canela molida,  pichuhuira[2] ,  pimienta,  tabaco,  coca  y  aguardiente  de  caña  que  fue quemándose lentamente sobre la tumba que iban a profanar.

    Mientras ardía la ofrenda, Bernardino rezaba en quechua y castellano una oración que solo él conocía o que ahí mismo se la inventaba, en tanto los otros fumaban cigarrillos de tabaco negro y soplaban aguardiente de caña hacia los cuatro costados de la gruta, rogando al cielo fortuna para su empresa y reiterando su voluntad de repartirse con exacta justicia lo que guardaba el dueño del "tapado".[3]  Terminado el rito de la "contra", para que nada entre ni nada salga, demarcaron con orines podridos el área que iban a excavar, finalmente colocaron gruesos ramos de ruda en los cuatro costados de lo que sería la zanja.

    En tanto los otros excavaban suavemente para no estropear algo de valor que pudiera asomarse, el Bernardino con un poderoso látigo daba fuertes azotes al aire y cortaba fieramente la atmosfera con el filo de su machete con el propósito de espantar a los celosos espíritus guardianes de  la  momia y sus tesoros. Estos se le aparecían en forma de alucinantes pumas sedientos de sangre, feroces osos ucumari asesinos, la mortal serpiente Amaru y cóndores hambrientos. 

    Cuanto era más acosado por esos horribles espantos, Bernardino se entregaba con más y más ardor a su etéreo combate, mostrando todos los gestos de la furia, sudando copiosamente por el esfuerzo que representa la bravura de cortar el aire con un fiero látigo y un pesado machete, porque a medida que sus socios se acercaban al esqueleto y las joyas del difunto, los recelosos guardianes de la tumba atacaban con más y más rabia y celo, hasta que por fin tropezaron con los toscos maderos de una podrida cripta que contenía al gentil con sus secas carnes por donde se dejaban ver sus amarillentos huesos, envuelto en ricos tejidos, adornado de hermosas joyas de oro y plata, rodeado de finos trastos, elaboradas herramientas y de toda la parafernalia de sus entierros.

    Antes de tocar alguna pieza de aquel tesoro, vertieron kerosene y aguardiente para espantar el gas mortal que se acumulan en esos entierros y que los sacrílegos llaman "antimonio", luego se pusieron a musitar por su cuenta algunas oraciones y finalmente haciendo la cruz de los cristianos, bautizaron a la momia con agua bendita para quitarle la maldad de los que no conocieron al Dios que vino de ultramar.

    Aun poseído por el fragor de la imaginaria batalla, Bernardino reclamó para sí la máscara de oro del difunto, los otros respondieron que no habría ningún reparto en ese lugar, sino que se reuniría con calma todo lo valioso posible y ya fuera de la cueva y con la luz del día, se haría el reparto conforme a las antiguas costumbres de los "huaqueros"[4]. Bernardino asintió su acuerdo, pero volvió a reclamar para sí, la rica máscara funeraria. Los otros se limitaron a vaciar lo que les interesaba de la tumba sobre un gran poncho de algodón.

    A medida que iban saliendo las joyas de aquel mancillado príncipe andino, fue apoderándose de Bernardino, la ansiedad de la codicia, basada en un sin fin de sinrazones, como que ese "tapado" estaba en su propiedad, lo que no era cierto pues ese lugar estaba ubicado en tierras comunales; que mucho antes que nadie solo él era el único conocedor de los secretos de esa cueva; que los otros dos solo eran sus invitados, ni siquiera eso, eran sus peones; y que si se logró algún tesoro fue gracias a su fiero y victorioso combate con los guardianes de la momia, porque si hubiera perdido esa batalla después de matarlos esos espantos acabarían trasladando la tumba y sus riquezas a otro lugar. ¿Por qué tendría que compartir las riquezas de su tesoro con esos miserables? 

    Un terrible menosprecio por sus socios iba creciendo dentro de su alma, cada vez más y más y a la par que crecía el valor de aquel entierro. Y a medida que iba aumentando el aguardiente de los brindis jubilosos, su razón se fue oscureciendo.

     Casi al final de la noche y de los afanes, Bernardino tomó el machete y de varios certeros tajos, espantó las almas del Dionisio y Casimiro, en una locura de sangre que hizo encender el brillo de los metales en los arcos orbitarios de la desenterrada calavera que según oía y veía el asesino, reía a sonoras carcajadas dentro de aquella cueva.

     Luego de sepultarlos en la misma tumba del gentil junto con el tesoro acumulado, con las luces del día se desnudó para que los espíritus que habitaban aquel agujero vieran que salía rumbo a su casa con las manos vacías. Allí esperaría algún tiempo, hasta que los vecinos del pueblo repararan en la ausencia del Dionisio y Casimiro, los extrañen y los olviden por ingratos, por haberse marchado sin despedirse.

     Cuando todo el vecindario convino que los asesinados se habían marchado del pueblo por las mismas razones que obligan a mudarse a los demás, Bernardino consideró propicio el tiempo para volver a la cueva  y hacerse con el tesoro. “¡Mío, solo mío! Dios sabe muy bien que esa cueva y sus gentiles están en mi propiedad y todo lo que está en ella me pertenece. Dios es testigo de cómo en su nombre y bajo su protección he vencido a los demonios guardianes del "tapado". Pensó esto tan profundamente y esa reflexión fue su Deo gratias.

    Al día siguiente de sus intenciones, cayó súbitamente enfermo. Su piel se tiñó de una palidez cadavérica y sus huesos de tanto dolerle no respondían a las órdenes de su voluntad. Al segundo día comenzó a hincharse por los cuatro costados, al tercer día de las fiebres tuvieron que  cambiarle el colchón, porque el anterior estaba completamente mojado por los apestosos sudores que brotaban sin cesar por todos los poros de sus verdes carnes. Al quinto día a golpe de escalofríos comenzó a enfriarse hasta morir con un brillo de metal en sus ojos abiertos.

     Un viejo conocedor de lo bueno y de lo malo del "kaypacha"[5], comentó durante su pobre velorio, que el Bernardino tenía todo el aspecto de haberse muerto por la voluntad de los muertos. 


[1] Peruanos precolombinos que murieron si haber conocido a Jesucristo.

[2] Grasa del pecho de una llama

[3] Tesoro enterrado.

[4] Saqueadores de tumbas precolombinas.

[5] El mundo terrenal en donde los seres humanos habitan y desenvuelven sus vidas.