miércoles, 25 de diciembre de 2019

EL EXPEDIENTE


DEL ANECDOTARIO ABANQUINO

EL EXPEDIENTE

(Narraciones de la Zona de Emergencia)

El viejo tomó el diploma, lo cubrió con sus ojos y suspiro de alivio y satisfacción. Por fin se había cumplido su más caro sueño. El niño que hizo sus estudios con grandes honores y diplomas en la Escuela Fiscal de aquel pueblo había culminado satisfactoriamente su carrera profesional en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la universidad de la capital arqueológica de América.

            Al viejo letrero de bronce con letras negras que anunciaba MILCIADES ALBORNOZ USTUA ABOGADO, que permaneció por más de cuarenta años clavado en la hoja derecha de la puerta de aquella oficina, se agregó otra de vinilo negro con letras doradas que abrochado a la hoja izquierda de la misma puerta, rezaba: ALBINO ALBORNOZ QUINTERO ABOGADO.

El pueblo celebró aquella nueva placa con una gran fiesta ofrecida por los orgullosos padres del flamante Letrado, donde hicieron generoso uso de la palabra todos los que debían, tenían o querían exponer las flores de su verbo, los halagos que merecía el homenaje y la sincera admiración por el joven que valientemente había decidido ejercer su profesión en la tierra que lo vio nacer. Como en todas las fiestas que tienen éste propósito, ésta acabó con las muy sutiles recomendaciones que le hicieron al homenajeado las madres de todas las niñas de 15 a 40 años de edad sobre las bondades del alma y la capacidad doméstica de sus joyas.

La vida y los asuntos de los moradores de ese pueblo pueden seguir congelados desde que fue fundado, pero no para el doctorcito Albino. ¿Qué se haría en aquel montón de casas viejas y rústicas cabañas sus modernísimos conocimientos sobre derecho comercial, industrial, tributario, minero, laboral, ambiental, ecológico, internacional, etc., etc.? ¡Humo! Todo lo que podría lograr del futuro en ese poblado provincial sería convertirse en abogado gamonales y abigeos, medio chacarero, medio ganadero, medio comerciante, medio autoridad, medio alcohólico; finalmente tomaría una mujer y acabaría siendo padre de diez hijos y por eso mismo más chacarero, más ganadero, más comerciante, mandamás y borracho completo.

Aprovechando que el estudio jurídico contaba con un nuevo  abogado, el doctor  Milciades Albornoz Ustua debió viajar a Lima para un minucioso chequeo médico que después de tanta andanza y gasto, le confirmó que aquellos ardores que no le permitían comerse a gusto los sabrosos cuyes rellenos ni mucho menos "matarlos" con el dulce aguardiente del fundo de su cuñado Eriberto, eran dos úlceras avanzadas y que aquella dolorosa pesadez que le colgaba en las entrepiernas, era una abusadora prostatitis que podía mutar a un cáncer.

Mientras tanto el joven Albornoz fue compartiendo sus temores con los amigos de la casa con la esperanza de que al retorno de su padre le ayudaran a convencerlo para mudarse de ese pueblo atrasado y sometido a la incertidumbre de los estados de emergencia e incursiones subversivas, tal y como lo habían hecho todos los vecinos notables y pudientes.

Para eso solo se necesitaría vender aquella casona que le construyeron los hábiles albañiles y artesanos de la comunidad de Pachakchacra; aquel hermoso huerto vergel que ganó en el juicio que siguió como apoderado de don Mamerto Palacios Izquierdo y que por los costos del pleito, sus honorarios y las demás angustias del proceso se hizo adjudicar en propiedad por el juez especializado en lo civil de la provincia; aquel buen terreno urbano cercano a la Plaza de Armas que como un regalo del cielo le vino de las  manos de la viuda de Pablo Cornelio para que la defendiera de los malvados asesinos de su esposo, porque para ella, él nunca se había suicidado, puesto que eso era un pecado mortal que se paga con el infierno, y aun cuando en el curso de las investigaciones, nunca se dio con paradero de homicida alguno se lo pagó de muy buena gana. Rematar de un solo golpe todas las reses que le cuidaban los indios de la comunidad de Champaccocha. Todas las llamas que pastan en Antayauyos. Todas las alpacas que trashuman en Ccarcco al cuidado de los indios litigantes que pueblan esos parajes y finalmente venderlo todo, incluso los viejos muebles acumulados desde los tiempos en que los Albornoz de España llegaron a estas tierras. 

¿Para qué le servía vivir en aquel remoto y olvidado lugar? Para nada. Lo ideal y futurista era irse de aquel pueblo de una vez por todas, pero mientras tanto era necesario acelerar los juicios del viejo, que en buena cuenta eran dos o tres trámites no contenciosos, dos procesos penales por abigeato y otros dos por lesiones graves y un voluminoso expediente de diecinueve cuerpos de los seguidos por la Comunidad Campesina de Huarmillacta con la Comunidad Campesina de Ccaribamba, sobre reivindicación, pago de frutos e indemnización de daños y perjuicios.

¡Qué extraños laberintos escondía aquellos descomunales infolios! Todo lo que en él se había escrito y se había procesado era lo que menos recomendaba la ciencia del derecho y sin embargo aquella ruma papeluchera había viajado 32 veces a la capital del departamento y no menos de seis veces a la mismísima capital de la República. Todo ese ambulante monumento a la ineptitud judicial había durado 28 años, 4 meses y cinco días, hasta que al sexto día el flamante abogado con los argumentos de un simple escrito que invocaba una de las 26,500 leyes que por esos tiempos gobernaban y desgobernaban el Perú, puso fin al pleito. Y de ese modo el voluminoso expediente fue a vérselas con la voracidad de las polillas y los ratones que se alimentan con los escritos y documentos de  los litigantes que después de tanta ilusión ganada o perdida, tarde o temprano acaban en algún oscuro y húmedo rincón judicial.

            A las dos semanas del fin de aquel proceso, llegó el viejo Albornoz con ganas de enterrarse en su pueblo, porque los médicos limeños, además de oscurecerle el porvenir, lo habían dejado "más pelado que un odre". "Que tengo que morirme, no es ninguna novedad, para eso no se necesita ser sabio, pero que tenga que trasladar el fruto de mi trabajo a un matasanos, eso sí que es muy cojudo". Comentaba agregando; "¡Aquí me quedo!"

Y ahí nomás se hubiera quedado muerto cuando se enteró que su hijo había acabado, de una vez y para siempre, las correrías de aquel errático expediente, sino fuera porque el final de aquel pleito también había perjudicado a más de un enemigo, especialmente al abogado de la otra parte y primordialmente al juez titular por haber recomendado al juez suplente, que por darse las ínfulas de conocer la ciencia de derecho con igual elegancia y sutileza que el doctorcito Albornoz, había fallado de aquella estúpida manera.

De todos los pesares que provocó ese desgraciado incidente, la peor parte le tocó al ilusionado Albino Albornoz Quintero, porque su enfermizo padre supo decirle:

─Hijo, en estos pueblos agrarios todo se hace para más adelante y si es posible para siempre. El agricultor siembra sus campos para cosecharlos después de seis meses; el criador tiene que atender su rebaño durante casi un lustro para apreciar el fruto de sus esfuerzos. Aquí nada se hace ni se ha hecho de la noche a la mañana. Durante mi pequeña ausencia has dado fin a un caso que por mucho tiempo ha procurado el pan para esta casa y los dineros que han pagado tu universidad, pero no solamente nos has desgraciado a nosotros, sino que has dejado al borde de la miseria a la mujer y los ocho hijos del secretario del juzgado y arruinado las esperanzas del Juez titular, a quien se le ofreció una pequeña fortuna por el fallo favorable a la parte que yo representaba, y eso no es todo, ¿quién va a llenar la despensa del pobrecito Florencio Aymachoque Dianderas, diligenciero del Juzgado? Sólo porque eres mi hijo no quiero hacerte saber a cuánta pobre gente has perjudicado. Tu conciencia no podría soportar el remordimiento por todo el daño que has causado. Pero de una cosa si estoy convencido y es que ni este pueblo, ni tu padre, son para tus pretensiones. Así que mañana mismo harás tus maletas. Yo por mi parte sabré darte una pequeña suma para que puedas atender tus necesidades más inmediatas e instalar un estudio, allí donde supongo debes conocer muy bien. Solo espero que aprendas a manejar tus asuntos pensando primero en tu persona y nada más que en tu persona, caso contrario serás hombre muerto, aquí o en cualquier parte del mundo. ─Recomendó el viejo letrado sabiendo que con esa despedida ponía fin a las muy conocidas y públicas pretensiones de su rapaz pichón.




miércoles, 18 de diciembre de 2019

EL CANDIDATO


DEL ANECDOTARIO ABANQUINO

EL CANDIDATO

(Narraciones de la Zona de Emergencia)

Brillaba en todo su esplendor en el límpido azul, el rubio sol de noviembre, cuando llegó al pueblo el hombre de esta historia.

Como acostumbran los paisanos que llegan a ese lugar con algún propósito comercial, cultural, político o altruista, acudió a la "Radio Sintonía, su mejor compañía"  para que el periodista, locutor y dueño de la emisora los entrevistara sobre las razones que los traía y el tiempo de su estadía. A través de esa entrevista hizo conocer al vecindario que en su condición de ex coronel, sociólogo y antropólogo tenía muy metido en su alma el deseo de ofrecerle al pueblo de sus entrañas alguna buena obra que su generoso corazón y su desinteresado espíritu, le obligaban.

Para su corta permanencia en la tierra de sus amores, había programado una serie de charlas sobre orientación vocacional dirigida a la juventud estudiosa del departamento, para que no anduviera perdida por los caminos del porvenir sin saber qué hacer con sus tiernas vidas.

Más tarde, después de la primera charla se enteró que apenas llegaban a cinco los que necesitaban un guía para definir su vocación, porque el resto no solo podía perderse en las carreteras del futuro, sino hasta caerse en sus precipicios por encontrarse completamente ciegos para esas jornadas. Cuando constató que todas aquellas joyas del tesoro de la juventud no sabían qué hacer con sus vidas, comenzó a preocuparse por el estado de las cosas que habían arrastrado a esas tiernas almas hasta esos extremos de abulia e indolencia.

Su misión ya no sería despertar vocaciones en las mentes de aquellos muchachos confundidos. Había que hacer algo más ambicioso. Lo que se necesitaba con suma urgencia era abrir la mente de la gente adulta que habitaba aquel pueblo provinciano, para que pudieran ver y comprender la magnitud de sus desgracias. Y por eso decidió dar charlas sobre la problemática y realidad regional y nacional en el lugar de costumbre.

A la primera, asistieron los que tienen preocupaciones intelectuales, que por estos lugares son los que no tienen nada que hacer a la hora que se programan estas actividades. A la segunda asistieron los curiosos, que no se pierden toda aquella ocasión que pudiera resultarles novedosa. A la tercera asistieron todos aquellos que les divierte las fantasías de los que imaginan la realidad: los locos.

Pues en aquellas jornadas de avivamiento cultural el sabihondo conferencista hablaba que la más grande desgracia histórica que le sucedió a los hijos de Manco Capac es haber sido conquistados por la peor raza del mundo: los españoles. Esos hombres crueles, ambiciosos, sádicos y ociosos; que otra cosa sería la realidad del Perú si a estos lugares habrían llegado los rubios del norte de Europa, “ahora hasta el más pobre de los peruanos tendría una casa con jardín y automóvil estacionado en su puerta”.

También se lamentaba de que si el cojo Velasco, no hubiera repartido entre tanto indio vago, las riquezas de las haciendas de aquella región no habría tanta hambre y miseria, pero advertía que nada estaba perdido del todo, porque “si dejamos que los gringos vengan a explotar los millones de toneladas de oro y plata que esconden nuestros cerros y aprendemos a trabajar como ellos, otro sería nuestro futuro”.

Y así iba explicando como una novedad, lo que todo el mundo sabía que debió hacerse hace mucho tiempo, pero de algún modo el curioso auditorio sentía que su chiflada perorata mejoraba el ambiente en esos tiempos de toques de queda, incursiones armadas, salvajes matanzas y destrucción de todo lo poco que se había construido a lo largo de varios siglos.

Aun cuando no se había acabado con la discusión, sobre si lo que decía este distante paisano eran locuras que se aprendió por los lugares donde trajinó su soledad o, que tal vez desvariaba por ausentarse tanto tiempo de su pueblo, hasta el extremo de no saber cómo pensaban por esos tiempos sus coterráneos, que más que pensar era andar atormentados por todas las malas noticias que llegaban de todas partes.

Un buen día anunció por la radio que el iluminado prócer de los nuevos y buenos tiempos que se asoman, don Marco Augusto Alejandro Salado de la Pera le había encargado alumbrar con su mensaje a las gentes de esta parte de los andes, y anunciarles que muy pronto se produciría de un solo golpe el gran cambio que haría todo lo que no habían hecho los catorce Incas, Pizarro, los cuarenta virreyes, San Martín, Bolívar, todos los generales golpistas, los dictadores, los demagogos, incluso el actual Presidente. ¡TODO! Pero cómo cambiaría todo. ¿Cómo?, que importancia tenía saber cómo, si lo que importaba era el cambio. Cualquier cambio podría ser mejor que continuar en esa detestable incertidumbre.

A comienzos de diciembre se extrañó de estas tierras. Lima lo había reclamado para que se hiciera cargo de los afanes políticos de los tiempos electorales que no tardarían en llegar.

Cuando todo el mundo se había olvidado de los disparates con que los divertía, se apareció hacia a mediados de enero haciendo conocer a la opinión pública de la “eterna ciudad primaveral” o de la “perla enclavada en los andes” a través de la "Radio Sintonía" que debían tenerlo por el más esclarecido candidato a una diputación por el departamento,  recordando a todos los paisanos que él era quien había introducido en esta parte del Perú profundo la necesidad de orientar a los jóvenes en el descubrimiento de su vocación profesional  e ilustrar a los electores en los temas de palpitante actualidad regional, nacional e internacional, y que si lo hacían parlamentario todas aquellas innumerables oportunidades que ofrecía el porvenir se harían presentes, aquí y ahora.

Y porque además solo así alcanzaría a tener vocación la perdida juventud de ese pueblo, y ellos, los que tenían el poder de elegirlo, podían dejar atrás la vergüenza de pertenecer al peor lugar de la patria para pasar a ser los beneficiarios directos de las maravillas que acarrea el progreso y el desarrollo traído a manos llenas por el gobierno que presidiría el prohombre que lo había enviado de retorno. Así acabó enero con alegres lluvias, campos verdes y algunas pocas langostas.

En Lima había recibido instrucciones precisas acerca del novedoso voto preferencial de la moderna legislación electoral. Con ese conocimiento y los otros concernientes a sus profundos estudios sobre los pueblos olvidados de estas serranías y sobre todo para demostrar que era un legítimo hijo de ese pueblo, porque hablaba la lengua aborigen de sus gentes, tenía su apellido materno en quechua y otras noticias más, logró apadrinarse: “de aquel ilustre ciudadano que desde la humilde cuna de un populoso barrio limeño, que a pesar de ser hoy por hoy el principal centro de tráfico de pasta básica de cocaína y marihuana, había surgido hasta las alturas de ser un sobresaliente profesional, un próspero empresario y un exitoso hombre de negocios, su nombre: Marco Augusto Alejandro Salado de la Pera”.

Que con tan ilustre señor había acordado, que a cambio de ser candidato por su lista a una diputación por esta región, éste debía hacer una intensa campaña a favor de su candidatura presidencial por esas provincias. Para ese propósito se le haría llegar afiches, almanaques, posters, banderines, banderolas, llaveros, solaperas y toda la carnada que se necesita para atrapar a los incautos ciudadanos que de vez en cuando tienen la obligación de ir a votar, bajo la amenaza de pagar una multa equivalente a soportar un ayuno por más de diez días.

Obsesionado por las mordidas de todos los pescaditos ansiosos por cumplir con su obligación electoral alquiló la sala-comedor-oficina de un amigo de los otros candidatos que por esas fechas no faltan y hasta abundan, mediante un Contrato de Arrendamiento que corría del 10 de febrero al 10 de abril de 1985, dos meses exactos, ni un  minuto más.

Se estucó la fachada de abobe con una inmensa capa de yeso y en ella se escribió con caracteres que ocupaban toda la pared su nombre y su pretensión electoral, un símbolo y un "MARCA ASÍ" y "ESCRIBE ASÍ". A los tres días se instaló un poderoso altavoces en la parte superior de la puerta del novísimo y recién inaugurado local partidario, que anunció por espacio de 14 horas diarias las bondades de su candidatura entre huaynos, vals criollos, salsas, cumbias, chicha, marineras, rock; no faltó ni las sagradas notas del Himno Nacional del Perú. Esta ensordecedora propaganda lo convirtió en enemigo personal  de todos los habitantes que moraban dentro del alcance de esa alharaca, incluidos los gatos, perros y loros.

Su rostro y sobretodo del candidato-padrino, se repitió por millares en paredes y postes. Su nombre, apellidos y la denominación del partido quedaron impregnados en la pintura que hizo rabiar a más de 500 propietarios con fachada, por todo el tiempo que duró la crisis económica y el Estado de Emergencia.

Por su parte Radio Sintonía divulgó las bondades de su persona hasta el colmo de perder la audiencia total, porque a la miserable programación que ofrecía, la cantaleta del candidato la hizo realmente insufrible. Todo este bullicio sumado a la de los otros veinte candidatos obligó a muchos ciudadanos a internarse en sus chacras, donde la paz de esas soledades les permitiera meditar lo bueno que sería seguir votando en blanco o viciado.

A medida que subía el tono de ese loquerío, súbitamente  se abrió el cielo y comenzó una endiablada sequía que calcinó por completo los sesos de todos los candidatos. Mientras que las sementeras se marchitaban anunciando más hambre y miseria para el resto del año, el fervor y la furia de todos los aspirantes al congreso de la república crecía incontrolablemente como las langostas que ya iban cercando las chacras. Al promediar marzo el campo y los cerros vecinos estaban completamente secos, las langostas eran ya una plaga y las esperanzas de un buen año agrario, completamente perdidas.

Para finales de marzo la situación se hizo difícil para los campesinos pobres, que son los más en esta tierra. Si no habría cosecha, ¿Qué comerían? ¿De qué vivirían los viejitos, las wawas y los animalitos? Pero al igual que los demás candidatos, el hombre de nuestra historia, indiferente a esta desdicha, se propuso cerrar su brillante campaña electoral con un mitin en la calle del mercado, el día jueves ocho de abril a las ocho de la noche.

En ese mismo lugar, día y hora señalada, hizo pública la gravedad de su desvarío, haciendo conocer a los muchos curiosos que merodeaban por las inmediaciones de aquella reunión, que éstos deterioros pueden ser muy contagiosos, porque además de los veinte chiflados que estaban subidos en la tarima, al pie de ella había casi un centenar de sus partidarios que con banderolas y pancartas en mano gritaban a voz en cuello su lealtad hasta la victoria final, sin dejar de creer, al menos por ese momento, que todas las ofertas que a raudales lanzaba el orador principal a los cuatro vientos de aquella calle, eran verdades innegables, y por eso ya se sentían estar sentados frente al escritorio de alguna dependencia pública trabajando por el desarrollo y la prosperidad del departamento.

Al que madruga Dios le ayuda y al que no duerme, el diablo también. El día 9 de abril despertó antes que todos los cristianos. Sus diligencias esfumaron las horas. "¿Las mesas perfectamente instaladas?", perfecto. "¿Los personeros perfectamente identificados?", no todos, pero los conocidos sí, perfecto. "¿Las elecciones perfectamente conducidas?", aún con los malestares que causan tanto elector analfabeto, pero perfecto también. Al primer minuto de culminado el proceso se informó por la televisión nacional que su candidato presidencial no había alcanzado los votos ni para ser diputado. ¿Pero por qué eso tenía que reproducirse en su pueblo y menos con él?

A las diez de la noche, como los genios de las lámparas mágicas, nuestro personaje se quedó metido en el fondo de las ánforas. Más adelante el hombre se enteró que aun contando con los votos que por error los campesinos suelen dar, no llegó a obtener ni siquiera un tercio de la voluntad de aquellos que le ayudaron a gastar su dinero que en realidad fueron unos cuántos, y que don Marco Augusto Alejandro  Salado de la Pera obtuvo un solo voto en esa circunscripción territorial. ¡Ojala y fuera de su ahijado!

A los tres días el candidato se marchó de aquellas serranías para siempre, maldiciendo a todos los cholos de mierda, cojudos y subdesarrollados por no saber escoger lo que realmente vale la pena. Rogando a Dios que así como les mandó la plaga de las langostas, les envié las otras nueve de Egipto también y todas las vacas flacas más que hubiera y para siempre. “¡Ojala que un día entren los terrucos a este pueblo de mierda y maten uno por uno a todos estos imbéciles, porque ni siquiera para esos malditos servirían estos hijos de perra!”  "¡Jódanse indios ignorantes!".

Ya en el ómnibus que surcaba la polvorienta carretera que llega a la costa, se consolaba pensando: "Lo que más me gusta es que aquel huevonazo que decía que tenía más de treinta años al servicio del campesinado, no sacó ni el voto de su mujer. Tampoco obtuvo gran cosa ese cojudo con cara de ladrón, que por haber sido presidente de la CORPORACION REGIONAL y que decía tener: “EXPERIENCIA Y HONESTIDAD COMPROBADA”, cuando la verdad es que sus chupes lo animaron a lanzarse para ayudarle a gastar la plata de sus cutras, pero ese imbécil no intuyó que los electores lo castigarían por todo lo que le habían robado al pueblo”.

“Tengo que reconocer que me da pena la escasa votación del mariconcito que con la plata de los gringos lanzaron las ONGs; a pesar de que hablaba con muy buenos modales, su lenguaje era bastante raro para las gentes de estos sitios, porque estaba plagado de pequeños extractos de las muchas cojudeces que sobre subdesarrollo, pobreza, discriminación y exclusión escriben los intelectuales de los organismos cooperantes de Norteamérica y Europa. Me cago de risa cuando pienso en ese chontril que se creía diputado seguro, y que hasta había encontrado un reemplazante para que asuma su miserable cargo público en el hospital,  ese sí se jodió de lo lindo, porque ni siquiera puede explicarse cuáles son sus zonas erróneas, pobrecito debe estar volviéndose loco. Como decía el gran Winston Churchill: CADA PUEBLO TIENE EL GOBIERNO QUE SE MERECE, y por eso esos huevones han elegido a ese indio de mierda que jamás moverá un dedo por ellos". Pero nunca se atrevió a pensar, ni por asomo, en los 50 mil soles que le sacó su mentor y ex candidato a la presidencia: Marco Augusto Alejandro  Salado de la Pera, para que ser candidato por su movimiento político.

El 14 de abril, día de viernes Santo, el pueblo lloraba en la procesión del Santo Sepulcro, rogando a Dios les perdone sus pecados para que no les envíe más sequías, ni plagas de langostas y de ratas, y suplicando a viva voz por tiempos mejores. "¡Señor, perdónanos si hemos hecho mal a nuestros semejantes......"!, rezaba el viejo cura español a través de un altavoz en medio de un mar de velas ambulantes con olor a incienso y santidad, rodeado de una propaganda política súbitamente envejecida.





viernes, 13 de diciembre de 2019

EL CUIDANTE

DEL ANECDOTARIO ABANQUINO


EL CUIDANTE

(Narraciones de la Zona de Emergencia)

            Que estoy embarazada y reclamando padre para mi hijo, no es lo último que me ha sucedido. Creo que ya me han pasado todas las desgracias como pasan las cuentas de los rosarios en las manos de las viejitas del Centro de Conciliación Espiritual "María Madre y Reina". No sé por qué después de rezar un rosario, como si fuera un milagro, una ya no se siente mal. Te llega un alivio y hasta sientes alegría, será porque el rosario es una penitencia cumplida. Todo en la vida es una penitencia que te atormenta ahora, para volver mañana. Todas las noches al momento de acostarnos pensamos: "No debo ser así, mañana voy a ser diferente" y al día siguiente a pesar de haber hecho todos los esfuerzos para ser mejor, seguimos siendo igual nomás, porque no hemos tenido la suerte de que el mundo, las personas y las cosas puedan cambiar para nosotros.

            Cuando nazca mi hijito, si es varoncito le pondré el nombre del señor Teófilo Noguera. Buena gente el viejito. Me ayudó bastante para conseguir mi nombramiento. Con qué ganas me animaba: "Te traes seis fotografías tamaño carnet y todos tus documentos en un folder. Yo  redactaré la solicitud de un modo que no podrán negar tu petición. Además es tu derecho". Y después: "Yo me encargaré que tu expediente esté siempre al alcance de la mano del Jurado". Más tarde, cómo me alentó para que hiciera las largas colas y las interminables esperas, sin perder la paciencia ni la esperanza.

"Bien limpiecita y decentemente vestidita, para causar una buena impresión, porque una educadora debe traspirar buenos modales y mucha cultura". ¡Qué ingenua era!, pero que importa, también es bonito ser inocente, sino cómo hubiera tenido el valor para prestarme vestidos, zapatos y hasta pintura de labios. Sino cómo hubiera aprendido a ser una señorita, conversar en las reuniones, entrar en los restaurantes y comer con cubiertos.

La verdad es que no hubiera sido nada, mejor dicho, hubiera sido muy poco, quizá una empleada doméstica por el resto de mi vida. Triste será ser la mujer de un bruto que te engríe un poquito y después te golpea toda la vida hasta matarte. Felizmente con esta mi desgracia ya sé lo que valen los hombres y por eso jamás voy a necesitar estar casada. Mi sueldito es mi padre y mi madre, aunque sólo alcance para ser pobre nomás, pero me sirve para pagar mi comida, el alquiler de mi cuarto y comprarme algunas ropitas. Yo vivo de mi trabajo. Yo soy honrada.

No sé. Ahora cuando pienso una cosa, acabo pensando otra. Bueno, si mi hijito es varoncito le pondré el nombre del abuelito Teófilo, que es muy buena gente y me ha dicho que su nombre significa: "El que es amado por Dios", yo también quiero que mi hijito sea amado por Dios, porque al final de todo, él será su único padre. También me invitaba al restaurante y hasta tenía mi foto en la que me hizo dedicar: "Para Teófilo, sinceramente: Silvia. 12─03─87". No me importa que todo el mundo diga que es un viejo mañoso, agiotista y chismoso a pesar de ser un empleado del Región de Educación. Si es mujercita se llamará Clotilde como mi abuelita que me ayudó a crecer y que siempre me machacaba que sin secundaria completa no sería nada en la vida.

Lo que es mi madre no cuenta para nada. Malo será bautizar a las criaturas con los nombres de las gentes que se van a ir al infierno. ¡Borracha! Dicen que por viciosa la botaban sus maridos. ¡Qué maridos ni que ocho cuartos!, si solo han sido varios imbéciles que convivieron con ella hasta arrepentirse. Mejor será no pensar mal porque eso es pecado, pero pensándolo bien todo somos pecadores y yo también soy una pecadora por tener estos malos pensamientos.

Qué bueno es estar lejos de la ciudad. Cuando crezca mi barriga le diré a la gente de la comunidad: "Me he casado, mi esposo es ingeniero y trabaja en Arequipa". También pediré permiso para cobrar mi sueldo y visitar a mi esposo. Ojala que esa Asociación Pro-Vivienda encuentre la chacra que está buscando para la lotización. Cuando pidan la cuota para pagar los lotes, de donde sea voy a sacar la plata, aun cuando sea vendiendo mi alma al diablo. Ni siquiera es para tanto, total como me quedaré en la comunidad casi todo el año, no voy a gastar mucho porque vestiré solo mi buzo. Cada fin de semana voy a comprar todas las gallinas, los huevos, los chanchos y los cuyes que me puedan ofrecer los lugareños para venderlos en el paradero de la ciudad, dicen que en eso se gana bien. Y como además solo voy a comer lo que producen los comuneros, voy a juntar buena platita para lograr ese lotecito.

            Cuando mi hijo sea grande, mi casa esté acabada y tenga buena mesa y una cama tendida con sábanas limpias y frazadas "tigre" de Maranganí, seguramente ese perro vendrá a contarme sus tristezas: "Tengo seis hijos, mi mujer es una bruta, estoy enfermo, casi me muero. Perdóname, estaba ciego por el orgullo y por eso ahora estoy pagando caro". Otra vez me pongo a pensar en sonseras como si fueran ciertas. No es bueno que me gane mi imaginación, porque hasta puedo volverme loca. Al final la vida es como te viene saliendo todos los días y punto.

Además y pensándolo bien, porqué se va a salir con su gusto ese perro, cuando nazca mi hijito lo inscribo en la Municipalidad con su apellido, le inicio un juicio de alimentos y después juicio y más juicio hasta que aprenda a mantenerlo. ¡Qué tal lisura!, me voy a hacer valer. A última hora mejor no, el desgraciado puede comprarse a los jueces y tinterillos para defenderse y hacerme sentir peor y hasta sin plata porque la justicia no es gratis. Si me ha dicho: "¡Anda nomás, quéjate a quien quieras!, veremos si los jueces saben hacerle caso a una mujer que se encierra con cuatro", y encima: "Acaso yo no más he sido tu cuidante".

Que feo es estar sola y esperar sola. Mejor ya no pensaré en nada. Mejor voy a hacer todo lo que tengo que hacer y esta noche me voy a comer al "kaly" para ver en la tele a la Miss Perú de Señoras que ha ganado a todo el mundo en los Estados Unidos; dicen que es muy bonita y que tiene dos hijitos.

►☼◄

─¿Usted señor Director Regional, puede creer  que mi esposo en su calidad de educador y padre de familia se va prestar a semejante adefesio? ¡Cómo puede decir eso esa cholita refinada! ─Y se puso a leer la fotocopia de un documento: "Que debido a las constantes incursiones de elementos armados en la comunidad, que nos hicieron temer por nuestras vidas, nos hemos visto obligadas a aceptar la protección de nuestros colegas varones, quienes para mayor seguridad decidieron pernoctar con nosotras en el mismo ambiente". ─¡Conchuda! encima sin la menor vergüenza dice: "que debido a esas circunstancias, me encuentro embarazada del quejado, quien lejos de reconocer su responsabilidad, está solicitando su traslado a otro centro educativo. ─Vomitó por fin la mujer y de memoria, la queja que tenía  aprendida y agregó. ─Si en ese pueblo se pasean a sus anchas los terrucos, ¿cómo usted puede estar seguro que esa mujer no es una delincuente terrorista y que sus propios compiches no la hayan embarazado?

─Por favor señora, no se sulfure. ─Suplicó el funcionario y con tono más calmado agregó. ─Debo recordarle que el Ministerio de Educación se limita a tomar los servicios de los docentes, supervisar su desenvolvimiento profesional y pagar sus salarios, luego de esto, estamos absolutamente prohibidos de inmiscuirnos en la vida privada de los profesores, menos aun si esta no afecta la moral pública, en consecuencia, mal podríamos tratar de resolver la queja de la señorita profesora, ni tampoco su petición por tratarse de asuntos estrictamente personales, y si usted cree que la profesora es una delincuente terrorista, pues bien vaya a la Base Militar y denuncie esa sospecha y verá cómo todos los profesores de ese centro escolar, incluyendo su esposo, se van veinte años a la cárcel por convivir con elementos subversivos sin que les pase nada y lo que es peor sin denunciarlos. ─culminó pensando: "¿Cama redonda contra la subversión? ¡Qué buena pendejada de ese cholito huevas tristes!”

─¿O sea que no la van a despedir del magisterio y encima se va a quedar de maestra esa perra quitamaridos? ¡Qué buena raza! Esto no se va a quedar así, pues voy a quejarme ante el mismísimo señor Ministro de Educación para hacerle conocer su complicidad en este acto inmoral, ya verá. ─Amenazó la mujer al funcionario regional. ─Ahora pues, como seguirá teniendo sueldo podrá contratar abogados para fregar a mi esposo con todos los juicios de alimentos que muy bien saben hacer esas pendejas. ¡Ojala y la mate una bala perdida como ella! ─Culminó la quejosa y se marchó tirando las puertas y la vergüenza.




viernes, 6 de diciembre de 2019

POR LAS ALTURAS


DEL ANECDOTARIO ABANQUINO

Bueno pues, lo cierto es que la vida viene con todo, estés donde estés. Y así se van acumulando en tu memoria un montón de historias y anécdotas “de lo vivido” que seguramente son muy parecidas a otras que les han sucedido a ustedes, o que por algún motivo te les han contado sus protagonistas, o se las han narrado a sus allegados, o simplemente son hechos que han trascendido a sus actores y se han convertido en perdurables mitos populares o leyendas urbanas.

De modo que en forma directa o a manera de cuentos, aquí les traigo algunas muy suculentas, sólo para hacerles conocer que la gente de esta parte del país existe, se mueve y nos ofrecen con su vivir sus peculiares historias, leamos alguna de muchas otras:

POR LAS ALTURAS

(Narraciones de la Zona de Emergencia)

Acabó sus estudios en el mejor colegio que pudieron costearle. Allí aprendió que el mundo crece, prospera, camina hacia adelante llevado sobre los hombros de grandes líderes, que deben ser reemplazados por otros que se preparan para tomar la posta. Todo eso aprendió con los ojos bien abiertos y los oídos muy atentos, en tanto su alma se inclinaba a remediar todos los males de la humanidad, y como le estaba asignado, se hizo estudiante de medicina.

En la universidad comprendió que el mundo puede ir más lejos de las ambiciones de papá o los sueños de mamá. Que existían verdades menos flojas, menos contritas, que empezaban aquí en la tierra y que debían alumbrar sobre ella.

Su acción le fue reclamada y entregó generosamente su accionar, en la misma dirección y en igual medida que sus camaradas. Su vida empezó a cambiar y junto a ella el propio mundo también debía ser transformado.

El primer cambio se notó en su casa, cuando su padre culpó a su mamá por haber defendido todos sus caprichos y hacerle creer al mozalbete que todo el espacio estaba abierto en este país tercermundista, para que ahora viniera con ese peligroso cuento de la política y el socialismo. La madre replicó que todo eso era por su culpa, porque no quiso esforzarse para enviarlo  a España con esa beca barata del "Opus Dei".

Así empezó una tremenda refriega doméstica que por ser sorda y muda derrochaba sus "malas vibras" por toda la casa, y lo peor fue que el principal objeto de aquel combate no tuvo tiempo para entender, porque andaba metido en otras batallas. Aún cuando los víveres, los pertrechos y el aprovisionamiento seguían saliendo del mismo lugar. Al cabo de un año su familia por fin comprendió a su modo que su hijito no quería ser amigo de Hipócrates ni de Galeno, sino de los mayores ateos que desde hace más de dos siglos vienen repartiendo recetas, para que los hombres puedan acabar  de matarse en nombre de la humanidad.

Nunca supieron realmente en qué andanzas estaba metido su hijito, ni con quienes se juntaba. No fue que se volvió un antisocial o un resentido, sino más bien que se hizo clandestino.

Al tercer año de sus nuevas convicciones, comenzó a frecuentar los almuerzos de su casa haciendo estúpidas preguntas que no correspondían a un hombre que estaba preparándose para remediar los males ajenos. "¿Mamá, cuando tú te casaste con mi papá, lo querías?". La pregunta hasta ofendía. "¿Mamá, estás de acuerdo con el aborto?" Ese pecado ofendía la creación divina y qué pensaba él que iba a ser médico. Entre estas charlas harto pueriles, la madre le sugirió lo lindo que le quedaría una barbita tipo Freud y recortarse el pelo, sólo para mejorar su posterior crecimiento: "Como los manzanos, las peras, en fin para dar mejores frutos". Cuando al día siguiente encontró a su niño con el pelo corto y su castrista barba en los quintos infiernos, se emocionó hasta las lágrimas y advirtió que nunca se acaba de ser vieja para aprender que no son las órdenes ni los ruegos lo que quiebra la voluntad de las personas inteligentes, sino el raciocinio, por muy pobre que este sea.

Durante el almuerzo del segundo día de la trasquilada, le confesó a su madre que andaba enamorado. Ella comentó que esa chica debía ser muy buena y que seguramente ella le había inspirado sus últimos cambios. Él dijo que así era y que por eso mismo andaba con un hijo suyo en la barriga. La madre casi se pasó la cucharita plana de los helados. De un sólo golpe lo supo todo sin necesidad de que le dijeran algo más. Lo último que le faltaba saber fue que la amada de su hijo era una chica provinciana, compañera consecuente y combativa, que estaba a punto de que la echaran de su cuarto de pensión aquel mismo fin de semana. Además le rogó que no piense del modo tan violento y radical como lo hace toda la familia sobre los cholos, los negros o los chinos, porque estas cosas no son como se piensan, sino que son como lo que son.

Finalmente sólo quería hacerles saber que se buscaría un empleo y que la medicina tendría que buscarse otro remedio. Luego de esa confesión se perdió por más de veinte días,  hasta que lo encontraron entre los cristianos defendiendo a Marx,  Lenin y Mao en medio de la Facultad de Medicina. Lo hicieron llamar y el acudió advirtiéndoles que se ocuparan de sus vidas, su apellido, de su casa y de su hermana. Al rato se apareció la compañera con la cara manchada y el gesto altanero. El la presentó y ellos, “que tal, como estás”, como si no hubiera pasado nada, con clase, y ella por su parte, pero solo pensando: “Chichu  pues, acaso no me ven”. Del restaurante pasarían por la pensión a recoger sus cosas, pero ella dijo que lo haría después. La verdad es que no había casi nada que recoger: una cama de somier con su colchón de cotén molido, una maleta de cartón con algunos trapitos proletarios y unos pocos libros metidos en una caja de cartón.

Les cedieron los dos ambientes de la azotea y el medio baño que allí estaba. Les suplicaron que comprendieran que por motivos de seguridad la puerta principal permanecería cerrada, así que mejor sería entrar y salir por la puerta de servicio. Finalmente, otra cosita más que casi se les olvidaba, que en la casa ya no se cocina porque todos comen fuera, y si algo se calienta o huele es la dieta diabética de papá que por precaución también aprovecha mamá. Que Sonia comía en su trabajo. Y él: "¡Por favor!" Que estaban muy agradecidos como para discutir esas minucias y que ya verían cómo ellos también desaparecían cuando salieran los asuntos del partido que les obligaría a abandonar esa emergencia.

La andina Katiuska se fue hinchando bonito, desde abajo hasta arriba, porque la sala comedor con teléfono a la mano, tenía un tragaluz que estaba perfectamente acondicionado para hacer fugar hasta el infinito cualquier rumor de aquel ambiente. A través de esa ventanilla se enteró "que menos mal era blanquiñosa la cholita mostrenca, de ojitos color caramelo". O "gota de miel" como dirían en el Medio Oriente o "cabrañahui" como le llaman  en estas serranías, y con el pelo color castaño claro como el que antes  se teñía ella, pero nada que ver como pareja de su Miguelito, por eso no se preocupaba de si debían casarse o no. Ojala que cuando nazca la criatura no se parezca a Manco Capac o Mama Ocllo, porque la maldición de los indios, los negros y los chinos puede durar hasta ocho generaciones, así que con este riesgo que comprometía a toda la familia no podían andar libres de preocupaciones.

También sospechó que seguramente su niño andaba embrujado por esa suerte de mañoserías que conocen los serranos desde el tiempo de los incas, sino cómo se explica que desafiando a una familia de alta alcurnia abandone una brillante carrera en una prestigiosa universidad particular, dejando de lado a las hermosas y muy educadas chicas de su misma clase. Sólo así podría entenderse semejante desvarío.

Mientras que para su apenas conocida Sonia, lo de Miguel era parte de una pasajera "onda" universitaria. Más adelante verían cómo todo ese "apareamiento progresista" acabaría sin pena ni gloria, precisamente cuando la moda de ser "progre", sea hacer otras cosas, aunque sean al revés de lo que se hacen hoy. "¡Ya verán!" "Menos mal que no andaba metido en las drogas o con los terroristas Eso sí que es purita depresión".

Por su parte el padre un poco más comprometido con los detalles de la vida de la pareja, repetía que Miguel era idéntico a su abuelo materno: un político nato, que llegó a ser Ministro Plenipotenciario del Perú, para aclarar no se qué cosas con un país que no recuerda. "Un hombre de Estado a carta cabal", sólo esperaba que Miguel reaccione: "¡Ya verán!" Lo de la mujer, normal pues, o acaso querían que resulte maricón. Además se percató que la mujercita era bastante leída para ser provinciana y eso valía en cualquier parte del mundo, ya sea en el Himalaya, los Alpes, los Pirineos o los Andes.

Con menos tiempo para la universidad y mucho más para dedicarse a los delicados asuntos del partido, Miguel fue conociendo sus lucrativos enredos internacionales. Como producto de esas andanzas comenzaron a llegar a esa azotea, las cosas necesarias para atender decentemente a una mujer embarazada que manejaba un automóvil y hacía compras en los supermercados: básico. Que vestía su preñez a la moda: normal. Que compartía almuerzos en peñas criollas y cenas en café-teatros los jueves, viernes y sábados: también hay que divertirse pues, no todo es trabajo.

Y así de la noche a la mañana la vida fue mejorando para esos tortolos, porque Miguel era miembro del Directorio del Centro Para la Supervivencia de los Indígenas Indigentes (CEPASII), sociedad civil sin fines de lucro, que canaliza recursos de la cooperación técnica internacional, que en definitiva casi nada tiene que ver con los afanes políticos de sus beneficiarios, porque la ayuda que llegaba eran los dineros recaudados en sindicatos, universidades, iglesias protestantes, clubes de ayuda al Tercer Mundo, fundaciones constituidas por millonarios deprimidos que al borde de abandonar este mundo habían entendido que el el templo de la muerte existe un letrero que dice: "Aquí nadie ha traído nada y de aquí nadie ha salido". En fin, de toda esa difusa voluntad ecuménica por cambiar el mundo.

Al quinto día de haber nacido el niño, con más curiosidad que amor, subió la abuela a conocerlo. Era grande, estaba sano y era enteramente blanquito y gracias a dios que no tenía el culo verde, y "ojala tampoco tenga el perfil esquizofrénico que muestran los serranos de todas partes y por eso andan metidos en el terrorismo". Pero no se podía decir con exactitud a quién se parecía. La parturienta dijo que era igualito a su padre.

Lo que más le sorprendió a la emocionada “sapiroca” era la cantidad y calidad de las cosas que habían llegado a esa azotea. Era evidente que los afanes que compartía su hijo con sus socios del partido eran más lucrativos que cualquier profesión liberal o un próspero negocio, si se tiene en cuenta que los primeros cinco años de sus rentas sólo alcanzarían para compensar los gastos ocasionados por la universidad, sin contar las sangrías que acarrean la manutención de los estudiantes. En cambio, en ese centro de los diablos comunistas o lo que fuera, se cosechaba lo que no se había sembrado sin tener que rendirle cuenta a nadie, pero lo mejor era que ese negocio tenía mucho que ver con los gringos de los Estados Unidos y de Europa. "¡Waaauuu: Paris, Madrid, Roma, Londres, Atenas, Ámsterdam, Bruselas, Estocolmo y sabe dios qué lindos lugares más!"

Y por eso pensó que la cholita blanquiñosa podía ser hija de algún hacendado caído en desgracia por culpa de la Reforma Agraria del cojo Velasco Alvarado y que merecía un trato más familiar. “Si deseas bañarte, también puedes hacerlo en la tina del baño de mi dormitorio”, la respuesta fue que gracias, pero que en tres semanas debían trasladarse a su pueblo, para constituir un nuevo centro destinado a promover el desarrollo agrario. Allí Miguel sería su Director Ejecutivo, tendrían dinero para comprar un local, dos camionetas y un fundo para experimentos agroecológicos. "¡Tenía razón mi viejo, Miguelito no era algún tonto que corría tras una loca quimera socialista, todo lo contrario, pues ya tiene abierto un gran negocio con mucho porvenir", pensó con orgullo la madre del nuevo líder social. Aunque le dolió un poco saber que la cholita iba a viajar a Viena por tres meses para cursar una pasantía, y que aprovecharía esa oportunidad para conocer Madrid, Paris, Londres y si se puede Atenas también. “¡Carajo, la que no corre, vuela!”, pensó como sólo piensan los envidiosos.

Por sus cientos de años de pobreza y abandono, aquel pueblo estaba hecho para diez revoluciones, mil quinientas ONGs y más de un juicio final. Allí Miguel halló que todo estaba por hacerse o para el quehacer de los organismos no gubernamentales como el Instituto Nativo para la Promoción Rural del Sur Andino (INPRUSA), que acababa de constituir con criterio futurista. El instituto adquirió la casa de Pascual Robles Valverde residente de Lima, por la mayor suma que jamás se haya pagado en esas comarcas por una antigua casona. Ese hecho liquidó para siempre el mercado tradicional de inmuebles de la localidad e incluso fue motivo para que otros vendedores reclamaran un mayor precio por sus casas vendidas en otros tiempos. Después de algunas mejoras a la fachada y a los ambientes de su interior, se amobló el local, sin descuidar su decoración con caporales de chicha que hacían de floreros, abigarradas llicllas que funjian de cortinas y una más grande para el franelógrafo. Una pequeña biblioteca con todas las publicaciones que esas oficinas suelen tener, afiches multicolores y lemas que exhortaban a la acción, sacados de algún autor fuerte y comprometido hasta el martirio. Con la fijación en la fachada de una placa de vinilo negro con letras doradas, arrancó las actividades del INPRUSA.

Más adelante, Miguel viajó a Lima a procurarse del personal competente que requería la programación de las actividades del "centro de desarrollo". Allí, entre los  pocos atrevidos y dispuestos a abandonar el corazón de la cultura, la civilización y el poder republicanos, contrató a los amigos desocupados del partido, especialmente a los que hallaban trascendental para sus vidas un baño de serranías, ahorrar algún dinero y más tarde retornar a su ciudad para cumplir su destino urbano.

Los empleados fueron integrándose poco a poco y los proyectos iban ejecutándose en función de los dineros que llegaban desde las fuentes de financiamiento. Todo podía hacerse: postas médicas, piscicultura, apicultura, agroecología, lombricultura, protección del medio ambiente, sanidad agraria, irrigaciones, rehabilitación de andenes, conservación de suelos, crianza de camélidos sudamericanos, investigaciones antropológicas, sociológicas, psicológicas, medicina tradicional, planificación familiar....... ¡Todo! A los dos años cuarenta empleados competían en el estrecho valle de aquel pueblo con los empleados del Estado, tratando de tomar el tiempo de los campesinos para enseñarles su arte y su parte. En alguna reunión de trabajo, Miguel vaticinó: “Con el tiempo todos los empleados de ese ministerio serán nuestros socios estratégicos. Ya he visto que su debilidad más penosa es el miserable salario que perciben. Un suculento viatico a su jefe y toda esa maquinaria pasará a ser sucursal del INPRUSA.” 

Las visitas de los representantes de las entidades financieras fueron testigos de las necesidades de aquel lugar y de los pueblos que lo rodeaban. El instituto debía hacer mucho más y por eso se invitó a Miguel a una gira europea para que él mismo expusiera ante el Directorio de los organismos cooperantes, la necesidad de incrementar su contribución. Dar conferencias ante sus desprendidos samaritanos, pero también ante los tacaños reaccionarios que no faltan en ningún lugar del mundo y que casi siempre terminaban insultándolo sarcásticamente. “Si en tu país existe un puñado de ricos y un montón de muertos de hambre, por qué no inicias una revolución armada, conquistas el poder, matas a los oligarcas  y refundas el imperio de los incas, pero no vengas con eso de que mi gobierno tiene la obligación de regalarles nuestros ahorros”.

Lo que pasa con el alma de los latinoamericanos que mueven sus huesos por Europa, sólo ellos lo saben. El asunto es que el joven regresó con el propósito de cambiarlo todo de una vez y para siempre. Eso de trabajar en agroecología sin bosta, en piscicultura sin alevinos, en apicultura sin abejas, en planificación familiar sin condones, etc., etc., y solamente por medio de folletitos copiados de otros folletitos curiosos y hasta bonitos, era una mierda. Lo que ahora correspondía era hacer un estudio completo del lugar por cuencas hidrográficas y zonificación ecológica y sobre la base de esas herramientas planificar y programar proyectos para recibir a raudales toda la filantrópica ayuda que impacientemente estaba esperando su destino en Europa y Norteamérica.

Como tenemos dicho, su alma había cambiado en tan sólo algunos meses, pero su corazón también. Al poco tiempo de reunirse con su mujer se aburrió horriblemente de sus sugerencias, chismes, celos, reproches y pobres ideas. Cómo le molestaba que todavía mantuviera rencor al Jefe Local del Ministerio de la Producción que alguna vez pretendió incomodarlos con el embuste de que el instituto era un nido de terrucos. La ceguera provincial y la miopía criolla debían desterrarse del Perú para siempre, porque lo que se aproximaba era un generoso y superior internacionalismo; no aquel que preconizaba el partido, cuyo concepto se reducía a sacrificar el pellejo en tierras extrañas, sino a uno nuevo y ecuménico, cuya principal expresión era la ayuda material directa a los agentes del desarrollo, que podían expresarse en una infinidad de maneras, por ejemplo: una computadora funcionando con un panel solar en pleno funcionamiento en ese purgatorio llamado Atunrumi.

Semejante ayuda no podía venir de la esfera de los países socialistas, porque estos siempre están al borde de la miseria, sino de los países ricos. Ricos no solo en dinero, sino en misericordiosos pensamientos para los indígenas de estos valles interandinos y sus inmensas punas. "¡Nosotros debemos ser los canalizadores de esa valiosa generosidad!", había afirmado pomposamente en una reunión de trabajo.

Esta visión postmodernista del mundo superaba grandemente los límites de cualquier propuesta de la indigente política nacional, por eso le resultaba ridículo que su mujercita siguiera manteniendo su terco encono a un adefesioso y deslenguado burócrata provincial. Después de recomendarle que desterrara de su mente esa ridícula debilidad, le anunció su próximo viaje de coordinación a Lima, para después del cumpleaños de Manolito, que se iba por los tres.

El viaje tuvo que ver con cuentas bancarias, giros, alquileres de oficinas y muchas compras, el retorno al seno materno, más un romance que él llamó de "altura", porque tenía mucho que ver con su filantrópico quehacer. Otro nivel de contacto personal y sexual. La antropóloga de sus alturas acabó siendo la Directora Ejecutiva de la Oficina de Enlace del  INPRUSA en la capital. Su madre bendijo de muy buena gana esa magnífica unión y hasta llegó a ofrecerle su casa a la distinguida muchacha, pero ella más distinguida aun, se ofreció molestarla en cualquier momento. Papá volvió a repetir, que no en vano se parecía al abuelo, que fue Ministro Plenipotenciario del Perú, pero aún no recordaba para qué, ni dónde. Para sacarse el clavo le bromeaba: "Vieja, como has gastado gratuitamente tus nervios pensando en las brujerías de la serrana, ahora quieres recuperarte con la linda y distinguida Eloísa, porque sabes la fortuna que maneja su familia. ¡Qué buena raza tienes vieja!"

Estando así las cosas, al cabo de tres meses regresó a Atunrumi, para evaluar al personal que debía despedir. Se fueron los pioneros del instituto con más rabia que dinero. Se fueron pese a la cerrada defensa de su conviviente, que se calmó cuando le pidió que le explicara: “¿Qué hacían en el Instituto?" "¿Para qué servían?" Esta no supo que responder, porque tampoco sabría explicar qué hacía ella misma en ese lugar, ni para qué servía el propio Miguel en esas tierras, dónde los hombres habían sobrevivido por más de diez mil años sin necesidad de ninguna limosna internacional. La cosa es que comenzó a llegar otro tipo de personal, más estudioso y hasta sofisticado. Tomaban café y fumaban todo el día, sin llegar a creer que fuera cierto que los indios nunca hacen el amor calatos y que no saben besar.

A los cinco meses anunció a la madre de su hijo que viajaría a Lima para hacerse cargo directamente de la Oficina de Enlace, porque ésta había cobrado especial importancia para los intereses del Instituto y que en manos ajenas podría serles perjudicial, y que durante su ausencia debía hacerse cargo de la Dirección Ejecutiva de la ONG en Atunrumi, hasta tanto él lograra que esa oficina se comportara como un mecanismo de ingeniería.

Los chismes de su romance de "altura" con la antropóloga pituca partieron desde la casa de su "suegra". Cuando se apareció en Lima con su hijo en brazos, esta le recordó que no estaba casada con su Miguel y que dentro de esa libertad tenía derecho a hacer lo que quería con su vida o qué se creía ella. Él le dijo que se dejara de celos huevones y quién le había autorizado abandonar sus obligaciones en la principal de Atunrumi.

Katiuska le ordenó que se dejara de cojudeces y que confiese abiertamente su traición, porque si no ella también se desahogaría confesando ante el partido y la fiscalía todos los negociados que habían hecho con el dinero de los gringos. Cuando ambos convinieron, con gran ventaja para la mujer, el destino de sus “ahorros”, cada quien comenzó a vivir sus nuevas y muy bien financiadas vidas, pero siguieron trabajando en el INPRUSA hasta que se acabaran los dineros asignados a los proyectos aprobados.

Más adelante, Miguel fundó en un terreno que le cedió la Asociación Pro-Vivienda "Atunrumi" de Lima, el Instituto de Apoyo al Desarrollo del Refugiado Urbano Marginal (INADRUMAR). Con la inauguración de su flamante local, terminó definitivamente su relación laboral con la madre de su hijo, y cada quien se fue por su lado, pero siguieron viviendo de lo mismo, porque ese era el único medio de vida que conocían. El resto, como todo, era del partido que de todas maneras debía tener su mordida en la dulce y jugosa manzana que generosamente les obsequiaba la cooperación extranjera.

Lo que jamás esperó que llegara, llegó. Aquella esquela directa y violenta le invitaba a abandonar sus afanes asistencialistas, en caso contrario era hombre muerto. Ahora está empeñado en identificar al perverso autor de aquel miserable anónimo que podría haber venido de los rabiosos despedidos de Atunrumi, de su ex-conviviente o para su mayor desgracia, de los mismísimos terrucos. ¡Qué hacer! ¿Tomar la beca para estudiar agroforestería en Bélgica durante dos años? No, mejor comprarse la Smith & Wesson que le ofrecieron, porque la cosa había llegado hasta la altura de no ser para nada despreciable.

Lo que ahora convenía era seguir insistiendo en eso de la filantropía internacional hasta acumular el valor de la pequeña fortuna que se llevó la serrana y cuando la cosa se pusiera color de hormiga, desmontar todo el aparato hasta convertirlo en algo que se pueda llevar en los bolsillos, aprovechando que el partido estaba en crisis al igual que el resto de la izquierdosa movida nacional por culpa de los ultras guerreristas, y al final decidirse a montar el negociazo que le propuso el padre de Eloísa.






martes, 3 de diciembre de 2019

EL ALACRAN


DEL ANECDOTARIO ABANQUINO

Bueno pues, lo cierto es que la vida viene con todo, estés donde estés. Y así se van acumulando en tu memoria un montón de historias y anécdotas “de lo vivido” que seguramente son muy parecidas a otras que les han sucedido a ustedes, o que por algún motivo te les han contado sus protagonistas, o se las han narrado a sus allegados, o simplemente son hechos que han trascendido a sus actores y se han convertido en perdurables mitos populares o leyendas urbanas.
De modo que en forma directa o a manera de cuentos, aquí les traigo algunas muy suculentas, sólo para hacerles conocer que la gente de esta parte del país existe, se mueve y nos ofrecen con su vivir sus peculiares historias, leamos alguna de muchas otras:

EL ALACRAN

Recuerda la pequeña casita que vendió su madre, para poder pagar la garantía y todos los demás gastos que de buena gana se hacen para tener en la familia, un cadete del ejército.

Por ese motivo sus hermanos menores Julio y Zenaida, debieron andar con los pies en el suelo, pero con la frente muy alta. "Mi hermano va ser oficial, puede llegar a ser General y Mariscal también, entonces ya verán cómo nos largamos de este miserable pueblo para siempre a pasear en automóvil", solían decir con mucha entereza y orgullo a los compañeros del colegio que se burlaban de sus zapatos hechos a mano de aprendiz y de exclusivo uso escolar. De su pantalón con culera o de su falda demasiado grande y gastada por ser regalada, y mucho más aún, de sus "cochinos anticuchos de tripas y carne de perro" que ofrecían en los paraderos de los camiones y ómnibus.

Lo malo es que de todo eso no se acuerda. Sólo tiene ganas de  volver a su pueblo para sacarle la mierda al malandro de su hermano que se emborracha todos los días y hace parir a su mujer cada año; que está a punto de perder su trabajo de auxiliar en la oficina del Poder Judicial y que tiene la costumbre de chupar con los morocos a quienes cuando le invitan un trago, les promete: "Le escribiré a mi hermano, para que te ascienda". A veces: "Para que te trasladen", otras "Para que te den de baja", etc., según  la generosidad del patriótico servidor. Algunos, más generosos o muy avisados, lograban en plena borrachera arrancarle una carta, que antes de recomendar, repicaba invariablemente:

"Conchudo, nos has dejado en la calle. Todo porque eras igualito al viejoymierda del abuelo que vino a morirse en medio de nuestra pobreza y encima tenía la concha de quejarse de la comida después de tragar angurrientamente y encima quería agarrarnos a latigazos, por esa o por cualquier cosa que hacíamos o hablábamos, porque le parecía cosa de indios”.

Luego continuaba:

"Teníamos que soportar a ese loco de mierda porque tu ambiciosa madrinita quería que el viejo nos saneara legalmente nuestra pobre casita que después ella misma nos compró por una miseria, para que te lucieras con capa de Batman o igual cagada y un gorro bien locazo que ni los payasos de estos pueblos se atreverían a usar".
Finalmente:

"Traidor, el portador de la presente es mi compadre Mariano Sullca Cavero, ayúdale en lo que te pida, sirve siquiera a este buen hombre para aliviar en algo tu sucia conciencia. Lo que es yo, no te pido nada, felizmente tengo un empleo seguro donde hago lo que me da la gana, sin tener quien me esté ordenando, ¡Gutiérrez, límpieme el culo!"      

Y para rematarlo:

"P.D. Saluda a tu zamba acholada".

─Tengo que recurrir a usted comadrita por mi ignorancia y mi problema ─lamentó la anciana de 54 años. ─Escríbamelo otra cartita a su ahijado con el encargo de decírmelo que le vuelvo a mandar la platita que me pidió tan urgentemente y pídamelo que se porte bien, estudie y que reciba mis bendiciones. Ya sabe usted comadrita con que hay que remacharle. No le hago escribir al Julio porque no quiero que se entere cuánto cuesta su profesión.

─¡Qué problema puede ser! Un hijo inteligente, así por así nomás, no se tiene. Es una bendición del cielo. Es cierto que es una costosa inversión, pero cuando dé el día va a dar para todos ustedes que tanto se han sacrificado. ¡Ojala no se olviden de mí ese día! Si no me hubiera vendido la casita que le arrancamos como herencia a su padre, ¿acaso se hubiera podido pagar la garantía?

─Ese mi padre, Dios lo tenga en su gloria. Un hombre indolente. A pesar de los grandes fundos que su familia ha tenido y explotado en su pueblo, nos abandonó a mi madre y a mis hermanos dizque para casarse con una mujer educada. Cuando lo fregó la Reforma Agraria yo tuve que darle un plato de comida. Dónde estaba su mujer educada que jamás le dio hijos y que hasta ahora para trasladándose de enfermedad en enfermedad ─Se preguntó esto con mucho rencor y agregó. ─Para su desgracia hasta los cholos que dicen ser sus hijos naturales, a pesar de llevar su apellido, han promovido la expropiación de sus tierras alegando ser colonos de ese “maldito gamonal”.

─Se hubiera muerto como un perro sin dueño y de no ser por usted, ni siquiera entierro hubiera tenido ese canalla, y de no ser por mí, no se hubiera logrado ninguna herencia. ─Comentó la escribidora mirando al cielo.

─Será porque soy hija de buena sangre es que me encapricho en esto de educar a mi hijo en tan grande pretensión.

Se acuerda también de las tremendas cachitas que debió soportar su condición de serrano pobretón. No fue jamás a las diversiones que planeaba su promoción, para no dar a conocer que vestía un solo trapo y que calzaba un solo cuero, lo demás seguía perteneciendo a la escuela de oficiales. Con un: "Ya tengo un plancito con un cuerito fijo", solía disculparse. Los que conocían su gastada respuesta lo cargaban bromeándolo: "O sea que eres un cacherito dominguero". Pero no todo tuvo la misma respuesta. El serrano respondió bien, respondió con respeto, estudio y dedicación. Y sólo por ser malo su último año, casi: "Espada de Honor".

Se acuerda también de la chiquilla pizpireta con la que salió tres veces y que en la segunda aprendió a emborracharse y en la tercera a acostarse. Que un día se presentó con sus padres, mejor vestidos que antes y más serios que nunca a pesar de ser zambos, para arrancarle la promesa de matrimonio. Con un "así es la vida" y que se ganaba una familia, una casa y una mesa; de lo contrario, adiós a la escuela militar y cárcel por el delito de violación en agravio de una escolar adolescente. "Tenemos la certificación de la pérdida de su virginidad expedido por un prestigioso centro médico", le habían hecho saber. Después de todo no estuvo mal. Del arenal plagado de campesinos exiliados por la miseria de sus pueblos, a un barrio proletario con agua potable, luz y calles. De la ropa sola a las ropitas nuevas. De la mentira del plancito fijo, al sudor total en materia de carnes. En fin, a veces así se compone la vida.

Se acuerda de la destemplada carta de su madre, donde lo maldijo por su "casamiento a escondidas". "Habías tenido vergüenza de tu madre, para que sepas yo soy hija de un hacendado, no como tú, producto de un mercachifle ambulante y mentiroso" y "P.D. Saludos a tu esposa que debe ser una niña preciosa y bondadosa que procurará en todo momento recordarte que tienes una madre que espera mucho de ti. Dios la bendiga". A ese descomedimiento solo atinó a juzgar: “¡Carajo no pensé que esperaban tanto de mí! Si les doy bola sabe dios que más querrán sacarme. Ni que fuera de su propiedad”. Acaso no había pagado todas las ayudas. Aunque sea con un solo giro, todo estaba muy bien pagado. "Además yo no soy su único hijo".

─Comadrita se lo hemos dicho todo a ese sinvergüenza y vividor ─comentó la escribidora, al mismo tiempo que pegaba la carta con su lengua larga y jugosa.

─Yo sólo quería decirle que se acuerde de nosotros ─lamentó desfallecida.

Recuerda que se ofreció de voluntario para la Zona de Emergencia, supuestamente para hacer quedar mal al "Espada de Honor", pero que en realidad lo hizo por la prolongada insistencia de su mujercita que estaba loca por aparecerse felizmente casada, controlando su casa y criando sus hijos, aunque sea en el infierno y no escondida de los ojos de sus compañeros de promoción.    

También recuerda que primero fue la vigilia prolongada y luego el tenaz insomnio y más tarde el cansancio sin tregua. Cansancio de alarmas y movimientos a todas horas. Cansancio de las muertes escogidas. Cansancio de la caída de tanto campesino cojudo que se ponía frente a las armas de un batallador atormentado por todas las formas del miedo. Cansancio de la indolente, brutal y estúpida conducta de los panzudos jefazos. Cansancio de las noticias de genocidio y terrorismo de Estado que publicaban los periódicos, la radio y la televisión de todas partes del mundo, todas ellas santificadas por los exóticos defensores de los derechos humanos y de los pueblos indígenas y tribales que existen en todos los países del primer mundo, donde viven felices gracias al saqueo de los recursos naturales del tercer mundo. Cansancio de la pobreza de la paz y de la miseria de la guerra. "Tómate esto, casi todas las señoras del Comité de Damas lo tomamos. Se lo recetó en Lima un médico especialista a la señora del coronel Retto, sirve exclusivamente para provocar el sueño atrasado", le había recomendado su mujer, al tiempo que lo condenaba a trajinar con esas coloridas pastillitas de fina presentación plástica.

─Comadrita estoy muy preocupada porque a su ahijado me lo han mandado a la Zona de Emergencia, no me lo vayan a matar esos terroristas malnacidos y entrenados en Cuba, Rusia y la China. Escríbamelo una carta recomendándole que se cuide mucho y suplíquemelo para ver si se da un viajecito por aquí, para poner en vereda a su cuñado que abusa demasiado de su pobre hermana que tanto se ha sacrificado por su carrera.

─¡Ese desagradecido! Voy a escribirle sólo porque me da pena que la Zenaida venga a mi trabajo del hospital con fuertes golpes en la cabeza. Estoy segura que con su carácter de militar va a poner las cosas en su sitio. ¡Sólo por eso! ─Concluyó la cartista.

Y comenzó a escribir sus letanías sobre el papel: "Cuídate del agua mansa que de la brava me cuido yo", escribió ese dicho para decir no se sabe qué. "Saludos a tu esposa que debe ser una niña muy distinguida, porque todos los militares se casan con la gente de la “jay-lay", opinó con la certeza de que la "condenada" que así la llamaba, leería; y, porque sabía que ninguna chica decente se encama con un hombre a los 16 años, y también porque los militares no siempre andan con la mejor gente. Eso lo sabía con la exacta realidad de un recuerdo vivo que come, calza y viste. "P.D. Tu madrina te saluda y pregunta qué es del capitán Juan Pablo Chamubrio Suárez, dónde vive y que grado tiene. Ella te recuerda y te quiere mucho, no le hagas esperar tu respuesta".

─¡Yo soy el alacrán, cuando pico mato y cuando me quieren cagar, me mato! ¡Yo no me rindo! ─Gritaba el capitán Gutiérrez al pelotón. ─¡Cualquiera puede ser el enemigo en esta guerra de mierda. Esos indios que con su cara de cojudos se acercan con una tuna en la mano, pueden traer una granada en la otra. No se olviden, tienen ganas de morir, eso quiere decir, que tienen más ganas de matar!

Finalmente recuerda que fue en esa especie de cantina con mesitas alcahuetes que llamaban "La Diskotec"; que estaba borracho; que quería encontrar a la "Pacharaca" para que le rasque las cabecitas; de la gente de porquería que se divertía manoseándose rico y quejándose del toque de queda porque les privaría de meterse otro polvo en su sucio rincón; que vino un chiquillo huevón con la "Pacharaca"; que le dijo que la "Pacharaca" era su amor; y que "a la mierda los militares, yo chupo con mi plata"; y la "Pacharaca" dale con eso de que los dos eran sus amores pero que: "esta noche nada contigo porque eres un abusivo y sólo quieres que te haga todo lo que no te hace tu mujer y después me dejas botada"; que ¡ ja, ja, ja, ja!; que sacó su revólver y metió un tiro al techo; que salió corriendo de esa porquería de invento; que se tomó todas las pastillas para dormir; que clareaba; que vomitaba; que sonaba un avión; que vomitaba; que anochecía.

En todo momento jura y requete jura por su santa madre que jamás había disparado, ni mucho menos había arrojado una granada en ese tugurio, para que se murieran la “Pacharaca” junto a su huevoncito malcriado y cinco parroquianos más con el poto al aire.

─¡Quién le recetó ese psicofármaco! ─Le amonestó un jovencito de mandil blanco con el pecho descubierto.

─¡El alacrán! ─Respondió bostezando desde el borde de la cama de aquel viejo hospital.

─¿Quién es el alacrán? ─Volvió a preguntar el joven galeno de guardia con la esperanza de derivar el caso a psiquiatría.

─¡El que mata o se mata! ─Respondió casi gritando.

Y por la carretera bordeada de las miserables casuchas desoladas de aquel insignificante poblado andino que olvidar no puede, sigue motivando al pelotón que corre al paso ligero de su desbocada mente: "¡Los valientes no se mueren!", y el pelotón que responde: "¡¡¡No se mueren!!!” "¡¡¡No se mueren!!!"

Más tarde, luego de exhaustivas investigaciones, la comisión a cargo del caso acabó concluyendo que la masacre de "La Discotec”, no fue obra del capitán Gutiérrez, sino de un comando terrorista que lo venía siguiendo por todos lados, porque en nombre de nuestro glorioso ejército y de la patria, este valeroso soldado les venía ganando todas las  batallas y por eso se la tenían jurada. Lo cierto fue que ese oficial ya no estaba presente después de la inspección de ese antro, pero aun así los pérfidos terroristas hicieron estallar una granada de guerra, sin importarles que con esa su demencial acción podían causar la muerte de varios inocentes.
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