lunes, 17 de junio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (5)

       [Los juegos con pelota] 

        Cuando había una bola y alguien traía el mango de una escoba se formaban dos equipos para jugar una especie de béisbol que llamábamos “Bata”, probablemente su nombre provenía del palo que en ese juego llaman bate. Se señalaba tres o cuatro “casas”. El juego tenía un bateador, un lanzador de la pelota y un corredor que era el mismo que acabando de batear se dirigía corriendo a la primera “casa”, pero si en esa carrera era alcanzado por la pelota que los oponentes lanzaban contra su cuerpo era expulsado del juego, porque estaba “muerto”, pero si llegaba a la primera y con mucha suerte a la segunda “casa”, podía esperar a que la pelota siga en juego, porque otro de sus compañeros iba a batear, para alcanzar la otra “casa”, pero esta vez había la posibilidad de matar a alguien más, porque ya eran dos los que estaban en carrera y a veces tres y hasta cuatro jugadores.

Cuando uno de los jugadores lograba dar la vuelta entera sin parar, ganaba “una vida” y uno de los jugadores “muertos” podía reintegrarse al juego. La partida podía perderse súbitamente si la bola era “chapada” en el aire por un jugador del equipo contrario, entonces era cuando los roles se invertían. No sé por qué, pero este juego les encantaba de manera muy especial a las mujeres.

Con la misma pelota y el mismo entusiasmo jugábamos a la “matagente”, que consistía en formar dos equipos de dos, tres o cuatro jugadores, luego de sortearlo al “yanquempó” que en otros sitios llaman “piedra, papel y tijeras”. Los perdedores divididos en dos se llamaban los “matadores” y se situaban, unos de otros, a más o menos diez metros de distancia, mientras que los ganadores quedaban al centro, y comenzaban a correr de un lado a otro de modo que la bola no los alcanzara, mientras los otros afinaban la puntería para pegarle a uno de los que estaban en el centro.

Si uno de ellos era alcanzado por la pelota, los “matadores” y el público que estaba esperando ansiosamente su turno de jugar gritaban: “¡muerto!” y  debía dejar de jugar y así hasta morir todos, entonces los “matadores” pasaban a ser los matados, pero si uno del centro lograba coger la bola en el aire, gritaba: “¡Vida!” y podía ingresar uno de sus compañeros “muertos” o ahorrar una vida para el caso de que uno de ellos resultara muerto más tarde. Este alocado y sudoroso juego acababa cuando nuestras madres nos llamaban para irnos a dormir y cerrar la puerta.

Otro juego con bola era marcar un círculo y colocar una piedra al centro, luego a cierta distancia que podían ser unos 10 o más metros, los jugadores formaban una fila, el primero pasaba la bola por encima de su cabeza al siguiente de la fila y salía corriendo para dar la vuelta al círculo, cuando llegaba tocaba al que tenía la bola y se iba al final de la fila. El que tenía la bola se la pasaba al siguiente, pero esta vez de un modo diferente, por ejemplo entre las piernas y salía corriendo para dar su vuelta al círculo, tocar al compañero de la bola y formarse al final de la fila.

El que tenía la pelota debía inventar un nuevo modo de pasar la bola al que estaba a sus espaldas, por ejemplo por el costado derecho, y así se formaba un orden, que debía repetirse tal cual, que podía ser: 1) Por encima de la cabeza; 2) Por entre las piernas; 3) Por el costado izquierdo; 4) Por el costado derecho; 5) De frente; 6) Poniéndolo en el suelo. Y la carrera continuaba hasta que alguno de los jugadores pasaba por el costado derecho cuando le tocaba pasar por encima de la cabeza, era expulsado del juego y así se iban depurando los jugadores hasta que quedara uno solo: ¡EL GANADOR! Con este juego además de sudar como un caballo, podías entrenar la memoria.

[La gallinita ciega] 

También con la ayuda de las mujeres y para divertir a los más joritos, se jugaba a “la gallinita ciega”, que consistía en cubrir los ojos con un pañuelo a uno de los jugadores, luego alguien que hacía de Juez, le daba unas tres vueltas para que se maree. Después el resto de los jugadores moviéndose dentro de un área previamente delimitada y controlada por el Juez, lo rodeaban llamándolo de todos lados por su nombre para despistarlo. Cuando finalmente el niño o niña que hacía de “la gallinita ciega” lograba atrapar a uno de los jugadores, el “chapado” debía ser la nueva gallinita ciega.

[Pan se quemó] 

También jugábamos al “¡Pan se quemó!”. Cuando todos los jugadores acababan de hacer un ruedo, uno de ellos que generalmente era el mayor de todos o el más vivo, con un juego de palabras comenzaba a contar a cada uno de ellos señalándolos con el dedo índice a la par que les asignaba una sílaba de esta cantinela: “Ca-de-na/ca-de-na/ti-ti-pop/mi-abue-lita-se-abom-bó/en-los-cal-zon-ci-llos-de-mi-abue-lito/chiss-¡POP!/” Al jugador que le tocaba el ¡POP!, era el escogido. Este debía esconder un pedazo de soga o una correa, mientras tanto todos debían estar de espaldas a él y sin mirar sus movimientos, mientras la patota contaba lentamente del 1 al 20. “¡Uno..., dos..., tres..., cuatro...., cinco…!” Cuando por fin llegaban al “¡VEINTE!”, ya el escogido estaba entre ellos, entonces el grupo se dispersaba en distintas direcciones, y a medida que se alejaban buscando el objeto escondido, con señas preguntaban al escogido, que estaba a unos 30 metros de distancia, si estaban en la buena dirección, y él podía contestarles: “¡Frio, frio, frio!” que significaba que estaban lejos del objetivo, en cambio a otros: “¡Tibio, tibio, tibio!” lo que quería decir que estaban en la buena dirección, pero cuando alguien se acercaba al objeto escondido, gritaba: “¡Caliente, caliente, caliente!”, y era entonces cuando el que encontraba el látigo escondido salía gritando con el azote en la mano: “¡PAN SE QUEMÓ!”, y todos debían correrse de él y ponerse detrás del que guiaba el juego, porque éste tenía el derecho de azotarlos.

Esa estampida se producía con un gran griterío, que hacía que alguna gente nerviosa saliera de sus casas para saber qué estaba pasando. Generalmente el que encontraba el látigo azotaba a otro que antes lo había latigado a él. Un día trajeron un poderoso “San Martín” de tres puntas y casi un metro de largo, y nadie quiso jugar, porque ese azote además de doler mucho dejaba marcas, y porque al final de cuentas, sólo estábamos jugando.

[El gato y el ratón] 

Otro juego para la gente menuda era el “Gato y el ratón”, que se jugaba en ronda, y previo el clásico: “Ca-de-na/ca-de-na/ti-ti-pop/…”, se ponía en el centro del ruedo al “ratón”, mientras que el “gato” quedaba por fuera de la ronda. La ronda comenzaba a girar, cantando a voz en cuello: “¡Taláaan uno!, ¡taláaan dos!, ¡taláaan tres!…” y así hasta diez. Entonces paraba la ronda y el “gato” preguntaba al “ratón”: “¿Ratoncito, ratoncito qué haces en mi huerta?” “Comiendo maní” respondía el ratón. “¡Dame un pedacito!”, suplicaba el gato, y el ratón le contestaba: “¡No quiero!” Entonces el gato amenazaba: “¡Aquí te pesco!”, y cuando el ratón respondía: “¡Aquí no!”, el gato trataba de entrar dentro de la ronda, acción que era impedida por todos los miembros de la rueda, como si se tratara de una buena cerca, mientras que por otro lado aflojaban la ronda para que escape el ratón, y por otra parte la abrían cuando el gato estaba por atraparlo por fuera y la volvían a cerrar para su seguridad. Si al cabo de un momento el gato no lograba atrapar al ratón, el juego se repetía, pero con otros gatos y ratones, porque los joritos quedaban muertos de cansancio y sus corazoncillos muy agitados por la emoción. Si el minino lograba atrapar al ratón era un buen gato, pero sino era muy malo.

[Que pase el rey] 

Otro juego para pasar esas noches solo con nuestra imaginación y movimientos, se llamaba: “Que pase el Rey”. Para este juego los niños debían formarse en una fila, y dos niños que generalmente eran los mayores de todos, asumían el rol de líderes, que podían ser varones o mujeres o mixto, eso jamás nos interesó, porque para nosotros todos éramos iguales. Luego que ambos guías se pusieran de acuerdo  en secreto que uno debía ser un “Durazno” y el otro una “Pera”, los dos se tomaban de la mano y formaban un arco por donde debían pasar tomados de la cintura y en una fila que daba vueltas cantando esta canción: “Que pase el rey / que ha de pasar / que el hijo del conde / se ha de quedar/”. Al terminar la frase en la palabra “quedar”, los dos líderes bajaban las manos y atrapaban a uno de los jugadores, para preguntarle: “¿Te gustan las frutas?” el atrapado decía que sí, entonces le preguntaban: “¿Cuál te gusta más, el durazno o la pera?”, y si respondía: “¡La pera!”, entonces pasaba a formar fila con el líder que había escogido ser una pera.

Después los lideres escogían en secreto ser una golosina: “Yo una perita”. “Yo un monterrico” y otra vez empezaba la ronda y de nuevo el atrapado debía escoger cuál caramelo de gustaba más y después a formar fila tras el líder de su preferencia. Y el juego continuaba hasta atrapar al último de la fila. El líder que había reunido más preferencias era el ganador, y con él todo el equipo, porque ahí estaban los que mejores gustos tenían.    
    
[La salta soga] 

Si alguien se aparecía con una soga se jugaba a "la salta soga" que era el juego predilecto de las mujeres. Se hacían varios equipos que generalmente estaban compuesto por dos miembros.  Las jugadoras entraban y salían cuando la soga estaba en lo alto. El batido podía ser “Frio” (lento), y a la orden de un Juez pasaba a ser “Caliente” (batido moderado) y luego se ordenaba la “Quema” (muy rápido). Si alguna jugadora por impericia o cansancio hacía que el batido de la soga se detuviera con alguna de las partes de su cuerpo, debía abandonar el juego, y así sucesivamente, de manera que la suerte del equipo quedaba en manos de la última, a quien, según se haya convenido previamente, podían batirle 30 o 50 veces en todas las velocidades, entonces todas gritaban contando: “Uno, dos, tres, cuatro cinco…..”. Si superaba el desafío, todas sus compañeras quedaban salvadas y ellas seguían de saltadoras, pero sino superaban la prueba, pasaban a ser las batidoras de la soga.

[Pakanki, pakanki] 

Otro juego que necesitaba solo de la imaginación que en abundancia se derramaba sobre esa edad, era el “Pakanki” que era un adjetivo de la palabra quechua “Paka” que significa escondite, un lugar secreto o algo oculto, pero para nuestro entender “pakanki” significaba “ocúltalo o hazlo perder”. Todos los jugadores nos sentábamos a la orilla de la vereda y alguien con el mismo juego de palabras: “Ca-de-na/ca-de-na/ti-ti-pop/….”, escogía a dos jugadores. El primero sería el encargado de hacer perder un objeto pequeño, podía ser una pepa de durazno, de pacae, un tiro o canica o simplemente una piedrita, y en segundo escogido era el encargado de adivinar qué niño tenía el objeto entre sus manos.

El primer escogido escondía el objeto entre las palmas de sus manos, mientras los demás jugadores los esperaban con las palmas de las manos también juntas como rezando, entonces comenzando del primero de la fila que hacían los sentados en la acera de la calle, introducía sus manos juntas en las palmas que abrían los jugadores, canturriando esta frase en quechua: “Pakanki, pakanki. Allinta mancata tikranqui” (Ocúltalo, ocúltalo y voltea bien la olla), y en una de ellas dejaba el objeto y seguía haciendo el mismo ademán para despistar, hasta que daba por terminada su misión. Entonces el segundo escogido tenía que adivinar cuál de todos los jugadores tenía entre sus manos el objeto, diciendo: “Lo tiene el Hugo”, si fallaba, entonces el ocultador decía el nombre del que lo tenía, recogía el objeto y empezaba otra vez el “Pakanki, pakanki…..”. Si el grupo era de hasta 10 jugadores podía seguir adivinando una vez más, pero si los jugadores eran más de 15 tenía hasta tres oportunidades, y si aun así fallaba el juego empezaba otra vez.

      Para este juego había que ser algo así como un psicólogo, pues si te tocaba ser el adivinador, primero debías mirar fijamente a las manos de cada uno de los niños y si notabas que alguien las movía, siquiera un poquito con algo de nervios, debías sospechar de él. Luego retornabas mirando fijamente a sus ojos y si notabas en alguno de ellos algo de nerviosismo, un gesto sospechoso o un rubor en el rostro, especialmente en el de las mujeres, te indicaba que uno de ellos lo tenía, entonces decías: “Lo tiene la América”, sino era ella, entonces era el siguiente. Cuando lograbas adivinar quién tenía el objeto perdido, tú pasabas a ser el que debía esconder el objeto repitiendo la cantaleta del “Pakanki, pakanki…..”, y el “chapado” pasaba a ser el adivinador.

Fotos: Ciro Víctor Palomino Dongo





.....////Continuará.......

jueves, 13 de junio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (4)

Los hombres y mujeres que vivían debajo de un mismo techo y compartían el mismo lecho, tenían la obligación de soportar la carga que con los hijos que les llegaba, supuestamente “con su pan bajo el brazo”. El sexo de los hijos no era importante, lo sustancial era la tarea de criarlos como mejor se pudiera, contando por supuesto con la infinita misericordia de Dios, de modo que no era trascendental haber nacido hembra o macho. Tus progenitores tenían la sabiduría ancestral de formarte como uno o como otro, para que seas un hombre o una mujer de bien sobre esta tierra y una bendición para la familia.

Cuando eras niño o niña tenías todo el derecho a ser el niño o niña que querías ser, pero nunca más allá de lo que para tus padres y abuelos por generaciones significaba lo que era ser niño o niña, de modo que no podías ser un berrinchudo(a), un mandón(a), un abusador(a) o un autoritario(a). Para evitar eso, además de las tareas escolares, todos teníamos nuestros quehaceres personales y domésticos: lavarnos, peinarnos, vestirnos, hacer la cama, lustrar nuestros zapatos, arreglar la mesa, barrer la casa, hacer los mandados, etc., etc., de ese modo buscaban que desde muy temprano nos hiciéramos cargo de nosotros mismos y también ser solidarios con los demás, y así, en todo momento y de muchos modos te estaban diciendo que tú habías nacido para vivir tu vida, incluso te hablaban de que todos teníamos un “yo propio”, que eras tú mismo y con quien estas siempre. En otras palabras, te enseñaban, sino a conocerte, por lo menos a explorarte.

Si eras varón tenías que serlo y para eso tus padres y las otras gentes que habitaban el pueblo tenían la costumbre de tratarte como tal, hasta hacerte sentir orgulloso de tu género, porque no se cansaban de repetírtelo que estabas hecho para el trabajo, la disciplina, el entendimiento y el coraje. Lo mismo pasaba con las niñas, aunque los modos de convertirlas en mujeres, eran más discretos y hasta secretos. Bajo esa sabiduría jamás fuimos o nos sentimos el “tesorito” preciado de papá y de mamá, menos sus mascotas o sus regalitos de Dios.

Esa voluntad social, no quería decir que estuviéramos sometidos a una segregación por sexos como un mecanismo de discriminación social, no, había un gran lugar común donde nos reuníamos todos: la necesidad de ser juntos, todo lo niño o niña que pudiéramos antes de llegar a la adolescencia, y juntos gozar de los maravillosos juegos que se alojaban en nuestras mentes.

No recuerdo que haya tenido necesidad de aprender las reglas de los juegos de mi niñez o que me las hayan enseñado. Recapitulo que todos sin excepción, desde los más tiernos hasta los más crecidos, sin ninguna distinción y hasta con mucho cariño, teníamos nuestro lugar dentro de los mismos, especialmente los que consistían en correr, saltar, cantar, girar, esconderse, adivinar, etc. Ya al final de la niñez, alejados de la calle donde estaba nuestra casa, cada quien, anduvo metido en los juegos peligrosos que solo eran para los más valientes y avisados, pero también en otras andanzas que tenían que ver con el campo, los ríos y algunas temerarias incursiones y largas  excursiones.

[Las calles] 

Como mi ciudad está asentada en el gran valle que forma las faldas de una gran montaña que sube entre florecidos bosques hasta llegar a una puna plagada de ichu, y sigue subiendo hasta coronar un nevado a más de 5,200 mil metros de sobre el nivel del mar, sus calles suben o bajan de norte a sur en una pendiente con una inclinación de 25 hasta a 35 grados y las cruzan otras calles que vienen del naciente hasta el poniente y viceversa.

En los tiempos de mi niñez me parecían largas y pesadas, sobre todo cuando había que subirlas para cumplir una obligación, como comprar o dejar un mensaje, pero nunca cuando se trataba de jugar, porque las calles eran nuestro lugar de ser y estar y cada quien lo era en la calle de su casa. No porque nuestras casas sean pequeñas o estuvieran hacinadas, sino porque la calle era el patio común de una bandada de niños que llegaban o se iban, pero nunca estaban desiertas especialmente durante las vacaciones o después de la tareas escolares  y la cena, hasta que nos llamaran para dormir o nos retiráramos voluntariamente, su bullicio se iba lentamente apagando, y no quedaran más que los perros callejeros, los borrachos y los fantasmas.

La mía tenía su calzada empedrada por donde de vez en cuando pasaba uno de los pocos carros que recorrían el pueblo, y en un nivel más alto un par de empedradas aceras a cada lado, por donde podían cruzarse saludándose dos personas adultas y hasta cuatro niños abrazados. Un poco más arriba de estas, las puertas de nuestras casas.

Yo en ese empedrado que le crecían algunos estropeados pastos y yerbas, podía distinguir varias siluetas en una, dos y hasta tres piedras. De ese modo podía visualizar un mapa del Perú, un sapo, un pez, un caballo, una olla, una cutana, pero la que más me gustaba era mi descubrimiento de la cara de perfil de un viejo que tenía barba, una oreja, una nariz, un ojo y una cabellera larga y descuidada que yo lo distinguía desde cualquier lugar. Por supuesto que ninguno de los pikis1 a los que les mostré, podían verlo. Eso jamás me importó porque esas figuras mías, no se dejaba ver por cualquiera, y menos por unos mostrencos.
           
            Cuando llovía de verdad, mi calle era un río capaz de llevarse a los más joritos2, entonces sí que nos ponían a buen recaudo. Pero los rapaces que estaban a borde de la adolescencia, saltaban sobre estas aguas llenos de alegría y empujándose entre sí, buscando tumbar a más de uno, para que las aguas los arrastran hasta donde podían, y cuando después de gran trabajo se ponían de pie, corrían a por su venganza. Todos los espectadores nos divertíamos con ese húmedo combate.  

Por esa calle venían desde las cabañas que están en los altos bosques del Ampay, penosos caballos cargados de leña y ágiles mujeres con abultadas llicllas3 en las que traían para la venta leche de vaca en botellas de vidrio tapados con un pedazo de coronta, frutas de la estación, alfalfa para los cuyes que moraban en los huecos de los fogones de nuestras casas, maíz para las gallinas y para los chanchos que habitaban el fondo de los patios, quesos frescos caseros que llamábamos “quesillos”, indispensables para los chupes, hierbas aromáticas para las comidas y medicinales para los mates, y algunas veces carne de res o de cordero y hasta una gallina viva. Encima de toda esa pesada carga, un bebé en sus brazos y el último de sus caminantes, a su lado.

Me conocía de memoria los tres gruesos postes de eucaliptos que le daban luz a las inmediaciones de la calle donde estaba mi casa. El del frente, el de abajo y el de arriba. Su exigua luz amarillenta, que desde sus alturas lanzaban un opaco halo de no más de tres metros de diámetro, que hacían que la calle se iluminará más o menos como para ver, nos permitían que siguiéramos viendo el fantástico brillo de las estrellas, especialmente las que llamábamos “Las tres Marías” y la Cruz de Sur, aunque en esa inmensidad plagada de millones de titilantes luceros, algunos veían, como yo lo hacía, sus propias constelaciones.

Eso a nadie más le interesaba, lo que podías ver o lo que dejabas de ver, era asunto tuyo, lo que importaba era que en las noches estrelladas no podía llover y podíamos jugar a nuestras anchas a pesar del penetrante frío que muchas veces abreviaba nuestra presencia en la vía. Cuando la luna llena llegaba seguía brillando con todo su esplendor, pues poco le interesaba la pequeña luz artificial que mezquinamente enviaban al suelo nuestros postes de alumbrado público, y conmovidos por su generosa luminosidad hasta le cantábamos: "Luna lunera, cascabelera / dile a mi amorcito por dios que me quiera / dile que me muero que tenga compasión / dile que se apiade de mi corazón….” imitando a algunos enamorados cantores de la radio.

            Recuerdo que bajo el poste de la esquina de mi casa, todas las noches hacía su infaltable vigilancia un Guardia Civil, vestido con un grueso capote para librarse del frío, un gorro que le cubría la cabeza, una gruesa chalina blanca alrededor del cuello, unas botas con polainas y una luminosa linterna. No estaban allí porque hubiese ladrones u otros malhechores, sino porque era su deber. Otro tanto lo hacían los estudiantes pobres que no tenían luz eléctrica en sus hogares, o en las casas donde se alojaban por ser de otros lugares.

A esos tenues faroles acudían toda clase de mariposas nocturnas que a pesar de tener modestos colores marrones, pajizos, castaños y hasta grises, cuando de muertas los veíamos a luz del día eran verdaderamente curiosas, porque nos parecían que seguramente para volar de noche necesitaban abrigarse con casacas, otras con pantalones, otras con las dos prendas. Algunas tenían una parte de sus alas transparentes que nos hacían pensar que mientras volaban miraban para atrás a través de esos espacios claros. Otras tenían dibujados sobre sus alas dos y hasta cuatro ojos, y las demás nos mostraban bellos diseños geométricos que representaba águilas, calaveras, arañas y otras raras formas y siluetas.

La aparición más espectacular de ellas, era cuando se aparecían con su especial y susurrante vuelo los gigantescos taparacos, que yo los veía como si fueran murciélagos, porque había unas de hasta 20 centímetros de envergadura, para que con los atrevidos golpes de su feroz ataque tratar de apagar el pequeño foco, y algunas veces hasta lo lograban, no porque los quebraran, sino porque lograban aflojarlos. Algunas veces para espantarlos los muchachos le tiraban piedra y lejos de intimidarlas lograban reventar el foco, y era entonces cuando esa parte de la calle se quedaba sin luz hasta por una semana.

[“La pesca”] 

Como si se tratarán de fogatas en mitad de la campiña o de salvadores faros, estás callejeras luces alumbraban nuestros juegos nocturnos, que unas veces eran agitados como “la pesca” que consistía en formar dos equipos bastante equilibrados en tamaños y sexos, que previo sorteo con una piedra plana que tenía dos lados, la seca y la mojada, y como en las monedas se preguntaba: “¿Seco o mojado?”, entonces el lado que quedaba arriba, ganaba. Los que perdían debían “pescar” o mejor dicho perseguir y chapar4 o “matar”.

Luego se fijaban varios puntos de resguardo o “cuevas”, en mi calle era la línea de los tres postes y al frente, la puerta de la carpintería del maestro Calixto Zevallos que por las tarde se iba a su casa en Tamburco, donde solo uno de los perseguidos podía descansar de ser “muerto”, si llegaba otro la debía abandonar, pero si los dos tocaban al mismo tiempo la “cueva” donde no podían matarte, automáticamente el último en resguardarse quedaba “muerto” y fuera de juego. 

Cuando en esa carrera de cueva en cueva pescaban a un perseguido se le gritaba: “¡muerto!”, y ahí, en ese mismo lugar, debía esperar a un partidario que saliendo de una de las cuevas, corriera a tocarle la mano al “muerto”, que para nada debía moverse, y devolverle la vida gritando: “¡Salvado”! y el juego continuaba para él. Esa parte del juego terminaba cuando todos quedaban muertos. Era entonces que los perseguidos pasaban a ser los perseguidores. Ese juego finalizaba sólo cuando salía alguien de tu casa para decirte que tenías que acostarte, sino la “pesca” podía durar toda la noche.

En este juego se admitían a los “nonis” que eran los más pequeñitos que a pesar de ser “muertos” tenían el privilegio de seguir con “vida”, incluso cuando los equipos se cambiaban seguían “vivos”. Se hacía esto porque no podían comprender que si eran muertos debían quedarse quietos en el lugar donde los habían matado, pero los joritos seguían corriendo erráticamente al cualquier lugar y casi siempre gritando llenos de júbilo. 

Fotos: Ciro Víctor Palomino Dongo












1 Niño.
2 Niños muy tiernos.
3 Lliclla es una manta tejida que llevan las mujeres en los Andes peruanos con múltiples usos. Suele tener motivos, patrones y tamaños y colores que varían de acuerdo a la región, etnia o nación del artesano.
4 Chapar, chapado. Abanquinismo, que significa coger, atrapar, alcanzar, agarrar, capturar. Pero también te pueden “chapar” una mentira o una mala acción.

lunes, 10 de junio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (3)

Más tarde, cuando el rey de España vio que era muy grande el poder y el territorio que había otorgado a esos adelantados y que en su lucha por el poder en estas tierras podían hacerle perder aquella enorme y remota ganancia real, les hizo la guerra, los venció y los sometió a su soberanía, creando el 20 de noviembre de  1542 el virreinato del Perú en reemplazo de las gobernaciones entregadas a Pizarro y Almagro.

Más adelante en 1569 envió a Francisco de Toledo, el quinto de sus virreyes, para reducir a los indígenas en pequeños poblados establecidos al modo de la traza romana: Plaza Mayor rodeada de manzanas y calles que albergaban varias parcelas con puertas a la calle. Allí, en esos vecindarios debían vivir, bajo pena de muerte y despojo de sus chacras y animales, todos los habitantes de los ayllus ubicados a una legua (5 o 6 kilómetros) a la redonda.

Aunque estos pueblos no funcionaron plenamente, la verdad fue que los fundaron para saber con cuánta mano de obra contaban, y a cuántos debían cobrarles los impuestos y convertirlos a la fe de su dios, para que así pudieran salvar sus almas de los demonios que habitaban en los Apus, las huacas, las lagunas, los ríos, las plantas, los animales, el mar océano, y también para librarlos de los malos pensamientos que anidaban en sus salvajes adentros.   
    
            Así fundaron mi tierra, mi cuna, mi pacarina1. Lo hizo un Licenciado en Derecho llamado Nicolás Ruiz de Estrada, nacido en Lima y regidor vitalicio de esa ciudad, nieto de Bartolomé Ruiz de Andrade, piloto experto de Cristóbal Colón y uno de los trece de la Isla del Gallo, el día 18 de enero del año 1572, el mismo día en que Francisco Pizarro fundó en 1535 la “Ciudad de los Reyes”, (hoy Lima) que después fue la capital de virreinato del Perú, y en su honor la llamó “Villa de los Reyes”, y como además los indígenas de este valle adoraban a “Illapa” el dios del rayo, lo llamó Santiago que era el apóstol que cabalgaba sobre los cielos de España anunciando las tormentas, y para que se supiera donde quedaba esta fundación le agregó: ABANCAY.

            Así como a mí Villa de los Reyes de Santiago de Abancay, a pesar de las penurias y riesgos que en esos tiempos significaba un viaje al nuevo mundo, siguieron llegando durante los siglos XVI, XVII y XVIII, a cientos de hermosos y productivos valles interandinos apurimeños, como Cachora, Curahuasi, Huanipaca, Huancarama, Andahuaylas, Chincheros, etc., etc., miles de familias españolas salidas de los campos de Andalucía, Extremadura, Castilla, León, Asturias, Galicia y otras regiones más, como los vascos, portugueses, genoveses, alemanes, griegos, flamencos, y otros tantos que no declararon su identidad y procedencia, trayendo consigo sus lenguas, sus dioses, sus creencias, sus temores, sus supersticiones, sus vestimentas, sus comidas, su medicina, sus conocimientos, sus herramientas, sus vacas, caballos, burros, ovejas, cabras, cerdos, abejas, cepas de vid, higueras, naranjos, limoneros, manzanos, peras, duraznos, ciruelos, cerezas, caña de azúcar, trigo, cebada y otras semillas, así como sus males y sus esperanzas.

Una parte de estos recién llegados eran parientes de los que ya moraban en estas tierras, pero la mayoría vinieron animados por las buenas noticias que llevaron a España los pocos que se hicieron ricos con el oro y la plata del abatido imperio incaico. Todos llegaron al nuevo mundo con el deseo de enriquecerse, mejorar su condición social o tener una mejor vida en tierras peruanas.

            La mayoría de estos emigrantes se asentaron exitosamente en los pueblos fundados a la traza romana en tiempos de la reducción de los indios ordenada por el virrey Francisco de Toledo, o en aquellos que del mismo modo, fundaron los nuevos allegados, y si prosperaron fue gracias a que contaron con la servidumbre gratuita de miles de indígenas.

A la usanza europea en cada pueblo no faltó el panadero, el herrero, el molinero, el carpintero, el arriero que también se encargaba del servicio postal, el talabartero, el sastre y las costureras, el tendero, el preceptor, el albañil, la iglesia, el cura, el corregidor y la soldadesca; más tarde se sumaron los agricultores, pastores, constructores, alfareros y tejedores nativos y las chicheras. En los pueblos más importantes se construyó el local del cabildo (ayuntamiento o consejo), el mercado de abastos y las posadas o tambos. Tampoco faltaron los curanderos y las parteras de ambas culturas.

            Con el correr de las centurias estos pioneros, con o sin matrimonio, fueron más o menos mezclándose con los nativos y variando sus comidas con las carnes y vegetales de estas tierras. Más adelante al cabo de dos o tres generaciones modificaron sus propias costumbres en función de los inmemoriales modos de explotación agrícola y ganadera de estas tierras y praderas. Al final acabaron amamantándose en quechua, curándose con las hierbas y pócimas de los nativos, y no pocas veces, sino adorando, por lo menos temiendo las fuerzas, que aun en nuestros días,  representan los “Apus” y las demás potencias naturales y sobrenaturales que aún perviven en las profundidades del inconsciente colectivo andino.

Así, poco a poco, fueron amoldando su rusticidad europea a las nuevas exigencias de estas altas montañas, aun cuando no habían alterado significativamente el color de su piel, y por eso mismo, desde entonces y hasta ahora, no falta ni faltará quienes reclamarán su herencia española, que en muchos casos sus mismos apellidos, paternos o maternos: Hernández, López, Luna, Soto, Pérez, Garay, Camacho, Palomino, etc., etc., lo dicen: fuerte y claro, y con los cuales se identifican solemnemente, pues el apellido es una de las señas de identidad más grandes que tenemos todos los hombres.

He conocido muchos de estos pueblos sumergidos en estos andes y olvidados desde los tiempos de la administración colonial, pasando por la republicana, donde la gente todavía es blanca, de pelo claro y ojos azules, verdes y grises, pero con su toquecito andino, pues como dijera Ricardo Palma: “El que no tiene de inga, tiene de mandinga”. Formidables quechua hablantes, pero sin dejar de hablar el castellano que es el idioma en que se alfabetizan. Amantes de los huaynos que expresan todas su alegrías y sus tristezas, y que lo interpretan con guitarras, mandolinas, charangos y arpas europeas, pero también con quenas, cascabeles y tambores nativos. Conozco sus bellas mujeres y sus hermosos vástagos.

Contrario a todo esto que pasaba en los valles interandinos, en las punas, estos inmigrantes fundaron estancias para la crianza de vacas, ovejas, caballos, llamas y alpacas, y en la soledad de aquellos fríos parajes fueron mezclándose más y más con los nativos hasta hacerse prietos y más rústicos aun. Como dicen sus parientes de los valles, se aindiaron, pero no por eso renunciaron a su origen transoceánico, ni aun cuando habían asumido apellidos quechuas que les llegaban de las deidades locales o como ellos querían llamarse en esas altiplanicies.

Así tenemos a los Orcco, que salieron de las profundidades de los cerros o que bajaron de sus alturas; a los Huamán que son los hijos de las águilas; a los Condori, que descienden de los poderosos cóndores; los Ccollque, que son los tenedores de la plata; etc. Magníficos apellidos que todo buen cholo citadino debía pronunciarlo y darlo con orgullo, pero sin embargo, vergüenza ajena, los esconden, abreviando sus apellidos así tenemos: un tal Wilberth C. (C. de Condori) Saavedra o un Richard Miranda H. (H. de Huamán) o simplemente Richard Miranda, como si no lo hubiera parido alguien.

Esa fue la sopa donde nos cocinamos los cholos de todas partes.

Los runas de los pueblos originarios, los descendientes de los que hace 20 mil años cruzaron el estrecho de Bering y que poco a poco hace 12 mil años llegaron y se instalaron en esta parte de los andes, que todavía son muchos, siguen sometidos a la ideología dominante que divide al mundo en blancos e indios, buenos y malos, virtuosos y  viciosos, hombres y la bestias, para justificar la violencia ejercida sobre el hombre andino, la pérdida de su libertad, para seguir tratándolos como objetos, como cosas sin derechos, sin dignidad, sin tradición y sin cultura.

En medio de este caos, plagado de discriminación y exclusiones centenarias y la extrema pobreza, muchos tuvieron que migrar a las grandes ciudades de la costa, para ser la servidumbre barata de las casas, fábricas y negocios de los ricos y poblar las barriadas y los que se quedaron, seguir siendo los condenados de esta tierra. Ellos que fueron el barro con que se creó el Perú y los peruanos.

Después de la segunda mitad del siglo XX, yo crecí en un pueblo de estos, pero que al tiempo de fundarse era un pueblo principal, corregimiento de indios  y cabecera de Curato y hasta tenía un Convento de Nuestra Señora de la O (2) que en 1575 fundó la Orden de los Agustinos, como lo es ahora, y era porque estaba cercado de grandes e importantes haciendas cañaveleras que se llamaban San Miguel de Pachachaca, San Gabriel de Ninamarca, Patibamba e Illanya con sus anexos Maucacalle y Sahuanay, donde se fabricaba el mejor azúcar de todas las Américas, con la fuerza, el sudor, las lágrimas y la vida de la servidumbre indígena y la maldición de negros esclavos, y que en su momento fueron una muy importante fuente de ingresos para la corona española y la república temprana.

Sobre estas haciendas Juan Bustamante en su obra: “Apuntes Observaciones Civiles, Políticas y Religiosas con Noticias adquiridas en este segundo viaje a la Europa”, hacia 1849, escribió:

"Salvado ya ese tan tremendo paso es preciso atravesar algunos cañaverales, entrando luego en una cuesta con cuatro leguas de descenso hasta llegar al pueblo de Abancay donde se ven otros muchos cañaverales é ingenios de un azúcar muy estimado por su consistencia y su blancura. Es pueblo bastante crecido; el vecindario muestra en su traje y en sus modales que goza de un bien estar general, y que no desconoce las leyes de la civilización, debida sin duda ninguna á varios de los principales señores argentinos allí avecindados, los, cuales vinieron brindándome con sus casas y su fina amistad. Su comercio de azúcares no está hoy tan en auge como hace algunos años por la baratura en que ha venido á caer ese artículo cuyo beneficio y cultivo cuesta sumas considerables, y no pocas víctimas entre los infelices jornaleros que concurren de diversos puntos buscando trabajo, y que vienen á ganar en el valle de Abancay unas tercianas mortíferas.

            A esa misma calamidad estan sujetos, (y aun acomete con mas fuerza), los que trabajan en las haciendas inmediatas al río Pachachaca donde se ve un hermoso puente cuyo anchor se estiende unas nueve varas, y sin mas que un arco ú ojo de extraordinaria magnitud."

         No quiero hablar de mi linaje, estirpe o casta, porque es como la de cualquiera otro paisano, aunque algunos quieran darle a este hecho una superlativa importancia para sentirse mejor de lo que están consigo mismos y/o con los demás. Sobre este punto mi abuela materna que sabía lo que todas las viejas cansadas de trabajar, parir, coser y cocinar decía, cuando algún paisano se le aparecía con ínfulas de ser descendiente de nobles o hacendados:

 “En este pueblo solo existen cuatro raleas: la de las panaderas, de las costureras, de las placeras y de las chicheras. El resto son chacareros, pastores, artesanos, comerciantes, peones, abigeos, contrabandistas de alcohol, y los otros son los empleados, aparceros, mejoreros, huacchilleros, yanaconas y huasipungos de las haciendas”.

Villa de los Reyes de Santiago de Amancay, hoy ciudad de Abancay
(Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo) 

Abancay, visto desde el cerro Quisapata 
Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)

Así fundaron cientos de pueblos a la traza romana: Plaza Mayor, cuadras y calles
(Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)

Cruces cristianas sobre una apacheta andina
(Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)



1 Mi lugar de origen.
2 La advocación de Nuestra Señora de la O, no es otra que la Virgen de la Expectación o de la Esperanza del Parto. “O Sapientia, O Adonai, O Enmanuel… veni!”

jueves, 6 de junio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (2)

Además ese mi lugar está rodeado por un río llamado Mariño, pero que los runas de otros tiempos nombraban “Amancay-mayu”, que baja de una alta laguna llamada Rontoccocha, porque tiene la forma de un huevo y por el lugar donde nace el sol; y, de otro muy grande y caudaloso que nos llega de las grandes y lejanas punas de la provincia de los aymaraes, que en tiempos de los incas se le llamaba Aukapanamayu que significa el “río de la hermana rebelde”, pero que ahora lo llaman Pachachaca, porque antes de la llegada de los españoles, las inmediaciones del antiguo puente incaico de pacpas y criznejas se llamaba “Pachakchacra” (cien chacras). Este río pone fin al valle, separando hombres, pueblos y costumbres, para finalmente confundir sus aguas en el caudaloso y rugiente río Apurímac (El poderoso que habla).

            De los libros aprendí que mi valle no era el único, ni mi río Pachachaca, pues desde que en la era Cenozoica las placas tectónicas de Cocos, Nazca y la Antártica, levantaron la cordillera de los andes, se definieron en mi departamento tres enorme ríos, uno que se llama río Pampas que tiene su origen en laguna Choclococha que está ubicada entre los distritos de Santa Ana y Pilpichaca de las provincias de Castrovirreyna y Huaytara del departamento de Huancavelica y que pasando por el departamento de Ayacucho desemboca sus aguas en el río Apurímac.

Otro que es mi río Pachachaca, que nace en el cerro Chucchurana, con el nombre de río Collpa, y que más adelante se llama río Cotaruse hasta confluir con el río Aparaya, desde donde toma el nombre de río Chalhuanca, hasta unirse en el paraje llamado Sutcunga con el río Antabamba que arribando por su margen derecha lo bautiza con el nombre de río Pachachaca, denominación que conserva hasta que hunde sus aguas en el gran río Apurímac.

El gran río Apurímac que naciendo en el Nevado Mismi de la cordillera de los andes que atraviesa Arequipa y Cusco, recorre las regiones de Cusco, Apurímac y Ayacucho, para después de mesclar sus aguas con el rio Mantaro que viene desde Junín llamarse río Ene y este nuevo torrente luego de juntarse con el río Perené forman el río Tambo y este al unirse con el río Urubamba dar lugar al nacimiento del río Ucayali que sumando sus aguas al río Marañón forman el gran río Amazonas, el más largo y caudaloso del mundo.

De este poderoso río Apurímac el Inca Garcilaso de la Vega, decía:

“Es el mayor río que hay en el Perú; los indios le llaman Apurímac; quiere decir: el principal, o el capitán que habla, que el nombre apu tiene ambas significaciones, que comprende los principales de la paz y los de la guerra. También le dan otro nombre, por ensalzarle más, que es Cápac Mayu: mayu quiere decir río; Cápac es renombre que daban a sus Reyes; diéronselo a este río por decir que era el príncipe de todos los ríos del mundo”. (Comentarios Reales de los Incas)

            De este salvaje río, el gran peruano José de la Riva Agüero, en su centenaria obra: “Paisajes Peruanos”, dijo:

“La cuesta es empinadísima, entre rocas y achaparradas malezas. A medida que avanzamos, se espesa el aire, aumenta el bochorno, y descubrimos lajas enhiestas, lisas como murallas, que se abren hendidas por un tajo soberbio. Diríase que descendemos a la cripta de un rey sobrehumano. Aún no oímos la corriente. De pronto, en una revuelta del camino, un fragor indecible nos asorda; y entre obscuros y desmesurados bastiones, graníticos y calcáreos, relumbra el Apurímac, a modo de una grande espada curva. A veces el clamor remeda el rugir de una fiera herida; otras, repercutiendo en las quiebras peñascosas, imita el redoblar de los tambores o el rodar incesante de innumerables máquinas de guerra. En este momento acuden a mi memoria versos de Manuel Adolfo García, que leí en mi niñez. Dicen:

……..las juguetonas
sirenas del Apurímac.

¡Cómo ignoraron y falsearon nuestros románticos la verdadera fisonomía del paisaje peruano! Este foso de piedra profundísimo, en el que hierve el caudal espumante de las aguas, a nadie puede ofrecerle imágenes de juego y de blandura: es un cuadro de salvaje belleza, de exaltación siniestra, suscitador de un sombrío frenesí.”

            Los antiguos moradores de esta región debieron construir un sinnúmero de puentes colgantes para pasar ellos, sus animales y el fruto de sus cosechas sobre las torrentosas aguas de los ríos Apurímac, Pachachaca y Pampas y para ello tuvieron que fabricar una infinidad de cuerdas y maromas a base de cabuya y paja, que en su idioma nativo se llama “q'eswa” o soga torcida, y por extensión a los torcedores de estas sogas les llamaron: “q'eswas” y de allí nos nació el gentilicio de los “Quechuas”, que fue el pueblo originario sobre el que se fundó y construyó el imperio de los incas, y la lengua de estos “quechuas”, que poblaron los valles y las punas ubicadas entre el río Apurímac y el río Pampas, pasó a ser el idioma oficial del Tahuantinsuyo.

            De otros libros aprendí que la historia de este país nunca dejará de parecerse a una fábula, porque las crónicas de esos tiempos dicen que Francisco Pizarro junto a más o menos 180 españoles y 39 caballos, también españoles, conquistaron el Tahuantinsuyo, apresaron al Inca Atahualpa, que a pesar de haber pagado mucho oro para que lo dejaran vivo, igual nomás lo mataron el día 26 de julio de 1533 en la Plaza de Cajamarca, acusado de asesinar a su hermano Huáscar. A los que llegaron después para asegurar la conquista y ser parte de la administración colonial, les encomendaron las tierras y las almas de los indígenas, para que con sus cuerpos hicieran lo que les viniera en gana.


Río Mariño, llamado antiguamente "Amancaymatu" 
(Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)

Río Pachachaca, llamado en tiempo de los incas "Aukapanamayu" o 
"Río de la hermanda rebelde (Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)

Río Apurímac (Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)

Río Pampas pasando por Chincheros (Foto Internet)

martes, 4 de junio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (1)

           He querido abrir los archivos de su memoria, trayéndoles, poco a poco, algunos recuerdos de mi primera infancia y la que le siguió hasta que acabé mi educación primaria en la ciudad de Abancay – Apurímac – Perú,  que transcurrió entre 1958 a 1963, y que también es la niñez de toda una generación.

          Seguramente a la edad que tengo se me han olvidado mucho de esos años maravillosos, pero eso no quiere decir que deba olvidarse todo. Si alguno que se digne en leer estas remembranzas tiene algo que agregar, le ruego que lo haga, antes que se olviden del todo. GRACIAS.  


“El pasado nunca se va,
le gusta esconderse
en la música, en la calle,
en los sueños,
en los recuerdos,
en la vida”
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
            Yo nací y crecí en el mundo de un pueblo sumergido en lo profundo de un gran valle que en tiempo de los incas se le llamaba “Amancay” y fue testigo de ese nombre Inca Roca (1350-1380), el sexto Gobernante del imperio incaico, cuando en su afán de conquista: “….Llegó al valle Amáncay, que quiere decir azucena, por la infinidad que de ellas se crían en aquel valle. Aquella flor es diferente en forma y olor de la de España, porque la flor amáncay de forma de una campana y el tallo verde, liso, sin hojas y sin olor ninguno. Solamente porque se parece a la azucena en los colores blanca y verde, la llamaron así los españoles. De Amáncay echó a mano derecha del camino hacia la gran cordillera de la Sierra Nevada, y entre la cordillera y el camino halló pocos pueblos, y ésos redujo a su Imperio. Llámanse estas naciones Tacmara y Quiñualla…..”. (Comentarios Reales de los Incas. Inca Garcilaso de la Vega. 1609), y de aquel que el Padre Reynaldo de Lizarraga (1605), escribió: “….Más adelante se sigue el valle nombrado Amancay por unas flores olorosas blancas que en él nacen en abundancia, así llamadas. Este río nunca se vadea; tiene puente de cal y canto….,”. (Descripción breve de toda la tierra del Perú). Más tarde con el mal hablar y entender de los españoles respecto de los topónimos nativos o el aprendizaje del castellano por los indios mestizos, acabó llamándose: ABANCAY, a secas.

A este amplio valle lo bañan cinco pequeños ríos estacionales que discurren dentro de unas quebradas que se llaman Ñacchero, Ullpuhuayco, Sahuanay-Olivo, Kolkaqui-Condebamba y Marcahuasi, y que bajan desde una montaña nevada que los lugareños llaman muy respetuosamente “Apu” Ampay, que según antiguas leyendas, esta y otras montañas nevadas eran seres prodigiosos, dotados de conciencia y conocimiento, gracias a que recibían la energía que les llegaba desde las lejanas estrellas. Al pie de estos poderosos dioses ancestrales, coronados de nieves perpetuas se formaban las grandes lagunas y los riachuelos que atravesando los valles interandinos acabarían alimentando los caudalosos ríos que correrían a sus pies hasta llegar a los lejanos mares.

En sus faldas se formaron y crecieron enormes bosques para albergar la vida de las plantas y animales. En aquellos tiempos inmemoriales, eran estos dioses primordiales los que producían las lluvias, los rayos, los relámpagos, los truenos, las nevadas, el granizo, los fuertes vientos, los arco iris, pero también las inundaciones, las sequías y los huaycos.

Ese “Apu” nuestro no está solo, le acompañan “Apus” menores como el Soccllaccasa, el Ccorahuire y el Quisapata, que vistos desde la distancia y según la estación pueden ser verdes, marrones o azules. Las gentes de estos pueblos señalan que estos Apus son los dueños de los animales salvajes y de las plantas que nos curan, pero además son los guardianes de la vida en todas sus formas y tamaños.

"Apu" Ampay (Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)

Vista panorámica de la ciudad de Abancay desde el Oeste 
(Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo)

viernes, 8 de febrero de 2019

NOSOTROS LOS ABANQUINOS: MARIA DELFINA DUQUE MATTASOGLIO




Nació en la ciudad del Cusco el día 19 Abril 1908 y murió en la hacienda Tambobamba del distrito de Huanipaca el día 25 de febrero de 1953 a la edad de 45 años.

Sus padres fueron don Alberto Duque nacido en el Cusco en el año 1888, quien contrajo matrimonio el día  20 de mayo 1907 con doña Cesárea Mattasoglio, nacida en la ciudad de Abancay en el año de 1886. Este matrimonio tuvo dos hijos más, a saber:

-   Pedro María Duque Matasoglio, que nació en el Cusco el día 18 de mayo de 1909, y murió en la misma ciudad, el día marzo 1987 a la edad de 77 años. Contrajo  matrimonio con doña Dora Margarita García del Carpio; y

-   La señorita Leonor Elvira Duque Mattasoglio, que nació en la ciudad de Cusco en el año 1912 y murió en esa misma ciudad en el año 1936, a la temprana edad de 24 años.

            El matrimonio Duque Mattasoglio fueron los penúltimos propietario de la otrora poderosa hacienda cañaveral Tambobamba ubicada en el distrito de Huanipaca de la provincia de Abancay, que en la época de los incas fueron extensos cocales, y en tiempos de la colonia hacia el siglo XVII, fue propiedad de Juan Salas y Valdez, vecino principal del Cusco, y hacia el siglo XVIII estuvo vinculada a las propiedades del marqueses de Valleumbroso del Cusco.

Casa- Hacienda de Tambobamba


En la primera mitad del siglo XX, ya en poder de los Duque-Mattasoglio, buenas parte de sus tierras estaba dedicada a la crianza de ganado de las razas Santa Gertrudis y Brown Swiss, ovinos de la raza Merino y renombrados caballos peruanos de paso, que llegaron a venderse en los EE.UU.

Más adelante, dentro del proceso de Reforma Agraria fue afectada y expropiada en una extensión superficial de 5,559 hectáreas y adjudicada a la Cooperativa Agraria de Producción "Tambobamba" Limitada Nº 030-B-VII. Posteriormente se rescindió totalmente el Contrato de Compra-venta otorgado a favor de la acotada empresa asociativa agraria, revirtiendo la totalidad del predio a dominio del Estado Peruano, para su posterior adjudicación en Unidades Agrícolas Familiares o Unidades Agrícolas Ganaderas a sus poseedores.

No se conoce con certeza las circunstancias del deceso de María Delfina, solo se sabe que fue en la hacienda Tambobamba del distrito de Huanipaca de la provincia de Abancay.

Según los vecinos de la casa-hacienda de Tambobamba
esta sería la habitación donde habría sido recluida

Sobre la vida y muerte de este personaje existe un mito, que en diferentes versiones orales, corre entre los pobladores de Abancay y Huanipaca, y está referido a los supuestos sufrimientos que esta señorita padeció por parte de sus familiares, cuyo origen estaría en el hecho de haberse enamorado de un apuesto joven cusqueño, que no convenía a los intereses de su familia, y como ella había decidido casarse en secreto fue confinada a vivir encerrada en una habitación de la casa-hacienda Tambobamba, donde dicen que soportó las privaciones de una alimentación adecuada e incluso a vivir semidesnuda, para que no pudiera escaparse. Pero que gracias a su natural vocación de mujer piadosa y su enorme devoción por nuestro Señor Jesucristo, pudo sobrellevar sus muchas pesadumbres. A la larga esos maltratos mermaron su salud y murió de una pulmonía.

Esta es una imagen cuya autoría se adjudica a María Delfina

Algunos pobladores de Huanipaca relatan -como si fuera cierto- que su mfierer o de su civivir encerrada en un cuarto de la hacienda Tambobamba donde sufriayor pesar fue soportar el asesinato de su joven enamorado a manos de sus parientes familiares, cuando este se apareció por las inmediaciones de la hacienda para rescatarla de aquel  abusivo secuestro.

También cuentan que producida su muerte, fue sepultada en la capilla de hacienda Tambobamba, pero cuando numerosos lugareños comenzaron a venerarla como a una mártir cristiana por todos los padecimientos que en vida tuvo que soportar, sus familiares optaron por trasladar sus restos mortales al Cementerio General de la ciudad de Abancay.

Capilla de la ex hacienda Tambobamba 

Pero sus familiares no pudieron lograr que los vecinos de Huanipaca la olvidaran, más bien los pobladores de Abancay y sus alrededores se sumaron a sus fieles devotos, dizque por los milagros que concede a las personas que con mucha fe y ante su tumba le suplican. 

A pesar de los muchos testimonios sobre estos prodigios aún no ha alcanzado el grado de beata”[i] (Bienaventurada), porque aún no se ha pronunciado la Iglesia Católica en ese sentido para que su culto público sea un hecho aceptado por ese credo.

En razón de no disponerse de una imagen, sus devotos la llaman “La almita Delfina”, y a la actualidad tiene un lugar especial y muy visitado en ese camposanto, donde sus fieles nunca le hacen faltar oraciones, flores y velas en su tumba.









[i] Beato es actualmente el título que se concede a un siervo de Dios por decisión del Papa, concluido el proceso de beatificación, que declara solemnemente que ha vivido de modo heroico las virtudes y se ha producido al menos un milagro, o que su muerte se ha producido por odio a la fe y se considera martirio.