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viernes, 20 de septiembre de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (30)

[Los gitanos]

En la pampa de la quinta Fano de la Av. Núñez, en la pampa “Valer” del Jr. Huancavelica o en terreno de la municipalidad donde ahora está construido el Parque Centenario, de pronto se aparecían las vistosas carpas de los gitanos. Entonces la curiosidad por esas extrañas gentes hacía que poco a poco todo el pueblo fuera a verlos. Pues llamaba la atención las extrañas vestimentas de las mujeres que eran unas largas y coloridas faldas de seda o algo parecido que les llegaba hasta los tobillos, una blusa igual de llamativa y un gran pañolón cubriéndoles la cabeza y acababan calzando unos zapatos calados de vivos colores. Tenían la boca bien pintada de rojo. Las muñecas y los tobillos adornados con argollas de plata. Buenos anillos en varios de sus dedos. Ricos collares en sus cuellos y unos grandes aros dorados colgando del lóbulo de sus orejas. Las más jóvenes eran muy bonitas, pero las viejas hasta bigote tenían. Yo iba a verlos todos los días.
En cambio los gitanos vestían más campechano. Tenían zapatos de caña baja de esos que ahora llamamos de vestir, un pantalón negro, una camisa blanca cubierta con un chaleco oscuro y un sombrero negro de ala corta tipo Borsalino adornado con la colorida pluma de algún ave extraña, es decir, vestían casi igual a los abanquinos de la campiña, pero tenían colgado del cuello una gruesa cadena de oro de la que pendía un lujoso crucifijo, para decirnos que creían en nuestro señor Jesucristo. Cuando se ponían a trabajar en lo que sabían, solían ponerse un largo mandil de cuero.
Hicieran lo que hicieran, todos los gitanos fumaban sin parar, pero lo que más llamaba la atención a las gentes que los visitaban, es que igual lo hicieran las mujeres, pero a los campesinos ese hábito les parecía muy exótico y hasta increíble. Que las gitanas viejas tuvieran unos pelos largos debajo de la nariz, me confirmó que si fumabas te crecerían los bigotes. Comían fino, pues compraban muchas gallinas, patos y buena carne en el mercado y cosas caras en las tiendas y tal vez por eso sus ollas olían bien, entonces no eran pobres. Mi madre comentaba: “Solo les falta una buena casa”, y mi padre refutaba: “Ni falta que les hace. Su casa son los caminos y su techo el cielo”.
Dentro de la tienda más grande las gitanas murmurando y rezando en su idioma, leían el destino de sus clientas en la palma de la mano. En el día atendían a las mujeres y muy entrada la tarde a los varones. Exhibían un vistoso cartel que en un lado decía: QUIROMANCIA y debajo el dibujo de la palma de una mano extendida con las líneas de la vida, del amor, del cerebro y otras más; y, en la otra parte del mismo cartel, decía: CARTOMANCIA y más abajo el dibujo de los naipes de una baraja española. Los primeros días pasaban las mujeres más humildes del pueblo y a medida que crecía el rumor de que eran muy buenas adivinando el destino, comenzaban a llegar algunas más distinguidas.
A propósito de ello, mi madre comentó durante el almuerzo que doña fulana había mandado a su sirvienta a que le lean la suerte y cuando esta volvió le contó que la gitana le había dicho “su vida” como si fuera su madre o vivido con ella, y que le había adivinado cosas que prometió no confiar a nadie, porque si no su suerte no se cumpliría. Entonces fue cuando su patrona se animó a visitar a las adivinas. Pero lo curioso era que a su cocinera le habían cobrado un Sol y a ella cinco. Cuando por curiosidad mi madre le preguntó por qué aceptó esa diferencia, la doña le respondió: “Porque mi vida y mi futuro es más importante que la de mi chola”.
Los gitanos se dedicaban básicamente a vender pequeños peroles de cobre y a reparar los usados, las herramientas del campo y otros enseres que la gente les traía. También fabricaban toda clase de productos de hojalatería como baldes y bateas de todos los tamaños, regaderas, mecheros, torteras, bandejas para hornear, embudos, etc. También podían producir, siempre a base de metal y soldadura, algunas cosas especiales a pedido de sus clientes, siempre y cuando supieran hacerlo, porque los gitanos se jactaban de ser gente íntegra y honesta. “No puedo hacer lo que no sé”, le dijo uno de ellos a mi padre cuando le sugirió un pedido. Además comentó con admiración y respeto: “Saben soldar toda clase de metales. Esos secretos no se aprenden, se heredan”.
Como mi afán por ver a los gitanos estaba distrayendo mis tareas. Un día mi madre me dijo que como los gitanos no podían tener hijos por fumar demasiado, solían robarse a los niños, que como si no tuvieran casa se iban todos los días hasta sus carpas para mirarlos incansablemente, entonces los gitanos piensan que haces eso porque no tienes padres y como ya los quieres mucho porque te han hechizado, quieres irte con ellos. “Así que si no quieres que los gitanos te lleven para ser su sirviente, no andes mucho por ahí, como si fueras un perro sin dueño”.
A propósito de eso, uno de esos días en que todavía estaban los gitanos en el pueblo, un amiguito de esos tiempos al que hacía pocas horas lo habían zurrado dizque “por gusto”, me confió: “En otro país yo era un príncipe, sino que de bebito unos gitanos me robaron y me vendieron en Abancay”. Lo miré con mucha incredulidad, porque cómo podía acordarse que lo habían raptado, pero no de qué país era su príncipe. Cuando ocasionalmente me lo encontraba en las calles de Lima se me extendían los labios en una sarcástica sonrisa, al tiempo que me decía: “Ahí viene el prínsapo”.
“Mamá el padrecito ha dicho en la misa que todos los que están yendo donde las gitanas para que les lean su destino, están cometiendo un pecado mortal, porque según la biblia eso es abominable a los ojos de Dios”, le dijo mi hermana mayor.
Esos prejuicios, más el agotamiento de la clientela en el pueblo, le decía a los gitanos que era tiempo de marcharse a otro lugar.

[Acerca de lo oculto]

Cuando encontré tirado en la puerta de una casa un bonito y misterioso atadito de hilos de colores, felizmente alguien me advirtió que no lo tocara porque eso era una brujería que le estaban haciendo a los dueños de esa casa. Cuando le conté eso a mi madre, ella me dijo que menos mal que no lo había tocado porque eso era una maldición. “¿Y qué pasaba si lo tocaba?”, le pregunté lleno de curiosidad. “Todas las desgracias que por medio de los brujos maleros sus enemigos le están pidiendo al diablo para los dueños de esa casa, hubieran caído sobre ti”. “¿Y porque lo hacen?”, “¿Qué les va pasar a los embrujados?” “¿El diablo vive con los brujos?”, y así comencé una andanada de preguntas hasta que ella me aconsejó que se lo contara al padrecito de la Capilla del Señor de la Caída o a las monjitas del Catecismo, entonces fue que me callé para siempre por temor a que creyeran que yo ya estaba embrujado.
Y anduve con ese temor por algún tiempo, hasta que le confié a un amigo mayor esa mi mala suerte, y este me dijo que era un sonso por no haber tomado y abierto ese atado, porque eso hizo él con una de esas “laiccas” (bujería) y se encontró un billete de diez soles y una monedita de plata y varios huayruros y no le pasó nada, porque si eso era una brujería, acaso era para él, y que además su abuelita le había dicho que esas cosas solo le hacen los malditos a otros malditos, porque a los buenos no pueden hacerles nada malo. “¿Qué tal si en ese atado había un billete de cien soles?”, me preguntó. A partir de ese día quedé curado de esa incertidumbre y de todas las de esa naturaleza.
También escuchaba hablar entre murmullos, como si se tratara de un secreto solo para los adultos, acerca de la existencia de los "Camacguagias" o "Apusuyoc", que eran los poderosos adivinos andinos que sabían convocar ante su presencia a los ángeles que viven en los "Apus" o altas montañas, para pedirles un consejo, para conocer quién te estaba haciendo una “laicca” o daño o para que les recomiende una curación natural para sus males. Más adelante me enteré que desde mucho antes de los incas, el “Camac” era más o menos una versión andina del alma judeocristiana, pero más amplia, porque esta es la fuerza primordial que mueve a todos los seres vivos y todas las cosas materiales que existen en el universo.
Lo que en síntesis quiere decir que: "¡Todo está vivo, todo se mueve!", incluso las montañas, el agua en todos sus estados y funciones, las chacras, las piedras, etc., porque todo tiene su propio "Camac", (su energía primordial). ¿Serán las moléculas, los átomos o las partículas subatómicas? y algunos de estos objetos tienen propiedades benéficas muy particulares para los seres humanos, a esas entidades los antiguos peruanos les llamaban "Huacas" y cómo no podían explicar humanamente su función las consideraban sagradas y que solo los sacerdotes andinos, grandes conocedores de las plantas maestras, podían saber su cabal funcionamiento. Y que el "Camac" o espíritu andino funcionaba más o menos como el gato de Schrödinger de la superposición cuántica, que mientras no exista un creyente puede estar entre dos posibilidades, que sea lo que tú crees o que solo sea el objeto que representa para el mundo tridimensional, como por ejemplo una simple imagen, una estatua de yeso, una alta montaña, una roca, un madero, etc.
Sobre estas creencias ancestrales he venido indagando entre los viejos comuneros de los pueblos originarios de Apurímac, y he recibido una serie de testimonios parciales, entrecortados y muchas veces mesclado con las creencias judeocristianas, que los he podido unir a mi modo, pero como todavía no aparece como un sistema religioso, me he remitido a expresarlos en un libro de cuentos al cual me falta agregarle dos historias más.
Otra de esas cosas ocultas que me encantaba escuchar era acerca de los "tapados", es decir los tesoros escondidos que después de saquear todo el oro de los templos y palacios del Cusco, los conquistadores españoles no pudieron hacer llegar hasta Europa, porque se les había muerto su caballo o porque los indígenas que los cargaban se habían dado a la fuga. O aquellos que los jesuitas habían escondido cuando el rey de España en el año 1767 había decretado su expulsión del virreinato del Perú, o simplemente porque algún hacendado había muerto en soledad y para asegurar su fortuna, lo había escondido. O porque alguien escarbando un usno o una construcción pre-inca o inca había destapado un valioso tesoro que se lo vendió a los gringos que visitaban el Cusco. Y por eso decían que fulano de tal había encontrado un enorme “tapado” y que gracias a esa buena suerte era ricachón.
Otros decían que “Ese indio se ha vuelto rico cazando vicuñas y vendiendo su fina y costosa lana a los gringos”. O que los antepasados de esa o tal familia se habían hecho de casas, solares y chacras, gracias al contrabando de alcohol que producían las haciendas cañaveleras de estos valles interandinos o, simplemente que algunos habían llegado a ser ricos porque eran unos avezados "huacachutas" (abigeos). O unos tinterillos sinvergüenzas que pagando a los jueces y falsificando documentos con los notarios mañosos se habían adueñado de las tierras de los indígenas, para convertirse en terratenientes y gamonales.
         Jamás nadie podía ser rico por su esfuerzo personal, trabajo y ahorro. Era como si dijeran: “Si yo no soy rico, tampoco podrías serlo tú”. Por más de cuatro siglos, esta mi gente se había acostumbrado a que sólo los hacendados podían ser ricos y poderosos, y ese criterio prevalecía, porque aún no podían percibir que, poco a poco, el capitalismo estaba llegando a estas tierras.














miércoles, 11 de septiembre de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (23)

[La virgen del Rosario – Patrona de Abancay]

Originariamente la Villa de los Reyes de Santiago de Abancay,  se fundó bajo la advocación de Santiago Apóstol en el año de 1572, pero más adelante mediante Cédula del 06 de mayo de 1651, en vista de los muchos fraudes que se habían cometido contra los intereses de la corona española y los indígenas de estas tierras por parte de los jueces nombrados para la medida, remedida, venta, reventa y composición de las tierras del rey de España, se resolvió, entre otros nombrar al muy Reverendo Padre Maestro Fray Domingo de Cabrera Lartaum de la Orden de Predicadores, Juez Visitador por su Majestad, dentro de las provincias de Abancay, Quispicanchis, Chilquez y Masques (Paruro) en el Cusco.

Fue este fraile que en 1656, puso a la villa de Abancay bajo la advocación de la Virgen del Rosario, que hace referencia a la aparición que la propia Madre de Dios le hizo a Santo Domingo, para enseñarle a rezar el Santo Rosario, allá por el año 1208 y que además le pidió que se difundiera esta piadosa costumbre, para que sus fieles puedan obtener abundantes gracias. Después, cuando a partir del 23 de noviembre de 1673, don Manuel de Mollinedo y Angulo se hizo cargo del Obispado del Cusco, se construyó el templo mayor de Abancay que estaba ubicado en el lugar donde ahora se localiza el Obispado y la torre se encontraba al frente de ella, porque a sus pies estaba ubicado el cementerio general de Abancay. Este pequeño pero hermoso templo fue gravemente dañado por el terremoto del 03 de diciembre de 1869, lo que dio lugar a la construcción de la actual catedral, es decir el templo anterior a su actual remodelación. El cementerio se trasladó al terreno de Condebamba que donó el italiano Luis Petriconi, dueño de la Hacienda Patibamba.

En tiempos de la colonia la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Abancay era una de las más pomposas, solemnes y populares de esta parte del Perú, pues en su día llegaban en peregrinación los pobladores de la antigua y colonial provincia de Abancay, es decir desde Anta (Jaquijahuana), Chinchaypuquio, Zurite, Huarocondo, Limatambo, Mollepata y Curahuasi que por esos años era parte de esta provincia.

A esa magnífica fiesta se le denominó la “Feria del Rosario” y duraba cinco días con sus noches. Donde aparte de las misas, fuegos artificiales, procesiones y rezos del Santo Rosario, se organizaban verbenas, que al igual que en otras partes del Perú, era una fiesta popular con música, bailes y venta de potajes que se celebraba al aire libre todos los días, y donde además la concurrencia se alegraba danzando con sus trajes típicos y entonando con sus instrumentos tradicionales, las canciones de sus lugares de origen en honor a Nuestra Señora y Patrona. Pasadas esas apoteósicas fiestas los visitantes cargaban sus caballo y mulas de azúcar y chancacas de los valles de Abancay y Pachachaca.

En la época Republicana, continuaron las festividades, pero decayó en opulencia, riqueza y originalidad después de la guerra con Chile, hasta convertirse en la modesta fiesta que conoció mi infancia, que se redujo a que en la víspera, luego de la misa, se encendieran juegos artificiales, hubiera una sencilla verbena y venta en la plaza de armas de ponches abanquinos con sus maicillos. Misa solemne en el día central que es el 07 de octubre, con la procesión de la hermosa virgen por las calles del centro de la ciudad, y finalmente convido en la casa de los carguyos. Una semana después se celebraba la octava, de un modo más austero aun.

[La fiesta del Señor de la Caída]

No sé si será cierto, pero durante mi infancia he oído decir, que la hermosa y dolorida imagen del Señor de la Caída, que en otras latitudes se llama Jesús Nazareno de la Caída “Rey Señor, Protector Perpetuo de la Humanidad”, representa las tres caídas que tuvo Jesucristo en su vía crucis al Calvario, no se sabe por qué motivos se encontraba alojada en una carpintería de las afueras de Abancay. Una de las noticias es porque sus “dueños” venidos de algún pueblo o lejana comunidad, lo habrían dejado en ese taller para que le hicieran alguna reparación y luego no se acordaron jamás de rescatarla.

Pero la memoria colectiva de los pueblos que es mucho más “real” que el verdadero mundo que vemos y sentimos construyó su propia historia en los siguientes términos: Que en un pueblo remoto de estos andes de aquellos fundados por los colonos españoles que llegaron en masa después de la creación del virreinato del Perú, tenía esa imagen una centenaria capilla que por la dejadez de sus pobladores se desplomó, de modo que el ecónomo de esa capilla tuvo que alojarlo en su casa por muchos años, hasta que antes de morir tuvo un sueño en el que, el mismísimo “Señor” le había pedido que lo sacara de ese pueblo. Entonces el ecónomo le dijo al pueblo que el Señor le había dicho que extrañaba su casa y mientras reconstruyeran su iglesia, lo trajo a Abancay para que en una carpintería le hicieran algunas reparaciones a la estructura de madera que tenía por dentro. Pero sucedió que los pobladores nunca repararon su templo y por eso nadie vino a reclamarlo y porque además el buen ecónomo había fallecido sin dar señas de su paradero.

Con el paso del tiempo esa sagrada imagen olvidada en esa carpintería, poco a poco fue haciéndose muy popular debido a los grandes milagros que les hacía a sus devotos, de modo que sin previo concierto a muchos de ellos se les ocurrió construirle una capilla en el barrio de Chinchichaca, que queda en la parte alta de la ciudad, porque la venerada imagen quería tener su propia casa y desde allí atender las suplicas de sus creyentes.

Cuando yo nací ya estaba construida esa capilla con paredes de adobe, techo de tejas, una sacristía y una torre a su costado derecho. Y que además pasando la Av. Prado existía una casa cural, que cuando la conocí estaba regentada por curas de origen canadiense.

Cada día 13 de enero, se celebraba y se sigue celebrando, la festividad en honor a esta Santa Imagen considerada como patrón espiritual de los barrios que rodean su capilla. En la víspera se realizaba una verbena con quema de fuegos artificiales y algunos castillos, que para nosotros los niños de ese entonces eran toda una maravilla. En los alrededores de su parque se vendían los ricos ponches de almendras con su toque de caña, los infaltables maicillos y los ricos y variados pasteles abanquinos para acompañarlo. También recuerdo que vendían manzanas acarameladas, algodones de azúcar y muchas melcochas, y uno que otro potaje no muy caro.

A media mañana del día siguiente se celebraba una misa solemne, y al final de ella sus numerosos y fieles devotos, bajo el acompañamiento de la “Hermandad del Señor de la Caída”, sacaban en procesión la Santa Imagen por las calles de la parte alta de la ciudad con acompañamiento de una banda de músicos y de unos cohetes que se levantaban silbando hasta los cielos para explosionar con un estruendoso sonido, mientras todos los chiquillos esperábamos a que caigan los restos de estos cohetes para orgullosos apoderarnos de sus restos. Todo ello bajo la responsabilidad y gasto de los mayordomos o carguyos, contando con el apoyo de sus familiares, amigos y seguramente algunos devotos.

Al final de esa marcha, los Carguyoc de turno hacían entrega del “Guión”, que es como una especie de estandarte y la Banda del “Señor de la Caída” a los nuevos Carguyoc. Esta es una banda de tela que lleva el Carguyoc, tal y como lo hace el presidente del Perú, y que es un símbolo de autoridad y continuidad del “cargo”, pero además significa la gran devoción y fe que le tienen a la imagen del “Señor” los mayordomos de turno. Quiénes asumían el “cargo”, ya habían comprometido a sus familiares, amigos, los propios devotos, algunos miembros de la hermandad y demás allegados, para que le ayudaran a organizar y realizar la fiesta del año entrante.

Luego de ello, todos los invitados se dirigían a la casa de los Carguyoc, donde eran agasajados con un suculento “convido” que así se llamaba el almuerzo que ofrecían a los invitados. Después la fiesta seguía con banda, orquesta y tocadiscos hasta su final. A la semana entrante se festejaba la fiesta de la Octava del Señor de la Caída, un poco más modesta y no por eso, menos piadosa y solemne.

[El señor de la Exaltación de Tamburco]

La fiesta del señor de la Exaltación de Tamburco era un acontecimiento que concitaba el interés y la devoción no solo de los vecinos de ese distrito, sino de todo Abancay y los poblados, sectores y anexos de las faldas del Apu Ampay como: Maucacalle, Sahuanay, Antabamba Baja, Ccorhuani, Kerapata, Leonpampa, Moyocorral, Umaccata, Huayllabamba, Ccacsa, Karkatera, Callamarca, Titininas, Facchapata, Chuspirca, Ccoya, Trujipata, Molinopata, etc., y de sus devotos de Cachora y Huanipaca. En otras palabras era una fiesta grande.

Con muchas recomendaciones a mis hermanas que estaban locas por asistir junto a las demás niñas del barrio a la víspera de la fiesta del Señor de la Exaltación, donde habría juegos artificiales, ponches, maicillos, pasteles y otras golosinas más, partíamos todos rumbo a Tamburco por la calle Núñez de allí tomamos el oscuro y pedregoso camino de ranracalle que ahora se llama Av. Túpac Amaru, y por fin llegamos a la Plaza de Tamburco, donde podíamos ver de qué lugar se estaban lanzando los estruendosos cohetes que veíamos y escuchábamos en todo ese oscuro sendero. La fiesta ya había empezado desde el mediodía.

Como a las ocho de la noche empezaban los juegos artificiales, primero los más sencillos que eran unos largos y finos magueyes que sostenían unos campesinos y que en su final tenía cuatro, seis u ocho ruedas que daban vueltas y vueltas lanzando luces de colores. Después de los primeros había una pausa como de media hora que aprovechábamos para servirnos el riquísimo ponche de almendras de los chutos de los duraznos que abundan en ese lugar con maicillos, taparacos y rosquitas rociadas de azúcar.

Después con nuestro algodón de azúcar o nuestras manzanas acarameladas seguimos disfrutando de la magia de esa pirotecnia. que acabó cuando encendieron los dos castillos pequeños y luego uno gigante que cuando terminó de hechizarnos, de lo más alto se desprendió un lienzo blanco donde aparecieron unas letras negras que decían: “AMPARANOS SEÑOR DE LA EXALTACION” y unas iniciales, seguramente de los nombres de los carguyoc, que siguieron siendo visibles por espacio de cinco minutos gracias a dos potentes luces blancas que salían de dos tubos de carrizo. ¡Qué lindo! ¡Qué bonito! ¡Ananau! Cerca de la medianoche emprendimos el camino de regreso llenos de un sueño que nos venía atrapando.

Ya de adolescente, recuerdo que a esa fiesta iba en una de las camionetas que desde Abancay subían a Tamburco. “¡A Tamburco! ¡A Tamburco! ¡A la fiesta del señor de la Exaltación!” gritaban unos muchachos en el improvisado paradero de la calle Elías. Como siempre los palomillas éramos los primeros en subir y en saltar antes de llegar al final del viaje para no pagar el pasaje.

Cuando llegué a la plaza de Tamburco uno de mis amigos que estaba agarrando un largo y fino maguey de los juegos artificiales pequeños, me llamó gritándome si quería ganarme un Sol, cuando le dije que sí, me mostró el lugar donde habían otras candelas para ofrecer mis servicios y regresé a su lado con mi respectivo artificio. Después de una hora me llegó el momento en que debían encenderlo, recuerdo que tenía cuatro ruedas en sus costados y una grande en la punta de un carrizo que debía salir disparada por los aires y reventar en el cielo.

Cuando la encendieron el propio maestro pirotécnico me ayudó a ponerla en vertical y al cabo de un momento una ardiente candela se metió por el cuello de mi camisa y se alojó en medio de mi espalda quemándome fieramente la piel, que me obligó a soltar el maldito maguey para atender mi salud, entonces fue cuando algún comedido que vio lo que me estaba sucediendo apagó la mecha dándome palmadas en la espalda causándome más daño aun. Después un compasivo borracho que me conocía se comidió a curar mi llaga soplándole tanto aguardiente que me hizo salir gritando del quiosco en que andaba metido. Así fue cómo perdí mi camisa, mi pellejo y el Sol de mi paga.

          Por supuesto, como era la natural costumbre de esos tiempos, de esa maldita desgracia que me sucedió nadie más se enteró, menos mi mamá, pues yo mismo iba al tópico de la beneficencia pública, contando mi desgracia, para que me curaran porque la llaga era más o menos considerable. “¿Entonces es peligroso estar cerca de los juegos artificiales?”, me preguntaban y yo les decía que sí, advirtiendo: ¨Porque te puede saltar una chispa".













EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (22)



[LA SEMANA SANTA]

Nunca entendí, hasta que de verdad quise averiguarlo, porqué los Jueves Santo y Viernes Santo cambiaban de fecha cada año. La Semana Santa empezaba con el Domingo de Ramos (ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS A JERUSALÉN). Los ramos podían ser de unos pocos folíolos de la hoja de las palmeras que desde antiguo crecen en el valle de Abancay y otros podían ser los mismos folíolos tejidos con forma de cruz o de un corazón. La misa solemne de aquel domingo era larga y ceremoniosa y terminaba en la procesión de la Santa Eucaristía.

            El Lunes Santo (MARÍA MAGDALENA UNTA LOS PIES CON PERFUME A JESÚS, JUDAS RECRIMINA) en horas de la noche, previa misa en la Catedral, salía en procesión la imagen del Cristo crucificado por las calles de la ciudad. Al terminar la peregrinación volvía al templo mayor, donde continuaban las oraciones y demás ruegos.

El Martes Santo, (JESUS ANUNCIA LA TRAICIÓN DE UNO DE LOS 12 Y LA NEGACION DE PEDRO) la gente se recogía en oración en los templos y capillas de la ciudad y su campiña, ofreciendo grandes ramos de flores a los Santos de su devoción y encendiendo unas misteriosas y largas velas verdes  que pesar de su color iluminaban igual que las demás con una luz brillante y amarilla. Los niños nos aglomerábamos frente a los candelabros para ir recogiendo la cera que al consumirse derraman las velas, para hacer con ellas las mismas figuritas como lo hacíamos de arcilla, pero esta vez de cera.

El Miércoles Santo (JESUS CONFIRMA LA TRAICIÓN DE JUDAS ISCARIOTE) se realizaba la procesión del encuentro entre la Virgen Dolorosa que salía de la Catedral y el Señor de la Caída que venía de su capilla en Chinchichaca. Los que vivíamos en los barrios de la calle Apurímac para arriba como La Victoria, Chinchichaca, Maucacalle, Sahuanay y Tamburco, hacíamos la procesión con el Señor y los que vivían en los barrios del centro, El Olivo, Patibamba, Illanya y Pueblo Libre, lo hacían con la Virgen Dolorosa. El encuentro se producía en la esquina de las calles Huancavelica y Díaz Bárcenas. Ambas procesiones llenas de devotos con sus familias eran testigos del encuentro del redentor con su madre en su camino hacia el Calvario.

Los rezos y la poderosa predicación de los sacerdotes hacían llorar a casi toda la multitud, porque la virgen María sabe quién es su hijo, sabe de dónde viene, sabe cuál es su misión. Pero así como es su madre también sabe que ella es hija suya. Lo ve sufrir por todos los hombres y de allí se irá a morir por culpa de nuestros pecados. Antes que el propósito de aquel “encuentro” se perdiera y los peregrinos quisieran marcharse, ambas pesarosas procesiones volvían al lugar de donde habían salido.

El Jueves Santo (JESUS INSTITUYE LA EUCARISTÍA Y EL ODEN SACERDOTAL EN LA ÚLTIMA CENA) por la noche se concelebraba una larga y solemne “misa crismal” en la Catedral de la ciudad, donde los sacerdotes le recordaban al devoto pueblo que esa la noche nuestro señor Jesucristo había orado hasta las lágrimas en el huerto de Getsemaní, que había lavado los pies de sus discípulos y celebrado su última cena, porque sería entregado a sus enemigos por Judas Iscariote y que antes del amanecer Pedro lo iba a negar tres veces. ¡Que inmensa pena!

En los tiempos de mi infancia, la tradición de comer los doce potajes en el Jueves Santo, representaba la Ultima Cena de Jesús con sus discípulos. Muchos de los mocosos que conocíamos, sin ningún empacho nos decían que en su casa habían comido los doce platos y que lo mismo habían hecho en las casas de sus abuelos o de sus tíos. Cuando alguna vez a uno de esos zopencos le preguntamos qué platos le habían servido, nos comentó que su madre en el desayuno le había servido una taza de kuaquer y en platos aparte dos panes, una palta y un pedazo de queso, esos ya eran cuatro. En el almuerzo la sopa, el segundo, el mote, la cancha, la uchucuta, y siempre en un plato aparte un durazno con una pera, con esos ya eran diez. En el lonche una taza de café con leche y dos panes con mermelada de durazno cada uno en su plato y ya estaban los doce, sin contar la sopa, el segundo y el mate de la cena.

            Ese modo de suponer que había comido los doce platos del Jueves Santo nos resultaba un chiste, porque entonces yo me había comido casi veinte potajes, porque después del desayuno, a la media mañana del mismo día me había comprado un chupete de leche y más adelante una raspadilla, y por la tarde había comido una empanada callejera, un anticucho de tripitas, un bloque de melcochas y un plato de pasteles con su gaseosa, sin contar con los potajes del almuerzo, el lonche y de la cena.

            La verdad es que en mi casa nos informaron que todos estábamos en ayuno para ayudar a nuestro señor Jesucristo que no había comido nada por esos días, y que además estaba prohibido comer carne porque en esas fechas no era cristiano sacrificar a ningún animal, y que debíamos comer nuestro chupe de calabaza y de segundo un filete de pescado “bonito” frito y encebollado con arroz blanco. Alguna vez debido a los problemas de refrigeración el pescado llegó, si bien no abombado, pero si algo pasadito y cuando hicimos saber nuestro repudio por el olor y sabor del pescado, nos dijeron: “Van a tener que comerse todo y sin chistar, porque cuando nuestro señor Jesucristo estaba clavado en la cruz y dijo: 'Tengo sed', un soldado romano amarró una esponja en la punta de su lanza, la remojó en vinagre y malvadamente se la restregó en la boca del Señor, y este a pesar de ser el hijo de Dios, no dijo nada, más al contrario le perdonó al malvado”.

            Toda la Semana Santa, pero especialmente los días jueves, viernes y sábado, en casa se guardaba un respetuoso silencio, pero mi madre y mis hermanas iban más allá, pues yo sentía que las afligía un profundo dolor por la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo. En el pueblo todo el vecindario estaba afectado por un sincero dolor colectivo y masivamente compartido. Incluso los niños no podíamos andarnos con remilgos y caprichos y no debíamos llamar a las personas por sus apelativos y estaba prohibido lanzar insultos o maldiciones, mucho menos soltar groserías.

            Los varones adultos, si podían, debían vestir de negro, pero las mujeres, obligatoriamente. Además estas debían asistir a las misas, los rosarios y cualquier otro acto de fe y culto con un velo negro que les cubrieran las cabezas y con un rosario entre las manos. Algunas de ellas para señalar que descendían de una alta estirpe española, levantaban sus velos con una hermosa peineta de carey. En general, todos nos sentíamos culpables por la pasión y crucifixión del hijo de Dios.

            El Viernes Santo (PASION Y MUERTE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO), muy de madrugada, cubiertos con una frazada para conjurar el frio, todos los "ccoros" nos encontrábamos en la calle para escaparnos de la latiguera que debían darnos nuestros padres, para ayudar a nuestro señor Jesucristo en su flagelación, pasión y muerte. Seguramente sería con el temible “San Martín” que estaba colgado todo el año en una parte visible de la casa, solo con el objeto de hacerte saber que había reglas que respetar y para no caer en alguno de los siete pecados capitales como la soberbia, la avaricia, la glotonería, la lujuria, la pereza, la envidia y la ira, que eran los más malditos y que te llevaban directamente al infierno, pero además para que recordaras que debías cumplir al pie de la letra los diez mandamientos de la Ley de Dios, así como prometer que no andarías sucio y cochino porque se veía muy feo y te podía enfermar.

            Cuando indagabas sobre el significado de todas esas prohibiciones te respondían: “Todo tiene su lugar, así que no creas que te puedes salir con la tuya cuando quisieras y como te diera la gana".

La verdad es que nunca me latigaron y creo que tampoco a ninguno de los niños de mi barrio. Pero todos se inventaban una historia para decirnos cómo se habían escapado de los sanmartinazos del Viernes Santo. Unos decían que habían hecho un muñeco con sus almohadas al que habían tapado con sus frazadas y a ese monigote fue al que azotaron, mientras que él debajo de la cama se quejaba de dolor. Otros que le habían quitado el “San Martín” al azotador y lo habían lanzado al tejado, otros a la casa del vecino y algunos más exagerados al fogón de la cocina. Otros contaban que antes de dormir se habían puesto varios pantalones y chompas y por más que muy de mañana los flagelaron, no les dolió nada.

            Otro más fantasioso decía que se había escapado por el hueco sin vidrio de la ventana de su dormitorio al techo de su vecino y que como un gato había corrido por los tejados hasta llegar al borde del techo que da a la calle y que desde allí como el “Zorro” de la seriales que pasaron en el cine “Nilo”, se había lanzado al poste que estaba plantado como a metro y medio y por el acabó deslizándose hasta la calle. Finalmente uno de verdad mentiroso contaba que se había sobado el trasero con el cebo de la cola de los ratones que tenían el poder de anestesiar y por más que le pegaban con un “San Martín” cuyas tres puntas acababan en plomo no sintió dolor alguno y como sus padres solo veían que se reía, se retiraron cansados y sudorosos de esa infructuosa latiguera pensando que estaba loco o que el mismísimo señor Jesucristo lo estaba protegiendo.

            El Viernes Santo por la tarde se celebraba una misa que era llamada “La misa del Sermón de las tres horas” o de “Las siete palabras de Cristo en la cruz”, donde no íbamos los niños porque todos los asistentes sabían que nos íbamos a cansar y entonces comenzaríamos a llorar ya sea de hambre, de ganas de hacer nuestras necesidades o simplemente de aburrimiento.

            Para convocar a los feligreses no sonaban las campanas, porque nuestro señor Jesucristo había muerto y todos debíamos estar en silencioso duelo, entonces los acólitos de las iglesias salían a las calles con matracas de madera, avisando con su ruidoso matraqueo que no se olvidaran de ir a la misa y procesión del Viernes doloroso.

Por la noche salía en procesión el Santo Sepulcro con el cuerpo del señor yacente y la mente de los feligreses centrada en la pasión y muerte de Jesús en la cruz para su salvación. Esa procesión constaba de dos andas. La primera con la imagen de Cristo postrado sobre un lecho de rosas blancas metida dentro de una urna de cristal iluminada con las luces que encendía una poderosa batería y acompañada por los varones con una vela encendida en la mano. Por detrás le seguía la imagen de la Virgen Dolorosa, vestida de luto y con siete espadas incrustadas en un sangrante corazón de plata que le salía del pecho, acompañada por las señoras cubiertas de velos negros y también con una vela encendida en una mano y en la otra un rosario. Toda esta procesión se desarrollaba en un ambiente de oscuridad, silencio y recogimiento, seguida por un devoto pueblo esperanzado en la resurrección y ascensión del Señor Jesucristo a los cielos para sentarse a la diestra de su Padre el Dios creador del universo.

            De esa procesión tengo un vívido recuerdo, porque a insistencia de un mocosuelo que iba en brazos de su padre, su madre le alcanzó la vela que llevaba y en un pequeño descuido el picricio acabó prendiendo una gran fogata en el cabello y el velo de seda de una señora que iba por delante de ellos con su pelo embadurnado con brillantina Palmolive, que en buena cuenta era un extracto de aceite de oliva y por tanto muy volátil. Después de gritar de espanto la mujer se desmayó.

            El Sábado Santo (ESPERAMOS EN LA VIGILIA PASCUAL LA RESURRECCION DEL SEÑOR) desde la madrugada, previo matraqueo, se sucedían varias misas y muchos rosarios, pero el evento principal era la “Misa de Gallo” que debía producirse a las doce de la noche, porque a las primeras horas de domingo debían volver a sonar las campanas de todas las iglesias del mundo con repiques y toques alegres y hechos a vivo ritmo, porque nuestro señor Jesucristo había resucitado de entre los muertos.

             El Domingo de Pascua (JESUS HA TRIUNFADO SOBRE LA MUERTE. VERDADERAMENTE HA RESUCITADO. ¡AYELUYA, ALELUYA)  antes de las nueve de la mañana volvían a sonar las campanas para la misa solemne, llena de coros y cantos alegres, porque el señor Jesucristo nuestro Dios, había descendido a los infiernos y al tercer día venció a la muerte y después de andar algunos días con sus discípulos, delante de ellos ascendió en carne y hueso a los cielos, para sentarse por toda la eternidad a la derecha de su Padre y de allí ha de venir a juzgarnos a los vivos y a los muertos. 










martes, 10 de septiembre de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (21)

[La religiosidad  y lo religioso]

La religiosidad  y lo religioso fue algo entre sagrado y misterioso que estuvo presente durante toda mi infancia, expresado materialmente en las iglesias de hermosas fachadas, los suntuosos altares, los altos campanarios con sus toques de arrebato, de fiesta, de muertos y de gloria y sus demás tañidos, piques y repiques. En las imágenes de los cristos especialmente de los martirizados y los crucificados. De las bellas y maternales vírgenes, de las dolorosas con espadas de plata en el pecho camino al calvario o al pie de la cruz y las otras Marías. De los rechonchos, graciosos y lindos niños jesusitos. De los apóstoles especialmente de Santiago Matamoros o Mataindios, el mismo que fuera patrón de la antigua villa de los Reyes de Santiago de Abancay y bajo cuya advocación se fundó este pueblo, pero también las pilas de bautismo y las piedras altas que al final tenían una especie de fuente con agua bendita para que nos santiguáramos al entrar a las iglesias, altares con voluminosos libros, las estampitas, las medallitas, los escapularios,  los rosarios, los sahumerios, velas encendidas y más.

De los milagrosos santos de la Iglesia, los ángeles, los arcángeles, los serafines, los querubines y el diablo que podía llamarse Satanás, Lucifer, Belcebú, aunque eran contadas sus representaciones, las noticias de sus terribles maldades daban pie a la necesidad de tener siempre metida en el fondo de nuestras almas la fe en nuestro credo, acciones y oraciones, porque siempre debíamos estar preparados para confrontar sus tentaciones, que eran algo así como una invisible, sutil y hasta gentil inducción a que cometiéramos maldades y pecados, y que nosotros debíamos rechazar tenazmente con todas las armas de nuestra alma, pues eso era parte de la eterna lucha entre el bien y el mal.

En sus ritos, como son las misas solemnes, las cantadas, las rezadas, las de los muertos y la misa pontifical, que era la celebrada por el mismísimo Obispo, las procesiones, el rezo del rosario, el catecismo, la confesión, los bautismos, la primera comunión, la confirmación, los matrimonios por la iglesia, los entierros con el cura por delante, las bendiciones de las personas, los animales y las cosas, las oraciones dentro y fuera de las iglesias, de pie, de rodillas o caminando, los responsos ante la tumba de los muertos en los cementerios y otros tantos.

Los responsables de su propalación, práctica y preservación, representado en las personas de los sacerdotes y las monjas a quienes se les sigue llamando “Padre” o “Padrecito” y “Madre” o “madrecita”, y todo el rebaño de acólitos, campaneros y los fieles devotos, sin faltar las “cucufatas” o "cucufatos", que son las personas muy santurronas y hasta mojigatas, que iban a misa todos los días, a quienes, algo extrañado, las veía asistir a las iglesias acompañadas por una sirvienta que cargaba un reclinatorio para que pudiera orar su patrona. Sobre estas personas mi madre y mi padre tenían sus diferencias, mientras que ella decía que eran almas piadosas y devotas que rezaban para que las almas del purgatorio ascendieran a los cielos, su contraparte como buen peruano, alegaba que eran hipócritas y farsantes.

Por aquellos tiempos no había día de la semana en que no te vieras envuelto en una ceremonia religiosa, especialmente al atardecer o temprano por las noches, pero en Semana Santa a todas horas del día. Por esta razón, de uno u otro modo, te sabías las cosas de la religión y de la iglesia más que todo aquello concerniente a la cultura general, que debía servirte para ser un hombre bien instruido el resto de tu vida. Pero al parecer en esos tiempos esto era secundario para una importante mayoría de nuestra sociedad, total la iglesia te ofrecía una vida eterna, de modo que esta terrenal y sumergida en un valle de lágrimas, bien podía ser desechable, tanto más que cuando podías estar en tu mejor situación social, económica y personal, la muerte podía echarla a perder, y no sólo eso, sino tu alma también.            

[El catecismo]

Del catecismo recuerdo que una vez a la semana con el fin de preparar a los niños cuyos padres anhelaban que hicieran su Primera Comunión, venían  a la escuela un par de monjitas vestidas de blanco, que sin la menor duda nos decían que el infierno era profundo e infinito, porque desde el comienzo de los tiempos el eterno Dios Celestial no había recibido en el cielo a las almas de todos los que habían muerto sin conocer a nuestro señor Jesucristo o de los que en vida habían vivido creyendo en falsos dioses, y que por eso mismo estaban en el infierno. “Menos mal que ustedes creen en el Dios verdadero que está en los cielos y que en el juicio final, junto a su hijo, vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Aun cuando exactamente no sabíamos de qué nos estaban hablando, nos dieron la terrible noticia de que todos nosotros habíamos nacido con el "pecado original", es decir manchados, por culpa de Adán que fue nuestro primer padre y su esposa Eva que desobedeciendo al Dios Celestial habían comido el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal, que se hallaba en el centro del paraíso terrenal. Y que ese pecado, como una enfermedad, nos ha sido trasmitido de generación en generación hasta nuestros días, y que gracias a que nuestro señor Jesucristo que fue crucificado, muerto y sepultado y que al tercer día resucitó entre los muertos, es que al bautizarnos recibimos el perdón de ese "pecado original", y solo así podemos volver a la gracia de Dios Padre, Eterno y Todopoderoso. (¡Glup! Púchalera, la vida no era tan alegre, ni de colores, porque todos habíamos nacido marcados con una desgracia).

“¿Saben cómo es el infierno?”, nos preguntaron. “¡No!” respondimos en coro. “¿Alguna vez se han quemado con algo?” Volvió a preguntarnos. Casi todos le contamos alguna desgracia de esas, pero uno dijo que se había quemado la pierna con una taza llena de chocolate hirviendo y que le había quedado una cicatriz donde antes estaba la gran ampolla que le había dejado ese accidente. ¿Y cómo te dolía” le preguntó. “¡Fuerte, bien fuerte!, madrecita.” “¿Y llorabas?, le volvió a preguntar. “Si madrecita, lloraba mucho todos los días y mucho más fuerte cuando me curaban”, respondió. “¡Así es el infierno! con la diferencia que allí se quema eternamente todo tu cuerpo, y aun cuando los pecadores que llegan allí porque esa es su condena, gritan y lloran todo el tiempo, el diablo que es el dueño del infierno les arroja más candela riéndose en sus caras”. Cuándo estábamos a punto de levantarnos y salirnos de aquella terrorífica narración, las monjitas nos calmaron diciendo: “¡No se asusten por favor! Eso no les pasa a los niñitos, porque todos ustedes tienen su "ángel de la guarda".

Otro día nos contaron la vida de algunos mártires cristianos como San Sebastián que primero fue herido por los romanos con una lluvia de flechas, pero como no murió, los malvados paganos lo buscaron y cuando lo encontraron lo azotaron hasta matarlo. Después que San Lorenzo fue quemado en una parrilla y en medio de ese tormento le dijo a su verdugo: “Amigo, parece que ya estoy asado de este lado, ahora gírame y come lo que ya está listo”. Y que San Esteban había sido muerto a pedradas sólo por haber visto en el cielo que nuestro señor Jesucristo estaba sentado a la diestra de su Padre Celestial. También nos dijeron que en tiempos antiguos, solo porque Santa Bárbara se convirtió al cristianismo y eligió a Cristo como su esposo fue flagelada, desgarrada con rastrillos de hierro, acostada sobre vidrios y quemada con hierros candentes, y que al final le cortaron la cabeza. “Niños, así como estos santos mártires, todos nosotros estamos obligados a sacrificarnos por nuestro Señor Jesucristo”. (¡Tarannnnn….! Eso tampoco me gustaba).

En otra sesión nos aseguraron que en el mundo espiritual había dos caminos que podíamos recorrer, el camino ancho y lleno de placeres por donde una inmensa muchedumbre que ha sucumbido a las tentaciones del diablo bajaba cantando y bailando al infierno; y, el camino angosto y escarpado por donde caminan unos cuántos justos para subir al cielo, donde un coro de ángeles los está esperando, para llevarlos ante la presencia de Dios Celestial y su amado hijo nuestro señor Jesucristo.

Lo más terrible que nos dijeron era que: "En cualquier momento,  justo ahorita mismo",  podía suceder el "juicio final", donde miles de terremotos, maremotos y lluvias de candelas destruirían el mundo, y que después todos los muertos se levantarían de su tumba para ser juzgados según sus pecados y que sólo unos pocos se salvarían, y que los demás serían condenados al fuego del infierno. Y cuando les preguntamos qué pasaría con los que aún están vivos, nos dijeron que serían juzgados igual que a los muertos, porque además para esa ocasión todos ya estaríamos muertos. "¿Y no podía diosito juzgarnos sin tener que matarnos todavía?", pensaba contrariado.

¡¡Sebo Padrino!!

Una costumbre "religiosa" por así decir, y  de la que más gozábamos los niños era el  "¡¡SEBO PADRINO!!", que consiste en que saliendo de la iglesia, el padrino del recién bautizado, debía lanzar al aire un montón de monedas, todas de baja denominación y alguna que otra de 50 centavos y hasta de un Sol de Oro, para que con gran alboroto y hasta con "charquipalta" (pelotera) incluida, los niños las recogieran del suelo.

Los que no tuvieron la fuerza y maña de apoderarse de por lo menos una, seguían gritando a coro: "¡¡SEBO PADRINO!!" y les caía otra lluvia de monedas e inmediatamente se armaba otra trifulca; y otra vez seguían gritando a coro o aisladamente el consabido: "¡¡SEBO PADRINO!!" y una vez las monedas eran generosamente lanzadas al aire, pero esta vez como diciendo que se acabó la lanzadera, el padrino hacía un ademán mediante el cual daba a entender a los rapazuelos que se acabó el sebo. Entonces era cuando los mozalbetes que habían llegado tarde al "rucchu" (arrojar algo al aire), pedían su parte gritando desesperadamente: "¡¡SEBO PADRINO, SINO TIENES PLATA PARA QUE TIENES AHIJADO!!", o más groseramente: "¡¡SEBO PADRINO, SINO TU AHIJADO SE VA A MORIR!!".

             Aun cuando el padrino por mandato del Sacramento del Bautismo, sólo asume la autoridad de supervisar la conducta del ahijado en relación con la fe cristiana, esta costumbre no solo tenía por objeto mostrar públicamente una señal de buen augurio para el bautizado, sino además que sus padres habían escogido a una persona solvente, que en caso les pasara algo, podía asumir las necesidades materiales de su ahijado. Y eso quería decir algo así como: "Si muestro que puedo tirar públicamente plata a los aires, eso quiere decir que tengo mucho más para mi ahijado".