martes, 16 de julio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (12)


[Los farfanchos] 

Otro juego peligroso y por eso no muy consentido en muchos hogares, eran los “farfanchos” por el sonido que emite: “farrr, farrr, farrr” y que en otras partes les llaman run-run, y que consistía en aplanar, incluida la corona, una chapa metálica de una botella de cerveza o gaseosa hasta volverla una lámina. Mi preferida era la de cerveza Cristal, porque tenía la figura de una esfinge egipcia con cabeza de mujer y cuerpo de león. Luego, seguramente como todos los hacedores de “farfanchos”, en el batán o en el piso de cemento de mi casa, le sacaba un filo de bisturí, después en el centro de esa lámina circular le perforaba con un clavo dos huecos perfectamente equidistantes, igual a los que tienen los botones, por donde le pasaba las puntas de una fuerte pita de algodón de más de 80 centímetros que finalmente era atado por sus extremos.

            Con los pulgares de ambas manos tomábamos el hilo y le dábamos unas diez vueltas al artefacto y juntando los pulgares y separándolos lográbamos que el “farfancho” diera muchas vueltas para adelante y para atrás. Después salíamos a la calle y cuando encontrábamos a otros niños con sus “farfanchos”, pregonábamos desafiantes hasta que alguien respondía del mismo modo: “¡NO HAY GALLO PARA MI POLLO!”

            Y empezaba la lucha que consistía en enfrentar los “farfanchos” dando vueltas como si fueran dos veloces sierras eléctricas, y ganaba quien primero cortaba el hilo de contrincante. Muchas veces estos cortes eran simultáneos, y cuando eso sucedía los “farfanchos” deshilachados salían volando y dependiendo del sentido en que estaba dando vueltas el artificio, podía cortarte o cortar al adversario, no en cualquier parte de tu cuerpo, sino precisamente en la cara. En caso de empate, inmediatamente debía producirse un desempate.

En esos tiempos, cuando ocasionalmente te sucedía un accidente de estos, que normalmente no era muy graves, tus padres acababan preguntándote, sin mayor alboroto, “¿Qué te ha pasado?” La respuesta normal era: “Me he caído”. Te trompeabas con alguien y te rompían la nariz o te dejaban el ojo morado: “Me he caído”. Te rompías la crisma trepando un árbol o nadando en el río o jugando los rudos juegos de aquella niñez: “Me he caído”. Y aunque tu respuesta no los convencía, te creían de buena gana, porque les estabas confirmando que habías nacido y crecido muy “machito” y que mañana más tarde podías enfrentarte a la vida, tal y cómo ésta viniera .      


[La instalación del desagüe] 

Cuando por fin después de haber cavado de esquina a esquina una zanja profunda por el centro de mi calle y colocado grandes tubos de cemento para conectarlo con cada una de nuestras casas, a fin de que tuviéramos conexión al nuevo desagüe y así olvidarnos del profundo y oscuro pozo séptico que todos los vecinos teníamos en un lugar apartado del fondo del patio a donde llegaba el agua por una manguera y en su momento las aguas de la lluvia, que sabe Dios a qué lugar irían a parar junto a la porquería combinada con la cal viva que cuando comenzaba a oler mal se arrojaba dentro.

Para nosotros los nocturnos jugadores callejeros esa obra fue eterna, aunque en el día los montones de tierra y piedras nos permitían construir carreteras y jugar a los carritos, pero sobre todo saltar sobre un pie, llenos de contento, en las tablas que los mayores habían colocado a lo largo de la zanja como puentes para cruzar la calle. Cuando nos familiarizamos con esos escombros, porque ya nos habíamos caído más de una vez sin mayores consecuencias, entonces fue que nos pusimos a jugar a las escondidas, pero también a las cobayadas y la guerra a hondazos con el fruto de las higuerillas que en otras latitudes llaman ricino, o a las espadas con los pedazos de algún maguey.

Todo lo que nos rodeaba valía para echar a volar nuestra imaginación en función de nuestros juegos. ¡La vida era un juego! Esa es la maravilla de ser niño y solo por eso queremos y soñamos volver a serlo, aunque sea en nuestra imaginación o a veces en la realidad cuando furtivamente nos comportamos como ellos, ya sea para disfrutar un golosina o hacer una pequeña diablura.


[El plic plac] 

Al poco tiempo que acabó la instalación de las tuberías del desagüe, mi calle se vistió de cemento, con sus veredas y todo. Ese progreso fue motivo de gran orgullo para todos los vecinos, y con tan bello motivo, hubo una gran ceremonia de inauguración plagada de discursos, sinceros agradecimientos y un gran convido a las autoridades. Ese adelanto tampoco fue ajeno a nosotros los pikis, pues fue la causa para que se popularizaban otros juegos callejeros, como el plic-plac, que en otras partes llamaban “Mundo” y en otros países Rayuela.

Cuando se ponía de moda este juego, “pagaban pato” las casas descuidadas, porque los granujas arrancaban un pedazo de su estucado para pintar sus plic-places en toda la calle. No faltaron los mozuelos que lo hacían a colores con tizas robadas de la escuela. Aunque el juego era mixto, acabó convirtiéndose en el favorito de las mujeres y los más "joros".

            El dibujo que se hacía en la pista era siete rectángulos escalonados de más o menos un metro de largo por cincuenta o más centímetros de ancho. Los cuatro primeros eran signados con los números 1, 2, 3 y 4, el quinto se dividía en dos cuadrados que eran el 5 y el 6, el sexto quedaba tal cual y llevaba el número 7 y el séptimo también se dividía en dos cuadrados que eran signados como el 8 y el 9, para coronar el plic-plac se dibujaba un semicírculo que era el número 10 o “Cielo”.

Las reglas eran más o menos las siguientes, los jugadores que podían ser más de dos, debían tener una ficha que generalmente debía ser algo que podía pegarse al piso cuando cayera, como una pequeña torta de barro por ejemplo. Las preferidas eran las de arcilla.

Para separar el turno de salida los jugadores lanzaban de espaldas sus fichas y la ficha que caía en el rectángulo o cuadrado que tenía el número más alto, salía de primero. El ganador comenzaba lanzando su ficha al número 1 y saltaba en un pie al número 2, al 3, al 4 y abría las piernas para que ambos pies cayeran en los números 5 y 6, luego con un pie saltaba sobre el rectángulo 7 para luego caer con ambos pies a los números 8 y 9.

Para retornar debía saltar dando un giro en el aire y caer limpiamente sobre los mismos números. Pero si pisaba siquiera una raya de cualquier parte del plic-plac, perdía el turno. Otro modo de perder el turno era que al lanzar su ficha esta cayera en la raya de algún rectángulo o cuadrado o fuera del pic plac, o en la “casa” de algún jugador.  Si todo salía bien, volvía haciendo los mismos saltos y agacharse para recoger su ficha, pero sin pisar en el cuadrado o rectángulo donde estaba alojada su ficha, y así acabar con ese turno.

Si no cometía ningún error seguía en el número 2, luego el 3, después 4 y así llegar hasta el número 10. Cuando el jugador  llegaba a este punto debía lanzar su ficha lo más cerca posible a los cuadrados 9 y 10, porque cuando daba su giro sobre estos cuadrados debía recoger su ficha estirando la mano a través de las piernas, de modo que si lanzaba su ficha casi al final del semicírculo del número 10, jamás lo iría a lograr, porque en el intento era seguro que acabaría sentado y eso le haría perder el turno.

Pero si lo lograba, podía lanzar su ficha de espaldas por encima de su hombro y el cajón donde cayera sería marcado con una X y la inicial de su nombre “D” de Delia y esa sería su “casa”. Ese cuadrado o rectángulo que era la casa de alguien, ya no era parte del juego y solo su dueño podía pisarlo.

La táctica para ganar este largo e incansable juego era ganar como “casa” los números 1, 2, 3 y si era posible hasta el 4, y como nadie podía pisarlos, ni saltar tan lejos (más de dos metros) en un solo pie y sin pisar una raya, el juego ya no tenía sentido y perdía interés, y aunque nadie te declarará ganador, tú te sentías su astuto vencedor.


[El pis-pis o yacks] 

El cemento sobre la calle también permitió que las niñas se apoderaran de las veredas para ponerse a jugar, muchas veces con el calzón al aire, el pis-pis o yacks con una pelotita de rebote y seis yacks de un modo particularmente muy diestro que a mí me gustaba contemplarlas, porque de lo más simple, la partida se iba complicando.

Para escoger el turno las jugadoras hacían sendos “chuses”, que consistía en tomar con la palma de las manos los seis yacks y lanzarlos al aire y esperar que cayeran sobre el dorso de su mano y volver a lanzarlos y esperar a que caigan en la misma palma. La jugadora que en este lance conservaba más yacks en la mano, empezaba el juego.

El juego empezaba con la modalidad de común o simple, que era algo así como su introducción, entonces primero debía hacer el mismo “chuse” y solo los yacks que quedaban en el suelo era motivo de su juego, entonces comenzaba  lanzando la pelotita al aire y cuando esta daba su bote en el piso recogía velozmente los jacks del suelo antes que la pelota volviera a dar otro bote y finalmente atrapar la saltadora pelotita en el aire. Después lanzaba los yacks al suelo, lanzaba la pelotita y recogía los yack de dos en dos, en el siguiente turno de tres en tres, luego de cuatro y dos, cinco y uno y finalmente los seis juntos.

Perdía el turno la jugadora que al momento de levantar los yacks del suelo tocaba otro yacks, por ejemplo si estaba en el afán de levantarlos de dos en dos, tocaba otro yacks que no estaba dentro de su jugada. También perdía el turno aquella jugadora que por demora, impericia o distracción permitía que la bolita diera un segundo bote.

            Después del modo “común” se entraba a la modalidad de “laive”, luego “laive” con palmada. “Martillo”, “martillo” con palmada. “Clavo”, “clavo” con palmada. “Abrazos”, “abrazos” con palmada. “Besos”, “besos” con palmada. “Mosca”, “mosca” con palmada. Luego las jugadoras podían jugar otras variantes como “orejas”, “ojos”, “nariz”, “boca”, “rodilla”, la simple y la con palmada. El juego acababa con la modalidad de “mundo” y “mundo” con palmada, donde no se esperaba que la pelotita cayera en la palma de la mano, sino cogerla de un zarpazo que debía llegar de arriba para abajo, hasta que por fin ganaba la más diestra, a la que las envidiosas perdedoras la llamaban la “ociosa”, porque como no hacía nada en su casa, se dedicaba solo a jugar el pis-pis. Este juego podía jugarse entre dos o en equipos de dos.


[Los zancos de latas] 

Otro juego que se ponía de moda en determinado momento eran los zancos de latas, que consistía en ponerle una larga pita a los huecos que se le hacen a los tarros de lata de leche para vaciarlos, introduciendo una pequeño palito de carrizo o un clavo atado a una gruesa pita de algodón o cabuya, de modo que al tratar de sacarlo quedara atascado. Lo mismo se hacía en el otro hueco con la otra punta de la pita que daba como resultado la formación de un asa en cada lata que debía llegar a la altura de la cintura.

Luego los niños, especialmente las niñas, se subían a la lata y sujetándolo a la planta de sus zapatos tirando de la pita para que no se despegara, comenzaban a caminar haciendo un latoso ruido: “Tac, tac, tac” y esos tacs sonaban por toda la calle, al comienzo pasito a paso y luego los más duchos lo hacían casi corriendo. Hasta que después de múltiples caídas con heridas en las rodillas y los codos, y algunas  torceduras de tobillo, esta moda pasaba. 


[El teléfono con latas] 

Otro juego con envases vacíos de leche evaporada era el teléfono de latas, que se componía de dos latas abiertas por un lado, que se conectaban con un hilo resistente de algodón de varios metros de largo, mejor si era hilo nylon de pescar. Los dos extremos de la pita se unían a un agujero central en la parte inferior de la lata. Para hablar y escuchar el hilo debía mantenerse en tensión, entonces uno hablaba dentro de su lata y el otro con el oído en el hueco de su lata podía oír los que le decían.

Ese invento lo encontramos en el “Tesoro de la Juventud” o algo así, pero un día sacamos ese aparato a la calle. Tenía una pita de casi 50 metros de largo y nos pusimos a hablar. Cuando los otros niños se nos acercaban para curiosear lo que estábamos haciendo, le pegaba la lata al oído y del otro lado escuchaba: “¡Sonso me estás escuchando!”, y el sonso se quedaba más sonso aun, y maravillado gritaba: “¡Aló, aló!, ¿a ver que te he dicho?” “Me has dichos aló, aló y nada más, ¿y yo que te he dicho?”. “¡Me has dicho, sonso me estás escuchando, no!” “¡Dime algo más!” “¡Esta noche hay cine gratis de Kolinos y Anacín en la pared de la catedral!“¡Si sé. No me lo voy a perder!”. Y así seguimos maravillando a los demás curiosos.

A los pocos días había como veinte teléfonos en toda la calle, pero al poco tiempo podías verlos como parte de la basura. Nosotros rescatábamos sus pitas para nuestros trompos y “farfanchos” y para muchas cosas más que hacíamos en nuestros paseos por la campiña. 

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[Los cocos, un juego con pitas] 

De un momento a otro, especialmente entre las niñas se ponía de moda el juego de “los cocos” que son las figuras de los diamantes ♦♦♦, que consistía en formar estas figuras en una pita anudada con la ayuda de los dedos de ambas manos. Este juego es un reto de habilidad y competencia por realizar 2, 3, 4, 5, 6, 7, y no faltó alguien que logró impresionarnos con hasta 12 cocos, aunque tampoco faltaron los que podían mostrarte cómo sabían hacer la araña, el pescado, la escoba o el poto de gallina, ayudándose con los dedos de las manos y los labios. Esta distracción perdía rápidamente su apogeo, pero en cualquier momento del año regresaba. 


[Un idioma nuevo invade el pueblo]  

Casi todo el tiempo, aunque en unas temporadas más, las niñas hablaban anteponiendo una “che” a cada silaba de una palabra, y hablaban con tanta destreza que ellas mismas se creían que hablaban otro idioma, que supuestamente nadie más que ellas podía entender, de modo que para decirte que no eras bienvenido, conversando entre ellas, te decían: “Che-a, chehí, chevie-chene, chee-chese, cheson-cheso. Cheno, chehay, cheque, chaha-checer-chele, checa-cheso” (Ahí viene ese sonso, no hay que hacerle caso), pero lo hablaban con tanta fluidez que había que agudizar muy bien los oídos, para saber qué diablos más estaban hablando.

viernes, 12 de julio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (11)

[Juegos y más juegos] 

Antes de recordar por escrito algunos juegos de mi infancia, quiero imprimir una frase de Michel Eyquem de Montaigne: “Los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades”. Había juegos mixtos como el plic plac, que en otros sitios lo llaman “mundo” o rayuela, la pesca, las escondidas o las carreras, etc., pero también existían los apropiados para cada sexo. Los juegos de las mujeres podían ser los mismos todo el año como el de la mamá y su bebé, la costura, la cocinita, los yacks, el salta soga, la tiendita, la tómbola o jugar a ponerse lindas con eso de los peinados y demás condimentos.

Ya de mozo me enteré por qué algunos juguetes se ponían de moda en algún mes del año, y era que las tiendas de un momento a otro comenzaban a venderlos. Ese  era el caso de los tiros o los trompos, pero siempre ignoré porqué de un momento a otro se aparecían las locas carretas, los filudos farfanchos o se jugaba al palito chino.

[Los tiros] 

Uno de los entretenimientos favoritos de los niños era jugar a los tiros o canicas como se les llama en otros lugares. El avaricioso afán de tenerlos solo para ti, te causaban un gran placer, pero otra cosa muy distinta era exhibirlos y compararlos con los tiros de los otros, pues tus "lecheronas" que tenían manchas blancas, tus "chillandayes" o sea los nuevecitos, tus "bojlas" que eran las más grandes y casi del tamaño de una bola de pis-pis y finalmente hasta tus "chinquis" eran más lindos que de los demás. Vieras lo que vieras y tengan el color o tamaño que tengan, los tuyos eran siempre los mejores. Como un tesoro algunos tenían unas "billas" que eran las relucientes y metálicas esferas de los cojinetes. Con esas billas no se jugaba, pues solo servían para hacer alarde y presumir de ser el más ricacho en eso de tener tiros.

Las modalidades del juego de los tiros eran muchas y sus reglas variaban un tanto de barrio en barrio, pero la más común era la "cuarta y peta" que consistía en arrojar un tiro a una distancia de más o menos tres metros, que fungía de blanco y a ese tiro los jugadores debían arrojar sus canicas, el que quedaba más lejos del señuelo debía poner el suyo como blanco de los otros tiros en juego. Luego los demás volvían a arrojar sus tiros, hecha la jugada, cuando había una duda, se medía por “cuartas” (la distancia del final del dedo pulgar y el final del meñique) y por “petas” (la distancia del final del dedo pulgar y el final del índice),  la distancia de los tiros respecto del tiro señuelo. El tiro que resultaba más alejado, comenzaba el nuevo turno, pero esta vez desde el suelo y empujando la esfera con la uña del dedo pulgar que se impulsaba gracias a que estaba contenido al interior del índice semi cerrado. El primero que lograba golpear al tiro señuelo lo levantaba como suyo y se acababa la jugada. Pero si nadie lograba pegarle, el dueño del tiro señuelo lo levantaba lleno de júbilo y comenzaba otra partida. También podía jugarse a "pura peta".

Otra de las modalidades favoritas eran los ñocos, que consistía en perforar tres hoyos en el suelo en una línea recta a una distancia de uno o más metros, que se llamaban el de "arriba", el del "centro" y el de "abajo". Desde una raya que se trazaba a casi un metro del hoyo de abajo se lanzaban los tiros hacia el hoyo de arriba, el que desde ese lance embocaba su tiro en el hoyo superior podía continuar lanzando su canica desde un costado hacia el hoyo del centro, pero esta vez no era con el impulso de los dedos medio y pulgar, sino tincando con el pulgar impulsado por la contracción que este hacía en la parte media del índice.

Si nadie llegaba de un solo lance al hoyo de "arriba", el que más cerca lo había hecho, empezaba el segundo turno pero esta vez a tincazos. Si lograba embocar continuaba, pero si no podía embocar al ñoco del "centro", continuaba en el turno el otro más cercano, y así el juego continuaba hasta que uno de los jugadores llegaba a embocar en el hoyo de "abajo" y resultaba ganador.

Otra variante de este juego era que si te tocaba jugar y tu canica estaba muy cerca de otra y del ñoco, tenías la opción de golpear el tiro del rival para alejarlo del ñoco, sin perder tu turno. Luego, si eras diestro hacías lo mismo con los tiros de los otros jugadores, y después embocabas al hoyo y continuabas el juego lanzando una risita cachacienta porque los habías alejado de su objetivo y al estar en esa incómoda posición podían fallar a su turno y facilitarte el camino hacia la victoria.

Generalmente esta partida se jugaba a los capotes, que podían ser de a cinco, diez o más, donde los perdedores debían entregar la parte superior de su muñeca para que el ganador le infligiera un herida con la uña de su dedo medio presionado con la yema del pulgar, era lo mismo que hacer el clásico chasquido de dedos, pero esta vez con el objetivo de causar el mayor daño posible, es decir, una herida en el pellejo del perdedor a la que se le llamaba la "carnecita". Nunca vi que alguien llorara por estos capotes o se quejara a sus padres, lo único que te permitían era murmurar tu "¡acacau!", y punto. Como en las películas, tú eras macho y debía recibir el castigo sin quejarte. Por eso cuando en la escuela o el hospital tenían que vacunarte contra algún mal, solías decir muy machito: “Un capote duele más”.  
  
            Otra modalidad de este juego era trazar un círculo en el suelo de tierra y un punto en su centro. A ese centro se lanzaban, según lo convenido, uno, dos o más tiros desde fuera. Cuando todos los jugadores habían lanzado sus tiros al círculo, el que había tirado su canica más cerca del centro, empezaba el turno debiendo expulsar con su tiro a las demás esferas del círculo. Lo podía hacer impulsando su canica con el dedo medio o el índice o tincando con el dedo pulgar haciendo presión contra el índice, cada jugador escogía su modo, según su destreza y la oportunidad que le ofrecía cada jugada. Si el Jugador lograba topar a un tiro rival, seguía jugando, pero si no lo hacía, perdía su turno, y si por a) o b) su tiro salía del círculo, ese tiro ya no jugaba, era considerado como expulsado. El jugador que lograba expulsar un tiro fuera del círculo, siempre y cuando su tiro haya permanecido dentro del redondel, automáticamente se convertía en su dueño y se lo embolsillaba. Los que ya no podían seguir jugando era porque estaban "paclados" (calvos, sin pelos) o sin canicas. 

        Otro modo de jugar a los tiros era a "tres en raya", aunque podían jugar más de tres. En esta partida cada jugador ponía una canica en una línea a una distancia de aproximadamente 10 centímetros, entonces los jugadores lanzaban sus tiros hacia las apuestas desde una distancia de más o menos cuatro metros, el que lograba alcanzar a uno de los tiros lo recogía y se lo echaba al bolsillo y continuaba el juego tincando, y si no fallaba se quedaba con todas las canicas  y punto. Con esta misma modalidad se jugaba a los pequeños lápices o pinturas de color, pero eso solo era para los más avezados. Este modo de jugar a los tiros estaba prohibido en la escuela, porque los útiles escolares eran sagrados. No había ninguna destreza especial en esta apuesta que me parecía absurda, sino solo el afán de ganar sin gloria y perder sin dolor, como en los casinos.





[El palito chino] 

Otro juego que era más o menos prohibido por los adultos, era el palito chino, que consistía en disponer de dos trozos de un palo de escoba u otras varas de las ramas de un buen huarango. Uno de ellos debía tener aproximadamente 80 centímetros de largo y el otro más pequeño unos veinte o más. El pequeño se colocaba entre dos piedras a una altura de diez o quince centímetros, y con el palo largo debía levantarse en el aire y luego darle un golpe feroz para que esa pieza saliera disparada por los aires, mientras el otro jugador debía esperar a una distancia que el debía calcular para tratar de atrapar al palito volador en el aire, si lo lograba ganaba la partida, pero si ninguno lo hacía, ganaba quien más lejos había lanzado esa astilla. Pero si los dos jugadores habían empatado, entonces estos tomaban ese pedazo de madera y lo lanzaban hacia las dos piedras y ganaba el que más cerca lo había arrojado. Si aun así persistía la duda, se medía la distancia con el palito volador. Ganaba la distancia que menos palitos media.  

            Una modalidad de este juego era de “huachita” que consistía en levantar el palito pequeño, pero por detrás de las piernas abiertas, sacar inmediatamente el palo de la huacha para pegarle al bolillo en el aire.

            Otra modalidad de este juego se llamaba el "palitroque". Era casi lo mismo que el palito chino, pero se jugaba con tres palos, dos pequeños y el palo mazo. Primero se colocaba uno de los palito sobre las dos piedras y encima de este se colocaba el segundo palito en cruz, luego con el palo mazo se golpeaba el extremo libre del palito que montaba, y cuando este salía dando vueltas por el aire se le daba un mazazo con el palo golpeador. Las reglas para definir al ganador eran iguales al del palito chino.
  
Algunos vecinos no te permitían jugarlo en las inmediaciones de sus casas, porque en muchas ocasiones habían provocado la rotura de los vidrios de sus ventanas o habían causado lesiones a los transeúntes, para desanimarnos de jugarlo en varias ocasiones nos advertían que “ayer nomas” un muchacho había quedado tuerto en “Huanupata”, o que le habían tirado cinco dientes a uno en la “Victoria”, y así. Ahora que lo recuerdo de verdad era peligroso, con razón este juego se extinguió sin pena ni gloria aun cuando yo era un crío.


[Los trompos] 

El juguete que en mi niñez conocí, ya tenía el nombre común de trompo en toda la ciudad, pero en la famosa novela “Los ríos profundos” de José María Arguedas, cuya trama se desarrolla en el Abancay de la década de 1920, para ser más exactos el año de 1924 en que Arguedas estudió el quinto de primaria en el colegio de Abancay dirigido por los padres mercedarios, que luego se convertiría en el Colegio “Miguel Grau”, se le llamaba “zumbayllo” y puede haber sido así, porque en el distrito de Huanipaca descubrí que los niños de estos tiempos le siguen llamando del mismo modo. Antes de entrar en el tema, leamos las letras de este ícono de la literatura peruana:   

“¡Zumbayllu! Ántero trajo el primer zumbayllu al colegio. Los niños pequeños lo rodearon.

─¡Vamos al patio, Ántero¡

Palacios corrió entre los primeros. Saltaron el terraplén y subieron al campo de polvo. Iban gritando:

─¡Zumbayllu, zumbayllu!

            Yo los seguí ansiosamente. ¿Qué podía ser el zumbayllu? ¿Qué podía nombrar esa palabra cuya terminación me recordaba bellos y misteriosos objetos?

El humilde Palacios había corrido casi encabezando todo el grupo de muchachos que fueron a ver el zumbayllu; había dado un gran salto para llegar primero al campo de recreo. Y estaba allí, mirando las manos de Ántero. Una gran dicha, anhelante, daba a su rostro el esplendor que no tenía antes. Su expresión era muy semejante a la de los escolares indios que juegan a la sombra de los molles en los caminos que unen las chozas lejanas y las aldeas. El propio Añuco, el engreído, el arrugado y pálido Añuco, miraba a Ántero desde un extremo del grupo: en su cara amarilla, en su rostro agrio, erguido sobre el cuello delgado, de nervios tan filudos y tensos, había una especie de tierna ansiedad. Parecía un ángel nuevo, recién convertido.
           
Yo recordaba al gran Tankayllu, el danzarín cubierto de espejos, bailando a grandes saltos en el atrio de la iglesia. Recordaba también al verdadero Tankayllu, el insecto volador que perseguíamos entre los meses de abril y mayo. Pensaba en los pinkuyllus que había oído sonar en los pueblos del sur.

Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma como Ántero lo encordelaba. Me dejaron entre los últimos, cerca del Añuco. Sólo vi que Ántero, en el centro del grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un canto delgado.
           
Bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se propagó con una claridad extraña; parecía estar henchido de esa voz delgada; y también toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.

─¡Zumbayllu, zumbayllu!

Hice un gran esfuerzo, empujé a otros alumnos más grandes que yo y pude llegar al círculo que rodeaba a Ántero. Tenía en las manos un pequeño trompo. La esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos pequeñísimos cocos grises que vienen enlatados. La púa era grande y delgada. Cuatro huecos  redondos, a manera de ojos, tenía la esfera. Ántero  encordeló el trompo, lentamente luego lo arrojó. El trompo se detuvo un instante en el aire y luego cayó, lanzando ráfagas de aire por sus cuatro ojos, vibrando como un gran insecto cantador (...)
           
Ántero miraba el zumbayllu con un detenimiento contagioso. Así atento, agachado.

Ántero parecía asomarse desde otro espacio (...)

─¡Quiero ver si tú puedes manejarlo! ─ me dijo, entregándome el trompo.
           
Lo encordelé, lo lancé hacia arriba. El cordel se deslizó como una culebra entre mis manos, enderezó la púa y cayó, lentamente.

─¡Sube, winku!

El trompo apoyó la púa en un andén de la piedra más grande, sobre un milímetro de espacio. La piedra era redonda y no rozaba en ella la púa.

─¡Mira, Ernesto! ─ me dijo Ántero´. No va a la montaña, sino arriba. ¿Derechito al sol!  Ahora a la cascada, winku. ¡Cascada arriba!

El zumbayllu se detuvo y cambió de voz.

─¿Oyes? ─dijo Ántero ─. ¡Sube al cielo, sube al cielo! ¡Con el sol se va a mezclar!

Cuando empezó a bajar el tono del zumbido, Ántero levantó el trompo. Me miró fijamente.

─¡Guárdalo! ─ me dijo─. Lo haremos llorar en el campo, o sobre una alguna piedra grande del río. Cantará mejor todavía.

Lo guardó en el bolsillo. Lo examiné despacio con los dedos. Era en verdad winku, es decir, deforme, sin dejar de ser redondo, y layk'a, es decir, brujo, porque  era rojizo con muchas difusas. Por eso, cambiaba de voz y de colores como si estuviera hecho de agua.

─Si lo hago bailar, y soplo su canto hacia la dirección de Chalhuanca, donde está mi padre, ¿llegaría hasta  sus oídos? ─ le pregunté.

─¡Llega, hermano! Para él no hay distancia. Enantes subió al sol. Y su canto no se quema ni se hiela. Tú le hablas primero en uno de sus ojos, le das tu encargo, le orientas el camino, y después, cuando está cantando, soplas despacio hacia la dirección que quieres, donde está tu padre y sigues dándole tu encargo. El zumbayllu canta al oído de quién espera. ¡Haz la prueba ahora, al instante!

─¿Yo mismo tengo que hacerlo?

─Sí. Debe ser el que quiere dar el encargo. Háblale bajito ─me advirtió.

            Puse los labios sobre uno de sus ojos.

─"Dile a mi padre que estoy bien  ─le dije al zumbayllu─; aunque mi corazón se asusta, estoy resistiendo. Y le darás tu aire en la frente. Le cantarás para su alma".

Lo encordelé cuidadosamente, y tiré la cuerda.

─¡Corriente arriba del Pachachaca, corriente arriba! ─grité.

El zumbayllu cantó fuerte en el aire.

─¡Sopla! ¡Sopla un poco! ─exclamó Ántero.

Yo soplé hacia Chalhuanca, en dirección de la cuenca alta del gran río.

Y el zumbayllu cantó dulcemente.

ººº---ººº

Muchas veces como regalo de las navidades o pasada esa fiesta, aparecían los primeros trompos y su temporada duraba hasta que llegaba el tiempo de volver a la escuela, aunque a veces podías jugarlo en los recreos, pero te acarreaba problemas en tu casa por haber ensuciado el uniforme o manchado tu bolsón escolar y deteriorado tus cuadernos.

            Cuando llegaba esa época, si eras hombrecito y bastante que lo éramos, teníamos que ser dueños de un trompo con su cordel de pita huascar (cordel para albañiles) que vendían en las ferreterías, mejor si no era hechizo por los carpinteros del pueblo, sino llegado de otros lugares, a los que se le llamaban “los extranjeros”.

Nunca tuve necesidad de comprarme un trompo, porque un par de puertas más abajo de mi casa estaba la carpintería de don Calixto Zevallos, el carpintero del barrio. Solo había que trabajar para él moviendo incansablemente la enorme rueda de su torno y después de haber torneado varias patas de mesas, de sillas y no sé de qué otras cosas más, casi al final del día, por fin encontraba un pequeño trozo de madera de “lloqke”, y diciéndonos que esa era la madera más dura de los andes, y que en el tiempo de los incas se usaba como "makana" o garrote de guerra.

Inmediatamente nos volvían las fuerzas y movíamos llenos de júbilo la rueda de ese formidable y metálico torno, entonces poco a poco como si estuviéramos delante de un mago, veíamos asombrados cómo don Calixto iba haciendo aparecer de la madera de los incas nuestros poderosos trompos. Eran grandes y hermosos con tres rayas en su cabeza para que al envolverlo con el cordel este no se chorreara. Después casi rogando a Dios que no se quebrara, veíamos cómo diestramente les ponía sus púas con clavo, no de alambre como los que vendían en el mercado, le cortaba la cabeza, lo limaba un poco y nos lo entregaba. Después gritando: “¡Gracias!”, “¡Gracias!” “¡Gracias!”, nos salíamos del taller a suplicar a nuestra madre para que nos diera plata para comprar el cordel de pita huascar, sino, no valía, y al final hacerle un nudo y ponerle una chapita de gaseosa ahuecada en el centro, y ya tenías trompo. 

Muchos de mis amigos que vivían en el campo o no tenían la suerte de poseer dinero para comprar una pita huascar, simplemente salían a las afueras de la ciudad y con los dientes jalaban la espina de las pencas de las cabuyas y sacaban un largo y fino hilo que luego diestramente torcían hasta hacerse un cordel que nada tenía que envidiar a los mejores.  

Pero fuese como fuese, mi único y adorado trompo siempre sería el más “pajita”, que significaba que por tener la púa bien centrada y lo suficientemente roma, al momento de bailar en el suelo debía hacerlo en un solo sitio y en la mano no debía pesar mucho, y además ser “utinchu” que por eso mismo y por ser muy fino, sus giros debían durar más que de los otros trompos. Sino hacía eso y se ponía a bailar saltando entonces era un “chakchanco” y de poco vuelo. Antes de empezar cualquier juego, todos los jugadores, a una orden echábamos a bailar nuestros trompos, y el que duraba más tiempo bailando, era el mejor trompo y su dueño el mejor jugador.

Después de algún entrenamiento podías presumir de ser un maestro en el manejo de ese juguete, porque podías realizar toda clase de suertes como “tiro al aire” que era lanzar el trompo con la punta hacia arriba y cuando estaba por caer al suelo se tiraba del cordel y el trompo se levantaba en el aire a la altura de tu cabeza y quizá un poco más, y al tiempo de caer se lo recibía con la palma de la mano. Otra era “el puentecito” que consistía en lanzar un “hilo al aire” y después de recibirlo con la palma de la mano derecha hacerlo deslizar por el cordel hasta la palma de la otra mano. Otro truco era lanzar el trompo al suelo y recogerlo con el cordel para que caiga en la palma de cualquiera de tus manos. Recuerdo que una vez llegó un circo a la ciudad y una de las rutinas era la presentación de un mago diestro en el manejo de dos enormes trompos de colores, hizo varios increíbles trucos con ambos, que después tratamos de imitarlo, pero como no nos salió ninguno, nos consolamos diciendo que esos trompos eran mágicos.
 
Los más mozos jugaban a las “tacas”, que consistía en trazar con un palo un círculo de más de un metro de diámetro en el suelo de tierra de la calle  y poner un trompo al centro al cual los jugadores debían dar un latigazo con sus cordeles que al final tenía la chapita que debía dejar una marca. Perdía el que marcaba más lejos y como castigo debía dejar su trompo al centro. Luego los demás debían echar a bailar sus trompos tratando de sacarlo del círculo. Si uno de los jugadores no lograba golpear el trompo muerto de un solo tiro, debía poner su trompo al castigo en el lugar donde estaba el perdonado. Y así poco a poco hasta que saliera del círculo. 

Luego el juego continuaba, seguido por una turba de espectadores, hacia un lugar marcado a unos siete o más metros de distancia del círculo. Si en su turno un jugador no lograba con su lanzamiento golpear al trompo caído, tenía la opción de levantar su trompo bailando hacia la palma de su mano y luego golpear al trompo caído tratando de hacerlo avanzar hacia el lugar marcado, desde allí continuando en el mismo afán volvían al círculo. El jugador que no llegaba por lo menos a tocar el trompo caído perdía, entonces debía reemplazar con el suyo al trompo castigado. La alegría del jugador que recogía su trompo del suelo era directamente proporcional a la tristeza o la rabia del que debía dejar su trompo en el suelo. 

Y el juego seguía hasta llegar al borde del circulo donde los jugadores debían alinear el trompo caído, tanto la cabeza como la púa dentro del surco de su raya, entonces acababa el juego y uno de los jugadores, que generalmente era el más maloso, cogía el trompo y lo llevaba hacia un lugar de la misma calle de tierra y con una piedra lo clavaba en el suelo donde cada ganador le daba cinco, diez o más golpes o “tacas”, según hayan apostado, con la púa de sus trompos en el afán de hacerle el mayor daño posible al trompo del perdedor.

       Algunas veces el perdedor para recibir ese castigo ponía su “mochanco” que era un trompo chusco y barato que hacía de testaferro para recibir las “tacas”. No faltaban los malosos que tenían sus “mochancos tacadores” con una punta plana y filuda como la de un desarmador con el que le sacaban la “mejor carnecita” a los trompos perdedores. Raras veces, superando la vergüenza, el perdedor se ponía a llorar por la desgracia de su trompo, entonces lo perdonaban, pero los victoriosos jamás volvían a jugar con él, por mariquita.



martes, 9 de julio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (10)

[Los caballos] 

Los caballos que bajaban de las chacras que están en las faldas del Apu Ampay, de los bajíos de Soccllaccasa y Rontoccocha y de las que están tras el cerro Quisapata trayendo alfalfa, chala y cebada para los cuyes y los chanchos que se criaban en casa, leche de vaca, verduras, sacos de papas, ollucos, maíz, jora, carne de res, cerdo o corderos y todo lo que podían cargar, le daban a Abancay su semblante de pueblo rural y pretérito.

Los que en tropa llegaban desde la mina de sal de Cachicunca de la hacienda Karqueque del distrito de Huanipaca por la ruta de Ccoya, Karkatera y Moyocorral capitaneados por uno grande y majestuoso trayendo grandes bloques de sal de color rojo terroso o morado metálico, para que como suplemento alimenticio lamieran los ganados. Los sudorosos y sedientos jamelgos que subían de las haciendas del valle del río Pachachaca cargados con negros odres de aguardiente, que me hacían recordar con pavor que esos globos de cuero pertenecían a la piel de unos pobrecitos chivos que habían sido desollados vivos o, los cargados de chancaca y mala hoja para el techo de las chozas, eran el motor de la economía del valle.

Los que trajinaban por sus caballunas vidas mansos y cansados, pero también los chúcaros y peligrosos, y las altas y poderosas mulas que mostraban su aire agresivo, quizá por ser animales híbridos y sin capacidad de reproducirse. Todos soportando a las buenas o a las malas a sus bravucones y bulliciosos jinetes, que les daban poderosas órdenes con un tono de voz que les salía desde sus estómagos. "!Izka, izka!” tirando la rienda para que se detenga el animal, o hincándole suavemente los costados para que avance, o el mismo "!Izka, izka!”, para que quede quieto al momento de montarlo o cargarlo. Además de estas dos órdenes básicas, cada jinete tenía una muy especial comunicación con su animal, ya sea por señas o particulares órdenes orales.

Había unos que habían nacido y crecido en el campo, incluso habían sido domesticados para el trabajo en esos parajes abiertos, donde solo se podía contemplar altas montañas, interminables punas, lejanas distancias y profundos valles, por eso cuando llegaban a la ciudad se espantaban con la estrechez de las calles y las paredes de las casas que seguramente debía parecerles un oscuro y tétrico laberinto y los pocos carros que en esos tiempos circulaban con sus motorizados ruidos, amenazantes fieras, de modo que ingresaban al pueblo con la cabeza tapada con una chalina o una vieja lliclla. “Ojos que no ven, corazón que no siente.”

En sus conversaciones, mi padre y sus amigos solían comentar que los caballos eran muy inteligentes y que podían recordar a sus dueños y también los lugares y experiencias en los que  habían estado hace ya bastante tiempo, y por eso sabían regresar solos a sus lejanas cabañas cuando sus dueños les ordenaban.

Cuando dos o tres caballos descargaban en la puerta de mi casa la leña que traían, con el permiso de su dueño, mis amigos y yo nos subíamos a su lomo para alucinar que éramos los increíbles jinetes de las coboyadas que veíamos en el cine. Pero en cuanto alguno de los palomillas de mi calle, hacían el ademán de pincharlos para que en loca carrera salieran volando, nos inquietábamos de sobremanera y saltábamos de la bestia para emprenderla a puñetazos contra el imprudente bromista, porque la caída de un chiquillo desde el lomo de un caballo desbocado sobre el rústico empedrado, podía quebrarle varios huesos y hasta provocarle la muerte.

Terminado su negocio, para consolarnos el dueño nos subía a sus caballos y jalando el mismo las riendas nos paseaba dos o tres cuadras antes de despedirnos. Nos hacia esta deferencia porque sabía que uno de nosotros lo volvería a esperar en el camino real que subía de la capilla del “Señor de la Caída” hacia Maucacalle, para que vendiera su leña en nuestra casa.

Nuestra orden en aquellos tiempos era: “¡Eucalipto, no!” Lo que quería decir que debíamos esperar a que pasara uno o varios caballos cargados de leña de unca o chachacomo, porque ardían bonito y sin arrojar mucho humo, pero sobretodo porque dejaban grandes trozos de carbón que después servirían para calentar la plancha que quitaría las arrugas de las ropas.  

Algunas veces aparecían por mi calle, que estaba al frente de la casa donde funcionaban los Juzgados de Primera Instancia en lo Civil y Penal, grandes y briosos caballos de paso que con derroche de maestría cabalgaban los gamonales de los fundos de los otros distritos, y que airosos traqueteaban sobre los empedrados de la calzada de las calles de mi ciudad. Eran hermosas bestias que lucían una fina silla de montar con un fuste delante y una enorme cincha de cuero para sujetarla al animal, así como los arciones y estribos para las piernas. Podíamos ver y admirar cómo estos jinetes hacían alarde de su destreza en domar y conducir el animal con una fina rienda de cuero con adornos de plata.

Aunque estos, un tanto más refinados, se parecían mucho a los gamonales que José María Arguedas había descrito en su novela “Los ríos profundos”, leamos: “En los días de fiesta, o cuando se dirigen a la capital de la provincia, visten de casimir, montan sobre pellones sampedranos, con apero de gala cubierto de anillos de plata, estribos con anchas fajas de metal y «roncadoras», con una gran aspa de acero. Parecen transformados; cruzan la plaza a galope u obligan a los caballos a trotar a paso menudo, braceando. Cuando se emborrachan, estando así vestidos, hincan las espuelas hasta abrir una herida a los caballos; los estribos y el aspa de las espuelas se bañan en sangre. Luego se lanzan a carrera por las calles y sientan a los caballos en las esquinas. Temblando, las bestias resbalan en el empedrado, y el jinete las obliga a retroceder. A veces los caballos se paran y levantan las patas delanteras, pero entonces la espuela se hunde más en la herida y la rienda es recogida con crueldad; el jinete exige, le atormenta el orgullo. La gente los contempla formando grupos. Muy rara vez el caballo logra arrancar la brida y zafar hacia el camino, arrastrando y sacudiéndolo sobre la tierra".

            A mi pandilla le gustaba contemplar cómo subían y bajaban lentamente los caballos por el camino de herradura del cerro Quisapata, y que a la distancia los veíamos como si fueran grandes hormigas. Unos eran negros, otros alazanes, algunos blancos y otros marrones,  y nos poníamos a escoger y apostar retándonos: “Mi caballo que es aquel blanquito va a llegar primero hasta el aviso que dice “MG”, y nos movíamos a renegar cuando en el camino un caballo que bajaba no le dejaba pasar a nuestro escogido, cuando en realidad era que los jinetes, lejos de estar peleándose por pasar, estaban saludándose y conversando animadamente.

Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo

Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo

[Las pozas en los riachuelos] 

Cuando llegaba el tiempo de las lluvias que para nuestro hemisferio Sur corresponde al verano, todos los ríos se cargaban y amenazaban peligrosamente la vida de los hombres y los animales. Después y a medida que iba mermando su caudal y aumentando el calor del sol del otoño, el río Mariño y los riachuelos del Olivo y Colcaqui que bajaban del Apu Ampay, eran nuestro lugar preferido de paseo y diversión, pues en sus orillas como si fuéramos los castores de estas latitudes, cada pandilla de mocitos construían su poza a lo largo de estos riachuelos, y la hacían respetar como si fuera de su legítima propiedad. 

Allí los sábados y domingos, desnudos o en calzoncillos, metidos en el riachuelo construíamos nuestra poza, que era un dique de mampostería de piedra, que fila a fila, aplastaba champas de kikuyo arrancados de las inmediaciones del lugar con los picos que los más entusiastas traían de sus casas. A eso se le agregaba ramas de guarango, higuerilla, lenguaywaca y otras yerbas más que podían servir de tapón para que no se escapará el río.

A medida que el nivel del agua iba aumentando desde nuestros tobillos a nuestras rodillas y de allí a nuestras panzas, pero cuando el agua llegaba a nuestros cuellos sentíamos que íbamos bien en la construcción, y cuando esta rozaba nuestros labios, ya estábamos en la gloria. A medida que avanzaba la obra nuestro entusiasmo iba aumentando hasta convertirse en un coro de jubilosos obreros.

A ese pozo nos lanzábamos desde las piedras, que por ser muy grandes, no se habían inundado, imitando el grito y los golpes de pecho de Tarzán y mordiendo un pequeño palo que eran nuestros cuchillos con los que debíamos matar varios cocodrilos. Nadábamos a lo perrito, flotábamos como muertitos, buceábamos y nos creíamos los peces de nuestro propio acuario. No nos importaba que nuestros pellejos se quemaran, nuestra cara se pusiera morada y los mocos nos salieran profusamente, pero de allí no nos movíamos hasta que se pusiera el sol, para salir castañeando los dientes de frío, diciendo el consabido ¡Alalau! con los ojos rojos como los de un cuy.

Al día siguiente, vivos o muertos, allí nos aparecíamos para reparar nuestra poza y seguir disfrutando de la mejor aventura que nos puede ofrecer la vida: la niñez.

Entre baño y baño construíamos molinos de cabuyas que consistía en cortar unos cuarenta centímetros del cogollo de un maguey, ponerle la espina de su punta en la base, después hincarle las paletas para que el agua moviera el molino con los cabos de las pencas de otros magueyes. Luego en un lugar aparente del riachuelo fijarlo sobre una piedra plana y después mantenerlo erguido sobre su púa introduciendo una parte de su extremo superior en el hoyo que abríamos en una hoja grande del mismo maguey, y para hacer girar el molinillo, con otra penca de maguey dirigíamos un chorro de agua a las paletas de su base, y era entonces que nuestro molino comenzaba a girar sin parar. Finalmente le amarrábamos un papel a la punta, y muy felices nos íbamos a meter a nuestra poza. De cuando en cuando le echábamos un vistazo para saber si nuestro maravilloso artefacto, seguía funcionando.

Pero una vez no pude aparecerme en mi estanque, porque tenía una inflamación de oídos que me provocaba tan fuerte dolor que me hizo llorar toda la noche, pero en cuanto me curaron con un cucurucho de papel periódico quemado, unas gotas de congona y un tapón de ajo, volvía a mi poza. Pero si eso no te sanaba, acababas yendo al hospital, para que te pusieran unas gotas, y otras más en tu casa del gotero que compraban en la botica, previa amenaza de que la próxima vez  te pondrían diez inyecciones en el poto con una enorme jeringa de vidrio que te mostraban, cuyo extremo se parecía a la aguja de un arriero, de esos tremendísimos que mi abuela llamaba "yaure".

Pero apenas sanabas, otra vez estabas ahí. Por qué no, si la vida era bella. Además  por consejos de los pacientes del mismo mal habías aprendido a sacarte el agua de los oídos, presionando fuertemente la nariz con el índice y el pulgar y sonándote enérgicamente, para que el cambio en la presión del aire sacara el agua atrapada en tus oídos, y el infalible remedio de inclinar la cabeza hacia un lado hasta que el oído con agua esté en dirección al suelo y saltar vigorosamente en un pie hasta sentir que todo el agua almacenada en tus oídos salía calentita.

Era obligación de todos los pikis que nos creíamos buenos nadadores, visitar las famosas pozas que los más grandes habían construido en el mismísimo río Mariño o en el río Kolkaqui, que a mocosos de nuestra talla nos tapaba, bien tapados. Apenas una o dos veces logramos bañarnos en esos grandiosos estanques, porque sus mezquinos dueños se atajaban o porque tenían miedo a que pudiéramos ahogarnos. A esa negativa reclamábamos diciendo: “¿Pero si yo me baño en la piscina municipal?” “¡Entonces anda ahí!”, nos replicaban. La más famosa era la de “la curva”, porque se había corrido la voz que en sus profundidades habían encontrado a un mocoso muerto e hinchado como una pelota de fucucho (vejiga de cerdo). 

Foto: Ciro Víctor Palomino Dongo

[Las lluvias] 

En plena temporada de baños se acercaba la estación de las lluvias con sus truenos, relámpagos y rayos que para esa temprana edad, era un fenómeno inmensamente aterrador, que llenándonos de miedo nos reunía a todos los pequeños de la casa en el dormitorio, donde repentinamente penetraba la luz enceguecedora de los relámpagos alumbrando hasta los últimos rincones, y unos segundos después escuchábamos el atronador ruido de los truenos que nos daban la impresión que desde el cielo, como por una altísima e invisible montaña de piedras, venían rodando cuesta abajo gigantescos cilindros, dándonos la impresión que esos imaginarios objetos acabarían aplastando todas las casas de nuestro vecindario. No por casualidad los antiguos habitantes de estos valles eran adoradores de Illapa el dios del rayo andino, que tenía su santuario en el lugar donde se construyó la antigua casona de la hacienda Illanya. En esas espantosas situaciones mis hermanas imploraban con mucha devoción a Santa Bárbara, diciendo: “Santa Bárbara, bendita, por favor tráenos el sol y el agua quita.”, a lo que los varoncitos debíamos responder: “San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol”.

Pero cuando después de los rayos y truenos, los chaparrones caían a eso de las tres o las cuatro de la tarde, salíamos al patio de la casa para mojarnos hasta los huesos con las tibias aguas que caían por las chorreras de los tejados. Mi madre se complacía riéndose de la alegría que nos provocaba esta travesura e incluso nos alcanzaba jabón para que termináramos de bañarnos. Después nos servía sendas tazas de leche caliente mezclada con el aromático café que artesanalmente se tostaba y molía en casa, acompañado de unos panes comunes repletos de mermelada de duraznos o membrillo o nísperos, nata, miel de abejas o manjar blanco, que nunca faltaban en casa.

Había veces en que las lluvias, ya no nos gustaban tanto, porque su escasez se llamaba sequía y a la larga esta carencia se convertía en hambre para las buenas gentes de los campos y sus animales. Pero su anormal abundancia provocaba los huaycos que arrasaban chacras, bosques, caminos, viviendas, animales y hasta las vidas de las gentes, como la avalancha que se produjo en el mes de febrero del año 1951 en los sectores de Sahuanay, Maucacalle y Chinchichaca de la cuenca del río “Olivo”, y que fue descrito por el geólogo de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, profesor Carlos Kalafatovich en su trabajo: “Observaciones Geológicas sobre los deslizamientos de la Quebrada Ampay”.

Sobre este desastre natural, que se había producido cuando todavía no había nacido, pero que amenaza siempre a la ciudad, en mi niñez escuchaba, que una vez por el río Olivo se vino un gigantesco huayco de lodo y de piedras, que gracias a Dios, se detuvo en el barrio Olivo y que formó un inmenso fango donde estaban enterrados o en la superficie varios cadáveres y animales muertos y un sin número de intimpas, tastas, cceuñas, chachacomas, pisonaes y eucaliptos con su raíz y todo, que le sirvió por mucho tiempo a la gente pobre del pueblo como depósito de leña, y que la profundidad del barro era tan grande que podía tragarse a un jinete caballo y todo y hasta un camión.     

Relámpagos, rayos y truenos (Foto Internet)

[El café] 

El bendito café de grandes granos y de color verde, llegaba a nuestra ciudad desde la ceja de selva de la provincia de La Convención del departamento del Cusco y que mi padre llamaba “café árabe”, y que amorosamente mi madre tostaba en una callana de arcilla montada sobre una gran fogata, con azúcar rubia y cascaras secas de naranja hasta que se pusieran negros y fragantes, y que luego de enfriarse los molía en un molinillo de metal color verde que tenía como una especie de copa encima, una manivela al centro y debajo un cajoncito como de una cómoda donde caía el café tostado hecho trizas. Ese molido se guardaba en un frasco de vidrio con tapa rosca, para que con el correr de los días no perdiera su delicioso y afrutado aroma.

Para beberlo ese molido se "pasaba" en unas cafeteras de aluminio de dos cuerpos, el de arriba era más estrecho y tenía su propia asa; esta contenía el café molido. Esa  pieza terminaba en una tapa y se montaba sobre una jarra que tenía un pico largo como el de una tetera y un asa más grande. Para evitar que se colara el polvillo más fino del café molido y así saliera más purito, se le agregaba un filtro que era una media de nylon. Se vertía agua de la más hirviente en la parte de arriba y se tapaba. Cuando acababa de filtrarse se vaciaba en un jarro, a este se le llamaba “café puro o café negro” y era guardado aparte. Después se le  agregaba un poco más de agua hervida, para “sacarle el jugo”, es decir un poco más de la esencia que aún le pudiera guardar, a este se le llamaba “cafiote” y era reservado para los que no les gustaba o les molestaba el café de verdad.

Cuando se enfriaba se llenaban en unos frascos que eran iguales a los del aceite o vinagre, de cuerpo ancho que se iba angostando a un cuello largo que acababa en un pico muy fino y gracioso que empezaba desde su panza y acababa a la altura de su boca. Detrás de ese pico la botellita tenía un asita muy coqueta. Finalmente se la tapaba con un corcho, y allí estaba la esencia de café para el desayuno, el lonche, la sobremesa y para cuando hiciera falta, especialmente en los días y noches de frio.

       Felizmente en esos tiempos a nadie se le había ocurrido la monserga de que los niños no podíamos tomar café, porque tenía la peligrosa “cafeína” que podía ponerlos muy loquitos o más loquitos de lo que ya estaban. 


Antiguo molinillo de café (Foto Internet)

viernes, 5 de julio de 2019

EL TIEMPO DE OTRO TIEMPO (9)

[Las chicherías] 

Chicha es el nombre que recibe la bebida derivada de la fermentación no destilada de los granos del maíz. En quechua se llama  “aqha” y al lugar donde la expenden “Aqhahuasi”. Su elaboración artesanal a partir de la jora (maíz germinado) consigue una leve o mediana graduación alcohólica, que por su color amarillento, los abanquinos lo llamamos cariñosamente “Bayo”.

A los lugares donde se vende esta bebida se les llama simplemente: chicherías. Estas tienen un origen europeo e indoamericano, de una parte es la clásica venta española, que eran los precarios establecimientos de arquitectura popular situados originalmente en los caminos o despoblados de España, para vender (de allí su nombre “venta”) a los viajeros, comida y alojamiento. Sobre estas “ventas” es famoso el pasaje del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes: “...anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar y llegó a ella a tiempo que anochecía.”.

Y de la parte americana es heredera del tambo o tampu incaico, que era el lugar donde los viajeros recibían techo y alimentación como apoyo del Estado. Un tambo famoso de Abancay fue el tambo real de Urco, que era así como se llamaba en tiempos precolombinos ese distrito, y por su tambo situado entre el tambo de Curahuasi y el tambo de Ccochacajas en Huancarama, acabó llamándose el Tambo de Urco y más tarde resumidamente: Tamburco.

Un poco más arriba de mi casa existía hasta cuatro chicherías en ambos lados de la calle. La señal de que había chicha y picantes a la venta era que a un costado de su puerta principal, se exhibía una banderita roja que junto a un atado de ramas de ruda florecida, flameaba al final de un largo carrizo. El hecho que estuvieran más o menos concurridas, la daban la cantidad de caballos que con sus aperos de carga se estacionaban en sus inmediaciones.

Muchas veces tuve que ir a comprar varios vasos de chicha para los peones que poco a poco, seguramente según el dinero que disponían mis padres, iban ampliando la casa. En un principio, los vasos en que se vendía la chicha a los parroquianos me parecieron increíblemente grandes, pues podían contener hasta casi un litro y medio de chicha, a estos hasta ahora se les llama: “caporales”.

Otras veces iba a comprar “borra” que era una sustancia espesa de color marrón, que la propietaria del establecimiento sacaba del fondo de una enorme tinaja de barro y que tenía el olor a mil veces chicha, y que en el pueblo era usado como levadura para hacer los panes.

            Las chicherías que visitaba tenían una grande y robusta mesa de factura muy rústica rodeaba de bancas también artesanales cubiertas con pellejos de carnero o raídos ponchos y frazadas. No estaban pintadas, pero el paso del tiempo y su uso le habían obsequiado un bonito color rojo púrpura oscuro, como el de la caoba.

Recuerdo que el lugar olía, no solo a fermento de jora sino a suculentos picantes de papas, de atacco, de ullpu cuando era el tiempo de las lluvias, y quizá en tiempos más remotos se haya servido la ensalada de “gallitos” de pisonay referida por Manuel Espinavete López en su “Descripción de la Provincia de Abancay” de 1795, publicada en “El Mercurio Peruano”; de menudencias de carnero y de res, los ccapchis de haba o arvejas,  y el siempre bienvenido “solterito”, la infaltable uchucuta molida con jajas secas y sachatomate sofrito en manteca de chancho o los modestos antiporotos con queso.

Solo los sábados y domingos era un deleite oler los cuyes rellenos y chactados, los tallarines hechos en casa con estofado de gallina y rocoto relleno, los chicharrones con papas doradas, un mote de selecto maíz blanco con ensalada de cebollas, rocotos, tomates y yerba buena que para conocimiento público se freían en la puerta del establecimiento y que a las dos horas se acababan, porque a todo el vecindario se le antojaba comprárselos en sus propios platos para disfrutarlos en casa,  y los guisos a base de carne de res o de gallinas.  

Todos estos típicos y sabrosos potajes se degustaban con un caporal de “bayo” y se asentaban con una buena copa de chacta (aguardiente de caña) o un adormilado compuesto abanquino, que los clientes llamaban “bajamar”. En esas oportunidades podías encontrar, separados de los chacareros, arrieros y jinetes, a los golosos habitantes del pueblo que generalmente eran comerciantes, artesanos y empleados.

            Me acuerdo de sus dueñas, que de natural eran muy amables y bonachonas, me saludaban muy cariñosamente: “¡Buenas tardes Wiraccocha!”, no porque fuera un mocoso engreído, sino porque venía a comprar con dinero en efectivo ocho o diez vasos de chicha. Al tiempo que me despachaba, preguntaba por mis padres y les enviaba sus respetuosos saludos. Después de pagarle me ordenaba que me sentara en un mullido pellejo de oveja junto a los otros parroquianos. Al cabo de un rato llena del comedimiento que les hacía a sus mejores clientes, me alcanzaba un pequeño pero sabroso plato de picante y un vasito de chicha azucarada. Era la cortesía de la casa y era su manera de tratarme como el hombrecito que era. Sólo por eso nunca chistaba cuando me hacían ese mandado.

            Memoro que como a las misas o a las procesiones, a esos locales asistían con toda naturalidad hombres y mujeres vestidos con sus trajes típicos, que además de libar y comer compartían sus conocimientos y preocupaciones acerca del clima, de la propiedad o posesión de sus tierras, del agua de riego, de las semillas, de los cultivos, de la cosecha, de los precios de sus productos, las herramientas y de su ganado, pero sin dejar de comentar sobre las propiedades curativas de las plantas y sin dejar de darse noticias acerca de las haciendas y los hacendados y todas las anécdotas y chismes que sobre ellos, los políticos y las autoridades a su servicio, se tejían. Pero también de los tapados, de las brujerías, de los poderes de tal o cual curandero o camacguagia (chamanes) y sobre la suerte o el infortunio de los paisanos, tal y como ahora lo hacen las crónicas faranduleras de la televisión, pero sin la riqueza de su sabiduría ancestral.

En fin, allí se hablaba y seguramente se habla todavía sobre la vida, pasión y muerte de los campesinos de este valle, y de no pocas cosas acerca del mundo de la Pachamama, de los Apus, los gentiles y de los otros quintos infiernos. 





[El juego del tejo] 

Pasando el ambiente principal que daba a la calle y que solía llamarse la tienda, se llegaba al patio donde, dependiendo del día y la hora, se reunía un buen grupo de parroquianos para jugar un juego de origen inglés que se llamaba el Tejo, porque antiguamente se jugaba con pedazos de tejas de arcilla, pero que en esos tiempos yo vi que lo jugaban con grandes monedas de un Sol de plata de cinco décimos, que en una de sus caras representaba a la “Madre Patria” con una leyenda que decía: “FIRME Y FELIZ POR LA UNIÓN” y en la otra el Sello del Escudo Peruano. Más tarde estas fichas se fueron degradando a solo simples monedas de un Sol de Oro de cobre y zinc.

El centenario “Tejo” abanquino se jugaba en equipos de dos personas y cada una debía tener dos monedas que se les llamaba las fichas. El juego consistía en lanzar las dos fichas hacia un hoyo cavado en el suelo de tierra que se llamaba “popo”, desde una distancia de doce buenos pasos, unos diez o más metros. Ese agujero estaba enmarcado en un cuadrado rayado en el suelo de aproximadamente 30 centímetros de lado, que estaba dividido en dos campos rectangulares de 15 X 30 centímetros que los competidores lo mantenían constantemente humedecido para que las monedas no revotaran al caer.

En medio del rectángulo superior estaba el agujero donde muy ajustadamente podía entrar una ficha o moneda, detrás del agujero había clavado un cuchillo artesanal al cual los mejores jugadores apuntaban sus fichas antes de lanzarlas. El rectángulo inferior estaba libre, las monedas que caían dentro de él, valían 1 punto, y si aterrizaban en el segundo valían 2 puntos. Meter la ficha en el hoyo 3 puntos. A esa feliz y difícil jugada se le llamaba “Popo”.

Para escoger el turno de salida, los jugadores desde la distancia convenida, uno tras  otro, lanzaban una ficha, el que la había lanzado más cerca del hoyo saldría de segundo. Si los jugadores eran cuatro o quizá seis, por el mismo sorteo lanzaban intercalados. Entonces comenzaba el juego. Lanzadas las monedas, las que quedaban dentro de los rectángulos no debían moverse hasta que finalizara el turno, que era cuando todos los jugadores habían lanzado sus fichas, entonces se sumaban los puntos obtenidos y el puntaje parcial quedaba 5 a 3 o 4 a 2, y este se escribía en una pequeña pizarra de madera, para que no hubiera ninguna duda. Después de esa jornada se servían sus “bayos” para aplacar la sed, mejorar la puntería o simplemente para que las moscas y abejas no acabaran suicidándose dentro de sus caporales. Si los competidores tenían el propósito de embriagarse, cada caporal era acompañado con una copa de chacta a la que llamaban “punto”, en alusión al golpe firme y seco que debía darse al barreno cuando estaban perforando una roca. 
  
Otro detalle que vi y después aprendí, es que en estas chicherías, los campesinos de mi tierra, antes de libar un caporal de chicha echan un poquito al suelo en señal de un respetuoso brindis con la Pachamama (la madre tierra) y cuando toman una copa de aguardiente de caña, sumergen el dedo índice de la mano derecha en la copa y haciendo presión con el pulgar esparcen unas gotas de licor en el aire, al tiempo que miran y saludan a los Apus de su devoción e invocando sus poderosos nombres ofrecen: “Por ti Apu Ampay”“Por ti Apu Ccorahuire”, “Por ti Apu Quisapata”.


            Ya después, y no porque me lo haya enseñado un mentiroso chaman, sino por experiencias mías en las Comunidades Campesinas, entendí que estos hombres y mujeres jamás brindan por sus semejantes, eso solo lo hacen los débiles de las ciudades frente a los poderosos que los humillan con algún pequeño favor que pueden hacerles; sino lo hacen por sus deidades, y no para pedirles un milagro como lo hacemos nosotros los hipócritas creyentes en sus templos plagados de crucifijos e imágenes, sino para agradecerles por la buena tierra, por las abundantes cosechas y la multiplicación del ganado y las crianzas, que ha de permitir que el universo siga  su danza celestial, y para que la vida siempre sea más fuerte que la muerte. 

Eso del turno era muy importante, porque si una moneda “montaba” a una que se encontraba en cualquiera de los rectángulos, la ficha montada perdía su puntaje, y si la montada era dentro del hoyo, también. El juego lo ganaba el equipo que hubiera logrado acumular 21 puntos, y era entonces cuando el equipo perdedor debía pagar lo que se había apostado, que generalmente era el consumo de la chicha, comida y aguardiente del equipo ganador. Entre los jugadores más avezados, previo acuerdo de las partes, el juego terminaba cuando una moneda era montada dentro del agujero.
     
Por supuesto que ese juego lo replicábamos en la calle y en el patio de nuestra casa, aunque las fichas no eran grandes monedas sino pedazos de teja al que pacientemente le dábamos un contorno circular, pero como las fichas resultaban siempre toscas el hueco o popo debía ser más amplio y los dos rectángulos igual. A la larga ese entrenamiento infantil nos sirvió para ganar varios vasos de chicha y algunos picantes cuando de colegiales acudíamos a las chicherías: “Porque el grauino es hombre macho / y tiene plata para chupar”.

No me olvido que en algunas de esas chicherías había un aparato de radio que tenía una antena que desde el artefacto se prolongaba por medio de un alambre hasta un lejano árbol, dizque para captar con mayor nitidez las emisoras que querían escuchar, y así lograban darle un aire de contemporánea alegría al negocio.

La emisora favorita que sintonizaban era Radio Salkantay del Cusco, y si ponías atención podías escuchar estos sempiternos huaynos: "Patito que haces en el mar / navegando noche y día / sal de las playas, vámonos conmigo / Vámonos por los senderos / Conservando las esperanzas de no volver más a tus cabañas / Yo también sufro como tu / El mal pago de una ingrata /que sin motivo me ha abandonado / en un mar de sufrimiento / que poquito a poco me va consumiendo / Ay patito, patito, patito fiel compañero / sigamos igual camino aunque perdamos la vida…” o aquella que decía: "Valicha lisa pasñari / Niñachay de veras / Maypiraq kutanky / Valicha lisa pasñari / Niñachay de veras / Maypiraq kutanky….” o esta: Cervecita blanca huaracina / Eso no se toma, sin su dueño/ Y si lo has tomado /Caro o cuesta / veinticinco libras la docena…..” o talvez esta: “Ingrata chinita, / por qué pues te alejas / de tu amorcito / que está llorando? / Donde están pues / aquellas horas / en que me decías / papacito te quiero mucho / con todito el alma. / Mentiras, engaños / y ambicias del mundo, / ése es tu nombre, / china perdida. / Aprovechaste de mi corazón / para engañarme. / Tu pensarías que yo era rico / pero te ensartaste.”, o esta otra: Estoy muy triste en la vida / malaya mi destino airampito / como quisiera tomar chichita / de tus flores. / Así podría beber el néctar / del olvido.”, o esta clásica: “Campanario Mercedario, / por qué tan triste tu tocas? / Será porque mi dueña / se casa hoy en tu templo. / Que se case, que se case, / que se case con cualquiera. / yo mismo seré testigo, / testigo de su matrimonio. / Vuelve, vuelve palomita, / vuelve a tu nido abandonado / que en mi pecho no existe / rencores de tu abandono. / Campanario, campanario, / toca la dicha de ella; / doble por la despedida mía, / que pronto partiré lejos.”, y esta también: No vayas a pensar que si me dejas / toda la vida te lloraría / sé que sufriría por mucho tiempo / tarde o temprano te olvidaría”, o esta última: “Yo soy el tuquito / que aprende a volar / donde me cierra la noche / me pongo a llorar. / Yo no tengo padre / Yo no tengo madre / A quién contar mis penas / y mi sufrimientos.”, y así me pondría a transcribir decenas de páginas de estas canciones del corazón, del cariño, de la felicidad,  de la esperanza, del sufrimiento, del llanto, del recuerdo, del abandono, de la falsedad, de la soledad, del olvido, de la vida y de la muerte.

De pronto se escuchaba al locutor comunicando: “¡Atención Cachora!, ¡Atención Cachora! Mensaje para la familia Malpartida de parte de la señorita Clarabella. Mensaje para la familia Malpartida  de parte de la señorita Clarabella. El día lunes 08 de julio, viajo a esa, esperar con tres bestias en punta de carretera. El día lunes 03 de julio, viajo a esa, esperar con tres bestias en punta de carretera.”,  a ese aviso, los pícaros jugadores de tejo comentaban riéndose: “Al final solo las bestias de su padre y sus hermanos la van a esperar”. O aquellos que anunciaban la inminencia de la muerte de un anciano y que llamaban a sus parientes para que viajaran urgentemente a ese u otro pueblo, a lo que los ajahuicsas comentaban riéndose: “¡Pronta herencia!, seguro que hasta el perro vago se va a aparecer”.