miércoles, 28 de junio de 2017

PUENTE COLONIAL SOBRE EL RIO PACHACHACA (VI)

EL LIBRO DEL CABILDO DE LA CIUDAD DEL CUZCO

Para saber en qué año y durante qué gestión se construyó el puente sobre el río Abancay (Pachachaca), debemos acudir al “Libro del Cabildo de la Ciudad del Cuzco”[1] que publicó Laura Gonzáles con motivo del IV Centenario de la promulgación de las Leyes de  Indias, y que contiene las sesiones de ese Cabildo, que comenzaron el día 02 de enero de 1559 y terminaron a fines del año 1560.


Quienes eran los miembros del ese Cabildo[2]

La presentación de ese gran esfuerzo de investigación documental, nos señala quiénes fueron los miembros de aquel Cabildo durante el bienio 1559-1560:

     “Los miembros del ayuntamiento fueron: el licenciado Polo de Ondegardo,[3] corregidor;[4] Diego de los Ríos, Pedro López de Cazalla; Rodrigo de Esquivel, Jerónimo Costilla, Diego Ortiz de Guzmán, Juan de Salas, Diego de Trujillo, Juan de Berrio, Lope de Zuazo, Antonio de Quiñones, Martín Hurtado de Arbieto, Juan Alvarez Maldonado, y Sebastián de Cazalla, regidores y alcaldes. Como lengua e intérprete de los indios el cabildo utilizaba a Hernando de Morales. Todas las Actas van refrendadas por el escribano Sancho de Orúe, y, en ausencia de éste, por Juan López de Izturizaga.”[5]

Juan Polo de Ondegardo y Zárate

El Cabildo de la ciudad de Cusco acuerda solicitar la construcción de tres puentes.

El día 10 de julio de 1559, “…los muy magníficos señores cabildo, justicia e regimiento de esta ciudad”, acordaron solicitar al Virrey del Perú, la construcción de tres puentes de piedra dentro de la Jurisdicción del Corregimiento del Cusco; uno sobre el río Abancay, otro sobre el río Bermejo en el distrito de Limatambo de la provincia de Anta en Cusco y otro sobre el río Apurímac:

     “Este día se trató entre sus mercedes que por cuanto, como es notorio, los indios y naturales de esta provincia reciben gran trabajo y daño en andar mucha parte del año ocupados en hacer las puentes del camino real, las cuales como son de crizneja y los que pasan por ellas son muchos y las mercaderías y ganados y bastimentos que vienen a esta ciudad y pasan para adelante pacan todas las dichas puentes y las rompen y desbaratan cada día, y como los indios comarcanos han de acudir por fuerza a hacerles, reciben gran agravio y pierden de hacer sus sementeras por ser tan continuo el trabajo, y, dado caso que antiguamente los dichos indios hacían las dichas puentes y lo han tenido de costumbre hasta ahora, no padecían antes tanto trabajo como al presente, porque no pasaban recuas ni ganados ni en tanta cantidad gentes y mercaderías como ahora. Y, considerado esto, y que se podría excusar con que de una vez se hiciese y que de una vez pasasen el trabajo los dichos indios, y seria poco, atento a que la piedra y leña está junto y que hay lugares y sitios convenientes, así en Apurima como en Abancay y Riobermejo, atento que considerada la utilidad de las puentes Su Excelencia ha dado licencia y ha mandado hacer las puentes en la ciudad de Los Reyes y Charcas y Huamanga, que se pida y suplique hacer las dichas tres puentes y para que para el dicho efecto se pueda echar derrama y sisa y otras cosas convenientes, como lo ordenare este cabildo, teniendo cuenta y razón y libro y caja para ello, y que para que a Su Excelencia le conste de la necesidad e utilidad, que se tomen seis testigos, personas de autoridad y creencia de esta ciudad y se envíe todo junto a Su Excelencia, suplicándole haga esta merced bastantemente.”

Cabildo del Cusco
         Sobre este río Bermejo resulta pertinente señalar que Vasco de Contreras y Valverde, en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima de 1904, nos refiere lo siguiente:

“….Siete leguas de ella por el camino de Lima se pasa el Río Bermejo que lo es por los bárrales que tiñen sus aguas. Este fertiliza algunas  “chácaras" de indios y españoles que están en sus riberas (así llaman las haciendas de maíz y trigo los naturales de este reyno); tiene por vecinos el Río Blanco que, juntándose ambos más abajo, vienen á perder el nombre y las aguas en el soberbio rio de Apurímac”.

Y agrega;

Otros muchos arroyos hay que en tiempo de seca lo parecen, pero en el de las aguas son ríos peligrosos; como lo es el Rio Bermejo que atrás queda referido, pues viniendo de avenida, corre tan horrible, que parece hace temblar los montes; y la razón es porque de esta ciudad á la de Los Reyes el camino tira por cuestas y serranías altísimas; muchas quebradas, cuyos arroyos no tienen nombre, con las aguas del invierno se hacen ríos, como es el de Piucos, á quien ciñen dos grandes repechos, y con las vertientes de aquellas sierras se hace río harto provechoso, porque riega los cañaverales que hay en aquella quebrada".

¿Cómo se pagaron las obras de los puentes sobre los ríos Abancay y Apurímac?

Contando con el mandato del rey de España y del virrey en Lima para la construcción de los puentes sobre el río Abancay (Pachachaca) y Apurímac, para los fines de su financiamiento, el día  21 de enero de 1560, los miembros del Cabildo acordaron:

     “Este día acordaron sus mercedes que por cuanto por provisión y cédula de Su Majestad y del señor visorrey en su nombre, se ha echado derrama[6] sobre todas las mercaderías que entraren en esta ciudad para ayuda a pagar las obras de los puentes de Abancay y Apurima y del camino del Collao, y de otras partes, a las dichas mercaderías han echado su parte, y a la república de estadores, para que inventariado, lo abaleen conforme, a como es ordenare y mandare, y el que así no lo hiciere y cumpliere, incurra en pena de perder la décima parte de todo lo que valiere toda la dicha mercadería, aplicando la mitad para la obra del dicho puente y la otra mitad para el denunciador y juez que lo sentenciare…”

De otra parte, para mejorar el financiamiento de ambas obras se recurrió a los “repartos”, que consistía en la distribución compulsiva de mercaderías de origen europeo o proveniente de otras subregiones del virreinato que realizaban corregidores entre la población indígena y mestiza de su jurisdicción, según consta en el acuerdo del día 16 de febrero de 1560, veamos:

   “Este día se dió comisión a Luis de Espinosa y a Francisco Pinto, mercaderes, y Anton Ramos y a Juanes de Licarazo, para que repartan cuatro mil pesos corrientes entre los que viven e habitan y residen en esta ciudad, y lo que de ellos repartieren se guarde y cobre, juraron de lo hacer bien y fielmente. Estos se repartieron con los demás para la obra de los puentes de Abancay y Apurima y los demás, por la licencia del señor visorrey, y lo firmaron.”

El puente Pachachaca y las haciendas abanquinas
Acerca de la inspección de la obra

Las obras fueron permanente inspeccionadas, según aparece del acuerdo del día 26 de febrero de 1560:

“Este día cometieron a Pedro López Cazalla, regidor, que por cuanto el señor corregidor va a entender a ver la obra de o puentes de Abancay y Apurima y poner recaudo en lo que allí conviene”

El propio Licenciado Polo de Ondegardo, inspeccionó las obras de los puentes de sobre río Apurímac y río Abancay, razón por la cual el día 04 de marzo de 1560, encargaba los asuntos del cabildo del Cusco a don Antonio de Quiñones, veamos:

            “Este día el señor corregidor licenciado Polo, dijo que por cuanto su merced se va al puente de Apurima y al de Abancay, como está acordado, este cabildo para entender en visitar los caminos y tambos y puentes y dar orden en lo que más conviene a la gobernación de esta ciudad y justicia, por tanto, que el se parte mañana placiendo a Dios, por tanto, que él en su lugar y en su nombre remite y deja todos los negocios pendientes y por pender y comenzara Antonio de Quiñones, alcalde ordinario de Su Majestad….”

El pago al cantero de la obra

El día 19 de julio de 1560, se dictó libramiento (orden de pago) a favor del cantero de la obra de Abancay:

      “Este día se mandó dar libramiento para el mayordomo, que pague doscientos pesos al cantero que hace la obra del puente de Abancay, para cuenta de su salario.”

Mandato que se cumplió diez días después:

 “Acórdose este día que se dé libramiento para el mayordomo, que pague doscientos pesos Arizmendi, cantero, para cuenta de su salario, y tenga cuenta con él de lo que ha de haber y lo que se le pagará.”

Se toman los servicios de un médico

Ese mismo día, 29 de julio de 1560, acordaron asalariar a Diego Fernández se desplace al valle de Abancay para atender la salud de los indios que trabajaban en la obra:

“Este día trataron y acordaron que por cuanto los señores corregidor y Sebastián de Cazalla, regidor, concertaron con Diego Fernández que residiese en Abancay a curar y procurar la salud de los indios que enfermaren y en la obra del puente de Abancay, el cual lo ha hecho y hace bien y en gran provecho de los indios que andan en la dicha obra, que se le dé libramiento para el mayordomo de la ciudad, que le pague cincuenta pesos de presentes, por el un tercio que ha corrido hasta ahora, que le señalaron ciento e cincuenta pesos por un año, y aprobaron el concierto y mandaron que se le pagasen por sus tercios.”

Acuerdan contratar un carpintero

El día 13 de setiembre de 1560, acordaron contratar un carpintero para acelerar los trabajos de la cimbra[7] del puente de Abancay, la misma que por tratarse de la construcción de un puente de un solo arco volado y teniendo en cuenta la magnitud de la obra, ha debido ser para la época un armatoste de dimensiones colosales:
      
      “Este día acordaron que por que hay necesidad que el puente de Abancay se haga a toda prisa porque viene el invierno y la cimbra está por hacer, y porque los indios no estén allí en invierno, que se tome un carpintero que le haga con toda presteza y que se le den cincuenta pesos e hasta allí por su trabajo y se le paguen de la derrama.”






[1] GONZALES PUJAMA, Laura. El Libro del Cabildo de la Ciudad del Cuzco”. Boletín del Instituto Riva Agüero. 1977-1981. PUCP. Lima. 1982.
[2] El cabildo – también llamado ayuntamiento o consejo – era el representante legal de la ciudad o villa, el órgano municipal por medio del cual los vecinos velaban por los problemas judiciales, administrativos, económicos y militares del municipio. Su estructura y composición fue semejante a la que tuvieron los cabildos de España, pero sus atribuciones variaron y también su importancia política, debido a las condiciones especiales que tuvo la sociedad colonial.
     A partir de los primeros años de la Conquista constituyeron un eficaz mecanismo de representación de las elites locales frente a la burocracia real. Diversas disposiciones reales pretendieron someterlas a la autoridad de los representantes del rey de España, pero la lejanía con la metrópoli obligó a admitirles un alto grado de autarquía, al menos hasta fines del siglo XVIII, cuando las reformas borbónicas avanzaron sobre las atribuciones de los cabildos, principalmente por la creación de las intendencias.
De otra parte, los cabildos americanos eran el órgano de poder local municipal, en el que confluían atribuciones de carácter judicial (capacidad para conocer en primera instancia causas civiles o criminales), legislativo (derecho a redactar normativas que rigiesen la convivencia vecina en temas de seguridad ciudadana, sanidad, abastos, honorarios, aranceles, etc.), y ejecutivo (pues tenían poder para hacer cumplir la ley y castigar los actos que atentasen contra el orden y las las buenas costumbres); con una jurisdicción que abarcaba la propia ciudad o villa y todos sus términos.
[3] Juan Polo de Ondegardo y Zarate. Jurista castellano, nació en Valladolid – España en ¿1516-1519?. Realizó estudios de leyes en esa misma ciudad y en la de Salamanca hasta 1544 fecha en que decidió establecerse en el Perú hasta su muerte en 1575.
Fue partidario de los encomenderos sublevados, pero luego se unió a las tropas realistas. Tras la caída de Gonzalo Pizarro en 1548, obtuvo el título de Gobernador y Capitán General de Charcas con la misión de proseguir la pacificación de la zona y recibió, como premio a sus servicios, una importante Encomienda en el valle de Cochabamba y una veta de plata en Potosí.
Entre los diversos cargos que desempeñó en la administración, destaca el de corregidor del Cuzco entre 1558 y 1560 por orden del marqués de Cañete. Después de servir, durante algún tiempo, en la ciudad de los Reyes y en la Plata, volvió a encargarse del gobierno cuzqueño bajo el decisivo mandato del Virrey Francisco de Toledo.
[4] Corregidor, era un funcionario real, instituido en Castilla por Enrique III en torno monarquía a nivel local. Su función era gestionar el desarrollo económico y administrativo de los municipios, presidir los ayuntamientos, dando validez a sus decisiones, ser juez en primera o segunda instancia, etc. (Este pie de página es nuestro)
[5] Este Juan López de Izturizaga, fue quien compuso la Hacienda y Estancia de San Miguel de Pachachaca, ante el Juez Visitador Nicolás Ruiz de Estrada (Fundador de la Villa de los Reyes de Santiago de Abancay) en 1573. Este pie de página es nuestro.
[6] Este pie de página es nuestro. Derrama: contribuciones que daban a la corona los súbditos cuando aquella se encontraba en guerra.
[7] La cimbra es una estructura auxiliar que sirve para sostener provisionalmente el peso de un arco o bóveda, así como de otras obras de cantería, durante la fase de construcción. Suele ser una cercha de madera. Esta estructura, una vez montadas la dovela y la clave se desmonta, en una operación denominada: descimbrado.

viernes, 16 de junio de 2017

PUENTE COLONIAL SOBRE EL RIO PACHACHACA (V)

SE CONSTRUYE UN PUENTE SOBRE EL RÍO ABANCAY

La importancia económica de comunicar Lima con el Cusco, hizo que virrey don Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera, II Marqués de Cañete,[1] mandara construir un puente sobre el río Abancay, que hoy denominamos Puente Pachachaca.

Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera, II Marqués de Cañete
             Sobre la obra vial del virrey Hurtado de Mendoza, y precisamente justificando la construcción de puentes de cantería que se hicieron en el virreinato, en el informe[2] dirigido al Virrey Toledo en 1571, Juan Polo de Ondegardo,[3] señalaba:


“CAPITULO XVIII

Servicio de tambos y caminos

Otro tributo tenían común en todo el reino, del servicio de tambos y caminos y puentes en todos los ríos que son muchos, a todo lo cual acudían por comarcas, conforme a la orden que se les había puesto, aunque esto en nuestros tiempos ha sido sin comparación más pesado, porque a los principios caminaron mucho los españoles y casi lo tenían por oficio, sin haber en qué entender por el buen servicio y gran provisión que los indios daban en todos los caminos, porque mucho tiempo duró dar indios en los tambos para cargar todos los que cada uno pedía, y aún para hamacas si quería caminar en hombros de indios no tenía que hacer más de negociarlo en el primer tambo donde salía, porque después, como llegaba le daban el recado aunque fuese quinientas leguas, y fue cosa exorbitante lo que en esto pasó, hasta que el licenciado Vaca de Castro puso en ello límite y tasa, los indios que habían de dar a cada uno de a pie y de a caballo, y se guardó mucho tiempo, y de qué peso había de ser cada carga; después se mandó guardar aquella orden y que pagasen los indios, porque no se hacía ni mandaba en lo que Vaca de Castro proveyó y aún no hizo poco entablarlo de aquella manera, y con esto los indios lo tienen por granjería y aún darían mucho más si los caminantes los quisiesen, pero ya suplen los caballos en esta necesidad y tiénenlo por más barato, y así se aprovechan poco de ellos y se va perdiendo del todo, y así el tiempo lo ha remediado mejor que las ordenanzas de las Indias, que una de las que más ásperas parecieron y que más dificultoso se le hizo al reino fue quitar estas cargas, y ahora aunque los indios se hallen que en abundancia se ofrecen a ello, en las más partes no hay quien los quiera, y por este mismo camino, después que Su Majestad las revocó, se han cumplido todas y otras muchas cosas y más pesadas y convenientes que las que en ellas se contenían, porque el tiempo es gran maestro de todo, y sin él y sin su ayuda no se puede en esta materia de gobierno hacer cosa buena. El de los puentes era así mismo, servicio pesado por dos razones: la primera porque es trabajoso y ordinario, y en las más partes es menester traer las mimbres de lejos, y la principal porque los ríos por la mayor parte se pasan por lugares demasiado cálidos, y como han de bajar de la tierra fría a hacerlas y a tirarlas de ordinario, especialmente cuando llueve, que es el tiempo de más calor, muere mucha parte y tardan tiempo en hacerlas y acábanse muy presto, y más en nuestros tiempos, porque de antes sólo pasaba por ellas gente de a pie, y este ganado de la tierra que es liviano y duran más y en el nuestro, allende de frecuentarse más los caminos, pasan caballos y ganado vacuno, que después que de esto hay cantidad, gástanse muy breve, y es necesario tirarlas más a menudo, y los más ríos donde los puentes son menester, no se vadean casi en ningún tiempo, y los indios que estaban obligados a esto, cada uno en su comarca han padecido gran molestia por que el Inca los manda acudir, según la necesidad de aquel tiempo, y después eran pocos para sufrir tanto trabajo porque sin comparación fue mayor parte del reino y en el camino más frecuentado por industria del marqués de Cañete virrey de estos reinos, se les quitó en su tiempo, e hizo los caminos más fáciles, y ennobleció el reino haciendo puentes de cantería, que hizo muchas, y la de la ciudad de Los Reyes fue la primera donde se ahogaba mucha gente cada año, hizo la de Jauja y la de Angoyaco y la de Aucay (Abancay) y la del angostura del Cuzco, con la cual, aderezando solamente media legua el camino real, se excusan la de Quiquijana, Combapata y otras más pequeñas, y es todo fácil, y aquella comarca queda descansada, porque aquel es camino muy pasajero y los indios pocos y viene a ser el trabajo incomportable.”

Fray Reginaldo de Lizárraga[4], en su “Descripción breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile, escrito entre 1586 y 1591 y publicado en 1605, nos relata lo siguiente:[5]

“Más adelante se sigue el valle nombrado Amancay por unas flores olorosas blancas que en él nacen en abundancia, así llamadas. Este río nunca se vadea; tiene puente de cal y canto, mandada hacer por el buen marqués de Cañete, de felice recordación el primero.”


Sobre el virrey que ordenó construir este puente Guamán Poma de Ayala, lo confirma en su Nueva Crónica:[6]

/357 [359] Puentes de estos reinos. Puente de criznejas grandes que había en tiempo del Inga, como el Bombón, Jauja, Angoyacu, de Sángaro y de uinaca, de Guambo la Grande, Amancay, Aporímac, Uacachaca, Sora, Apcara, y de Bilcas, y de Chusqui, Bilcancho; como son otros puentes chicos como de Challuanca, Pampamarca, conforme lo ríos; y otros puentes de palos y balsas….Todo lo dicho gobernaba un Inga principal Acos, en todo el reino. Y después el señor visorrey Marqués de Cañete, el viejo, mando hacer de cal y canto el puente de Lima, y el puente de Jauja, y el puente de Angoyaco; el puente de Amancay lo mando hacer su hijo el señor visorrey don García Hurtado de Mendoza, marque de Cañete, el mozo mando hacer de cal y canto el puente de Aporímac; no ha hecho tan gran servicio de Dios y de Su Majestad ningún visorrey como el señor Marqués de Cañete ahora; era muy gran servicio de Dios y de su Majestad de que se hiciera el puente de la grande de Guambo, porque se mueren muchos indios en cada vez que lo hacen de los repartimientos, y padecen trabajo, si se hiciera de cal y canto y se hiciera una vez, y se acabara una vez, fuera muy gran merced a los pobres de los indios haciéndose todos los puentes de cal y canto”.

Aunque más adelante se corrige, señalando que el constructor del puente de cantería sobre el río Amancay (Pachachaca) fue don Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera que dentro de la documentación oficial era conocido como: “Don Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, señor de las villas de Argote,  guarda mayor de la ciudad de Cuenca, visorrey y capitán general de estos reinos y provincias por su majestad, etc.”

“/357 [441] Don Andrés Marques de Cañete, señor de las villas de Argote, el tercero visorrey de este reino, fue muy cristianísimo y gobernó pacíficamente y así no hacía mal a nadie ni hacia agravio a los conquistadores y a los hijos de los Ingas, y a los señores grandes y principales de este reino y a los indios les favorecía y les defendía de los españoles y a los soldado le ayudaba, y a los pobres les daba lo que tenía; como era tan caritativo mando los puentes de cal y canto de la ciudad de Lima y de Jauja y de Angoyaco y de Amancay que fueron todos de cantería, y otros puentes de criznejas, y caminos mando que fuesen limpios, y mando que todas las iglesias fuesen adornadas y estuvo en paz y no tenía soberbia en este reino con chicos y grandes, bien sabía la tierra y lo que hay en ella.”

En la relación en que se describen los ríos, hecha por el Deán de la Catedral del Cusco, Dr. Vasco de Contreras y Valverde.[7] quien en su época fue una autoridad en la materia, puesto que el XVI virrey del Perú (1648-1655) García Sarmiento de Sotomayor y Luna, Conde de Salvatierra le confió ese trabajo con el fin de remitirlo al Gobierno español. Acerca de río Abancay (Pachacacha) señaló lo siguiente: 

''Después de este grande y famoso río, se topa en el camino real con el de Abancay, que aunque de pocas aguas, viene á embeberse en el referido; tiene puente de piedra, por donde pasa todo el comercio de Lima, Cuzco y Potosí, y las demás provincias de arriba. A este se sigue el de Cochacajas, que aunque pequeño, tiene su origen en una laguna pequeña que está media legua de aquel parage”.





[1] Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera, II Marqués de Cañete (n. Cuenca, 1510 - m. Lima, 14 de septiembre de 1561) fue un militar y político español que llegó a ser el III Virrey del Perú, entre 1556 y 1561. Su gobierno marcó la definitiva culminación del período de conquista y guerras civiles, caracterizado por continuas revueltas y modificaciones en el escenario del poder. Pacificó el Virreinato, impuso el respeto a la autoridad y fomentó la colonización.
[2] DE ONDEGARDO, Juan Polo. Relación de los fundamentos acerca del notable daño que resulta de no guardar a los indios sus fueros.
[3] Juan Polo de Ondegardo. (ca. 1516-1675). Jurista castellano establecido en el Perú desde 1544. La fecha de su nacimiento, en la ciudad de Valladolid, puede situarse aproximadamente entre 1516 y 1519; realizó estudios de leyes en esa misma ciudad y en la de Salamanca hasta el momento en que decidió embarcarse rumbo al Virreinato peruano, donde permanecería hasta su muerte en 1575. Entre los diversos cargos que desempeñó en la administración, destaca el de corregidor del Cuzco entre 1558 y 1560 por orden del marqués de Cañete. Después de servir, durante algún tiempo, en la ciudad de los Reyes y en la Plata, volvió a encargarse del gobierno cuzqueño bajo el decisivo mandato del Virrey Francisco de Toledo en 1571.
[4] Fray Reginaldo o Reinaldo de Lizárraga, (Medellín, Extremadura, 1545 - Asunción del Paraguay, 1615) Fue un clérigo dominico y cronista español. Fue obispo de la Arquidiócesis de la Santísima Concepción en su antigua sede de Concepción cuando estaba ubicada en la comuna de Penco (1568-1589)1 y de Asunción (1607-1615). Escribió una Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (Lima, 1908).
[5] DE LIZARRAGA, Reginaldo. Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile. Biblioteca de Autores españoles. Ediciones Atlas. Madrid. 1968.
[6] GUAMAN POMA DE AYALA, Felipe. Nueva Crónica y Buen Gobierno. Biblioteca Ayacucho. Pág. 257. 324 y 327.
[7]Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima. Imprenta de "La Opinión Nacional. Gremios Nº 129. 1904 

miércoles, 31 de mayo de 2017

PUENTE COLONIAL SOBRE EL RIO PACHACHACA (IV)

EL PUENTE PACHACHACA EN LA RUTA DE LOS CONQUISTADORES.

En los primeros años de la colonia, mediante la Ordenanza de tambos. Distancias de unos a otros. Modo cargar a los indios y obligaciones de las justicias respectivas[1] dictada en la ciudad de Cusco por el gobernador Cristóbal Vaca de Castro,[2] en mayo de 1543, se restableció el servicio de los tambos,[3] vigente en la época de Huayna Cápac, donde se menciona uno a uno todos los puntos de descanso de esta ruta. El camino inca al Chinchaysuyo que partía del Cusco pasando por Jaquijahuana (nombre antiguo de la actual pampa de Anta), Limatambo, Huaynarimac (Mollepata), Curahuasi para llegar a Abancay y continuar por el resto de la ruta, fue transitada por los españoles, pero en los primeros años de la colonia fue rediseñado para ser recorrida por caballos, mulas, asnos y para el tráfico de ganado vacuno. Para la atención y descanso de los viajeros, en lugar de los tambos incaicos, se establecieron postas al estilo de las ventas[4] españolas. Veamos algunos términos de esta Ordenanza a su paso por la antigua provincia de Abancay:


“Y del dicho Tambo de Limatambo se tiene que ir al Tambo de Guarina en el cual an de servir los indios y Pueblos siguientes, Pitocalla o Cacho o Tila que son de Antonio Ruiz de Guebara. Cotormalca o Ayaranga o Bambate que son de Setiel y todos los Pueblos aldeas y lugares el fator lllan Suárez de Carbajal en la Província de Cotabamba que es de la otra parte del Río de Apurima.

Y del dicho tambo de Apurima se tiene de ir al Tambo de Curaguasi en el qual han de servir los indios de los Pueblos de Chotopoca, Carpeta, Camacanche que son de Orbaneja con todos los otros indios que sirven a Orbaneja y los Pueblos de Curaguasi. o Hurco Aymara o Lava y las ingas que son todos de Pedro de León y los pueblos Chuquitambo o Urcos que son de Hernando Pizarro.

Y del dicho Pueblo da Curaguasi se tiene de ir al Tambo de Abancay en el cual an de servir los Pueblos Coya y Curac o Víchuica o Tasmara o Surco o Tamaran que son de Peralonso Carrasco o Caramba o Guayllabamba o huchuri que son de Juan Rodríguez con todas las otras de Peralonso o Juan Rodríguez o Pancorvo y todos los Pueblos aldeas y lugares que tiene el Capitán Garcilaso de la otra parte del Río que fueron del Obispo que haya gloria.

Y del dicho Tambo de Cabana se ha de ir a Cochacajas en el qua an de servir el poblezuelo que está en Cochacajas o Mayo y todos los otros Pueblos del Repartimiento de Candia que es ahora del Capitán Peranzures,”


EL CAMINO REAL DE BUENOS AIRES A LIMA

Se conoce como Camino Real[5] de Buenos Aires a Lima, a la ruta que durante el virreinato del Perú y del Río de la Plata enlazaba el puerto de Buenos Aires con el Alto Perú (actual Bolivia), hasta la Ciudad de los Reyes (Lima). Gran parte de este camino recorría el Ccapacñan incaico, según lo reseñó en 1567,  Juan Matienzo, miembro de la Audiencia de Charcas.


En un inicio su objetivo fue poblar desde el Perú -con españoles o sus descendientes- la provincia de Tucumán y las miras eran lograr una interconexión con el océano Atlántico. En ese afán en 1573 quedó conectado el Alto Perú (Bolivia) con la provincia de Córdoba, y posteriormente se llegó a Buenos Aires, que en 1778 sería la sede administrativa del Virreinato del Río de La Plata fundado por Carlos III[6].

En el año de 1663, este camino fue elevado al rango de Camino Real por orden del gobernador José Martínez de Salazar y a fines de ese siglo ya se encontraba consolidado y era de enorme utilidad para las comunicaciones, posibilitando a través del comercio el crecimiento de las localidades que a lo largo de los más de 4,000 kilómetros que separaban Buenos Aires y Lima.

Esta ruta fue descrita en diversas crónicas, como las de Acarette du Biscay[7], Alonso Carrión de la Vandera[8], alías “Concolocorvo” y el Capitán Andrews, entre otras que enriquecen con sus comentarios este camino que a lo largo de los siglos fue el tránsito de personas (pobladores, gobernantes, emigrantes, religiosos, militares, comerciantes, educadores, estudiosos, aventureros, etc.), bienes muebles, noticias, arte, cultura y de las ideas libertarias de las que surgieron las repúblicas de Argentina, Bolivia y Perú.


Más adelante se creó un servicio postal a lo largo de la ruta, pero a pesar de que las ordenanzas sobre postas exigían una serie de comodidades para el viajero, éstas eran por lo general, bastante precarias, a tal punto que, de acuerdo al relato de algunos viajeros de la época, en muchas de ellas debían conseguirse hasta la leña para el fuego. Estas postas llegaron a ser verdaderas posadas y algunas hasta contaban con una tienda de abarrotes. Este viaje de postas no permitía a ningún  viajero llevar caballos propios, debiendo tomarlos en cada posta del camino, pagando los derechos de acuerdo a la tarifa establecida que variaba de posta a posta.

En la época colonial las distancias se medían en leguas[9]. Existían variantes sobre la extensión de una legua pero en general se considera que la legua equivalía aproximadamente  5 km. Según esta métrica, la distancia que separaba Buenos Aires de Lima, era la siguiente:

-          LIMA a POTOSÍ                   : 410 leguas = 2,050 Kilómetros.
-          POTOSÍ a SALTA                : 125 leguas = 625 kilómetros.
-          SALTA a TUCUMÁN          : 92 leguas = 460 kilómetros.
-          TUCUMÁN a CÓRDOBA  : 130 leguas = 650 kilómetros.
-           CÓRDOBA a BUENOS AIRES: 160 leguas = 800 kilómetros


¿En cuánto tiempo se podía recorrer ese prolongadísimo trayecto? Las cifras variaban de acuerdo con las condiciones climáticas y el medio de transporte. Marchando a caballo la distancia promedio que podía recorrer un jinete era de seis leguas por día, entonces este necesitaba 152 días de viaje, sin parar un solo día, es decir, más de 5 meses.

En esta parte reproducimos algunas notas de la obra: “El Lazarillo de los ciegos caminantes”[10] de Concolorcorvo a su paso por Abancay y el puente colonial de Pachachaca.

“En Andaguaylas y Abancay, que son los dos únicos pueblos grandes, desde Guamanga al Cuzco, se ven de alguna cosa. El visitador es de dictamen que no se entre al Cuzco con rezagos sino con el fin de sacrificarlos a un ínfimo precio. Tiene por más acertado que se pase con ellos a la feria de Cocharcas, sobre que tomarán sus medidas los pequeños comerciantes, a quienes se previene que no pierdan venta desde el primer día que se abra la feria, porque ha observado que todos los días van en decadencia los precios. Estas advertencias son inútiles, y aun pudieran ser perjudiciales a los mercaderes gruesos que pasan con destino al Cuzco, Paz, Oruro o Potosí, a donde se hacen dependencias crecidas y quieren surtimentos completos; pero siempre sería conveniente que estos comerciantes entregasen toda la carga gruesa de lanas, lienzos y mercerías a los arrieros comunes y que llevasen consigo por las postas los tejidos de oro y plata, sedas y de mayor valor, que no ocupen más de diez mulas, que con corta detención pueden habilitar los maestros de postas.

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        Todo el país restante, hasta Guamanga, se compone de cuestas y barrancos, quebradas y algunos llanos, en que están los cañaverales y trapiches de la provincia de Abancay y Andaguaylas. La primera tiene una cuesta formidable, porque se forman en tiempo de aguas unos camellones o figura de camellos, que apenas tienen las mulas en donde fijar sus pies.

Tránsito verdaderamente contemplativo, y en que los correos se atrasan, como asimismo en las sartenejas anteriores, que se forman de unos hoyos que hacen las mulas de carga en territorio barroso y flojo, en donde no se puede picar o acelerar el paso sin riesgo de una notable caída. Al fin de la bajada se presenta el gran Puente de Abancay, o Pachachaca con impropiedad.

Este es el tercero de arquitectura que hay desde Chuquisaca, de un sólo arco, que estriba sobre dos peñas de la una y la otra banda, que dividen la provincia de Abancay de la de Andaguaylas. Este puente es de los primeros o acaso el primero que se fabricó a los principios de la conquista, para dar tránsito al Cuzco, y de esta ciudad a las demás provincias posteriores, por atravesarle un gran río que la dividía. El puente fue fabricado con todas las reglas del arte, como lo manifiesta actualmente. Se ha hecho más célebre, y lo será de perpetua memoria, por las dos célebres batallas que cerca de él ganaron los realistas, pero es [344] digno de admiración que un puente tan célebre se haya abandonado y casi puesto en estado de arruinarse, si se desprecia el remedio. El observantísimo don Luis de Lorenzana, actual gobernador de la provincia de Jauja, que hizo viaje a esta capital desde Buenos Aires, por el Tucumán y Potosí, presentó a este superior gobierno una relación o informe muy conciso, pero discreto y acertado en sus reparos. Algunos son irreparables, por falta de gente y de posibles. Los ridículos cercados, que llaman pilcas, para defensa de sus sembrados, son providencia para poco más de medio año en las tierras de poco migajón, o estériles y pedregosas, que no dan fruto anual. Los montones de piedra que vio este caballero en las heredades, son el mayor fruto de ellas, y se tiene por más conveniente amontonarlas y perder un corto terreno, que sacarlas al camino. La excavación que hicieron las aguas y el continuo trajín de caballerías de la banda de Pachachaca al gran puente, es digna de lamentarse, no solamente por la molesta y riesgo de su subida y bajada, sino porque se puede recelar que creciendo la excavación hasta el sitio adonde estriba el extremo del arco, se puede caer el puente con un gran terremoto, o imposibilitarse el ascenso o bajada a las mulas cargadas. Lo cierto es que al presente se transita con riesgo, y que es fácil el remedio a costa de la mucha piedra que hay cercana y pocas hanegas de [345] cal y arena para unirla bien, asegurar el puente y dar un tránsito correspondiente a su grandeza, que todo se puede hacer con un tenue gravamen de los provincianos y si fuere necesario, se impone algún derecho corto a los transeúntes, como sucede hasta en las reales calzadas que necesitan continuos reparos por el mucho trajín de coches, calesas, carromatos y galeras, cuyos bagajes fueron los más beneficiados y que hacen más destrozos.

Pasando el puente se entra en la provincia de Andaguaylas, que toda se compone de eminencias, barrancos y quebradas calientes, a donde están los cañaverales y trapiches que aprovechan algunas lomadas. Parece que los dueños de estas haciendas son personas de poca economía, o que las haciendas, en la realidad, no se costean, porque a los cañaverales llaman engañaverales y a los trapiches trampiches. Todo este país, como el de Abancay, a excepción de algunos altos, es muy caliente y frondoso……”






[1] Ordenanzas de tambos. Distancias de unos a otros. Modo cargar a los indios y obligaciones de las justicias respectivas. Hecho en la ciudad del Cusco el 31 de mayo de 1543. Vaca de Castro.
[2] Cristóbal Vaca de Castro (Izagre, León, c. 1492 - Valladolid, 1566) fue un administrador colonial español en Perú. Oidor de la audiencia de Valladolid (1536), fue enviado como juez pesquisidor por Carlos I de España a Perú en 1540 para restaurar el orden entre las facciones de Gonzalo Pizarro y Diego de Almagro, y con la facultad de, en caso de fallecimiento de Francisco Pizarro, hacerse cargo de su gobernación.
[3] Los tambos eran los albergues de los emisarios, chasquis, gobernadores o incluso del propio Inca, cuando éste recorría su territorio. Se repartían en los caminos, cada 20 o 30 kilómetros (una jornada de camino a pie). También eran centros de acopio de alimentos, lana, leña u otros materiales básicos para la supervivencia. De este modo, en épocas de penurias climáticas o desastres naturales, los tambos alimentaban y proveían de algunos materiales para la supervivencia de los pueblos y aldeas afectados.
[4] Venta.- Casa establecida en los caminos o despoblados para hospedaje de los pasajeros.
[5] Camino real era aquel construido por el Estado, más ancho de lo común y que unía ciudades importantes
[6] Carlos III de España, llamado «el Político»b o «el Mejor Alcalde de Madrid» (Madrid, 20 de enero de 1716-ibídem, 14 de diciembre de 1788), fue duque de Parma y Plasencia —como Carlos I— entre 1731 y 1735, rey de Nápoles —como Carlos VII— y rey de Sicilia —como Carlos V— de 1734 a 1759 y de España desde 1759 hasta su muerte en 1788.
[7] Acarette du Biscay fue un francés, posiblemente de origen vasco, del que se conoce muy poco. En diciembre de 1657 se embarcó en Cádiz, España, hacia la región del Río de la Plata en Sudamérica, haciéndose pasar por el sobrino de un caballero español para eludir la prohibición española de recibir visitantes extranjeros en sus posesiones en el Nuevo Mundo. En 1658, viajó por tierra a través de la pampa argentina hasta las minas de plata de Potosí, situadas en la actual Bolivia. En 1672, Acarete publicó un relato de este viaje en su francés natal. Una versión posterior de la obra se publicó en París en 1696 bajo el título `Relation des voyages dans la rivière de la Plate`. Esta traducción al inglés de una edición posterior fue publicada en Londres en 1698. Forma parte de una obra mayor titulada `Viajes y descubrimientos en Sudamérica`, que contiene relatos de tres de sus primeros viajes al continente. Acarete hizo observaciones detalladas sobre los lugares que visitaba y la gente que encontraba, y su obra es una fuente importante para la historia de Argentina y Perú durante los primeros años del asentamiento español.
[8] Alonso Carrió de la Vandera (Gijón, 17151 - Lima, 1783), también conocido como La Vandera, fue un alto funcionario, escritor, comerciante, viajero y cronista de Indias español, que pasó la mayor parte de su vida en el Virreinato del Perú, donde fue durante varios años administrador del Correo Real. Utilizó el seudónimo de Concolorcorvo como autor del Lazarillo de ciegos caminantes, en que hizo aparecer como autor a su propio amanuense, Calixto Bustamante Carlos Inca.
[9] La legua castellana legal (antigua) era una medida de longitud utilizada para establecer las dimensiones de predios y que se conoció como legal porque era utilizada en los tribunales. Se fijó originalmente en 5000 varas castellanas de Burgos, es decir, unas 2,6 millas romanas, 15 000 pies castellanos o 4190 metros. Siguió usándose de forma profusa mucho después que la aboliera Felipe II en 1568 ordenando que se la sustituyese por la legua común o vulgar.
La legua común que era una unidad itineraria que se utilizaba en las crónicas de las exploraciones y viajes terrestres. Era una medida muy imprecisa ya que variaba con las circunstancias que rodeaban al viajero, tales como si iba a pie, a caballo, en mula, o en carruaje, si iba en grupo o con carga, así como también del tipo de terreno, los obstáculos y el clima. Quedó establecida por el uso en el siglo XVI en 20 000 pies castellanos; es decir, 5572,7 metros o 6666,66 varas castellanas
[10] El lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires, hasta Lima con sus itinerarios según la más puntual observación, con algunas noticias útiles a los Nuevos Comerciantes que tratan en Mulas ; y otras históricas sacado de las memorias que hizo Don Alonso Carrió de la Vandera en este dilatado viaje ...