sábado, 9 de mayo de 2020

EL INQUILINO


–¿Recuerdas el asesinato del dueño del “Milton Hotel”? –Le preguntó Gonzalo.

–Cómo me voy a olvidar de ese pata, si cuando llegué a este pueblo yo me alojaba en ese hotel. Dicen que uno de sus huéspedes lo mató de una  puñalada por la espalda, cuando lo sorprendió robando en la habitación de una rica comerciante puneña. Pero cuando averiguaron de quién se trataba, se dieron con la sorpresa que tenía los mismos nombres del Juez del Juzgado Mixto de la provincia de Antayauyos, e incluso en el libro de registro de alojados había señalado como que procedía de ese lugar.

–¿Recuerdas la muerte del dueño de la ferretería “Ironman”? –Volvió a preguntarle.

–Sé que ha muerto atropellado por un tráiler y que al chofer de ese  vehículo lo han detenido por eso, pero no he conocido mayores detalles de ese accidente, porque en esos días me fui a defender al dueño de unas tierras donde se ha instalado una empresa minera que no quiere pagarle los derechos de servidumbre. Tuvimos que denunciar al minero por usurpación y daño agravado, y de paso le hemos clavado una medida cautelar para que no siga fregando conchúdamente.

–¿Recuerdas la noticia del tombito que apareció muerto dentro de su taxi, y que después de dieciocho días lo encontraron completamente podrido, allá por la quebrada de Masucucho?

–¡Piña pues! Cómo vas a morir en uno de tus dieciséis taxis. ¡Qué cojudo! Si tenía más de mil quinientos soles de ingresos diarios, para qué necesitaba seguir siendo policía y taxear él mismo. Lo más seguro es que para administrar semejante flota, a mí no me alcanzarían todas las horas del día. ¡Tombo ambicioso! –Comentó.

–¿Por qué me preguntas por esas muertes? ¿Acaso eres el abogado de esos casos?

–No podría serlo. Porque como siempre, en ninguna de esas muertes la policía ha encontrado la más mínima pista para dar siquiera con un sospechoso, y como de costumbre se ha limitado a decirle a los deudos que están haciendo las pesquisas necesarias que más adelante los llevará a dar con los culpables. Y parece que gracias a Dios, en menos de un mes todos los deudos se han olvidado de sus denuncias y de sus difuntos, porque se los ve llenos de vida y radiantes de felicidad administrando esos negocios. Y como hasta la fecha no hay  inculpados, ni agraviados interesados, ni nada de nada, entonces no hay necesidad de abogados.

–Pero antes que nada colega. ¿A qué vienen tantas preguntas sin ton ni son?

–Porque yo creo saber quién está detrás de todos esos crímenes. –Le contestó con el aire del misterio que rodea a quien sabe un secreto que nadie más conoce.

–¡No jodas!, a ver cuéntame cómo es eso.

           Y le dijo que hace más o menos un mes, una señora vino a su estudio jurídico, para que la apoyara con eso de sacar las cosas que un inquilino moroso había dejado en una habitación de su casa y que estaba cerrada con un candado que él mismo puso, y que incluso allí estaba encerrada la cama, la silla y la mesa con que ella alquila el cuarto.

–Cuando le pregunté por el  nombre del  arrendatario,  me dio  el  nombre del  juez  norteño  que despacha en la provincia de Antayauyos e incluso me mostró este pequeño contrato que el mismo inquilino había redactado.

          Entonces le alcanzó la hoja suelta de un cuaderno cuadriculado, donde se leía:

“Por este documento, yo Mariano Leoncio Espelucín Párraga, con D.N.I. Nº 41411713, alquilo un cuarto de propiedad  de doña Lucila Vargas Becerra, con D.N.I. Nº 72345899 por el monto de S/. 300.00 mensuales y por el tiempo de 3 meses, dejando S/. 300.00 pagado por el primer mes y S/. 300.00 como garantía, y me comprometo a pagar puntualmente los alquileres.

Atunrumi, 1º de octubre del 2014”.

Luego aparecían las firmas de los contratantes y más abajo se leía: “Este contrato vence el 31–12–2014”.

–¡Ah carajo!, ¿y?

–Me fui directamente a la Fiscalía donde tienen archivada la investigación de la muerte del hotelero, y vi que en su expediente solo habían acumulado varias fotocopias de todos los documentos que pudieran servir de indicio para continuar con las pesquisas, y adivina ¿con qué me tropecé?

–¡Dímelo tú! –Le reclamó con impaciencia.

–Me tropecé con la copia de la página del libro de registro de huéspedes donde el sospechoso se había registrado con los mismos  nombres y apellidos y con el mismo número del D.N.I que el mismo había puesto en el contrato y para colmo, todo estaba escrito con la misma letra y suscrito con la misma firma.

Después averiguó cómo era el individuo, y su clienta le dijo que era más o menos bajito, pero no chato, que quizá se le veía así porque era gordo pero no tan gordo, sino más bien robusto, en otras palabras un “guaso”. Su cara era como la de todos, ni feo ni agraciado. Su piel como la de todos, ni negro, ni blanco, más o menos acholado pero no tanto; que siempre llevaba camisas de manga larga aun en los calurosos días del mes de noviembre, y que nunca le preguntó el motivo, porque su vecina que tiene azotea para mirar a todas partes, descubrió que sus brazos estaban completamente tatuados.

Le dijo que el tipo se mostraba simpático cuando tenían la rara oportunidad de encontrarse en el patio de su casa, porque al parecer no ocupaba todo el tiempo la habitación. La saludaba muy amablemente diciendo: “¡Cómo está señito! ¡Usted sí que vive en un paraíso! De todos los lugares que he visitado, su tierra es uno de los más lindos sitios que he conocido. Tiene usted la suerte de vivir en este hermoso valle primaveral”. Cuando le preguntó acerca de las personas del pueblo, le dijo que todas eran gente simpática, alegre y hospitalaria, pero de todos los lugareños que había conocido, el señor Pollucco le parecía “el más comunicativo y buena gente”, a lo que ella le contestó, que esa era la única persona capaz de apoyar a la juventud en sus inquietudes deportivas, culturales y hasta recreativas.

Y después le dijo que había estado por aquí y por allá, buscando y conociendo a las personas que explotan los minerales de esta región, para recomendarle al dueño de la empresa donde trabajaba, qué minerales se podría comprar  y de qué personas.  Cuando  le preguntó  a qué se dedicaba en esa empresa, él le respondió: “Analista de minerales”, y además le aclaró que en su oficio se encargaba de conservar lo que sirve y desechar lo que no sirve. Y cuando la curiosa casera le preguntó cómo sabía que un mineral no servía para nada, él le contestó: “cuando tiene baja su ley”.

–Antes de tomar mis servicios, la señora se había ido a quejar al Juzgado de Paz, para que el Juez le autorizara retirar las cosas que aquel inquilino moroso tenía en el cuarto, y que desde la pequeña ventana se veía que la cama estaba muy arreglada y que encima de la mesita habían dos cajas de cartón.

Le contó que ha así le había rogado durante tres semanas. "¡Señor Juez!, hágame justicia por favor, pues ya van cinco meses que ese cuarto anda ocupado sin ganar ni un solo céntimo. ¿De qué voy a vivir?, si no tengo sueldo, ni negocio. Solo alquilando mi casita por pedazos puedo pagar la luz, el agua, los impuestos y tener algo para llevarme a la boca. ¡Hágame justicia por favor. Se lo suplico! Necesito reparar el techo que se va a caer  a pedazos en las próximas lluvias". 

La casera también le confió que ante tanta insistencia, el Juez le encargó al Secretario para que realizara una inspección ocular preliminar. Más para calmarla que para hacerle justicia, el secretario llegó a la casa. La señora le mostró el cuarto y luego de otearlo por varios minutos, siempre desde la ventana, le preguntó cómo se llamaba el inquilino, por toda respuesta ella le alcanzó el contrato y luego de leerlo, le dijo:

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–Señora la ocupación de esta habitación está respaldada por un contrato suscrito entre usted y su inquilino, de modo que le recomiendo  tomar los servicios de un abogado para pedir el desahucio por las causales de falta de pago y de conclusión de contrato, y sólo así el Juzgado ordenará el lanzamiento del arrendatario y el retiro de los valores que están depositados en ese cuarto.

–¿No va usted a romper el candado, retirar esos cachivaches y entregarme el cuarto? –le preguntó llena de desconsolado temor.

–¡Está usted loca!, ¿Quiere que me metan a la cárcel? Y si a pesar de no haber más que trapos en esas cajas, su inquilino se aparece y acaba diciendo que allí estaban sus caros instrumentos para medir la ley de los minerales, muchos dólares y varias onzas de muestras de oro y de plata. Yo por mi parte ya he visto lo suficiente. ¡Hasta luego! –Y se fue moviendo la cabeza en señal de no comprender el capricho de aquella mujer.

–¿No va a levantar ni siquiera un acta de lo que ha venido a hacer? – Le suplicó la mujer.

–No señora, con contrato no hay nada que hacer. –Le respondió de un modo despectivo y arrogante que le obligó a gritar a la mujer.

–¡Jangraindio!, y para eso te has hecho rogar tanto en el Juzgado. Dándome día tras día esperanzas, me has hecho llegar a esa oficina para hacerme esperar hasta cuatro horas cada vez. ¿Por qué desde el primer día no me has dicho lo que tenía que hacer, si desde el primer momento habías leído este papel? ¿Para qué me has pedido tantas propinas? –Entonces ahí nomás le cayó al secretario un furioso sopapo que lo hizo sangrar por la nariz y salir de esa casa como alma que se lleva el diablo.

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          Le dijo que después de ese incidente, la mujer llegó a su Estudio para decirle todo lo que le estaba contando, pero cuando el abogado le hizo saber lo que podía costarle y durar la hazaña de iniciar un proceso judicial a un desaparecido, como notificarlo  por el Diario Oficial “El Peruano”, nombrar defensor de ausente, gastos notariales, tasas judiciales, y que tendría que dar muchas vueltas por el estudio para ir y venir del Juzgado, donde estaría un secretario muy bien sopapeado y con ganas de vengarse, y todo eso, solo para poder romper un miserable candado chino y sacar esas dos cajas de cartón. La mujer se fue con los ojos encendidos como de los condenados. “Gracias doctor por su sinceridad, cuánto le debo?"

–Cincuenta soles señora. –Eso era lo que menos podía cobrarle por ser sincero, a diferencia de los otros que cobran más del doble por un montón de mentiras.

         Le dijo que no pasó ni siquiera media hora, cuando la mujer se apareció por su estudio trayendo las dos cajas de cartón para decirle esto:

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–¡Disculpe la molestia doctor, como usted es mi abogado, porque para eso le he pagado, quiero que sea testigo de lo que contienen estas cajas. –Y las puso sobre una silla. Como la curiosidad ganó a la sorpresa y la indignación, el letrado se acercó a ver el contenido de las cajas y entre dos viejos polos que alguna vez fueron blancos, un bluyin desgastado y una camisa sucia, había un fino y ostentoso cuchillo de cocina, que si no se notara que estaba sucio y con algo parecido a sangre en el lugar donde la hoja se une al mango, se podría decir que era completamente nuevo. La otra caja solamente contenía una pequeña soguilla de fibra sintética de más o menos dos metros de longitud y una talega de harina vacía, que los dos coincidieron que serviría para cargar las muestras del mineral que el inquilino adquiría. ¡Nada más!

–¿Está usted segura que eso es todo? –Le preguntó algo desconfiado.

–¡Por la santa cruz de mi madre, y si miento, que me parta un rayo! –Juró la mujer al estilo de estas tierras.

–¡Bueno!, le creo. –Dijo sin mayor convicción y luego aconsejó. –Ahora lo que tiene que hacer es quemar esas cajas y el contrato, si es que su inquilino no tiene una copia. –Cuando la mujer le hizo conocer con un gesto que no lo tenía porque ese era el único ejemplar, continuó: – También todos estos trapos y la soguilla. Después hay que hacer desaparecer el candado y el cuchillo.

–¡Eso mismo iba hacer doctor, pero de todos modos gracias por el consejo. – Y cuando la mujer estaba  punto de irse, el abogado aprovechó la ocasión para hacerla desaparecer de su vida, de su estudio y de sus consejos.

–Señora, antes de que se vaya debo recomendarle, que ese inquilino jamás ha existido, que usted jamás ha ido a ningún juzgado, ni tampoco ha venido a este estudio jurídico, y nunca ha existido ninguna caja de cartón en ese cuarto. Cambie la cama de la habitación y alquílelo inmediatamente. ¿Me ha entendido?

–¡Si doctor! ¡Jamás ha pasado todo este problema!

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–¿Cómo me dijiste que se llamaba la persona que se había hecho amigo del inquilino desaparecido? –preguntó.

–Olluco, Pilluco, Pollucco o Machuco, ¿qué sé yo? –Respondió.

–¿No será Rosendo Pollucco Chalco?, el dueño de la distribuidora de carros y de motos de la calle los galleros. En el mes de agosto yo le he asesorado para obtener el informe favorable de Defensa Civil para la apertura de su grifo en la carretera que de este pueblo se dirige a Lima.

–¿Y eso qué tiene que ver con esta historia? –Preguntó con sorna el otro.

–Es que cuando fuimos con el ingeniero de Defensa Civil para la inspección ocular de sus instalaciones, vi a un hombre que se lavaba en un cilindro cortado por la mitad, que tenía tatuado el pecho, la espalda y los brazos con muchos dibujos y letras. Cuándo el funcionario me dijo que más podían poner en el Acta de la inspección, a modo de broma le dije que pusieran que el grifo tenía una pared ambulante de grafitis y todos nos reímos. Luego el dueño aclaró que se trataba de un trabajador que estaba a prueba. ¿No será ese el inquilino?

–¡Pucha!, ahora sí se me ha echado a volar la imaginación. –Y cómo si los dos quisieran hablar las mismas palabras y no pudieran, uno hablaba mientras que el otro asentía con la cabeza que eso mismo  quería  decir,  y  decía:  –¡El  inquilino  es  el  asesino  del  dueño  del  “Milton  Hotel”  y  el cuchillazo que tiene la casera es la prueba! ¡También estranguló al tombo taxista con la soguilla que estaba en la otra caja de cartón, y no es por casualidad que encontraron su putrefacto cadáver a quinientos metros del grifo de Rosendo Pollucco que está en la carretera que va a Lima, y para despistar a la policía abandonaron su taxi a treinta y cinco kilómetros en la carretera que va al Cusco. Es probable que lo haya matado en ese grifo y que con la talega le haya tapado la cabeza antes de estrangularlo.

–¿Y al dueño de la ferretería?

–¡Fácil pues! Si su negocio estaba pegado al local de Rosendo Pollucco, es muy probable que desde allí saliera en el momento oportuno “su trabajador a prueba” para empujarlo contra un tráiler que se venía. La cosa es meter las narices en el expediente judicial de este caso, para saber qué dijo el chofer del camión que lo atropelló.

Después de unos días, uno de los amigos abogados que estaban jugando a los detectives privados, recibió una llamada por su móvil.

–¡Tú eres adivino o qué!, resulta que hace un momento he tenido acceso al expediente de la muerte del ferretero, y el chofer del tráiler ha manifestado en su declaración policial y en su propia declaración instructiva que vio como un hombre de mediana estatura y de robusta complexión que tenía los brazos tatuados, empujó a la víctima contra el vehículo que conducía. Eso lo juró y requete juró en todo el expediente. –Le informó.

–¿El chofer del tráiler está en la cárcel? –Le preguntó con mucha curiosidad.

–¡No! Está con orden de comparecencia, porque ha demostrado que un vehículo de ocho ejes y casi treinta llantas es como un tren que no puede cambiar de dirección en unos cuantos metros, como para siquiera suponer que haya atropellado intencionadamente a un peatón. ¿O el hombre se arrojó contra el vehículo o alguien lo empujó?, y tampoco se puede andar concluyendo que la víctima no vio semejante armatoste.

–¡Ta’mare!, o sea que a este pueblito medio cagón, desde que el boom de la minería ha traído mucha plata y mucha gente de todo el Perú, más toda la “lavandería” que hacen los narcos con la instalación de cajas, mutuales y la construcción descontrolada de edificios, le han llegado hasta sicarios.

–¿Y de dónde tiene tanta plata ese Rosendo Pollucco?

–Eso tendrías que preguntarle a él o a todos esos misios que de la noche a la mañana se han vuelto millonarios y hasta dadivosos empresarios. –Contestó.

Como los dos amigos abogados tenían a su disposición cualquier expediente judicial y además sabían hurgar en las notarías y los registros públicos, en poco tiempo pudieron conocer que los herederos del “Milton Hotel”, la ferretería “Ironman” y la viuda del tombito taxista, cada uno por separado, habían arreglado satisfactoriamente con don Rosendo Pollucco, las significativas deudas  que les tenían sus difuntos parientes.

♥♣☻♦♠

–Doctor, yo soy hijo de Milton Ríos Gonzales el dueño del “Milton Hotel”. Resulta doctor que a los dos días del brutal asesinato de mi padre, mi madrastra sin consultarme absolutamente nada, había transado con el señor Rosendo Pollucco Chalco el pago de una deuda que supuestamente le tenía mi difunto padre, y ahora me viene con que de mis acciones en el hotel, los cuatro edificios, las tres chacras,  los  seis  volquetes  y  las  seis  cuentas  corrientes  que  dejó  mi  padre,  me  corresponde reconocer la suma de 866 mil nuevos soles, como la parte que me toca responder por ese comedido arreglo.

–Señor, sepa usted que su madrastra no pudo pagar válidamente ninguna deuda de su señor padre,  sin antes haberse seguido la Sucesión Intestada de su padre, realizado el inventario y la valorización de la masa hereditaria, el reconocimiento de los adeudos que por documentos válidos tenía el causante con sus acreedores, la asignación de las cuotas ideales a todos los herederos legales, y solo así, después podía discutir con todos sus coherederos la legalidad de ese pago.

–Si pues doctor, pero mi madrastra me dice: “Es una deuda de vida o muerte que tenía que pagarse”.

–Todas las deudas deben pagarse, pero el pago de las deudas de los muertos debe consultarse con todos los herederos, porque los bienes del causante han pasado a ser una copropiedad, y nadie puede disponer de esta sin previo acuerdo con todos los copropietarios. ¿Me entiende?  –Preguntó el abogado.

–Sí. Le entiendo perfectamente doctor, pero la verdad es que a mí no me gusta andar metido en estos líos, por eso quiero darle a usted un poder amplio y suficiente para que en mi nombre y representación inicie todos los procesos judiciales necesarios para recuperar esos 866 mil soles, y en eso nos vamos a medias. ¿Qué le parece doctor?

–¿Y por qué usted mismo no quiere seguir el proceso? –Preguntó el abogado algo extrañado.

–No doctor. Yo no quiero aparecer para nada en pleitos con el que alguna vez fue el socio de mi padre, y que por su culpa acabaron los dos en la cárcel. Menos aun con quién solo para mortificarlo, andaba vociferando públicamente que el terreno del “Milton Hotel” era de su propiedad, y recuerdo que mi padre le decía: “¿Haber demuéstrame y después veremos quién demuestra más?” y con eso le calló la boca por muchos años,  hasta que la bruta de mi madrastra sin consultarnos, metió la pata. –Acabó con la voz llena de ira.

–¿Y qué más podía demostrarle su padre al señor Pollucco? –Le preguntó lleno de curiosidad el letrado.

–Exactamente no sé, pero creo que tenía que ver con la muerte de un muchachito que le había robado o que se había quedado con algo de él.

–¿Droga o algo por el estilo? –Le preguntó el abogado.

–¡No sé! – Le respondió bastante ofuscado, pero luego cambiando el tono de su voz, con una amabilidad algo cómplice, le dijo. –¿Qué dice doctor, se anima o no se anima?, mire que para usted serían 433 mil soles. –Le dijo a modo de tentarlo.

–Escúcheme señor Ríos. –Le pidió su atención y continuó. –Para qué me voy a comprometer con un asunto muy especial y delicado que me obligaría a tener que atender personalmente todo el proceso, pero resulta que tengo una artrosis muy avanzada en la rodilla izquierda, que si no me opero a tiempo me puede condenar a una silla de ruedas. Los médicos me han dicho que desde la operación hasta mi rehabilitación, va a llevar más de un año.

–¿Entonces no puede?

–Definitivamente no voy a poder.

“¡Carajo! Este cojudo me sale con el mismo cuento del otro abogaducho que también se va a operar de la próstata y que por eso no puede servirme”, pensaba mientras se alejaba. “Seguro que estos dos huevones han sido abogados del Pollucco en esa pendejada que le ha hecho pagar a la cojuda de mi madrasta tanto dinero y hasta de mi plata”, siguió pensando mientras doblaba la esquina. “O estos también le tienen miedo al Pollucco. ¡Yo no le tengo ningún miedo!”, pensó casi hablando como para restarle poder a un temor que le venía desde el fondo de sus entrañas.

Lo cierto es que los dos abogados no aceptaron el caso, porque muchos años atrás Milton Ríos Gonzales y Rosendo Pollucco Chalco habían sido procesados con una ley de los tiempos de Odría por la comisión del delito de tráfico ilícito de estupefacientes, que daba penas cortas y no confiscaba propiedades. Pero sobre todo porque ya conocían los encargos que Pollucco Chalco le hacía a un inquilino moroso.


lunes, 4 de mayo de 2020

EL INSPECTOR ARDILLA


–¡Mañana! ¡Mañana! En nuestra sección: “!EL INSPECTOR ARDILLA. EL QUE TODO LO SABE, EL QUE TODO LO PILLA!”, les estaremos revelando los pormenores de un escandaloso robo que le hizo un conocido funcionario a la Dirección Regional de la Productividad! –Anunció a viva voz el locutor del noticiero radial del mediodía, y agregó. –¡No se pierda este gran destape que lo dejará con la boca abierta, porque lo tenemos todo absolutamente documentado!


Esos anuncios se repitieron cada diez minutos dentro de las dos horas que duraba ese noticioso, y entre uno y otro, se matizaba. –Lo que vamos a revelar mañana, ¡con pruebas en la mano!, va mandar derechito a la cárcel a una banda de ladrones de cuello y corbata. ¡No se lo pierdan! ¡No se lo pierdan!

Un poco más allá de la mitad del programa, una voz femenina llamó diciendo que quería que la atendieran por la línea interna de la emisora. Luego de esa llamada no se repitieron más esos tremebundos anuncios, aun cuando sus productores sabían que tenían un montón de gente con las orejas pegadas a la radio, con la esperanza de que al final del noticioso se adelantara, aunque sea un pequeño detalle, de lo que sería esa importantísima novedad que los tenía en vilo a todos.

Al día siguiente, cuando todas las radios de todos los mercados, de todos los taxis, de todas las oficinas públicas y privadas, de todas las tiendas de abarrotes y de todos los chismosos de todas  partes  estaban  en  sintonía  con  “El  inspector  ardilla” o “chauchilla” como le dicen otros,  no  se  dijo  nada  del  asunto, absolutamente nada, mucho menos hubo destape alguno. "El inspector ardilla" se limitó a repetir las harto conocidas noticias locales que imprimen los periódicos del pueblo, leer algunas novedades nacionales e internacionales del internet, entre algunos mal leídos comunicados pagados y a preocuparse por la gratuidad de las matrículas, aconsejando a los padres de familia y apoderados para que denuncien a los malos directores de los colegios y las escuelas y a sus respectivas APAFAS, si es que les cobraran siquiera un mísero céntimo más por ese concepto, etc., etc., y bla, bla, bla y nada más.

Como no salía la tremenda noticia que con bombos y platillos habían anunciado en la programación del día anterior, algunos radioescuchas comenzaron a desplazarse a otro punto del dial o simplemente apagaron sus radios, pues si no había eso de "lo que le gusta a la gente", no valía la pena seguir escuchando a esos adefesiosos. Al día siguiente como faltó el morbo a la que estaba  acostumbrada su enorme audiencia, el rating de "El inspector ardilla" fue casi nulo.

–Mire señora, lo que tenemos en nuestras manos son varios documentos comprometedores que nos ha llegado a través de nuestras fuentes, que involucra al jefe del Área de Abastecimientos. –Le dijo el pequeño individuo, al tiempo que miraba uno de los documentos y luego preguntó como si no tuviera ningún interés: –¿Entonces es usted la esposa de Toribio Ordoñez Silva?

–Sí señor, eso ya se lo había hecho saber este mediodía por la línea interna de la emisora, pero ahora lo que yo quiero es aclarar con usted ese asunto a fin de evitar cualquier mal entendido que pudiera involucrar gratuitamente a un honorable servidor público. –Le aclaró la mujer.

–¡Señora! –Le dijo con el tono áspero de quien va a lanzar una rotunda negativa. –La verdad es que nosotros no tratamos con nadie, ni siquiera con los vocales, jueces y fiscales que tantas veces nos han querido aclarar los oscuros asuntos que los involucran directamente con los malos manejos de la justicia, porque nosotros sólo somos hombres de prensa que nos limitamos  a cumplir con nuestro sagrado deber de informar objetivamente a la opinión pública. Sino qué clase de periodistas seríamos. ¿No le parece?

–No me parece y de ningún modo se parece a nada señor. Yo no quiero entorpecer su sagrada misión de  informar a quien a usted le dé la gana, ni tampoco menguar su derecho a opinar, pero es el caso que mi esposo nada tiene que ver con la supuesta adquisición con sobreprecios de  veintidós motocicletas, ocho  laptop Corei7 y seis impresoras Multifuncionales Laser de alta velocidad con red inalámbrica e impresión en Dúplex para su centro de trabajo, pues esa adquisición se debe a los malos manejos del empleado Elías Campana Manrique, que aprovechando que la oficina de abastecimientos estaba recibiendo la visita de la comparsa de “Las comadres”, en la confusión de ese jolgorio y sin que mi esposo se diera cuenta, le hizo firmar algunos documentos. Además ese asunto  ya está más que aclarado y a punto de subsanarse como se subsana cualquier error humano.

–¿Acaso se refiere a estos documentos? –Le preguntó con algo de sorna al tiempo que le mostraba un fajo de fotocopias.

–De repente sean esos señor, pero como usted sabe yo no trabajo en esa oficina como para decirle de qué documentos se trata. Lo único que le puedo decir es que yo lo escucho a usted a diario en su noticiero y por eso le he llegado a tener gran admiración y respeto como le tiene todo el pueblo en su conjunto, por la gran valentía y gran profesionalismo con que su persona encara las denuncias que le llegan a sus manos, y por eso no dudo que se trata de esos mismos papeles.

–¡Qué bueno señora y qué ejemplar gesto que ha tenido para conmigo al aclararme de qué se trata todo este asunto, pero sobre todo aprecio el hecho que usted haya señalado al principal sospechoso de ese execrable latrocinio. –Y cuando la mujer estaba sonriendo de satisfacción, acotó. –Entonces lo que vamos hacer mañana mismo, porque honestamente no puedo sustraer de la opinión pública este delicado asunto por otro día más, es que usted se presentará en nuestros estudios y lanzará valientemente su denuncia contra el malnacido, disculpe usted la grosería, que aprovechándose del “Día de las comadres”,  le ha hecho meter la pata a su esposo. Después con un escrito de nuestro asesor jurídico lo denunciamos ante el Ministerio Público, y como su esposo no es ningún delincuente estoy seguro que dentro de las investigaciones se aclarará su inocencia, y hasta quizá podamos lograr que el proveedor, poniéndose la mano al pecho,  devuelva al Estado el sobreprecio de esas adquisiciones. ¡Claro está!, que todo eso debe hacerse sin perjuicio de que al corrupto Elías Campana Manrique lo echen a patadas de esa prestigiosa oficina y se vaya derechito a la cárcel.

–¡No señor periodista!, eso nunca lo voy a hacer, porque mi condición de educadora no me lo permite. Si hago eso o algo parecido mañana mismo me despiden de mi trabajo.

–Pero señora, cómo la van a despedir si usted es la principal accionista y hasta la directora de esa institución educativa privada. Además con su grave denuncia va a dar el mejor ejemplo a todos los ciudadanos, especialmente a los radioescuchas. Señora esos gestos de coraje aprecian mucho los padres de familia, porque la corrupción es lo que más odian los ciudadanos honestos. ¡Qué me dice!, ¿se anima o no se anima?

–Mire señor periodista, parece que me conoce tanto como lo conoce todo el mundo a usted. Es muy cierto que yo no le temo a la verdad, y ya sea mañana o en cualquier momento, puedo lanzar a los cuatro vientos de este pueblo lo que yo considero mis verdades, entre las que está primero la lucha abierta contra la corrupción, pero lo que yo quiero por sobre todas las cosas, es que no se empañe el sagrado  prestigio  de la Dirección  Regional  de  la Productividad  donde mi  esposo  por más  de veinticinco años presta honradamente sus valiosos servicios. La verdad señor periodista es que a esa institución mis hijos y yo le tenemos un gran cariño, porque de allí ha salido nuestro pan de cada día, y no quisiéramos pudiendo evitarlo, se melle gratuitamente su reputación por un malentendido.

–Si es así, entonces ¿qué podemos hacerle?

–Bueno señor periodista, así como está yendo esta conversación no vamos a llegar a ninguna parte, y como no quiero quitarle un solo minuto más de su valioso tiempo, sin ánimo a ofenderlo o algo parecido, mejor por qué no dejamos todo ese asunto que tiene usted entre manos y yo a cambio, para los gastos que debe representar el alquiler de la emisora, el pago de su personal, de los teléfonos, su tiempo en la preparación del programa y su propia difusión, y todo lo que usted tiene que hacer día y noche para cubrir las noticias de nuestra caótica región, sin mucho preámbulo, y como criollamente se dice: “hablando a calzón quitado”,  le confío 500 soles para dejar esa infidencia como si fuera cosa del pasado.

–Eso no lo puedo hacer ni por cien mil soles. Para mí eso significa traicionar la confianza que el pueblo ha puesto en mi persona para velar por sus sagrados intereses. ¡Ni hablar!, usted me está ofendiendo gravemente y con consecuencias.

–¡Perdóneme señor periodista!, no lo tome así. Nunca ha sido mi intención ofenderlo ni siquiera en broma con esa nimiedad. Lo que pasa es que como toda buena ama de casa no he podido dejar de regatear. ¿Y si le ofrezco mil quinientos?

–Mire señora, para no extender más esta embarazosa conversación, págueme tres mil y le entrego todos estos papeles y al rato verá cómo todo este malentendido no ha existido jamás, ni siquiera su persona, mucho menos yo. –Dijo el locutor como si le hubiera hecho un milagro a un pecador, y que esa reunión se acabaría con la última palabra que pudiera decir ella, de modo que comenzó a acomodar sus papeles en el viejo y grasoso folder de plástico que llevaba a todas partes.

Como la mujer sabía por noticias de otros que habían tenido que sufrir ese mismo calvario, que ese monto era más o menos su precio, dijo: –¡Acepto!, pero con la condición que me diga quien fue la persona que le entregó esos papeles.

–¡Oiga qué le pasa! Señora no hemos hablado nada, nunca nos hemos visto y esta reunión jamás ha existido, ni en el pasado ni en el futuro de su vida. ¡Cómo puede usted pretender que mi persona tenga la infamia de revelar un secreto profesional, tanto más cuando el artículo sexto del Estatuto de la Federación Nacional de Periodistas del Perú, me obliga a guardar en reserva mis fuentes. ¡No, eso jamás de los jamases!

–Y si le doy mil soles más, ¿podría? –Tentó la mujer.

–Para eso tendría que pagarme primero. Pero ante todo tenga en cuenta que no lo hago por la plata, sino porque mi código deontológico me dice que puedo recurrir a esta excepción cuando está en peligro la lealtad que le debe un subordinado a su jefe. –Aclaró.

Cuando la mujer le alcanzó el dinero, después de contarlo minuciosamente, le dijo: –Fue el señor Elías Campana, pero no le digan de donde saben esa infidencia, hagan como que su esposo es un jefe muy "mosca" y que nada se le escapa. –Dijo esto al tiempo que abandonaba rápidamente el lugar.

–¡Provecho señor locutor! –Alcanzó a decir la mujer con tono de burla, a la par que agregaba: –Y no se atreva a jugarme otra cochinada, porque lo tengo todo grabado. –Le dijo esto mientras le mostraba cómo sacaba un celular de su pecho.

–¡Qué casualidad, pues yo también lo tengo todo grabado!, pero le aseguro que la gente me creerá más a mí que a ti. –Le dijo con tono burlón y tuteándola. Además agregó esta pregunta. ¿O crees mamichula que un robo se tapa solo con plata? –La tuteo otra vez.

♥♣☻♦♠

–Señor Campana, quisiera hablar con usted a la hora de la salida. –Ordenó con tono de súplica el jefe del Área de Abastecimientos de la Oficina de Administración de la Dirección Regional de la Productividad.

–¡A sus órdenes Jefe! –Respondió el empleado.

A eso de las seis de la tarde, cuando solo quedaron el Jefe del Área de Abastecimientos y el trabajador citado, este le gritó:

–¡Concha de tu madre!, ¿crees que soy cojudo, no? Crees que no me he dado cuenta quién está sacando los papeles confidenciales de la oficina para dárselo a ese huevón que se hace llamar el inspector ladilla, chauchilla o cuchilla y no sé qué otras huevadas más. En estos momentos te estoy haciendo una denuncia para que te sometan al nuevo procedimiento administrativo disciplinario de la Ley del Servicio Civil y ahí sí que vas a cagar fuego, porque te irás de esta institución como la mierda que eres. –Le gritó con los ojos salidos y vidriosos y la boca seca y rodeada de una baba espesa como de quaker.

–¡Mentira jefe! ¿Quién le ha dicho? –Se defendió airoso el insultado.

–¡A mí nadie me tiene que decir qué está pasando en mi oficina! Conozco este lugar más que mi casa y mejor que a mis propios bigotes. Yo me doy cuenta de hasta cuándo se ha movido una basurita de este lugar.

–¡Denúnciame pues!, y después vemos quien puede denunciar mejor. Tú crees que porque eres funcionario de confianza de todos esos rateros que están haciendo su fiesta en el Gobierno Regional, me voy a chupar porque te haces el gritoncito. ¡Yo no he sacado ni un solo papel de esta oficina, ni me interesa! Tú crees que si te hubiese querido joder me hubiera ido a quejar ante cualquier huevón. ¡Yo mismo hubiera llevado esos papeles al Presidente de la República, a la Contraloría General de la República, a la Comisión de Fiscalización del Congreso, a la Oficina de Control Interno, y encima si me daba la gana lo hubiera repartido como volantes a los Consejeros Regionales, aunque esos inútiles no sirvan para ni mierda, y al final lo hubiera distribuido como panfleto por todas las calles del pueblo, para que todo el mundo sepa en qué cochinadas andas metido y la clase de mierda que eres como para favorecer a un proveedor bamba que ni siquiera empresa formal tiene. Lo que más cólera me da es que sólo porque te da la gana me mentes a la madre. ¡¡¡Concha tu madre!!! –Dijo esto claro y fuerte al momento de salir tirando las puertas de esa oficina con aire de cumplir con todo lo que había dicho.

Definitivamente aquel funcionario de confianza no sabía que se estaba metiendo con el más "jechachupa" de la institución, es decir con el más rabioso, malhumorado y de malas pulgas de esa oficina, y que desde hace mucho tiempo estaba harto de todos los corruptos que habían pasado por ese cargo solo para enriquecerse.

“¡Maldito, mil veces maldito sea mi comedimiento de haber confiado en ese ardilla de mierda!" "¡Me las va a pagar ese miserable soplón! Hasta le ha entregado las mismas fotocopias de los documentos que le he confiado". "¡Que huevón, mil veces huevón he sido para confiarme tan cojudamente en ese concha su madre!” “¡Pero esto no se va a quedar así, le voy a sacar la mierda hasta que ni la puta que lo parió lo va a reconocer!”. Se lamentaba cada cinco minutos dentro de su mente, el patriota colaborador.

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–¡Oye mierda!, te he estado buscando por todas partes  para decirte que tengo en mi bolsillo una pistola Beretta 950 con ocho tiros para mandarte al infierno por soplón. ¿Por qué le has dado los papeles a ese cutrero que tú debías denunciar anteayer, y hasta ahora no lo has hecho? Lejos de largarte con la primicia, le vendes los mismos documentos que te di y encima me vendes a mí también. ¡Maricón de mierda! –Y cuando estaba tratando de marcar su celular le gritó: –¡Dame ese teléfono o te disparo hijo de puta! –Al ver el arma el locutor le alcanzó el celular con la mano temblorosa y comenzó a decir a modo de súplica.

–¡Cómo  puedes  decir eso  hermano! Pues  eso  jamás  puede suceder, porque los  periodistas  por mandato del artículo sexto del Estatuto de la Federación Nacional de Periodistas del Perú, tenemos la obligación de guardar en secreto  nuestras fuentes. ¡Eso es sagrado! Lo que pasó fue que como tu denuncia era muy grave, se lo comunicamos al Fiscal Superior del departamento y este al enterarse de semejante robo, al toque me quitó los papeles y me suplicó que guardara el más absoluto silencio, porque esos documentos eran la prueba principal que estaba buscando para comprender dentro de una investigación más grande al Presidente Regional, los Gerentes Regionales, los Consejeros y hasta al propio Jefe de la Oficina de Control Interno en un complot en contra del Estado, porque estos ladrones están tratando de apoderarse de todos los recursos públicos con el objeto de provocar una insurrección popular.

–¿De dónde eres periodista huevonazo? ¡No me vengas con esas cojudeces de jueces y fiscales justicieros si todos esos son la misma mierda que tú y por eso este pueblo sigue igual de cagado desde el tiempo de los españoles! ¡Devuélveme los documentos concha tu madre y después puedes irte a la puta que te parió! –Le gritó en voz alta y el otro que le hacía un montón de gestos como suplicando: "Por favor cállate" o "Qué vergüenza, no me hagas roche".

–¡Por Dios y por la santa cruz de mi madre, yo ya no tengo tus papeles. Como te he dicho lo tiene el Fiscal Superior en lo Penal.

–Entonces ahorita mismo nos vamos dónde el Fiscal Superior para ver si eso es cierto. ¿O crees que soy cojudo?

–¡Cómo me vas a hacer eso!, si le he prometido al Fiscal Superior que toda la mega investigación  que está preparando debía quedar en el más profundo secreto.

–No te preocupes, el Fiscal Superior que debe ser tu socio, se va a alegrar con mi llegada, porque tengo muchos y mejores documentos que le pueden interesar, incluso te va a agradecer de todo corazón que nos hayas presentado. ¡Camina carajo! –Le ordenó metiéndole la pistola entre las costillas.

Cuando estaban disponiéndose a partir, el locutor que estaba tembloroso y más pálido que el cadáver de un chino, emprendió una estrepitosa carrera, corriendo de un lado para otro y tirándose al suelo como si de verdad le estuvieran  disparando,  de  modo  que  a  su  contraparte  no  le  quedó  más  remedio  que  reírse  a carcajadas al ver al enano huir como un cuy desesperado por no acabar en la sartén. “Cuando te vuelva a encontrar, si es que te encuentro petiso hijo de puta, te voy a dar una paliza que te va a quitar las ganas de dártela de periodista, huevón de mierda.”, pensó alegremente al tiempo que lanzó contra una pared el iPhone 6 Plus color plata gris espacial de 64 GB, que no hace mucho le había ordenado comprarle a una de sus víctimas al mismo tiempo que guardaba la replica de juguete de su Beretta 950.

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Con una sonrisa en los labios le alcanzó la mano para estrechar la suya con mucha amabilidad, y después de mirarle a los ojos le dijo: –¡Mira hermano!, la verdad es que no he querido ofenderte, ni mucho menos pelearme contigo. ¿Cómo vamos a andar como perro y gato?, si todos los días tenemos que vernos, estar juntos y hablarnos. Discúlpame por cualquier grosería que sin querer te haya podido decir, pero ahora es mi deber pedirte perdón por haber dudado de tu lealtad. Lo que pasó fue que como en ese programa que se hace llamar “El inspector ardilla” estaban anunciando  que  iban  a  destapar una cosa muy fea que se habría cometido  dentro  de nuestra institución, y sin razonar y del modo más cojudo posible pensé que se trataba de nuestra área, y si de algo podían hablar esas mierdas era porque tenían alguna prueba, pero como no tenían nada de nada, no pudieron decir todo lo que estaban anunciando y ahí se quedó todo. ¿Me disculpas hermanito? –Suplicó.

–Está bien, te disculpo. Pero no me puedes negar que en la adquisición de los equipos a la empresa “Data Trilher” existe un sobreprecio de casi el doble.

–Todavía ese proveedor no nos ha entregado los bienes. Pero cuando los entregue algo de ese sobreprecio, que tú dices que existe, te puede llegar. ¿Estamos?

–¡Ver para creer, dijo un ciego! –Y hundió su mirada en la computadora.

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–¡Señora Directora!, su atención por favor, porque estamos tratando de aclarar el paradero de los cuatro mil soles que han desaparecido de la caja del colegio y dar con el autor de ese robo.

–¡Perdón!, precisamente estaba pensando  en eso. –Y era cierto que estaba pensando en eso: “Que buena raza tiene ese inspector chauchilla. Primero y solo porque le da la gana se autogradua de comunicador social y hasta toma el nombre de la Federación Nacional de Periodistas del Perú, para defender su grotesca metamorfosis. Luego monta su calumnioso programa radial haciéndose pasar por una persona moral, ética y hasta espiritual. Después asumiendo gratuitamente el papel de defensor del pueblo y el más macho de todos los informantes, denuncia a todo el mundo de ser parte de la corrupción sólo para tener audiencia, y cuando en ese bellaco quehacer le llegan documentos que los envidiosos le entregan, se los vende a los denunciados. Si a mí que más o menos sé defenderme en menos de quince minutos me ha asaltado cuatro mil soles, a otros, hasta los calzoncillos debe sacarles. Con la gran cantidad de malos manejos que se hacen en todas las oficinas, ese petiso debe estar haciendo la misma operación ocho o diez veces al mes, y si a esto sumamos los ingresos que recibe de aquellos que quieren que ese porquería raje a su gusto de ese u otro funcionario, proveedor, político o empresario, más lo que le deben pagarle los ofendidos para defenderse. ¡Carajo!, mañana mismo, alquilo un par de horas en una emisora, y en nombre de la libertad constitucional de información, opinión, expresión y difusión del pensamiento me dedico a fregar a todo el mundo, y como ese enano me convierto en millonaria gracias a la corrupción de la que tanto raja. ¡Esos negocios redondos a mí no se me escapan!"

–¡Directora Teresa! –Volvieron a solicitar su atención.

–Para mí que fue la secretaria. ¡Ella es! Esa es la que nos ha robado los cuatro mil soles. ¡No puede ser otra! –Acabó acusando directamente.




sábado, 2 de mayo de 2020

EL PAGO

–¡Ingrato! No has venido la semana pasada, a pesar de saber que tengo apuro de acabar esta pared antes de que lleguen las lluvias. –Le reprochó su falta con aire paternal, pero aliviado de tenerlo nuevamente en la obra.

–Honradamente, no he podido señor. –Se disculpó el campesino y luego agregó. –He tenido que asistir a varias faenas comunales.

–¿Y qué han hecho? –Preguntó para saber qué se hacía en su comunidad.

–Hemos rozado los árboles que impiden que los caminos se oreen cuando llueve, reparar los muros del coso, retejar la iglesia, reforzar el puente, pero sobretodo hemos limpiado el camposanto para que después de más de cuatro años el joven Narciso Ojeda Quispe, pueda enterrar a su padre como ordena la ley de Dios.

–¡Acaso se ha muerto en Lima o en alguna otra parte? –Preguntó con curioso interés.

–Bueno sería que se hubiera muerto, aunque sea lejos de su casa, pero asistido por algún alma de Dios. Aunque sea que lo haya atropellado un carro delante de su familia, pero desgraciadamente no ha sido así señor, y lo peor es que en estos tiempos eso no puede sucederle a un buen cristiano. ¡Malditos mineros! –Condenó lleno de rabia.

–¡Qué te pasa! ¿Qué ha pasado? –Preguntó esta vez con el vivo deseo de saber el motivo de esa genuina cólera. –¡Cuéntame!

Le contó que don Camilo Ojeda Ccalla era el viejo y conocido líder comunal de su pueblo, que sobrevivió a la furia de la guerra sucia de los años ochenta, y que desde joven lideró los trámites para el reconocimiento oficial de la comunidad. Después gracias a sus correteos logró que la Reforma Agraria les adjudicara la hacienda "El cañaveral" del gamonal Ezequiel Carrillo Montaño y que también anduvo en todas las correrías y los gastos para la creación del distrito, sin ambicionar ser alcalde siquiera una sola vez. Más tarde logró que tuvieran Juez de Paz, carretera, escuela primaria y posta de salud. ¡Qué no había hecho don Camilo! Y a pesar de tanto trajín y comedimiento era un buen agricultor, un esposo ejemplar y un amoroso padre para sus ocho hijos que lo adoraban.

Como solo puede sucederle a un buen hombre que ha trabajado incansablemente toda su vida, con el paso del tiempo y los años comenzó a perder la gran memoria que siempre tenía. Al comienzo no podía acordarse de algunos pequeños detalles, una que otra fecha o palabras, unos nombres y rostros, pero después comenzó a olvidarse de algunos hechos importantes de su familia, y más tarde de todos los recuerdos de su propia vida. Pero de alguna forma que sólo Dios sabe, entendía que las personas que lo rodeaban lo querían, y por eso mansamente dejaba que lo alimentaran, bañaran, vistieran y que lo metieran bajo cálidas frazadas cuando la noche llegaba.

A pesar de esa desgracia, el viejecito siempre se aparecía en las chacras donde la gente trabajaba o en las faenas donde se levantaba alguna vivienda, y de un modo que no podía recordar se desvivía por ayudar. Muchas veces sus familiares y algunos comuneros lo encontraban deambulando por los caminos de herradura o en la carretera, y cuando le preguntaban a dónde estaba yendo, contestaba que estaba viajando a alguna parte, para cerrar un negocio o culminar alguno de los trámites que había hecho durante toda su provechosa vida. “Era un viajero incansable. Dicen que viajó a pie varias veces a Lima”.

Siguiendo con ese interesante relato, el albañil le contó que un día el viejecito desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Después que toda su familia desesperadamente lo había buscado por algunos días, la comunidad entera salió a buscarlo por todos los caminos en un radio de hasta cincuenta kilómetros, preguntando a todos los caminantes y a los moradores de las pequeñas poblaciones, cabañas y cercos por las señas del desaparecido, pero desgraciadamente nadie dio una noticia positiva. Hasta que la innumerable indagación se volvió toda una confusión, porque algunos dijeron que alguien les había dicho que habían visto a un anciano que caminaba como un sonso por toda la carretera, por todos los caminos, por la falda de todos los cerros, por todas las punas, por la orilla de todos los ríos, por todas las quebradas, por la cuchilla de todos los cerros, por las chacras de todas las comunidades vecinas, en fin por todos los parajes habidos en esa comarca.

No contento con eso, el joven Narciso viajó a las ciudades cercanas a poner una denuncia policial por la pérdida de su padre y colocar en los postes de esos sitios unos carteles con la fotografía del anciano con las letras de “SE BUSCA” y “SE DARA UNA BUENA RECOMPENSA”, señalando hasta tres teléfonos fijos y cinco celulares. Si alguien le decía: “Un paisano ha visto a tu padre en el Cusco, en Juliaca o en Huamanga”, sin pensarlo dos veces viajaba a esas ciudades con la esperanza de encontrar a su padre. Al ver ese tenaz afán la gente decía: “Este Narciso ha resultado igualito de terco como su padre y seguro que no parará hasta lograr encontrarlo”.

–¿Y cómo fue que apareció su padre? –Preguntó el dueño de casa, ahora sí más que interesado.

Un día que asistió a un curso de capacitación para líderes comunales, el facilitador que  conducía la reunión, le llamó la atención a dos dirigentes que habían llegado a la cita bien borrachos y en son de broma les recriminó: “¡Pucha!, para qué han venido en ese estado. Esto no es una fiesta, esta es una charla de capacitación en gestión comunal. ¡Así como están ustedes no sirven ni siquiera para el pago de las minas!”. Al oír esto último, el Narciso le preguntó al expositor por qué decía eso, a lo que respondió: “¿Acaso no sabes que de todos los pueblos, los mineros se están llevando a los loquitos, los borrachitos y los viejitos abandonados para sepultarlos vivos en la boca de las minas, para que el Supay les suelte sus valiosos metales”. Cuando el Narciso le preguntó que si eso era verdad, el expositor le contestó: “¡Yo todavía voy a decirte, si son o no verdaderas las leyendas que se cuentan en estas tierras desde antes de la llegada de los españoles!”.

Al Narciso sólo le bastó que le hayan recordado aquel antiguo mito andino para desaparecer de la comunidad. Y es que se fue punas arriba hasta llegar a la primera mina. Después de emplearse en ese lugar, furtivamente buscó información sobre si allí se había hecho algún "pago", porque si no, no le valía ese trabajo. Como nadie supo darle una noticia cierta o siquiera aproximada, después de un mes se despidió del dueño de la mina prometiéndole volver, pero antes de irse ya se había enterado de la existencia de varias minas importantes.

Y así de mina en mina y preguntando y preguntando, acabó dando con un viejo y curtido  minero que le dijo: “Aquí no se ha pagado nada. Aquí solo trabajamos cristianos. Si este hueco tuviera un pago estaríamos rebosando de dinero, porque la mina ya nos habría entregado toda su riqueza, y a éstas alturas ya estaría abandonada”.

Con esa información, Narciso reparó que solo debía emplearse en las minas más productivas, porque esas debían tener un buen "pago". Así que se  fue a buscar las más famosas. En unas halló que producían bien porque el trabajo era organizado y con maquinaria moderna; en otras porque corría bastante dinamita y mucha mano de obra y en otras por que el oro se podía ver con los ojos y hasta se podía cosechar con las manos como los ahuaymantos o los capulíes. Pero de "pago–pago" nada se hablaba, porque la mayoría de los socios eran profesionales o aventureros citadinos, que sin tanta creencia en "pagos" u otras mitologías mineras, querían hacerse ricos ahora o nunca. Alguno de esos eventuales mineros le había dicho: “Si tú crees en "pagos" y esas otras huevadas de los indios, es porque estás buscando al mismísimo diablo, sin darte cuenta que los que estamos sufriendo por los malditos metales en estos horribles y desolados parajes, todos sin excepción, somos unos pobres diablos”.

Pero no todo fue en vano, porque de toda esa cruda experiencia y su persistente indagación, por boca de los más antiguos mineros se enteró que el "pago" se hacía al "Supay", que es un diablo que vive dentro de las minas cuidando y protegiendo celosamente su oro. “Al Supay le gusta el oro como cancha, vive y se muere por su oro, y es por eso que cuando algún minero está por acercarse a sus vetas, éste lo traslada más adentro o lo lleva más abajo”. Y que persiste en ese juego hasta que los mineros acaben con la ilusión de hacerse millonarios o que pierdan todos sus dineros en un trabajo sin frutos, y así lo dejen en paz gozando de sus tesoros. “Pero cuando llevan un "pago" la cosa cambia, pues cuando se deja escapar un almita de su cuerpo dentro de una mina, el diablo se acuerda que por ley divina está obligado a apoderarse de ese espíritu, tentándolo con alabanzas, mentiras y hasta amenazas, para que ese cristiano solo crea en él y lo adore como a un Dios, y mientras el "Supay" se distrae atormentando a ese desdichado o haciéndose adorar por los temerosos, se olvida de su oro, y de eso se aprovechan los mineros para alcanzar las mejores vetas y hacerse ricos”. También aprendió que cuanto más "pagos" tiene el diablo, más tiempo se descuida de sus tesoros.

Al cabo de más de tres años, el Narciso se había acostumbrado a ser minero y hasta alcanzó la fama de ser uno de los buenos, y por eso logró juntar una buena cantidad de dinero que le ayudó en su empeño de dar con el paradero de su padre, vivo o muerto. Estaba seguro que lo iba a encontrar, y más aún, que ya estaba cerca. Y tan cerca estaba que recibió la noticia de un remoto y altísimo paraje que estaba al pie de un arcaico adoratorio donde los antiguos sacrificaban a hombres y bestias a la inmensa montaña nevada que se levanta sobre toda esa provincia. En esas soledades una sociedad de diez hombres había alcanzado una de las más ricas venas de oro de la que se había tenido noticia, y que siempre estaban dispuestos a recibir a los trabajadores que se atrevieran a llegar hasta esas alturas, pero a pesar del buen salario que ofrecían, casi nadie se animaba a prestarles sus servicios. Como ese trabajo le pareció muy distinto a todo lo que sucedía en las demás minas, el Narciso se fue a emplear.

Dicen que cuando llegó a la mina con el cuento de necesitar urgentemente el empleo, para poder pagar una delicada intervención quirúrgica que  debía hacerse su esposa y así por fin recuperar su mermada salud, todos los socios se alegraron porque en esos momentos la mina estaba entregando generosamente su riqueza y un par de buenos brazos más eran muy necesarios. Así que lo dejaron descansar el resto del día, porque a la mañana siguiente después del desayuno, todos debían empezar una fatigosa pero productiva jornada. Por la noche conoció uno a uno a los socios, y por su modo de hablar y comportarse, se dio cuenta que eran gente de malvivir y hasta de mucho cuidado, incluso llegó a sospechar que jamás iba a ganar nada allí, pero si mucho que perder, y quien sabe, hasta la vida. Pero antes que pudiera sucederle alguna desgracia, lo harían trabajar hasta donde les fuera útil. Según ellos, sin levantar ninguna sospecha.

A la mañana siguiente, el jefe de todos ellos le dijo que para que las cosas salieran muy bien durante la faena, ellos acostumbraban ingresar a la mina uno por uno, comenzando por el más antiguo trabajador y acabando en el más nuevo. Sin respetar esa ceremonia no podían iniciar la jornada. Esta rara formalidad ya le parecía sospechosa, así que siguió con mucha seriedad, todas y cada una de las extrañas costumbres que tenían esos mineros. Con el paso de los días y las semanas sus ojos fueron habituándose al cambio de un día luminoso de esas blancas montañas por la oscuridad de aquel socavón, y por eso su visión comenzó a casi ver en plena negrura, y lo primero que logró ver entre las sombras es que a unos seis metros de la bocamina existía un pequeño pasillo, que los mineros dijeron que era uno de esos extravíos que nunca faltan, cuando se empieza a cavar dentro de una montaña.

Un día sintió que un sutil olor a tabaco, coca e incienso salían de ese pasillo y hasta vio que en su entrada había caído como por descuido una pequeña achanjaira, pero no preguntó nada. Sin duda se trataba de un altar levantado a algún santo o quizá a “¡UN PAGO!”. Como cada mañana era el último en entrar a la mina, ya a punto de tocarle su turno, le dijo al que lo invitaba a entrar que tenía necesidad de ocuparse de su estómago, el de adentro le contestó: “A mí también me ha caído mal esa portola”. Cuando calculó que ya todos estaban en las profundidades de la veta, se fue directamente al misterioso lugar y se dio con la sorpresa que se trataba de una tumba, pero una tumba muy agasajada, llena de flores, velas, palitos de incienso y hasta tenía un mechero cargado de kerosene, pero no había ni por asomo una cruz o algo que indicara el entierro de un cristiano. "Allí era donde, uno a uno, pedían oro esos malditos".

Al quinto día por la noche se quejó ante todos de un pasajero malestar estomacal y solo tomó un mate de la aromática muña que crece en esas punas. A la media noche se levantó muy sigilosamente de su cama y salió con mucho cuidado de la pequeña barraca donde dormía y se fue al lugar donde hacían sus necesidades. Cuando después de un buen rato se percató que todos seguían dormidos, se fue directamente a la mina. Con un fósforo encendió el mechero de la tumba, y a la luz de su tenue llama retiró todas las velas, las flores y las otras paganas ofrendas, y comenzó a cavar aquel lugar con mucho cuidado, hasta que a poca profundidad se tropezó con un gran saco de rafia y dentro de él pudo ver las ropas y hasta el rostro de su padre. “¡Papá, por fin, papacito lindo!” y se puso a llorar de rabia, de alegría, de satisfacción y de resignación.

Con mucha diligencia retiró el saco. Después se fue dentro de la mina para traer uno lleno de mineral y alzando un poco más el brillo del mechero, lo enterró y tapó con mucho cuidado, poniendo en su lugar cada una de las cosas que había retirado. Después salió de aquel socavón, llevándose a su padre al agujero que existía en la cima de aquel adoratorio andino que estaba a quinientos metros de distancia por encima de la mina, al que los socios le tenían mucho miedo, porque decían que en tiempos de los gentiles en ese Usno se ofrecía a la poderosa montaña que se levanta hasta los cielos, la sangre de los niños para pedirle algún favor al Apu que la habitaba.

Al día siguiente felizmente no pasó nada, porque los dueños de la mina tenían un gran apuro para sacar todos los sacos que todavía estaban metidos en el socavón, pues pasado el mediodía debía llegar un camión trayendo los víveres y el dinero para trasladar el mineral. “Más tarde todos vamos a tener mucha plata que no servirá para nada, porque todavía tenemos que estar metidos en este agujero por tres meses más, hasta que "el tío" nos haya soltado todo su oro, y después nos iremos a encontrarnos con la rica vida”, le dijo uno de ellos. Cargado el camión y recibido los víveres y el dinero de los compradores, como si no hubiera pasado nada, los mineros volvieron a la faena.

Para la extrañeza de todos los socios, al día siguiente desapareció el Narciso. Los mineros se sorprendieron no por su ausencia, sino por su astucia. “Este pendejo sabía que nunca iba a tener dinero, así que se fue por lo menos salvando su vida”, y otro replicó: “Pero de todos modos mala suerte para nosotros, porque con dos "pagos" “el tío” nos hubiera entregado todo su oro en solo un mes”.

A media jornada, Narciso escuchó un profundo y sordo estruendo en la montaña y sacando la cabeza del agujero donde tenía metido el cadáver de su padre, vio que salía una nube de polvo de la bocamina. Después de una hora se acercó, poco a poco y paso a paso hasta la entrada de la mina, de dónde salía un fuerte olor a azufre y a todo lo que se pudre. Cuando estuvo seguro que ninguno de los socios había logrado salvarse de ese derrumbe, se fue a las barracas y en el fondo del sitio donde se guardaba los alimentos, encontró una talega de tocuyo lleno del dinero que los malditos habían acumulado por “sabe dios” cuánto tiempo, y lo metió en su mochila. Cargó el saco donde estaba metido su padre en uno de los caballos que los mineros tenían para proveerse de leña de un bosque de cceuñas, que pasando una pequeña quebrada, crecía al otro lado de la veta. Y se fue para siempre de esos parajes desolados.

–¿Y por qué se habría derrumbado la mina? – preguntó el dueño de casa.

–Porque cuando el Supay no encontró al almita que lo distraía se fue a cuidar su oro, y cuando vio a los malditos mineros apoderándose tan conchudamente de su riqueza, montó en cólera y con los  poderes que tienen los diablos hizo caer la montaña sobre todos ellos, y porque diez "pagos" eran mejores que uno. –Dijo el hombre con una convicción rayana en la fe.

–Pero tarde o temprano el dueño del camión volverá, y la mina será suya. ¡Tanta chamba será solo para él! – Afirmó el dueño de la casa.

–No señor, en eso está usted muy equivocado, porque a ese hueco nadie podrá entrar jamás. Además con el paso de tiempo esos diez malditos también se habrán convertido en demonios, y así nunca por nunca nadie más podrá explotar una mina endiablada que ahora mismo debe estar oliendo a azufre porque ya es parte del mismísimo infierno. –Aclaró el trabajador eventual.